Analógica

Lenin como comedia

Victor Sebestyen publica «Lenin. Una biografía», libro en el que deconstruye la imagen endulzada del líder soviético para aportar una visión nueva sobre su peripecia vital. Lo edita en España Ático de los Libros

Victor Sebestyen, historiador experto en Rusia, ha publicado una nueva biografía sobre Lenin. Es el libro más importante sobre la figura del revolucionario y dictador ruso publicado en el último cuarto de siglo y se alimenta de una serie de nuevas fuentes y archivos. Lenin. Una biografía (Ático de los Libros), traducido por quien escribe estas líneas, aporta una visión totalmente nueva del líder bolchevique.

En el aspecto personal, muestra que Lenin mantuvo una relación en paralelo con dos mujeres, su esposa, Nadezhda Krúpskaya, y su amante, Inessa Armand, y que ambas lo sabían, se conocieron y fueron amigas. En el aspecto político, revela el papel del propio Lenin en la creación del estado totalitario soviético, incluida la creación de la Checa, la persecución de la Iglesia, los asesinatos políticos y la censura. Sebestyen destruye en esta biografía la tesis de que Lenin fue «bueno» y Stalin «malo». Fue Lenin quien creó la dictadura opresiva que causaría incontables miserias y costaría millones de vidas.

«El libro más importante sobre la figura del revolucionario y dictador ruso publicado en el último cuarto de siglo»

Por ello, es desconcertante ver lo cerca que la Revolución está de la comedia bufa. Cuando, en febrero de 1917, se produce el estallido en San Petersburgo, Lenin no solo no lo ha previsto, sino que le pilla por sorpresa y en Suiza. Frenético, elabora planes cada vez más absurdos para viajar a Rusia a través de una Europa en guerra. En un momento dado, ordena a un agente bolchevique en Estocolmo que encuentre a un sueco que se parezca a él para viajar con su pasaporte. Y le dice: “Como no sé sueco, tendrá que ser sordomudo”.

Una vez en Rusia, Lenin prepara un golpe de estado contra el gobierno de Kérenski que es un secreto a voces. El principal periódico conservador, Rech, anuncia hasta la fecha: el 25 de octubre. Solo la monstruosa incompetencia e increíble soberbia de Kérenski permite que triunfe la revolución más chapucera de la historia.

La noche del 24 de octubre, Lenin está escondido en un piso franco, pero no se fía de sus lugartenientes y decide cruzar Petrogrado para llegar al cuartel general bolchevique. Para que no lo reconozcan, se pone una peluca canosa, pero no le ajusta bien y se le cae al suelo con frecuencia. Cruza la ciudad con un guardaespaldas, pero topa con dos soldados que les dan el alto. Lenin y su compañero se hacen los borrachos y los soldados los dejan pasar. De haber sido arrestado, en palabras de Trostki, “la Revolución de Octubre no habría tenido lugar”. Por fortuna para él, la peluca no se cayó entonces.

Cuando Lenin llega al cuartel general, el guardia no lo deja pasar. Al final lo convence e intenta quitarse el sombrero en un gesto grandilocuente de despedida, pero sólo consigue que se le caiga la peluca al suelo. Dentro del Smolny, todo es un caos. Nadie sabe si la Revolución está en marcha o no. Lógico, porque, contra la imagen de la propaganda soviética, la Revolución de Octubre la hicieron cuatro gatos. La mayoría de los vecinos de Petrogrado no sabía que estaba teniendo lugar. Ese día, los bancos y las tiendas habían abierto. Las fábricas habían trabajado con normalidad: los obreros no tenían ni idea de que Lenin estaba a punto de liberarlos de la explotación capitalista. Esa noche, los teatros y la ópera estaban llenos.

Ridícula fue también la toma del Palacio de Invierno. Quedaban dentro solo los ministros del gobierno, protegidos por unos pocos cosacos y un pequeño batallón de mujeres que tenían más miedo a los cosacos que a los revolucionarios. Para colmo, Kérenski había conseguido huir y Lenin, que era propenso a ataques de ira, que su mujer llamaba “rabietas”, pasó el día de la Revolución hecho una furia, viendo como sus planificadores militares parecían errar constantemente.
Furioso, Lenin ordena que se bombardee el Palacio de Invierno desde la fortaleza de San Pedro y San Pablo, cuyos cañones eran piezas de museo. Se trajeron otros cañones, pero nadie pudo encontrar proyectiles para ellos. Luego resultó que, además, no tenían miras. Al final los comisarios decidieron disparar los cañones antiguos. De los casi cuarenta disparos que hicieron contra el enorme palacio, sólo dos dieron en el blanco y no causaron daños.

«De los casi cuarenta disparos que hicieron contra el enorme palacio, sólo dos dieron en el blanco y no causaron daños»

Incluso la tarea de izar una linterna roja en el palo de la bandera de la fortaleza —la señal que marcaría el inicio del bombardeo y el asalto por tierra— resultó imposible. No encontraron ninguna linterna roja. El comandante bolchevique salió a la ciudad para buscarla, pero se perdió y cayó luego en un cenagal. Al final, consiguió regresar con una linterna púrpura; pero dio lo mismo, porque no fueron capaces de fijarla al mástil. Desistieron, por tanto, de hacer la señal.

En todo el día hubo sólo media docena de muertos y menos de veinte heridos. Y luego estuvo la juerga. Para desesperación de Lenin, los que tomaron el Palacio de Invierno pasaron luego a tomar la bodega del zar. “El tema del vino fue fundamental —recordó un líder bolchevique—. Enviamos guardias de unidades selectas. Se emborracharon. Enviamos guardias de los comités regimentales. También sucumbieron. Fue una bacanal sin control“. Más tarde, enviaron a la brigada de bomberos de Petrogrado para que inundara de agua la bodega, “pero los bomberos […] también se emborracharon”.

La Revolución, pues, fue un golpe de estado chapucero y tan minoritario que la mayoría de los habitantes de la ciudad donde sucedió no se enteraron de que estaba teniendo lugar. Se puede perdonar al lector de la biografía de Lenin que, en ocasiones, piense que está leyendo una comedia.

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