Crónicas desorbitadas

¡Y qué afán de ganar y ganar! (sobre concursos literarios)

Un mapa que recogiera todos los concursos literarios que se celebran en un año cubriría toda la geografía española. Muchos aficionados se presentan con ilusión, pero ¿llevan a alguna parte además de a un pequeño salón de actos?

Escribió César Aira que los best sellers no son literatura sino un entretenimiento masivo que usa la literatura como soporte. Algo parecido se podría decir, a pesar de su nombre, de los concursos literarios: no exactamente literatura sino algo —un proceso, una ceremonia o un afán— de lo que esta participa, a veces desigualmente, junto a otras disciplinas y consideraciones: blanqueo de capitales, propaganda política, el gesto de los accionistas ante una cuenta de resultados.

En 2015 se dijo que había en España más de 3.500 certámenes literarios (récord mundial para un país en busca de lectores) y poco antes, en 2014, Carlos Prieto en El Confidencial sacaba las vergüenzas de los grandes premios señalando que todos estaban amañados, como evidenció un sorprendente episodio protagonizado por Caballero Bonald. El jerezano tildó de “ideológicamente detestable” la novela de César Vidal premiada por un jurado que él mismo presidía (el del IV Premio Ciudad de Torrevieja, entonces dotado con más de trescientos mil euros).

«Los concursos literarios no son exactamente literatura sino algo —un proceso, una ceremonia o un afán— de lo que esta participa»

Pero estos grandes premios solo se cuelan en los sueños del escritor primerizo más ingenuo (perdón por la redundancia), que, poco a poco, irá descubriendo decenas de certámenes más modestos y peor dotados pero quizá más accesibles y limpios. Los organizan pequeños ayuntamientos o asociaciones con los fines más variados y resultan en entregas de premios emotivas y, en el mejor de los casos, en un par de miles de euros. Nos referimos, claro, a todos aquellos que el Maestro Sensini perseguía en el relato de Bolaño, en una carrera “interminable, dura y sin sentido” para la que el propio personaje (un escritor latinoamericano en horas bajas) recomendaba “valor y perseverancia”. El imaginario Sensini había publicado muchas obras y gozaba de un prestigio minoritario pero firme cuando se obsesionó con estos premios para, simplemente, ganarle un par de meses al alquiler. Pero hay quien ve en ellos un trampolín hacia lo que podría ser una carrera literaria, o un esgrima que consiste en medir los textos propios con los ajenos para obtener una aproximación de su calidad y algo de aliento —el refuerzo de una vocación— si el resultado es positivo.

«The Passion of Creation» (1899), de Leonid Pasternak.

La lista casi completa de concursos literarios abiertos a recibir obras (habitualmente relatos o poemas) puede consultarse en la web escritores.org. Un breve paseo por ella (reproduce las bases de todos los certámenes) da cuenta de las exigencias temáticas más variadas, así como de los requisitos más extraños en cuanto a formato. Entre las primeras, son habituales los concursos centrados en cierta bebida o vianda (producida por la empresa patrocinadora), y un escritor al que el vino inspire (como objeto y no como vehículo para alcanzar una ebriedad fructífera y baudeleriana) tendrá muchas oportunidades de participar con sus “cuentos sobre la uva de cierta región” o sus “poemas sobre el vino con cierta denominación de origen”.

También se repiten los certámenes organizados por un  determinado gremio, por ejemplo, el de los artilleros o el de los endocrinos, que quiere ver sus costumbres y ciencias convertidas en materia de ficción; o los galardones destinados a textos que retraten tradiciones o paisajes muy locales. Pero a veces las dificultades no tienen que ver con el tema de la obra o con la digestión del posible premio, sino con los requisitos técnicos que se imponen: hay concursos que exigen el envío de copias en papel y en digital simultáneamente (incluso en una memoria USB que el concursante dará por perdida), algunos de los organizados por instituciones públicas requieren de certificado digital y de la firma de varias declaraciones (de autoría, pero también cumplimiento de obligaciones tributarias) y, en general, todos proponen tipos de letra y márgenes alejados de los que por defecto usa el procesador de textos.

«Se repiten los certámenes organizados por un  determinado gremio, por ejemplo, el de los artilleros o el de los endocrinos, que quiere ver sus costumbres y ciencias convertidas en materia de ficción»

Sin embargo, y a pesar de todos estos escollos, el vínculo de estos pequeños certámenes con la verdadera literatura y sus emanaciones —incluido aquel afán (“el afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce”) que llevó al mediocre Gregorio, protagonista de Juegos de la edad tardía, a convertirse en el gran poeta Faroni— es más firme que en los grandes premios.

Precisamente, el Círculo Cultural Faroni fue una de esas pequeñas asociaciones que, durante años, organizó un concurso, en su caso de relato hiperbreve. Sonia Antón, editora y una de sus colaboradoras, recuerda que en alguna edición llegaron a recibir más de mil cartas a su dirección de correo postal y también que “lo malo del hiperbreve es que hay mucha gente que participa sin conocer el género y manda lo primero que le viene a la cabeza, sin cuidado”.

Algo parecido cuenta Elvira Navarro, autora de La isla de los conejos, entre otros:

“He sido jurado del Injuve y prejurado del Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid antes de que quitaran la modalidad de narrativa. No tengo ni idea de si ganan los mejores, lo que sí sé es que a los concursos se presentan manuscritos espantosos, ilegibles, con faltas de ortografía y sintaxis, muchas veces sin la más mínima noción de qué es lo literario, y esos nunca ganan. Así que ignoro si ganan los mejores, pero desde luego los peores no”.

Eloy Tizón, referente imprescindible del cuento en español, confirma la limpieza de estos certámenes y aporta, de nuevo del lado de jurado:

“En los jurados literarios de los que he formado parte –que tampoco han sido muchos–, me temo que nunca ha sucedido nada especialmente bizarro, anómalo o pintoresco. Todos han sido limpios. Se ha debatido sobre la calidad mayor o menor de los textos presentados, sin condiciones previas. Aparte de eso, en los premios literarios te encuentras lo mismo que en cualquier mesa de novedades: calidades muy dispares. Cuentos logrados y fallidos. Ejercicios acatarrados. Imitaciones de. De vez en cuando, alguna voz verdaderamente original y única, que deslumbrará igual con premio o sin él, y que lo justifica todo. Salvo casos de certámenes muy prestigiosos, el resto no creo que sirva para consagrar a nadie. Son un estímulo puntual (lo que no está mal), y poco más.”

Juan Carlos Márquez hoy imparte talleres de relato y técnicas narrativas en Escuela de Escritores pero, como tantos, también ha participado de premios modestos, que, en su caso, le allanaron el camino para publicar en una editorial de prestigio:

“Los concursos literarios de ayuntamientos pequeños y asociaciones pueden ser útiles para los escritores que comienzan. Suponen un poco de dinero, mejoran el currículo y se hace mucho turismo rural. A principios de 2000 comencé a curtirme en esta tipología concursera. En mi casa hay una serie de reliquias (llaveros, estatuillas, diplomas y ediciones modestas que recuerdan mucho a los fanzines) de aquel paleolítico literario. En especial recuerdo dos: el Certamen Internacional Lenteja de Oro de la Armuña, de Parada de Rubiales, y el Certamen de Relatos Rafael González Castell, de Montijo, ambos en activo. En el primero recibí un segundo accésit y la llamada de un concejal miembro del jurado. Según el edil, mi relato era el mejor, pero habían detectado en él un par de cómos interrogativos sin tilde que hacían imposible el triunfo. El certamen de Montijo, en cambio, pese a su naturaleza accidentada (el libro tardó más de dos años en publicarse porque hubo un cambio de Gobierno) supuso un empujoncillo para mí. Me estrené como escritor de pregones de fiestas y presenté el libro recién editado, Norteamérica profunda, al Premio Setenil, donde quedó finalista. Años después lo reeditó Salto de Página”.

«Los concursos pueden ser útiles para los escritores que comienzan. Suponen un poco de dinero, mejoran el currículo y se hace mucho turismo rural»

Elisa Victoria publicó su tercer libro, Vozdevieja, en 2019 con Blackie Books, una de las editoriales independientes más populares y mejor distribuidas de España. Sus recuerdos de la época en la que se presentaba a concursos no son tan agradables, pero sí que podrían retratar a muchos jóvenes que buscan en ellos, a veces en vano, un resquicio a través del que acceder al mundo editorial:

“Hace más de una década empecé a presentarme con cierta regularidad a concursos literarios diversos, casi todos pequeños, y lo estuve intentando durante varios años. Me motivaban las recompensas económicas y la posibilidad remota de dar comienzo a una carrera literaria. Me imaginaba ganando unos cuantos seguidos y prosperando poco a poco desde ahí, o por lo menos cogiendo el dinero y celebrando cómo me iba a facilitar dos o tres meses. En aquella época solía trabajar como dependienta en tiendas de ropa, me costaba mucho orientarme en el mundo y la vida me parecía una trampa dificilísima. Escribía cosas por mi cuenta, pero para los concursos redactaba textos nuevos tratando de adaptarme a lo que se suponía que iban buscando. Nunca gané ni quedé finalista, que yo sepa, y en general solía despreocuparme bastante de quién se llevaba el premio, aunque sí recuerdo ver algún relato ganador y que me pareciera cutre. En parte me consolaba porque entendía que si eso era lo que le había gustado al jurado era imposible que apreciaran lo mío, pero otras veces me daba cuenta de que lo mío había perdido porque era en efecto de mala calidad, de que la cutre era yo, y me ponía un petardo en el culo intentando mejorar. Fue un periodo de búsqueda que desde aquí resulta miserable y un poco cómico y me hace agradecer que el tiempo no sea reversible aunque me empuje a la tumba, porque no me gustaría volver.

Al final desistí con los concursos, concluí que no había nada que rascar en ese terreno para mí y me acabé centrando en los fanzines, la prensa y el proyecto personal de lo que sería mi primer libro, Porn and pains. De aquella forma sí empecé a observar un lento progreso. La existencia sigue resultándome difícil y sigo pensando que me falta muchísimo por aprender y pulir, pero si comparo las situaciones es un respiro verme en este sitio”.

En la misma situación se encontró Mireya Hernández, autora de Meteoro:

“Durante unos años participé en varios certámenes y al final llegué a la conclusión de que los jurados no buscaban mis textos y de que nunca daría con la tecla que me haría salir airosa de un concurso local. Así que dejé de participar y a cambio gané unos embutidos ibéricos en un certamen de tortilla de patatas de Huesca, pese a que muchas señoras se quejaron de que mi tortilla estaba poco cuajada. Era el segundo premio, pero no veas cómo estaba aquel lomo”.

Mireya también pudo haber conseguido esos embutidos gracias a alguno de los certámenes literarios más curiosos, aquellos cuyo premio consiste en noches de hotel, packs de botellas de vino y aceite o jamones enteros. En cualquier caso, los pequeños certámenes de relatos, con su trasiego de originales, concejales y jurados, son concursos limpios que, aunque no siempre detecten el talento incipiente, pueden considerarse justos. Organizados bienintencionadamente pueden suponer una pequeña ayuda para autores que empiezan (o continúan), además de una alegría que compartirán con quienes les acompañen hasta el ágape casi obligado en el día de la entrega.

Lamentablemente, los premios exclusivamente de poesía constituyen un campo autónomo y distinto, en el que participan otros intereses y su panorama resulta mucho más oscuro. Consultado, el crítico y poeta Martín Rodríguez Gaona, autor del ensayo La lira de las masas, concluye:

“En su mayoría, esos certámenes [de poesía] exclusivamente satisfacen la necesidad del gasto de un presupuesto asignado a actividades culturales. Es por esto que, fuera del par de días en que la prensa cubre el evento, el libro en sí no interesa, no importa que la obra carezca de una adecuada distribución: suelen pudrirse en los almacenes de algún ayuntamiento. Por consiguiente, los poetas serios o más ambiciosos los evaden, lo cual impulsa la noria de aquellas poquísimas editoriales con premios que sí poseen una distribución nacional, con una efectiva cobertura mediática. Las mismas que a menudo son criticadas por prácticas endogámicas.

Pero la situación puede ser más grave aún, pues inconscientemente se fomenta tanto el conservadurismo estético y la mediocridad, formal y temática (asociar indefectiblemente la poesía con cierta reflexión lírica isosilábica) como la idea de distintas ligas o divisiones para la escritura. El horrendo sinsentido de un escalafón poético. Hay libros buenos que, paradójicamente, quedan sepultados al ganar estos premios.

En resumen, el concepto de poesía de efemérides es retrógrado, jerarquiza el fondo sobre la forma, e indica la ignorancia o la indiferencia de los organizadores (todo un retrato de gestores y representantes políticos). Existen, más que para propiciar talentos, como una triste constancia de que los poetas también necesitan ir al supermercado”.

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