Entrevistas

Martirio: «En este país se canta muy bien, pero otra cosa es ser artista y tener algo que decir»

Tras el parón por la pandemia, la intérprete regresa a los escenarios junto a Chano Domínguez para rendir tributo al artista cubano Bola de Nieve en el Festival de Jazz de Madrid

Quien ha visto sus ojos, asegura que son de color verde. “Verde como el trigo verde, como l’arbahaca y el verde limón”, decía la copla de los maestros Quiroga, León y Valverde. Martirio (Huelva, 1954) en el escenario, Maribel Quiñones en su casa, mantiene el misterio andaluz, el duende, tras esas gafas oscuras, que son, sin embargo, su única opacidad. Porque su alma y su arte los derrama en cada disco y cada concierto. Hace un año editó con el pianista Chano Domínguez A Bola de Nieve, un trabajo jazzy de boleros en clave coplera dedicado al cantante, compositor y pianista cubano Ignacio Villa, que quedó interrumpido por la incertidumbre pandémica. Ahora, tras este largo suspiro, han podido retomar la gira y el 29 de noviembre clausuran el Festival de Jazz de Madrid con todas las entradas agotadas. En su mente ya asoma Latinoamérica, donde este homenaje “tendrá su ser” entre los campos de tabaco y las canciones populares que convirtieron a Bola de Nieve en leyenda generacional.

Hoy, Martirio, de quien Kiko Veneno dijo que “era imposible competir con ella encima de un escenario” continúa trabajando como nunca. A ratos con su hijo Raúl, “el gran regalo que me ha dado la vida”; a ratos con las decenas de colaboraciones y proyectos que se le van presentado (el próximo, atisba, “puede que sea un disco con Javier Ruibal”). Icono de la España de los dos canales, cuando existía música en directo en la televisión pública y los estilos convivían sin complejos junto a las tribus urbanas, aquella peineta (idea originalmente propuesta por la mujer de Kiko Veneno) se quedó para siempre en la retina de millones de españoles, adultos y niños. Tras su paso por Jarcha y Veneno, en 1986 irrumpió en solitario con Estoy mala, editado por Mario Pacheco y Nuevos Medios, quien comprendió a la perfección su propuesta y singularidad. Desde entonces, el talento, el estudio y la minuciosidad de Martirio la han llevado a tocar casi todos los géneros en una trayectoria artística coherente como pocas y cuya libertad nunca ha podido seducir ningún maletín.

Pregunta.- La pandemia ha hecho mella en todo el sector de la música en directo. ¿Qué significa para una artista como usted no poder subirse a un escenario?
Respuesta.- Es una tristeza y desánimo muy grande, creativa y económicamente, pero imagino que le pasa a todo el mundo que ama su trabajo. Nosotros presentamos este disco el año pasado por estas fechas y tuvimos que parar las actuaciones en marzo, hasta que las hemos podido retomar en octubre. Hemos puesto mucho corazón y esfuerzo.

P.- No es la primera vez que visita un festival de jazz, su inmersión en la relación entre la copla y el jazz viene de lejos, desde Coplas de Madrugá (1997). ¿Cómo ha vivido ese proceso de investigación durante todos estos años?
R.- A mí ya me gustaban mucho las cantantes de jazz, pero Chano [Domínguez] me abre este mundo cuando empiezo a trabajar con él en el 96. Gracias a él empiezo a darme cuenta de cómo funciona cada instrumento, de la importancia de la improvisación, de cómo puedes cambiar una melodía dependiendo de una armonía más libre… A partir de entonces, me hice acérrima del género. Viniendo del mundo de la copla, pude comprobar todos sus puntos en común, desde que son contemporáneos hasta que se pueden fusionar con absoluta naturalidad dentro de sus armonías. Además, tiene otras connotaciones personales para mí. Cuando yo escuchaba copla de pequeña en casa, las películas que se veían de fondo eran en blanco y negro, de componente jazzístico.

P.- ¿Cómo es el vínculo entre Bola de Nieve y los géneros que ustedes practican en el disco?
R.- Con Bola de Nieve es cuando en Cuba entra el jazz en el bolero. Por eso en este disco Chano se puede explayar jazzísticamente. Pero, además, las canciones de Bola son como cante flamenco: muy arriesgadas —atemporales y penetrantes—; y en ese sentido encaja muy bien con las claves del género. En su obra emerge esa sensibilidad que te permite armonizar la melodía de manera diferente pero sin salirte de su propia esencia. Así es como hemos trabajado, dejando salir de forma natural la copla dentro del feeling del bolero.

«Las canciones de Bola de Nieve son como cante flamenco: muy arriesgadas, atemporales y penetrantes»

P.- Géneros clásicos de los cuales aún hoy se puede seguir aprendiendo…
R.- A mí me ha enseñado muchísimo cantar las canciones de A Bola. Él era fundamentalmente expresionista, pero expresaba la alegría y el dolor con muchísimo pudor. Llegaba a lo más profundo e íntimo sin necesidad de adornos ni haciendo alarde alguno. Escucharle es como poner un espejo frente a ti y obligarte a conectar contigo mismo. En ese sentido, existe un paralelismo entre la situación que estamos viviendo, donde las mascarillas pueden a veces parecer elementos que nos alejan del exterior y nos llevan a ahondar en la relación con nuestro yo más insondable.

P.- Jazz, copla, bolero… todos son géneros que provienen de la canción popular, otra de las claves de su carrera. Muchos no saben acerca de sus inicios en el grupo Jarcha.
R.- Sí, es cierto, desde que estuve en Jarcha la canción popular ha sido fundamental para mí, como una bandera. Es lo que más me gusta de todos los países, sobre todo en España y Latinoamérica. En el caso de Bola, él tenía mucha intuición a la hora de escoger repertorio, porque aglutinaba los grandes clásicos de la canción latinoamericana, pero también recogía la clave afrocubana, además de las canciones que incorporaba en sus viajes, como La vie en rose, que interpretamos en este trabajo. Allí donde iba contagiaba su música, aprendía y se iba inspirando de la canción popular.

P.- El peso de las compositoras también es evidente en la canción popular aunque menos conocido y reconocido. En este disco hay tres canciones de María Grever, por ejemplo, Alma mía.
R.- A mí me gustan mucho las canciones de María Grever. Yo ya había grabado Alma mía en el 99, en el disco Flor de piel, con mi hijo Raúl. Es un tema profundamente intenso, y, sin embargo, cuando llega el momento de cantarlo, es como si yo descansara. Va solo, es un bálsamo… Como todos los artistas vanguardistas de su época, a María Grever se le decía que sus canciones no valían, pero en el siglo XXI se siguen cantando. Otro ejemplo es el de Marta Valdés, considerada autora de culto en los años 50 y a quien las discográficas rechazaban por no ser comercial ni tener estribillos. Y ahora resulta que desde Silvia Pérez Cruz a Mayte Martín pasando por Zenet, o yo misma, hemos recurrido a su repertorio buscando la belleza y la síntesis que posee, que también tiene mucho que ver con el jazz.

P.- Chano Domínguez acaba de recibir el Premio Actual de las Músicas Actuales, y ha afirmado que es “un reconocimiento a los músicos de su generación”, y usted recibió en 2019 la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, ¿qué valor tienen este tipo de menciones?
R.- Sí, Chano está contentísimo. Me alegro mucho por él porque lleva muchísimos años trabajando. Este tipo de reconocimientos te suben mucho la moral porque la gente muchas veces me pregunta: “¿Pero usted sigue trabajando? Es que no se le ve en la tele”, y yo les contesto: “Sí, claro, y además muy bien, afortunadamente”. Hoy en día no hay programas musicales en la televisión, solo concursos.

P.- Tanto usted como Chano han transitado entre numerosos estilos musicales conservando su esencia. Parece una empresa complicada. ¿Qué separa la fusión real del mestizaje artificioso?
R.- Siempre hay que buscar aquellos elementos que casan profundamente. No por poner una guitarra flamenca por encima de una base estás haciendo fusión. Han de ensamblarse con naturalidad, tener unos motivos históricos, armónicos, melódicos…. Cuando ocurre de esa manera es fusión porque es migración, resume años o siglos de relaciones, de convivencia. Por ejemplo, cuatro siglos de relación con Cuba tienen que notarse de alguna manera. Hay un trasfondo y un estrato. Cualquier cosa que no sea eso ni abre camino ni va a ningún lado.

«No por poner una guitarra flamenca por encima de una base estás haciendo fusión»

P.- La fusión puede ser de géneros pero también de los propios artistas, en el sentido de hacer converger tradiciones y habilidades vocales muy distintas, como en su caso con las numerosas colaboraciones que han participado, desde Lila Downs a Maria del Mar Bonet o Compay Segundo.
R.- A mí me encanta cantar con personas a las que admiro. Y lo que me gusta es poder aportar, crear una simbiosis en la diferencia, aunque sean artistas heterodoxos. He cantado tangos con Susana Rinaldi y son con Compay Segundo, y fíjate la diferencia entre Amancio Prada y Ojos de Brujo, con los que también he participado. La última colaboración que me han propuesto ha sido la despedida de Omara Portuondo en julio del próximo año —si la situación lo permite—, en el Grec de Barcelona. Será un honor, una actuación muy emocionante.

P.- En alguna ocasión ha admitido que “la soledad ha sido mi camino del arte”. ¿En qué sentido?
R.- La gente que me conoce sabe que a mí me gusta una risa y una juerga más que el comer. Me encanta reírme, y además todos los días necesito hacerlo un ratito. Pero la soledad me hace falta. Me permite reflexionar, leer, escribir, tener las ideas claras… es imprescindible para imbuirme en aquello en lo que estoy trabajando. Estamos en una época de mucha información pero de poca reflexión. Y esa introspección es la que me ha llevado a estudiar y sacar mi creatividad, porque yo no me aburro nunca. Frente a la idea de egoísmo o abandono, cuando la soledad es escogida puede tener grandes beneficios. Porque cuando necesito gente cerca la tengo y me encanta el trato con los demás. Además, afortunadamente, he podido superar los enganches personales, y cuando he terminado una relación, porque no me hacía crecer, siempre he intentado cerrarla de la mejor manera posible, sin dejar de querer a la persona que he querido.

P.- En su opinión, ¿qué beneficios cree que tiene separar el artista de la persona?
R.- A mí me parece fundamental, me parece más sano para el alma y la cabeza. Yo lo tengo fácil porque así lo he buscado. Por suerte, tengo bien domesticado el ego. Cuando bajo del escenario y me quito mi peineta, soy una mujer que vive absolutamente a pie de calle, sin esa servidumbre de la fama, que a veces puede tener grandísimas ventajas, pero yo prefiero ser Martirio delante del público y Maribel en mi casa.

P.- A menudo, en el mundo del arte en general, para catalogar a un artista o su obra, se utilizan adjetivos que hoy parecen vacíos de contenido por el abuso que hemos hecho de ellos, como por ejemplo, “moderno o “transgresor”. ¿Qué elementos cree usted que son transversales en aquellos artistas que han cambiado el paradigma imperante de su contexto histórico?
R.- Hay un hecho básico y fundamental que es estar en el mundo: enterarte de lo que pasa, que las cosas te toquen y no permanecer en una torre de cristal. Cuando eso ocurre, puedes formarte una opinión y expresarla —de muchas maneras y con diferentes herramientas—, aunque a lo mejor lo que estés diciendo no sea amable. Por otro lado, la personalidad. El llevar a tu terreno todo aquello que te suscite interés y establecer una puesta en escena reconocible, no digo mejor ni peor, pero sí personal. Con esa praxis de acometer tu arte, seguramente tendrás que decir que no a muchas cosas, pero se trata de no ser un artista complaciente frente a la música confort que ya existe. Cuando la gente viene a verme yo no quiero que diga “qué bien canta esta artista”, sino “¿qué me ha pasado escuchando a esta mujer?”. Ese sería el resumen.

«Hay un hecho básico y fundamental que es estar en el mundo: enterarte de lo que pasa, que las cosas te toquen y no permanecer en una torre de cristal»

P.- En el contexto actual parece también que existe una mayor asunción de la tradición española por parte de los artistas jóvenes sin el complejo de antaño, algo con lo que usted nunca ha tenido ningún problema. Tradiciones con las que el artista no tiene por qué comulgar del todo (como la iconografía cristiana o la taurina) y a las que se puede enfrentar con diferente actitud (ironía, empatía, rechazo, etc.) en vez de ignorarlas. En cualquier caso, parece una mirada más honesta respecto a quiénes somos.
R.- Yo ese complejo también lo he vivido, pero al revés. Porque yo entré en el mundo de la copla, que era un universo conservador. A través de mi imagen había una ruptura y mucha gente no entendía eso. Para mí los elementos tradicionales tenían que ver con mi crianza y con todos los elementos que han formado parte de mi vida. No soy muy taurina, pero he incluido elementos de su iconografía porque han formado parte de mí. Otro asunto es cómo los utilice y los recicle. Creo que tenemos unas tradiciones como para aprender de ellas. En cualquier aspecto de la vida lo más importante es conocerte, saber de dónde vienes y mostrarte como eres. Por lo menos es lo que a mí me gusta de la gente a la que admiro. Cuando veo cualquier tipo de impostura salgo corriendo. Un claro ejemplo es Almodóvar, quien ha significado la modernidad en muchos aspectos en este país y al mismo tiempo ha sido embajador de nuestras tradiciones y testigo de su tiempo. Al final, si estás pendiente de tu intuición ella te da las claves para ser tú mismo.

P.- Ante el contexto actual de artistas jóvenes salidos de concursos televisivos, ¿cómo cree que influye la experiencia vital y la formación en el desarrollo y la obra artística?
R.- Hay una cosa clara: en este país se canta muy bien, pero una cosa es cantar bien y otra ser artista. Es decir, tener una sensibilidad especial, cosas que decir, querer formarte, interés por la cultura… Cuanto más te acerques a todo tipo de disciplinas artísticas, más cosas vas a poder decir con tu voz. Es fundamental. Igual que intentar vivir a fondo las experiencias y las emociones. Si lo haces así, todo ello cristaliza en tu voz, se transmite de una manera determinada, no hay un vacío detrás. Cuando estás ante una madurez de ese tipo sientes el peso de cada palabra que canta el artista. Y eso se consigue viviendo con el corazón valiente.

P.- En tiempos en los que el sentido del humor puede llegar a convertirse en una herramienta polémica, ¿qué papel ha jugado este en su vida y en su trayectoria artística?
R.- Yo tengo mucho sentido del humor, y ha habido periodos en los que he necesitado sacarlo, pero a la vez tengo mucho sentido del amor y mucha necesidad de profundizar. Y han ido conjuntamente. Mucha gente me recuerda por las Sevillanas de los bloques y ahora, durante la pandemia, muchísimas personas se han acordado del “estoy atacá”, escribiéndome y mencionándome en las redes. Una barbaridad. La gente se ha identificado con esa parte de mí, y es maravilloso, aunque no solo existe esa faceta, hay muchas más. De hecho, muchas personas me han comentado que lo que más les gusta de mis conciertos es que les hago reír y llorar durante la misma actuación, porque en un momento puedo estar cantando La llorona, de Chavela Vargas, y al rato las Sevillanas de los bloques. De hecho, Pedro Almodóvar me dijo que eso era precisamente lo que a Chavela le encantaba, que el público pudiese reír y llorar en el mismo concierto.

«En mis conciertos el público llora y ríe; así le gustaba a Chavela»

P.- ¿Qué balance hace de una carrera creativa donde usted es un claro ejemplo de hacer siempre lo que a uno le da la gana?
R.- Ese es el gran tesoro. Es una satisfacción enorme que solo tiene un precio, el económico. Pero a mí nunca me ha importado, porque la libertad cuesta mucho dinero.

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