Crónicas desorbitadas

Macarena pop

El artista Miki Leal es el autor del colorista cartel de la Hermandad de la Macarena. La famosa virgen sevillana trasciende la religiosidad y el arte contemporáneo la interpreta. Nos lo comenta el pintor Ricardo Suárez, impulsor de una nueva plástica para la Semana Santa de Sevilla
La Macarena vista por Miki Leal.

Allá por 2005, la Hermandad de la Macarena decidió darle un giro a la tradicional forma de representación de su cartel anual de cuaresma. Fue el teniente de hermano mayor, Manuel García, quien me encomendó la difícil y no menos apasionante tarea de realizar un cartel, una nueva visión para cambiar la estética hasta entonces conocida. El resultado no dejó impasible a nadie. Ni a la hermandad, ni a la ciudad que por aquel entonces distaba mucho de ver en las hermandades la fuerza para apostar por una renovación de la plástica de la Semana Santa. El resultado fueron aquellas cuatro representaciones del rostro de la Esperanza bajo los preceptos del Pop Art y utilizando como técnica posos de café sobre papel.

Después vinieron Carmen Laffón, Ignacio Tovar, Guillermo Pérez Villalta, Emilio Sáenz, Félix de Cárdenas, José Luis Mauri, Javier Buzón, Manolo Cuervo y Miki Leal. Un plantel de artistas que definió cuál era el camino que debía seguir una hermandad que siempre se caracterizó por estar a la vanguardia de las nuevas aportaciones estéticas. Una serie de pintores que no solo enriquecen con su obra el patrimonio de una cofradía en particular, sino también el patrimonio de la ciudad al dejar sus obras en un lugar tan visitado como el museo macareno.

La versión de la imagen que plantea Ricardo Suárez, autor de este artículo.

Serán las representaciones de Manolo Cuervo y Miki Leal las que sintetizan la estética Pop en una hermandad que, por un lado, es puro regionalismo y, por otro, el pop más cotidiano y desconocido. Esas representaciones no vienen de los huertos de extramuros, sino de aquellos que en la década de los setenta aún vivían hacinados en las casas de vecinos mientras se imponía al barrio una estética de falsa modernidad que se tomó al pie de la letra las teorías del arquitecto y cineasta Bollaín, maltratando el sustrato cultural menos tópico de una Sevilla que despertaba de su letargo.

La Esperanza de Cuervo y de Leal es la de los trabajadores del mercado de la Encarnación o de la calle Feria, la Esperanza de aquella Sevilla que salía del blanco y negro cuya gama cromática la imponían los mercadillos de El Jueves y la Alameda; la que lleva el color de esos calendarios olvidados en las carpinterías y talleres mecánicos de la calle Castellar, con exuberantes lolitas que compartían un trozo de pared con la representación de la Virgen.

Una iconografía que traspasaba lo puramente religioso: serrín esparcido por los bares de San Luis y el Pumarejo, reducto de melancolía y confesionario de penas y fatigas en la ciudad del olvido. Es una Esperanza que lleva color de hospital, de un cirio verde derretido metido en un olvidado paragüero. Es la Esperanza del agnóstico anarquista militante o la esperanza de vinilos, cintas de casette, bafles llenos de polvo y papel de fumar. Es la Esperanza de mugrientos bolsos de charol y tacón alto de aquellas mujeres rotas de la calle Leonor Dávalos. Es la Esperanza cuando la muerte entraba como un arado y sin pedir permiso por las calles Torrigiano, Sagunto o Parras y que la vistió de negro por el rey de los toreros.

Manolo Cuervo arrojó color y primavera a su versión.

Es, asimismo, la Esperanza de los azulejos cerámicos en los zaguanes y la Esperanza de las fotos que presidían las tabernas donde aliviar, con aguardiente mañanero, el desconsuelo, la soledad y el paro. Es la Esperanza de los niños de remendados pantalones cortos jugando a la lima o a la piola en Escoberos o en Antonio Susillo, mientras sus madres preparaban la merienda con un trozo de pan y una onza de chocolate en los fríos patios de las casas de vecinos, mientras en la radio se escuchaba a Silvio, Alameda o Camarón.

En las Esperanzas de los carteles de cuaresma están los admirados Martin Kippenberger, Jeff Koons o Manolo Quejido, Luis Gordillo, David Hockney, Robert Rauchemberg. Están los homenajes a Jimi Hendrix, Sara Vaughan, Stanley Kubrick, Manolo Summer, Marcel Duchamp, Francis Picabia, Juanita Reina, Amy Winehouse o la Esmeralda, donde el pop, el flamenco, el expresionismo abstracto y el underground más sevillano se adentran en un maremágnum improvisado de color y gestualidad.

Ahí quedaron sus obras y los carteles. Pásmense ante la potencia expresiva de la anécdota rebosante de simbología y de color; de un color puesto al servicio de la belleza que resume el rostro, la esencia de esa mujer que siempre estará entre quienes nos declaramos creyentes.

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