Analógica

Cuando el rock se convierte en un campo de batalla

El regreso de la alineación clásica de AC/DC, cinco años después del arresto del baterista Phil Rudd, cierra uno de los últimos capítulos de la historia bélica del género. Pink Floyd, Van Halen, Guns N’Roses, The Kinks, Oasis o, por supuesto, The Beatles, intercambiaron canciones, recelos y… puñetazos.

Las broncas entre rockeros de un mismo grupo, tan viejas como el propio rock, han sido un arma de doble filo para el género en sus casi setenta años de existencia. Han atizado legendarios piques para dilucidar cuál de sus miembros compone o toca mejor, con efectos altamente beneficiosos para su música, pero también han provocado bloqueos creativos y cuando se llega a las manos, dolorosísimas separaciones. Muchas veces son definitivas, pero el inesperado regreso del baterista Phil Rudd a las filas de AC/DC (que han vuelto con nuevo disco, PWR UP) demuestra que, por muy fuerte que haya sido la discusión, casi siempre se puede enterrar el hacha de guerra. En su caso fue expulsado sin miramientos porque se pasó tres pueblos: fue arrestado y condenado en 2015 por posesión de metanfetaminas y marihuana, por intentar contratar a un sicario para matar a dos de sus empleados, y lo que es peor, por amenazar de muerte a su hija de diez años. Poco después de echarle del grupo, su líder Angus Young reconoció en la BBC que llevaban años peleándose con él por sus excesos y su falta de compromiso. Pero ahora Rudd parece haber cumplido su promesa de dejar las drogas, ha demostrado que está limpio, rehabilitado mentalmente y preparado para la acción, y Young ha vuelto a abrirle las puertas para recuperar la formación más añorada por los fans.

Ilustraciones: Sofía Fernández Carrera.

 

Hasta ese momento la banda australiana había sido bastante hábil escondiendo sus rencillas internas, pero las habían tenido, y bien fuertes. Además, desde el principio de su carrera tal como confesó su primer cantante, Dave Evans: “En los ensayos y en nuestros primeros conciertos, en 1973, Angus solía perder los nervios cuando alguien cometía algún fallo. Una vez, al terminar de tocar y marcharnos al camerino, se abalanzó sobre su hermano Malcolm y empezó a lanzarle puñetazos, y éste se los devolvió. La escena se repitió unas cuantas veces en aquella época, perdían los nervios con bastante frecuencia”. Angus seguramente se pasó de la raya empleando la violencia física, pero quién sabe, quizá fue así como Malcolm Young se convirtió en uno de los mejores guitarristas rítmicos de todos los tiempos. A comienzos de la segunda mitad de los setenta, ya no fallaba ni una nota. 

«Angus se pasó de la raya empleando la violencia física, pero quién sabe, quizá fue así como Malcolm Young se convirtió en uno de los mejores guitarristas rítmicos de todos los tiempos»

En esa misma época se desató la guerra en Pink Floyd. Roger Waters consideró que el monumental éxito de Dark Side of the Moon se debía a que la mayor parte de las composiciones eran suyas, y en 1976 se empeñó en tomar el mando del proceso creativo de su sucesor, Animals. Sus compañeros optaron por dejarle hacer y deshacer a su antojo, pero al cabo de unas semanas David Gilmour empezó a cansarse del ego del bajista y los reproches mutuos generaron un grado de tensión inédito en el grupo. La sangre aún no llegó al río en ese momento, pero lo que pasó después demostró que aquél había sido el último disco de Pink Floyd. No oficialmente, pero sí de hecho. En abril de 1979, Gilmour y el teclista Richard Wright decidieron alejarse de las malas vibraciones que inundaban la banda y se marcharon a Francia para grabar sendos álbumes en solitario, y el baterista Nick Mason se distrajo trabajando como productor del álbum Green de Steve Hillage. Mientras tanto Waters comenzó a escribir material para un nuevo álbum, The Wall, y cuando sus compañeros regresaron, ya tenía decidido que no toleraría injerencias de ninguno de ellos en su obra conceptual. “No tiene sentido que Gilmour, Mason o Wright escriban letras, porque nunca serán mejores que las mías. Las letras de Gilmour son muy malas. Siempre lo serán”, sentenció en una entrevista con Rolling Stone. Tras semejantes declaraciones, el proceso de grabación fue, como era de esperar, una auténtica batalla campal. Gilmour consiguió morderse la lengua lo justo para evitar la implosión del grupo, pero Wright acabó harto de “los métodos dictatoriales” de Waters y le mandó “a la mierda” cuando le ordenó cambiar ciertos arreglos de teclado. El bueno de Roger no se tomó nada bien la respuesta del teclista y lo despidió, sometiéndole a una última humillación: le permitió tocar en la gira de presentación de The Wall, pero no como miembro de Pink Floyd sino como “músico contratado”. Curiosamente, gracias a eso Wright fue el único que sacó beneficio económico de aquella gira, un absoluto desastre financiero que además sublimó la profunda división en lo personal. Waters no dormía en el mismo hotel que sus compañeros ni viajaba con ellos. Sólo se veían en el escenario, y cuando cruzaban sus miradas les invadía la sensación de que las horas de la banda estaban contadas. En 1983 lanzarían un álbum más, The Final Cut (con descartes de The Wall), de nuevo con Waters aferrado al timón y sin Wright incluido en los créditos, antes de disolver la formación definitivamente e inaugurar una nueva fase de hostilidades, esta vez por el uso del nombre Pink Floyd, que se prolongaría durante años en los tribunales.

El triste final de esta leyenda británica coincidió con el declive de otro de los grupos de rock más populares de la época, Van Halen. Ese mismo año, la banda se encontraba grabando el que sería su álbum más vendido y famoso (1984), pero también el último con su alineación fundadora. Las diferencias estallaron porque el guitarrista Eddie Van Halen (fallecido el pasado octubre), que acababa de saborear las mieles de la fama mundial tras su colaboración con Michael Jackson en Beat it, quería reblandecer el sonido del grupo, hacerlo más accesible y comercial, y el cantante David Lee Roth no estaba por la labor. Así que en cuanto acabaron el trabajo tras mil y una discusiones, el vocalista anunció su dimisión para emprender una carrera en solitario y compaginar la música con su sueño de convertirse en actor. Los fans quedaron desolados, y Van Halen no dudó en echar toda la culpa a Lee Roth: “La banda tal y como la conocíamos se acabó porque Dave quiere ser estrellita de cine”, dijo con evidente rencor en la primera entrevista tras su marcha.

Otro rockero que colaboró con Michael Jackson justo antes de que su banda empezara a desmoronarse fue Slash, de Guns N’Roses. Sin avisar a sus compañeros, el guitarrista participó en 1991 en la grabación de Black or white, lo cual desató la ira del cantante Axl Rose, que había sufrido abusos sexuales en su infancia y estaba convencido de que el rey del pop era un pedófilo. El grupo no se rompió en ese momento, pero a partir de aquel episodio dejaron prácticamente de hablarse y comenzaron a enzarzarse en crueles humillaciones mutuas, que llegaron al paroxismo cuando Axl compró a traición los derechos del nombre Guns N’ Roses en 1996 y continuó con la marca sustituyendo a sus viejos socios por músicos mercenarios.

«A partir de aquel episodio dejaron prácticamente de hablarse y comenzaron a enzarzarse en crueles humillaciones mutuas, que llegaron al paroxismo cuando Axl compró a traición los derechos del nombre Guns N’ Roses en 1996»

Cuando en estas broncas rockeras hay hermanos de por medio, es mejor no estar cerca. Es el caso de The Kinks, cuyos fundadores, Ray y Dave Davies, estuvieron a la gresca desde el primer día hasta el último. “Creo que Ray solo ha sido feliz tres años en su vida, y esos fueron los tres años antes de que naciera yo. Quiero a mi hermano, pero no lo soporto. Una hora con Ray es el límite”, dijo Dave a finales de los noventa. Lo suyo llegó a la violencia física en docenas, quizá cientos de ocasiones. Se dieron de leches en conciertos, en entrevistas, en firmas de discos, viajes, noches de hotel… y aun así duraron la friolera de treinta y tres años juntos. Más de tres décadas de calvario para sus pobres compañeros de banda, que aún no se pueden creer que ahora hayan resuelto sus diferencias para una reunión que parece posible, pero no del todo probable. “Cuando escucho a los Kinks en la radio —dijo recientemente Dave Davies—, me emociono, hasta que pienso en cómo fueron realmente las cosas: las peleas, las palizas, acabar hechos polvo…”. Algo parecido ocurrió en el seno de Oasis con los hermanos Gallagher, que estuvieron a punto de romper su grupo en su mejor momento, en 1994, tras una fortísima pelea en un camerino. Resolvieron aquel primer trance de la mejor manera: convirtiéndola en una canción (Talk Tonight), pero se pasaron los siguiente quince años boicoteándose mutuamente hasta su separación definitiva, en 2009. Desde entonces, Noel y Liam han estado jugando al gato y el ratón, alternando pullas en los medios de comunicación con rumores de reunión que, hasta el día de hoy, no se han materializado. Pero si hubo una bronca que alcanzó cotas mitológicas dentro del rock, esa fue la de sus héroes, los Beatles.

«Los Beatles no podían seguir juntos o acabarían matándose»

La presión que durante casi diez años soportaron los cuatro de Liverpool, llegó a un punto de no retorno durante la grabación del White Album de 1968. Las diferencias artísticas, que hasta el momento se habían canalizado de forma pacífica con una inigualable combinación de perspectivas creativas, empezaron a traducirse en diferencias personales e incluso financieras, lo que precipitó el final del grupo apenas dos años después. Durante esos meses, la tensión llegó a ser tan insoportable que George Harrison y Ringo Starr anunciaron su marcha del grupo. Las cosas se arreglaron firmando un pacto de mínimos que permitió terminar el disco, e incluso grabar dos más. Pero el título del último, Let it be (Déjalo estar), auguró lo que ya muchos se temían: los Beatles no podían seguir juntos o acabarían matándose.

Todas estas peleas que acabaron en separación (salvo las de AC/DC) fueron una verdadera tragedia para la música, pero los amantes del rock seríamos unos ingenuos si deseáramos que todo fuese paz y armonía en nuestros grupos favoritos. El conflicto, inherente a la creación colectiva, ha hecho que el rock sea tal como lo conocemos. Así que disfrutemos del espectáculo mientras dure.


Nacho Serrano es periodista especializado en música.

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