Crónicas en órbita

El verso libre de Quico Rivas

Huerga & Fierro publica ‘El poeta sordo’, un tomo que, en edición de Eva Rivas, José Luis Gallero y Pablo Sycet, con prólogo de Ray Loriga y epílogo de Koldo Artieda, muestra la faceta más desconocida del pintor, la lírica

Francisco Rivas Romero-Valdespino, V conde de la Salceda para la genealogía y Quico Rivas (1953-2008) para todo lo demás, siempre hiló muy fino. En sus tres grandes pasiones, la pintura, la literatura y el activismo, no necesariamente por este orden, desplegó desde la adolescencia una vitalidad sorprendente que no cesó hasta su temprano final a los 55 años.  Ese doble dígito es el recurso utilizado para dar estructura al libro El poeta sordo [55 jaiqús] Quico Rivas, que su hija Eva Rivas, el editor José Luis Gallero y el pintor Pablo Sycet han armado para dar a conocer la faceta lírica de esta poliédrica personalidad. Si en simbología el cinco, número nupcial de los Pitagóricos, representa la totalidad del mundo sensible, se ajusta a la realidad que sea por partida doble en su caso, ya que su incesante producción en cualquiera de las tres disciplinas mencionadas tiene un timbre especial, fuera para escribir de pintura como para montar un bar de mala fama, una célula de románticos conspiradores o un centro de arte.

El libro muestra un material poco conocido, más allá de los íntimos, que viene a complementar lo que ya se conocía de él, es decir, su vertiente de personalísimo crítico de arte (“Cómo escribir de pintura sin que se note”, recopilatorio de sus textos, es impagable), comisario de exposiciones, investigador de vanguardias artísticas, editor, escritor, pintor “dominguero” y agitador compulsivo de toda clase de situaciones en las que el arte y la aventura de la vida se dan la mano. Este panorama vital fue recogido en la elocuente exposición que Esther Regueira montó en 2018 en el Espacio Santa Clara de Sevilla con un más que apropiado título: “Quico Rivas. Una continua maquinación”.  En ese montaje se daba cuenta de su densa trayectoria, desde que formara en Sevilla con Juan Manuel Bonet una dupla de jóvenes que con alarmante precocidad se precipitaron en el estudio y conocimiento de las artes plásticas y literarias, al calor de la biblioteca del gran Antonio Bonet Correa, recientemente fallecido, padre de su más que ilustre compinche.  Ambos hicieron sus primeros pinitos de crítica artística en las páginas de arte de El Correo de Andalucía, se juntaron como binomio artístico en Equipo Múltiple, y moldearon los fundamentos y directrices del Centro de Arte M11 en la casa natal de Velázquez, antes de domiciliarse en la capital del Reino para convertirse en animadores, cada uno en su estilo, de la eclosión del Madrid de los ochenta.

«La continua maquinación de Quico Rivas era una suerte de seducción que aplicaba a todos aquellos que se movieran en sus campos de interés»

La continua maquinación de Quico Rivas era una suerte de seducción que aplicaba a todos aquellos que se movieran en sus campos de interés. Sus maquinaciones necesitaban de cómplices para dar sentido y utilidad a las insurgencias estéticas y teóricas que provocaba sin descanso, de día y mayormente de noche. Fueron muchos los que se nutrieron de su amistad, sus ideas, propuestas y orientaciones, alimentadas por un espíritu sometido a una ansiedad creativa que él solo no podía saciar. Este libro es buena prueba y consecuencia de ello. Es también un acto de amor y de reconocimiento, el que le rinde la extensa pléyade de pintores que lo trataron y cuyas obras aportaron para acompañar específicamente a cada una de las 55 breves composiciones, haikus (o jaiqús) libres de rima y estructura (de ahí la grafía jaiqu, con la q de su nombre, para que nadie se llame a engaño), que su pudor o bien entendida vanidad  no le había permitido sacar a la luz. “Siempre he creído que un mal poeta inédito es mejor que un mal poeta publicado”, dejó dicho en una ocasión. Se consideraba poeta sordo porque sostenía que no tenía oído para la música.

El volumen, publicado por Huerga y Fierro Editores, con diseño de Pablo Sycet y portada de Mauricio d’Ors (una gran Q negra sobre fondo blanco) cuenta con una presentación firmada por los tres instigadores del asunto, al que acompañan dos aportaciones de los escritores Ray Loriga y Koldo Artieda. En el primero de ellos, los artífices declaran que “la edición ha sido preparada con las mismas dosis de rigor y arbitrariedad que distinguieron al autor”, dos términos que se ajustan bien a su obra, la tangible y la otra, el aliento de gran camelador que daba a las urdimbres que iba tejiendo.

Loriga, en un texto un tanto balbuciente de cariño y admiración, destaca con acierto su forma “de angular la mirada” para observar la naturaleza de ciertos fenómenos que procura la existencia, lo cual es cierto, porque se aproximaba a los temas desde una perspectiva salpimentada y mordaz. Koldo Artieda en “Complotando con Quico” recuerda los proyectos de todo tipo que imaginaron, los que pusieron en circulación con desigual fortuna y otros muchos que embarrancaron, los haikus que pergeñaron, así como su actividad política en los límites de la marginalidad (consejistas, situacionistas, anarquistas), una vocación juvenil que se negó a abandonar, una trinchera de resistencia y oposición a cualquier forma de poder, de ahí su predilección por autores acanallados. Menciona Artieda el intento fallido de hacer una serie de televisión sobre Memorias de un hombre de acción, de Pío Baroja, y señala que el título del volumen El amor, el dandismo y la intriga sirve para definir la vida de Quico. No le falta razón. Una de sus constantes ocupaciones fue la de encontrar financiación para la variedad de ocurrencias que procuraba, pero el libre albedrío es difícil de promocionar. Siempre le gustó enredar, de modo que el complot, la refriega ideológica, el ejercicio de la persuasión y la picaresca necesaria para sobrevivir en territorios fronterizos, esa franja donde hay contrabando de inspiraciones, fueron marca de la casa.

Gran parte de todo esto se vislumbra en estos 55 jaiqús de delicado y certero trazo.

 

Selección de jaiqús y obra que le acompaña

JAIQÚ AL HORNO (Loncho Gil)
El perfume de las palomas
mensajeras bien doraditas al horno.
Es el auténtico perfume del amor.

JAIQÚ CON TEMPESTAD (Manuel Salinas)
Para ser un hombre fuerte
debes encontrar un gran rival.
Fabrica una tempestad a su medida.

JAIQÚ CON BOCHORNO (Chema Cobo)
La vida, este espectáculo
bochornoso. Toma quien no da,
quien da no toma,
y entre coma y coma,
estos extraños paréntesis.

JAIQÚ DEL CAMPANARIO (Carmen Laffón)
El domingo en la plaza,
más solo que la una.
Las campanas de la iglesia
me dan las dos.

JAIQÚ DEL BUEN LADRÓN (Carlos Franco)
Náufragos en esta costa
que algún día fue azul,
nos sobrevivimos como ladrones
de nosotros mismos
¡Qué grande la distancia,
cuan pequeño el botín!

JAIQÚ A PLAZO FIJO (Pablo Sycet)
Tantas cosas aplazadas
Fui dejando por el camino,
Tantas letras sin pagar,
tantas palabras dormidas..
¡Enterradme
con mis viejos compromisos!

 


El poeta sordo [55 jaiqús] Quico Rivas
Huerga y Fierro Editores
Edición de Eva Rivas, José Luis Gallero y Pablo Sycet
Madrid, 2019
133 páginas
20 €

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