Crónicas desorbitadas

Otro apocalipsis librero o #YoMeQuedoEnCasaLeyendo

¿Se están pegando las librerías un tiro en el pie? En estos días de aislamiento en el que un nuevo horror vacui nos lanza al consumo a través de las pantallas, sería sensato parar a reflexionar en el consumo y el ocio como actos políticos. En la carrera del ingenio para convertir la amenaza en oportunidad, no todos tienen las mismas herramientas. ¿Funcionará el Covid-19 como una suerte de selección natural y caerán las librerías más vulnerables?


En 2008, dibujante Adrian Tomine ilustró magistralmente la crisis de las librerías con esta portada del ‘New Yorker’, hoy un clásico.

Todos lo comentamos, lo que está sucediendo estos días nos hace tener la sensación de estar viviendo dentro de una ficción distópica. La incertidumbre y el aluvión de información cambiante nos tienen embotados la cabeza y el entendimiento, lo cual es abono para el pánico. Cuando el ideario común albergaba una realidad ficticia de cofias y vestidos rojos, hemos cambiado la amenaza por ficciones retrofuturistas de máscaras de gas y trajes de protección. Son tiempos raros

En este escenario de río revuelto, nuestro instinto primario de supervivencia nos hace dar brazadas y buscar oxígeno de manera desesperada. La crisis agudiza el ingenio, es algo que hemos aprendido, y así contemplamos múltiples iniciativas creativas de consumo a través de internet para combatir los efectos económicos de esta crisis internacional. Ante la amenaza de cuarentena, que aniquila la posibilidad de la relación física lector-librero-librería, es decir, la fortaleza del comercio de cercanía, la primera y más recurrente solución es fomentar la vida virtual. Y yo me pregunto si no es pegarnos un tiro en el pie. 

Compra on line: la estampita de San Pancracio

Todas esas librerías que hace unos años invirtieron en crear y mejorar sus plataformas online, han visto hoy la posibilidad de desempolvar los paneles de control de sus pasarelas de pago para revitalizar el consumo de libros a través de esa herramienta que no terminaba de arrancar por sí misma como vía razonable de ingresos; muchas de ellas han sido subvencionadas, al menos en gran parte, por el Ministerio de Cultura. En la adaptación de los libreros a los nuevos tiempos, se nos han vendido las tiendas online como la estampita de la Virgen de Lourdes o el San Pancracio para hacer el milagrito que atrajera la bonanza tan anhelada. 

Pero en circunstancias normales, el comercio a través de internet es una tarea más que añadir a las de un librero que ya está en precario, asumiendo un volumen de trabajo de gestión (no de ventas, entonces el cuento cambiaría) que está muy por encima de lo que puede asumir: exceso en el volumen de novedades y mantenimiento del equilibrio económico entre los gastos de estructura, el cobro de novedades por parte del distribuidor y las ventas al cliente final. Es evidente que en este estado de excepción, con parte del comercio minorista mandado a clausurar como una de las medidas de este estado de alarma, lo que prima es salvar los muebles y aminorar el impacto económico de este parón en el consumo. 

¿Qué pasará cuando se levante el aislamiento? ¿Habremos conseguido convencer al consumidor de que quedándose en casa no se pierde nada?

Fomentar el comercio a través de internet es una de las armas que han podido blandir aquellos libreros que ya tenían la herramienta preparada, además de que los cierres preventivos  constituyen una disposición extra de horas para engrasar el ingenio que dé a luz soluciones cortoplacistas ante el hecho de que nuestro consumidor esté encerrado en casa. Pero ¿qué pasará cuando se levante el aislamiento? ¿Habremos conseguido convencer al consumidor de que quedándose en casa no se pierde nada? A puerta cerrada, es mucho más posible la gestión pormenorizada de la venta online, pero la prescripción a través de lo virtual pierde capacidad y fuerza. No quiero que me recomienden a través de las redes, se reduce la probabilidad de que te topes con un libro que no estabas buscando, se polarizan las posibilidades. Hay algo fortuito en encontrar tu próxima lectura que se pierde en lo virtual. 

¿Se puede trasladar, en definitiva, la experiencia física de tu librería a la experiencia a través de la pantalla?  No se puede. Igual que no se puede trasladar la experiencia de la visita a la sala de un museo por más tecnología 3D que te asista. No deja de ser un engaño a los sentidos que tiene sus consecuencias cognitivas. La experiencia de los sentidos es lo que imprime un registro en la memoria. La información sin experiencia sensorial no cala en el individuo de la misma manera. Tenemos una capacidad limitada de asimilación del entorno y la información que este nos ofrece. Y lo que no tiene posibilidades de sedimentar en nosotros se diluye y se va por el desagüe como el agua que nos resbala de las manos al lavárnoslas.

«Lo que no tiene posibilidades de sedimentar en nosotros se diluye y se va por el desagüe como el agua que nos resbala de las manos al lavárnoslas»

Pero no es este el tema, sino este estado de excepción que tiene al consumidor encerrado en casa y obliga a explorar con más ahínco estas vías. La campaña de sensibilización para que este encierro no nos lleve al límite de la recesión económica debería entonces ser #QuédateEnCasa y #ConsumeDesdeCasa. Compra libros, eso sí, a través de las plataformas de venta de las librerías independientes, pero no dejes de comprar. Solo que si hacemos esto… ¿el próximo aplauso lo pediremos a los repartidores? ¿Los veremos como héroes que se juegan la salud para satisfacer nuestras necesidades de consumo en los días de encierro? ¿O siguen siendo esos trabajadores seres invisibles por los que apenas nos preocupamos de sus condiciones de trabajo?

 

Onetti leyendo en su cama, quizás el escritor que mejor habría llevado lo del #Quédateencasa.

El repartidor y el otro maltratador

El comercio a través de internet está muy deshumanizado, el comprador ha pagado para recibir su producto en casa en el menor tiempo posible y el tiempo se cotiza caro, y el que paga exige y exige sin haber cruzado con el librero o el repartidor ni una simple mirada o palabra que provoque la empatía entre ambos. El gigante que todos conocemos invierte en alguna campaña de humanización -que suele coincidir con picos de facturación como la Navidad- que le ayude al consumidor a ponerle cara al mensajero, ese que es la imagen del gigante que está detrás, ese que te trae tu caja impresa con la sonrisa amazónica del buenrrollismo y que, según el anuncio, se toma como compromiso personal entregar el paquete en tu domicilio contra virus, viento y marea. 

«Según el anuncio, el mensajero se toma como compromiso personal entregar el paquete en tu domicilio contra virus, viento y marea. Pero es un esclavo»

Pero en realidad ese mensajero que sonríe en el anuncio está muy mal tratado, es casi un esclavo. Lo dicen, cuando han podido, los propios trabajadores. Su verdadero jefe es el Sr. Algoritmo y él es quien decide si trabaja o no trabaja hoy porque analiza la curva de consumo y predice que hoy te necesita o no te necesita. Desde luego el Sr. Algoritmo estos días está frotándose las manos e incluso arañándose la cara por la saturación de su enorme estructura, que hasta está empezando a ser incapaz de encajar los pedidos de productos frescos en este ambiente de histeria consumista apocalíptica. 

Los héroes de estos días son el personal sanitario público. Se empiezan a reclamar menciones a los cajeros de supermercado (curioso el porcentaje de ocasiones en que se generaliza el oficio de manera pública en “cajeras”) y a los reponedores. Pero todos son personal de empresa privada que, imaginamos, aguanta turnos de campeonato, tensiones y mucha exposición sin apenas seguridad, y que está al servicio del enriquecimiento de la empresa que lo ha contratado (con contratos dignos o precarios). Y una vez más, desgraciadamente, la crisis hace a los ricos más ricos y a los pobres más pobres

En ese primer momento de braceo en medio del naufragio quizá no nos hemos parado a pensar ni en los mensajeros ni en la responsabilidad de fomentar que el virus circule en un puerta a puerta inacabable, ni en las consecuencias de fomentar el acceso a la librería independiente desde el sofá de tu casa. No soy con esto abogada del inmovilismo ni de dejar las cosas como estaban, porque no estaban bien, pero… con estos mensajes de “no hace falta que vengas a la librería, te llevamos la presentación a casa a través de streaming”, “quédate en casa, elige tu libro desde allí, la montaña irá a Mahoma, como pueda, pero irá”, aunque sea como cosa excepcional, deduzco que esta crisis traerá consigo cambios profundos en el consumo y un cambio de paradigma. Es posible que el estado de alarma y sus restricciones se prolonguen más de los 15 días de inicio. ¿Funcionará el Covid-19 como una suerte de selección natural y solo sobrevivirán los que sean capaces de adaptarse al nuevo medio?

¿Funcionará el Covid-19 como una suerte de selección natural y solo sobrevivirán los que sean capaces de adaptarse al nuevo medio?

Freno a esta locura

Como antídoto a la cuarentena, hemos cargado las tintas en el fomento del consumo online y del entretenimiento virtual. Hemos lanzado a la población al uso masivo de las pantallas. Corren a ellas ante el horror vacui del aislamiento, incapaces de frenar la inercia del exceso de estímulo, buscando desesperadamente películas y series, teatro, museos y vida social: todo a través de la pantalla. Circulan listas de opciones virtuales y pasan de móvil en móvil como si fueran una tabla de salvación. El uso de las redes sociales estos días se está disparando. El ruido mediático es cada vez más ensordecedor. Habría que frenar toda esta locura. 

La campaña debería ser #quédateencasa, aprovecha para desconectar, para reconectar con tu familia, para charlar y contar, o que te cuenten, todas esas cosas de las que no eres partícipe por la prisa de los días, para cocinar, para leer toda esa acumulación de lecturas pendientes, tú que eres de los que has dicho que no lees porque no tienes tiempo y formas parte de ese 38,2% de españoles que “no lee nunca o casi nunca”, tú que lees poco porque la prisa te puede o el sueño que te vence antes de la tercera página, tú que te quejabas de la cantidad de libros que tenías por leer y que no sabías que estabas acumulando libros para esta isla desierta del aislamiento inesperado; aprovecha en definitiva para desacelerar, para reducir las emisiones, para reflexionar, para agudizar el ingenio y entretener con él a los niños que tengas cerca, para fomentar lo manual, para entrenar la paciencia y no exigir de todo la respuesta inmediata, para dejar de ejercer el control enfermizo, para dejar el móvil a un lado y fomentar la vida fuera de él. Seamos capaces de parar la inercia desmedida de prisa insensata. Y no tengas miedo de dar un golpe de Estado a la dictadura del estímulo constante. Fomentemos la ralentización de la vida, la contemplación y el aburrimiento, de ello saldrán grandes ideas para el futuro, nos van a hacer falta. 

«Seamos capaces de parar la inercia desmedida de prisa insensata. Y no tengas miedo de dar un golpe de Estado a la dictadura del estímulo constante»

El tejido cultural, la industria que mueve, los puestos de trabajo que genera, necesita más que nunca  de una protección hecha a su medida. Recemos, cada uno a sus dioses, para que el paso del virus sea lo menos letal posible. Y puesto que no todos tienen herramientas para reinventarse, en esta carrera del ingenio virtual, ni tiene por qué ser una exigencia tenerlas, esperemos que la ayuda económica que plantee el Estado pueda cerrar la herida casi mortal que esta pandemia también asesta a las librerías. 

Si tu librería habitual no te pone los libros en tu casa a través de una plataforma de compra virtual, no tengas prisa. La cuarentena pasará. Todo lo hace. Y te alegrará volver a ver a tu librero o tu librera de confianza, y ver que ha vuelto a conseguir el milagro de abrir la persiana de su librería para ti. Si consumes durante tu cuarentena, elige bien el medio que sí justifica los fines: tiene más valor recibir el libro en casa que un librero o una librera, amante de su oficio, ha elegido y empaquetado para ti y que un mensajero, que recibe un trato digno, ha cruzado las calles para traerte. Cada libro es una esperanza de futuro, un bien refugio, un espacio de protección. No se debe ensuciar por el camino hasta tus manos. También va de esto ser responsables

 

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