Crónicas desorbitadas

Joy Division: otras voces, ruidos distantes

A los 40 años de la muerte de Ian Curtis, reflexionamos con músicos, periodistas y fans sobre su influencia en España

“Hay un cuerpo girando en la cocina/ al final de una cuerda atada a una viga/ Toda la tarde viendo películas/ Hoy es 18, ella se ha ido/ Hace demasiado tiempo, ahora ya no está conmigo/ Demasiado tiempo metido en este sitio/ y ahora estoy hablando sin sentido/ La vida pendiente de un hilo/ Me gustará saber de qué ha servido/ si nunca nadie ha entendido”. 

Así comenzaba Desorden una de las canciones incluidas en el álbum de debut de Los Planetas, Súper 8 (1994). En ella, J intenta ponerse en la cabeza de Ian Curtis, el líder de Joy Division, en el momento en que se quitó la vida, el 18 de mayo de 1980. La banda formada en Mánchester y completada por Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris se iba a embarcar al día siguiente en su primera gira por EE.UU. Solo habían publicado un álbum, pero el segundo estaba recién terminado y su lanzamiento era inminente y muy esperado. Joy Division era la banda de la que todo el mundo hablaba en el Reino Unido: prometedora e influyente. Curtis tenía 23 años. Todo se truncó. O, mejor dicho, cambió de rumbo: a los pocos meses, los supervivientes del grupo se reinventarían como New Order. Todavía siguen en activo.

 

“Supongo que queríamos declarar la fecha de la muerte de Ian Curtis como un momento significativo de nuestra historia”, explica J. “Esa canción intenta enlazar ideas del líder de Joy Division con las de otros artistas contemporáneos a él que tomaron otros caminos menos radicales, y manifestar nuestra posición con respecto a eso. Hay también referencias a la canción Pictures Of You, de The Cure”, revela el músico granadino. “Ha sido una banda muy influyente en todo lo que se ha llamado indie hasta hace una década. Todo el mundo en esa corriente debe algo a Joy Division y, para nosotros en particular, es una influencia definitiva para dedicarnos a esto”, añade. 

Conexión Varsovia- Sevilla vía Londres

En 1995, un pequeño sello de Sevilla, El Colectivo Karma, publicaría Warsaw – Un homenaje a Joy Division. En el mismo verano en que se celebraba la primera edición del Festival Internacional de Benicássim, en aquel álbum de versiones se daban cita la mayor parte de primeros espadas de la incipiente escena indie española. Allí estaban El Niño Gusano, Mercromina, Sr. Chinarro, Automatics o los propios Planetas, que en aquella ocasión adaptaban el tema Disorder en un guiño a su propia canción. “Andy Jarman nos pidió la colaboración y nos hizo ilusión”, recuerda J., quien incluso se prestó a negociar con su discográfica, RCA, para que les permitiese participar en el álbum. Para quien no lo conozca, Andy Jarman era el inductor del proyecto, cabecilla del Colectivo Karma, líder del grupo Strange Fruit y un músico británico que había aterrizado en Sevilla en 1991 y se quedó en la ciudad para siempre, además de ser pieza fundamental en la activación de su escena indie.

“El Colectivo Karma fue un proyecto completamente autofinanciado (en gran parte por mí y mi mujer) y siempre andábamos cortos de dinero”, rememora él. “Como proyecto con sede en Sevilla no podíamos competir con los sellos que habían comenzado casi al mismo tiempo que nosotros en Madrid y Barcelona, pero que ahora se estaban profesionalizando cada vez más y tenían un acceso mucho mayor a los medios de comunicación. Se me ocurrió entonces la idea de hacer un álbum tributo para tratar de resolver este problema. Por lo que yo sabía -añade-, nadie había hecho un disco de homenaje a Joy Division en ninguna parte del mundo. La escena indie española era pequeña en aquellos días, había una causa común y la mayoría de las bandas se conocían personalmente de hacer conciertos juntos, por lo que era simplemente una cuestión de llamar a la gente. Casi todos los que preguntamos consideraban a Joy Division una banda emblemática y estaban dispuestos a participar. La única ligera dificultad fue con Los Planetas, que eran buenos amigos, habíamos organizado su primer concierto en Sevilla, pero estaban con RCA. Creo recordar que fue la única banda cuya participación supuso bastantes llamadas telefónicas y la firma de un extenso contrato, pero era importante para nosotros que participaran en el disco. Salió bajo el título de Warsaw, que era el nombre original de Joy Division y fue un éxito en nuestros modestos términos. Es nuestro único lanzamiento que vendió todas sus copias. Creo que hay algunas copias disponibles en Discogs, ¡pero yo personalmente solo tengo 2!”, apunta Jarman, quien a lo largo de estos años ha desempeñado todo tipo de funciones dentro de la escena musical hispalense. 

Sr. Chinarro: «Aún hoy, la voz grave, mi naturaleza pesimista, nerviosa, encuentra fácil acomodo en esas sonoridades que tanto me impactaron de chaval»

De hecho, el primer EP de El Colectivo Karma, publicado en 1993, se puede considerar como el punto de partida de la misma. En sus créditos se puede ver a Julio de la Rosa (por entonces en Strange Fruit), Miguel Rivera (en Long Spiral Dreamin’), el luego afamado cineasta Santiago Amodeo (en La Máquina Blonde), pero, sobre todo, es allí donde aparecieron los primeros temas plastificados de Sr. Chinarro. En Warsaw, contribuían con una lectura del tema Passover. “Lo grabé yo todo, incluso la batería, lo que demuestra que es una canción aparentemente sencilla”, explica Antonio Luque. “Esto me hizo ver una vez más que no era necesario complicarse mucho formalmente para transmitir, que lo importante era tener algo que transmitir”, añade el músico, quien reconoce que Sr. Chinarro comenzó como una banda de tributo encubierta a Joy Division. “En la sala Cómix de Cádiz tocamos por lo menos siete canciones suyas, aunque las letras no me las sabía, imitaba los sonidos solamente”, rememora. “Aún hoy, la voz grave, mi naturaleza también melancólica, pesimista, nerviosa, encuentra fácil acomodo en esas sonoridades que tanto me impactaron cuando aún era un chaval”.

Décadas

La influencia de Joy Division se ha ido expandiendo sobre las sucesivas generaciones del pop independiente español. La Habitación Roja comenzó su andadura poco después que las bandas de las que acabamos de hablar, pero fue en 2008 cuando hizo su personal homenaje, coincidiendo con las celebraciones del Día de la Música en Valencia. El periodista Eduardo Guillot programaba uno de los escenarios, y pidió a la banda que hiciese algo especial. Su discográfica, Mushroom Pillow, había comenzado una aventura editorial publicando por primera vez en España el libro Touching From A Distance, de Deborah Curtis, viuda de Ian, y a Jorge Martí, líder del grupo, se le ocurrió que podrían versionar el álbum Unknown Pleasures al completo y por orden, con los singles Ceremony y Love Will Tear Us Apart como bis. “También se había rodado el biopic de Anton Corbijn basado en el libro -se refiere a Control, estrenado aquel año en cines- y era sin duda un momento de reivindicación del legado de la banda. La experiencia fue muy enriquecedora, nos hizo conocernos mejor como banda y aprendimos mucho. Era un reto bonito al que teníamos mucho respeto, pero conforme fuimos haciendo nuestras las canciones nos dimos cuenta de lo mucho que teníamos que ver con ellas y lo a gusto que nos sentíamos en aquella piel. Volvimos a repetir ese concierto en la sala Moby Dick de Madrid meses más tarde, ya en 2009, con motivo del estreno de Control en España”, recuerda el vocalista, muy distante en estilo y presencia a Ian Curtis, lo cual no fue ningún obstáculo a la hora de adaptar los temas. “Mantuvimos el tono de las canciones y lo único que hice fue cantar con la voz más grave de lo que lo hacía normalmente”, explica Martí. “Quedaba realmente bien, lo cual hizo que me planteara buscar de nuevo ese tono en muchas de las grabaciones que afrontamos a partir de aquel momento”, completa.

Jorge Martí (La Habitación Roja): «Conforme fuimos haciendo nuestras las canciones nos dimos cuenta de lo a gusto que nos sentíamos en aquella piel»

En los últimos 20 años, la influencia de Joy Division sobre las nuevas bandas ha sido aún más creciente. ¿Factores que pueden haber influido? Probablemente, el más fácil acceso a unos medios de comunicación globales (plataformas de streaming, Youtube, etc), las continuas reediciones de su obra, la citada película Control, además de 24 Hour Party People, de Michael Winterbottom, y el magnífico documental dirigido por Grant Gee y titulado Joy Division. También las versiones de ellos realizadas por artistas masivos como The Killers, Nine Inch Nails o Moby, y el revival post punk que se hizo tendencia a principios del siglo XXI.

Marto, componente de Las Ojeras, Genderlexx y Balaclava -todos ellos grupos de la actual escena infra underground madrileña- reconoce que su puerta de entrada a Joy Division fue el grupo Interpol, cuando estaba en el Instituto. “Me gustó muchísimo su disco Our Love To Admire y empecé a escuchar todo lo que habían sacado y a leer todo lo que encontraba en Internet. Una de las cosas recurrentes que leía era que la gente comparaba su sonido con el de Joy Division. Es ahí cuando decidí buscarlos activamente y comparar. Es verdad que, antes de eso, Joy Division ya estaba en mi imaginario musical. Me sonaban, pero para mí eran más bien una especie de fantasma que gravitaba sin más en la lista de nombres de culto de la música alternativa al que no le había hecho mucho caso”.

Marto (Las Ojeras): «Siguen siendo tan influyentes porque vivimos un momento de desencanto, vivimos en una incertidumbre agónica hacia el futuro»

La artista, también musicóloga y máster en Industria Musical y Estudios Sonoros, tiene bastante claro el por qué la banda de Ian Curtis sigue siendo tan influyente sobre los jóvenes artistas. “Ese revival postpunk se puede haber revitalizado a través de la hibridación con otras prácticas contemporáneas como puedan ser las nuevas músicas electrónicas, y creo que las bandas que pueden asociarse a un sonido Joy Division o derivados son ahora más diversas, estilística e identitariamente. Vivimos un momento de desencanto donde estamos hastiados, apesadumbrados y con una incertidumbre casi agónica sobre el futuro”, resalta. 

 

La oscura transición

Hay un dato que me fascina. Unknown Pleasures, el primer álbum de Joy Division, se publicó el 15 de junio de 1979, solo un día antes que La leyenda del tiempo, de Camarón. (Sería tentador fantasear con que salieron exactamente el mismo día e imprimir la leyenda, como diría Tony Wilson, de Factory Records, el hombre que descubrió a la banda de Ian Curtis y la dio a conocer al mundo entero).

Servando Carballar (Aviador Dro): «Me resultaron tremendos. Una versión moderna de los Doors cargadísima de emociones»

Claro que, en España, por entonces, las cosas llegaban aún con cierto retraso. Los dos álbumes de Joy Division se publicaron aquí originalmente en 1981, por medio de la discográfica Edigsa, junto al maxi single de Love Will Tear Us Apart, y un año después serían reeditados por Nuevos Medios junto al directo póstumo Still (original del 81). Había que estar muy al tanto de lo que se cocía en el Reino Unido para haberlos pescado en su momento. Eso fue lo que le sucedió a Servando Carballar, líder de Aviador DRO, fundador de Discos Radiactivos Organizados -uno de los primeros sellos independientes creados en España- y coetáneo de Joy Division. “Compré el primer doble EP del sello Factory, A Factory Sample, en Londres nada más salir en 1978. Estaba ya muy pendiente de la escena independiente y la portada era genial. Allí estaban Joy Division sobresaliendo. Me resultaron tremendos. Una versión moderna de los Doors cargadísima de emociones. Especialmente el bajo de Peter Hook y la batería y la voz de Ian Curtis. Se convirtieron instantáneamente en una de mis bandas favoritas”, recuerda el músico madrileño, añadiendo que es coleccionista de sus vinilos. “Tengo muchos de sus primeros piratas y casi todas sus primeras ediciones”, afirma. Además, Aviador DRO fue el primer grupo español que los versionó, concretamente con Ella perdió el control (adaptación de “She’s Lost Control”) a principios de los 80. También ellos fueron los teloneros de New Order en el Palacio de los Deportes de Madrid, en mayo de 1987, un triple cartel completado por la banda de rock estadounidense The Long Ryders que contó con un inesperado giro de guión. “Lo triste es que casi todo el mundo se fue tras los Long Ryders y nosotros y se quedaron apenas dos centenares de personas a ver a New Order”, recuerda Carballar.

“El mundo de Joy Division encajó muy bien con el final de los 70 y principios de los 80. Fue el grupo perfecto para hacer el traspaso de una década a la otra: venían de todo lo que habían mamado en los 70 como época de crecimiento (algo muy apreciable en la visceralidad de su sonido), pero, claramente, ya era una banda que avanzaba los 80, la onda siniestra revestida de ética profunda y estética mitificada (el look de Ian Curtis, el grafismo de sus portadas) y abanderada sin poses”. Son reflexiones de Santi Carrillo, director de la recién difunta revista Rockdelux, que fue una de las principales responsables de dar a conocer a la banda en España, aunque no la primera. “En enero de 1984 me regalaron el Still, un disco que me enamoró no solo por su música, sino también por su portada, ese tacto de cartón, inmaculadamente publicado por Mario Pacheco en Nuevos Medios, siempre impecables en sus ediciones”, recuerda Carrillo de su experiencia iniciática.

Santi Carrillo (Rockdelux): «Escucharles suponía adentrarse en un misterio insondable, resolver un enigma más propio del cine de arte y ensayo para entender la tragedia que persiguió a Curtis»

“Escuchar a Joy Division suponía adentrarse en un misterio insondable, o eso me parecía entonces a mí, con 20 años. Requería atención extrema para resolver un enigma más propio del cine de arte y ensayo, y repetidas escuchas para intentar entender la magnitud de la tragedia que persiguió a Ian Curtis”. En 1987 publicó en Rockdelux un artículo de dos páginas “que pudo marcar a mucha gente que no había vivido en tiempo presente, como yo mismo, la obra de Joy Division. Y extensible es esa sensación de descubrimiento a la aportación más trascendental del libro de letras -titulado Ian Curtis/ Joy Division. Canciones– que lanzó Espiral/ Fundamentos en 1991, traducidas por Alberto Manzano y prologadas por mí”, añade. La inclusión de Closer como segundo mejor disco de los 80 en una de sus célebres listas (el elegido por delante fue Sign O’ The Times, de Prince) y su puesto 16 en su selección de los 200 mejores del siglo XX (en 2002) ayudaron, sin duda, a que más público se interesara por ellos. Aunque lo primero que se pudo leer sobre el grupo en España vino de la mano de Ignacio Julià en la revista Vibraciones, con un completo artículo de tres páginas en febrero de 1981. En su libro antológico de artículos Pulp-Rock, el que también fuera director de la revista Ruta 66, recordaba el primer chispazo: “Un ejemplar de New Musical Express fechado el 14 de junio de 1980. En aquel entonces uno podía confiar en el célebre semanario británico como una fuente segura de información y excitación musicales. Fue una sorpresa avistar la revista en un quiosco; llevaba seis semanas sin aparecer a causa de una huelga de sus trabajadores. En portada cuatro individuos de espaldas a la cámara, sólo uno de ellos girando a medias su cuerpo para echarle una triste mirada al objetivo, y en la parte inferior un escueto titular: «15 July 1956 – IAN CURTIS – 18 May 1980». El desaparecido tenía que ser el que se volvía con expresión desesperanzada hacía el fotógrafo, no podía ser de otra forma. En las primeras páginas una corta nota daba algunos detalles: cantante de Joy Division, la gran esperanza de Mánchester, veintitres años, suicidio tras una presunta catástrofe sentimental, deja un álbum póstumo a publicarse próximamente. En las páginas centrales había más, un estudio en profundidad que me hizo buscar ansiosamente sus grabaciones”.

Marcos Gendre: «Siouxsie, Killing Joke, The Cure o Bauhaus eran la purpurina del after-punk; y Joy Division, unos tipos con pinta de oficinistas grises»

“Por aquella época, los discos de importación llegaban con dificultades, pero pude hacerme con los primeros elepés y maxis, de ahí mi artículo en Vibraciones”, rememora él ahora. “No existía la superabundancia actual, así que cualquier cosa destacable era apreciada por una inmensa minoría, ya fuese Joy Division, Echo & The Bunnymen o The Cure. Aquí, en plena Transición, el ansía por la modernidad potenciaba el descubrimiento de estos grupos”. Servando Carballar reincide en que Joy Division se convirtió en una banda de culto en España coincidiendo con la Nueva Ola, y que, además de a ellos, influyó decisivamente a bandas como Décima Víctima o Parálisis Permanente. No obstante, el periodista Marcos Gendre, autor del libro Mánchester. El sonido de la ciudad (Editorial Milenio),relativiza la impronta que dejaron en el Rock-Ola y aledaños. “Cuando entrevisté a gente como Ana Curra y más miembros de aquellos círculos, siempre hablan antes de Siouxsie, Killing Joke, The Cure o Bauhaus. Estos eran la purpurina del after-punk, y Joy Division unos tipos con pinta de oficinistas grises, que solo tuvieron su propia versión ibérica en Décima Víctima”, argumenta.

 

¿Recuerdas la primera vez?

Joy Division nunca llegó a tocar en directo en España, por lo que ninguno de nuestros interlocutores pudo ver a Curtis en acción… salvo uno. “Yo estaba viviendo en Londres en 1979, y Joy Division tocaron mucho allí aquel año”, rememora Andy Jarman. “Los vi por primera vez en el Electric Ballroom en Camden en octubre de aquel año. Recuerdo que el grupo telonero era A Certain Ratio. Acabo de investigar y el precio de entrada fue 2,50 libras, o sea, ¡menos de 3 euros!  Es una buena sala, con un aforo aproximado de 1.000 personas o algo más y muchas bandas geniales tocaron allí. Recuerdo sobre todo la intensidad de la actuación de Ian Curtis. Era completamente magnético. Sin embargo, hay que pensar que había tantas bandas interesantes pasando por Londres en aquellos días que, de alguna manera, aunque Joy Division fueron ciertamente importantes, también lo fueron Magazine, Gang of Four, The Clash, Echo & The Bunnymen, los primeros Simple Minds y otros a los que pude ver en directo ese mismo año. Lamentablemente fue la muerte de Ian lo que los hizo inmortales”, considera Jarman, quien, por cierto, nació el mismo año que Curtis, en 1956. “Siempre recuerdo la fecha de su muerte porque, por razones personales, estaba pasando unos días en casa de mi madre. Aquel triste día 18 empezamos a ver una película de Werner Herzog en la televisión (Stroszek), pero era muy deprimente y decidimos apagarla. Esto siempre se me ha quedado grabado porque al parecer, después de ver la misma película, Ian Curtis decidió quitarse la vida”. 

Andy Jarman: «Recuerdo la intensidad de la actuación de Ian Curtis. Era completamente magnético»

Todos los demás entrevistados los descubrieron tardíamente. J Planetas, de hecho, lo hizo a raíz de otro de los primeros artículos de Ignacio Julià, esta vez publicado en Rock Espezial. “Yo estaba obsesionado con New Order y ahí descubrí que ellos eran antes Joy Division, y la historia de Ian Curtis. Además Ignacio, defendía que Joy División eran mucho mejores que New Order”, relata. “Así que fui a una tienda, Electrodomésticos Sánchez, y en la cubeta de ofertas encontré Unknown Pleasures y lo compré. Volví a casa mirando la increíble portada del disco, excitado, pensando que si era mejor que Power, Corruption And Lies de New Order tenía que ser la hostia. Me metí en mi cuarto y lo pinché en el tocadiscos. Me acuerdo perfectamente que me equivoqué y puse primero la cara B (los diseños de Peter Saville serían absolutamente perfectos si fueran más intuitivos o no jugaran al despiste). Sonó She s Lost Control y me voló la cabeza, pero con todas las expectativas que me había levantado el artículo, la portada y la primera canción que había escuchado, esa primera escucha me decepcionó. Las canciones de New Order que más me habían gustado eran las menos oscuras y en este disco todo era muy siniestro. La música era poco armónica, fría y dura. Para mí fue un shock porque también era mi primer encuentro con la prensa musical especializada, la primera revista de música en serio que leía, y no estar de acuerdo con el crítico me desconcertó. Las siguientes escuchas me reconciliaron con el disco (y con Ignacio Julià) y conforme iba entendiendo las letras y el concepto me fue obsesionando a lo largo del tiempo… hasta ahora”, recuerda el líder de Los Planetas. 

Antonio Luque también llegó a través de New Order. “Elegia fue la primera canción, la tenía uno de Oviedo en una cinta de su hermano. Luego tuve la cinta original de Brotherhood y una copia en TDK del Power, Corruption And Lies. Es probable que comprara el recopilatorio Still en Sevilla Rock porque estuviera barato, sí, y ahí ya preferí a Joy Division a sus sucesores”, apunta. Y fue un caso similar el de Jorge Martí. “Todo empezó en 1986, gracias a una canción de New Order que sonaba en las discotecas valencianas, Sub-Culture, y después, de ahí llegué a Joy Division. Love Will Tear Us Apart también sonaba mucho allí. Pude ver en directo a New Order en 1987, en la plaza de toros de Valencia, y fue un concierto que me marcó mucho”.

“La primera vez que escuché a Joy Division fue por medio de un amigo mío que se acababa de comprar la casete de Substance, su recopilatorio de 1988”, relata Marcos Gendre. “No le gustó nada y me hizo un trueque, al que yo accedí encantado. Aquello fue en 1994. Yo, entonces, estaba obsesionado con el Technique, Low-Life y el Power Corruption And Lies, de New Order, inversión en CD’s y casetes que menguó drásticamente mis posibilidades económicas de aquel verano. Cuando empezaron a sonar los primeros acordes punk de Warsaw, mi primera impresión fue de rechazo. ¿Cómo podía ser eso el grupo anterior a New Order? Todo fue mejorando a partir de Transmission. Me costó entrar porque me había hecho una idea de cómo iba a sonar. Entonces, cuando te comprabas un disco de un grupo que nunca habías escuchado, siempre pasaba lo mismo: nunca sonaba igual a cómo te lo habías imaginado o leído. Siempre había un primer momento de decepción, luego se trataba de asumir de que era otra cosa y, finalmente, aceptarlo y disfrutarlo, más o menos. Y eso fue lo que me pasó al principio con Joy Division y Substance, cinta que acabé quemando de tanto ponerla. De hecho, esta fue la banda sonora de mi verano del 94”. 

“Al principio se me hizo rara la voz de Curtis, grave y sin demasiada atención en afinar, pero enseguida le pillé el punto. Pensé que tenían algo que no había escuchado en otras bandas. Pensé que me gustaba la sencillez de las canciones: cómo con tan poca cosa hacían algo que podía molar tanto. Y, para qué engañarnos, si eres un adolescente triste y encuentras una banda que suena a ‘querermorirse’ es tu día de suerte”, completa Marto. “Supongo que de alguna manera el sonido conectó o atrapó mi atención y me inspiró. En ese momento todavía no entendía bien las letras, aunque intuía que eran una parte esencial. También es cierto que escuchar a Joy Division fue el primer paso para luego adentrarme en nuevos estilos y bandas que vendrían después”. 

La creación del mito

Nadie ha osado cuestionar nunca la calidad musical, el impacto emocional y la inventiva de las canciones de Joy Division pero casi todo el mundo está de acuerdo en que, de no ser por las circunstancias del suicidio de Ian Curtis, no se habría producido esa mitificación. A veces exacerbada, como en el caso de J, quien le atribuye un aura mesiánica. “Es un mito básico de la cultura occidental: el del ser humano que sacrifica su vida por una idea mayor que ėl mismo y en beneficio del resto de la humanidad. Está en la obra de otros artistas, desde Cesare Pavese a Kurt Cobain”, sostiene él.

«Nadie ha osado cuestionar la calidad y el impacto emocional de las canciones de Joy Division pero, de no ser por el suicidio de Ian Curtis, no se habría producido esa mitificación»

Marcos Gendre lo toca desde la distancia. “Generó mucho morbo. Suicidio, enfermedad -sufría de epilepsia-, autodestrucción, infidelidad y haber muerto con 23 años, dejando mensajes cifrados sobre lo que se venía en las canciones de Closer es un menú tan trágico como suculento para cualquier periodista y lector ávido de amarillismo rock. Por otra parte, también creo que haber dejado un legado tan influyente y ser tantas veces imitado también tiene mucho que ver con una personalidad que rompió moldes y que siempre ha tenido más caricaturas a la baja que sucesores de peso. En pocas palabras, dejó un vacío tan grande que hasta el resto del grupo se tuvo que cambiar el nombre por uno tan polémico y representativo como New Order”. “Es lo mismo que sucedió con Kurt Cobain”, apunta Antonio Luque. “Hay 3.000 suicidios al año en España y no se habla de ello. Esto les da a los suicidas famosos un halo insuperable. Antes las drogas tenían este misterio. Ahora que la drogadicción es casi un must en los medios de comunicación de masas solo el suicida es visto como héroe por los adolescentes en su incierto camino a la sociedad”, argumenta el factótum de Sr. Chinarro con su ya conocida socarronería.

“Suicidarte joven e incomprendido, sumido en tus propias mierdas, siempre ayuda a que la gente te atribuya un aura, merecida o no, de genio oscuro y místico”, afirma Marto. “Generacionalmente, él y Sid Vicious fueron nuestros mártires, como lo habían sido Janis, Jim y Jimi para la anterior”, considera Ignacio Julià, quien también nació el mismo año que Curtis. “Pero el éxito global de New Order con Blue Monday revalorizó a Joy Division y amplió su audiencia exponencialmente. Las siguientes generaciones potenciaron todavía más la mística de Ian Curtis, en especial cuando estalló la escena de Madchester en 1989, en mi opinión menos decisiva que la primera oleada que formaron Buzzcocks, Joy Division y The Fall”, indica el periodista catalán. Por su parte, Servando Carballar sostiene que “eran tremendamente originales. Distintos. Fuerza, misterio y drama. Sus composiciones son sencillas pero tremendamente efectivas. Creo que su influencia ha sido muchísima”. 

 

(Anexo 1)

Macclesfield, destino turístico

Macclesfied es una ciudad de 50.00 habitantes, a 30 kilómetros de distancia de Mánchester. Allí vivió y se quitó la vida Ian Curtis y, por ello, es lugar de peregrinación recurrente por parte de sus fans. Al menos de los que están en el timeline de quien esto escribe. Ante la pregunta en Facebook de quién había ido a visitar su tumba, me respondieron siete personas en solo unas horas. Néstor Parrondo, de Madrid, me cuenta que acurid allí desde Mánchester es como ir en el cercanías a Alpedrete. “El pueblo tiene una calle comercial, una plaza con una iglesia y un montón de casas inglesas unifamiliares de ladrillo. Me lo esperaba más gris y deprimente, pero me pareció un pueblo residencial aburrido y ya”, relata. Jack After, también de la capital de España, lo compara con Parla y recuerda con cierto regocijo la sorpresa que les produjo que Curtis no fuese tan popular entre sus paisanos. “Los lugareños nos echaban miradas de ‘¿a quién dicen estos que buscan?’. Probamos con la gente joven después. ¿Joy Division? Nada. ¿New Order? Tampoco. Unas chicas jovencitas disfrazadas de nu metal o emo no sabían nada de todo esto cuando les preguntamos”. Andrés Pérez se acercó también a la casa donde Curtis se suicidó. “Esperas encontrarte con un museo o más gente haciéndose fotos pero sólo da respeto, te das cuenta que ahí murió una persona y en la cabeza sólo tienes un personaje, es una calle muy tranquila, y casi sombría, apenas escuchas un ruido o ves pasar un coche”, relata.

Problema generalizado fue la dificultad para hallar la tumba. Primero, había que encontrar el cementerio correcto (hay varios) y, después, una lápida que pasa bastante desapercibida (no hay mapas de celebridades para turistas como en los grandes cementerios de París y Londres). Casi todos lo lograron después de preguntar a algún trabajador que veían por allí. “En realidad es una especie de adoquín en una acera”, apunta Parrondo. “Debajo están sus cenizas. Alrededor hay un altar improvisado con flores de plástico, cartas de fans, monedas, velas, billetes del mismo tren de Cercanías que te comentaba antes y botellines. Es un poco un vertedero, como la tumba de Jim Morrison en París”. Pérez se encontró “con un hombre de unos 60 años que vivía en Liverpool y nos ayudó a encontrar la tumba. Dijo tener un familiar en Mánchester, y que cada vez que iba a visitarlo intentaba acercarse por allí. Fue muy amable, la verdad, hizo un gesto de admiración al llegar a la lápida y se largó casi sin despedirse”. Por su parte, Yayo V. Codesido y Marti Arcadia apuntan que “se nota que él era de working class, porque su lápida es de las más sencillas y humildes. Además, el paseo desde Macclesfield hasta el cementerio es muy bonito. 

Cuando fuimos estábamos completamente solos. Silencio absoluto. Hasta que nos pusimos a escuchar en el móvil Atmosphere, sentados al lado de la lápida. ¡Una buena gañanada de fan absoluto!”.

 

(Anexo 2)

Ian Curtis, el ídolo y el heteropatriarcado. Una visión crítica.

Hasta aquí, hemos expuesto una mirada desde España al legado de Ian Curtis que no se ha apartado radicalmente del relato que sobre él siempre se ha ejercido. Aunque, en su libro, Touching From A Distance, su viuda, Deborah, ya ofrecía una visión diferente del ídolo: la de la compañera sentimental que se quedaba en casa lavándole los calzoncillos mientras él se llevaba la gloria artística, se iba de gira por Europa y le ponía los cuernos con una sofisticada chica belga (que, por otro lado, y esto Deborah nunca lo niega, comprendía mucho mejor a Ian). Esta es la parte de kitchen sink drama -valga la expresión, si la relacionamos con el modo en que el músico se quitó la vida- que también ha acompañado la biografía de Curtis, y que se refleja muy bien en la película Control (debut como director de Anton Corbijn, quien había sido también el fotógrafo de cabecera de Joy Division).

En la entrevista sostenida con Marto, la musicóloga y componente de Las Ojeras, Genderlexx y Balaclava aporta una visión mucho más crítica. “Personalmente, estoy hartx de los tipos cishetero mitificados. Ya vale. Enough. Me da pereza. Igual que me da pereza ir a un concierto donde solo hay tipos cis en el escenario. Me aburre profundamente y me enfada. A veces tengo la sensación de que la gente necesita ídolos desesperadamente, una cara que dé sentido a un relato que no dejamos de contarnos una y otra vez. Y, no casualmente, en este relato que nos contamos y construimos sobre las distintas épocas de la música, la mayoría de cuerpos e identidades que no son de tíos cisheteronormativos son sistemáticamente silenciados. Quizá ya por posicionamiento político me niego a mitificarlo. ¿Me gusta Joy Division? Mucho. ¿Tengo un altar en mi casa a Ian Curtis? Pues ni lo tengo ni lo tendré”, apunta. Al preguntarle qué opina sobre sus letras, ella responde que son “intensitas”. “He pasado por varias fases: cuando era más joven me gustaban muchísimo. Admiro su esfuerzo y pericia a la hora de escribir, me gusta el resultado. Y consiguió algo que es muy difícil: que el público hiciera como suyas las vivencias de Curtis. Son unas letras que dan pie a la introspección de quien escucha, a que las incorpore a su propia experiencia y le dé una vuelta… Y de repente puede que un verso de Curtis te parezca tan cercano que lo reinterpretas para dar sentido a tu propia existencia. De hecho, soy culpable de llevar un tatuaje con parte de una de sus letras. Aunque creo que sobre todo me quedaría con el hecho de que pone el foco en el ‘yo’, un ‘yo’ profundamente jodido en medio del desencanto. Es curioso, porque si lo vemos desde una perspectiva actual, personalmente aborrecería a un cantante masculino cuyas letras fueran como las de Curtis. Quizás hay un tiempo y un espacio para todo. Ya hemos tenido un Ian Curtis, igual no necesitamos más”, expone. Y añade, al tiempo, que “a las personas no binarixs LGBTQIA+ nos faltan referentes. Me gustaría que se empezaran a rescatar a esas otras identidades, también jodidas, que nunca aparecen en el relato y que son cruciales para la música o la estrella de turno. Esas otras vidas que sufren y padecen en el anonimato. Quizá esto ayudaría a humanizar también la figura del ídolo”. Continúa Marto su argumentación diciendo que “es innegable que Joy Division ha dejado un legado. Ahora bien, es el turno de esas otras identidades, de recoger sus influencias, reinterpretarlas y darles la vuelta de tuerca feminista haciendo nueva música. Está claro que si te has iniciado en el postpunk o derivados, Joy Division ha sido un ‘must’ en tu vida.  Por otra parte, creo que hay una idea generalizada, por lo menos en mi entorno, de que la audiencia mayoritaria de Joy Division son señoros. Y esto también nos cansa profundamente, porque creo que el legado de una banda no es sólo su música, sino a quién apela y con qué audiencia está conectando”, concluye. 

Un comentario

  1. Muy buen artículo pero el Anexo 2 ¿qué coño pinta, con todaesafarfolla de neolenguaje progre? ¿Quién cojones es Marto?¿Marto tiene o no tiene un marcapasos?

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