Horas críticas

La vida inanimada

La escritora vive aquí, Sandra Petrignani. Traducción de Romana Baena Bradaschia. Gatopardo Ediciones, 2019. 264 páginas. 19.90 €

Una casa dice la verdad de quien la habita. Con esta sentencia resume Sandra Petrignani lo que define como tesis de su libro, un viaje interior -que nos queda velado- a través de un peregrinar por las estancias de seis mujeres que dedicaron al oficio de escribir tantas y en algunos casos más energías que al del propio vivir. Una aproximación a las que fueron sus residencias, hoy tristemente mutadas en casas-museo desnudas de otros ritmos que no sean los de curiosos turistas o adormecidos vigilantes.

“Visitar casas es evocar espíritus, pero ¿hay vida aquí? Todo se escapa”

¿Qué verdad dice, entonces, una casa deshabitada? En el mejor de los casos, una verdad tan sólo a medias; y de ello no deja de ser consciente la autora cuando nos confiesa: “Visitar casas es evocar espíritus, pero ¿hay vida aquí? Todo se escapa”. Nos viene con ello a la mente una certera quintaesencia de Paul Valéry que reza así: “La muerte deroga todo un capital de recuerdos y experiencias, anula un no sé qué tesoro de posibilidades”; de ahí que guarden tanto interés las historias sobre lo propio, como hicieran Mario Praz con su apartamento en Via Giulia o Marguerite Duras con su casa de Neauphle-le-Château, sobre la que afirmaba sin presumir que podía hablar de ella durante horas al igual que de su jardín, del que conocía “todo, los muros del estanque, todas las plantas, el lugar de todas las plantas, incluso el lugar de las plantas silvestres, todo”.

Atrapa también nuestra emoción el testigo de lo cotidiano, el relato de ese extraño en casa ajena que observa la vida en movimiento, que asiste al transitar de los días en su –al fin y al cabo- siempre breve repetición, como hiciera Dolores Payás en la casa de Kardamili de Patrick Leigh Fermor; el güisqui en la mano, el polvo sobre las montañas de libros, las gafas de lectura perdidas incesantemente por los cojines… Tal vez por ello uno de los capítulos en que más se detiene Petrignani en las estancias y los objetos sea el dedicado a Karen Blixen, en cuya casa danesa -hoy en mitad de una reserva natural de aves migratorias que ella sola consiguió- fueron sus sobrinos descubriéndole la vida tras las cosas.

El escritorio de Virginia Woolf.

Qué nos resta, pues, cuando ya todo ha quedado atrás; una vez extinguido el olor a cacio pecorino de la casa de Grazia Deledda en Nouro, cuando todo está en orden en la antaño descuidada habitación de Virginia Woolf, cuando ha desaparecido, en definitiva, “la voz de las cosas”, como lo definiera Jerry Wilson, la última pasión de Marguerite Yourcenar… Queda una labor de reconstrucción, la búsqueda del sonido del agua donde ya nada fluye.

«Un libro en el que la casa no se constituye como espacio protagonista, sino como lugar desde el que ver el mundo»

Y el resultado de ello es un libro en el que la casa no se constituye como espacio protagonista, sino como lugar desde el que ver el mundo; en este caso, el mundo que vieron y vivieron sus moradoras, seis mujeres penetrantes cada una a su manera. Ahora bien, si el reclamo del proyecto lo constituye el vínculo del individuo con su lugar, una se pregunta por qué necesariamente sólo mujeres y por qué esas seis mujeres en concreto. No nos desvela la autora las dudas, aunque sí nos contesta con firmeza al primer interrogante quien curiosamente no se encuentra entre las elegidas, la otra Marguerite, la Duras: sencillamente porque “sólo las mujeres habitan los espacios, no los hombres”. Pues bien, impreso quedó.

El despacho de Yourcenar.

En cuanto al porqué de la selección, tal vez lo haya resuelto la propia escritora únicamente después, cuando –utilizo su misma metáfora- contemplando el tapiz resultante de esas vidas foráneas haya obtenido las claves para interpretar el suyo propio. El lector curioso no puede evitar, sin embargo, buscar paralelismos y divergencias -los posibles complejos de electra de Alexandra David-Néel y Yourcenar, el apego postrero de ésta y Blixen a hombres muy jóvenes, la relación antagónica con el sexo de Colette y Alexandra o la calma matrimonial de Virginia y Grazia como vehículo de una vida dedicada a la escritura- para terminar concluyendo que verdaderamente no los hay, al menos que sean comunes a todas en su conjunto, más allá de la intensidad de sentimiento que comparten; y precisamente sobre eso trata finalmente este libro, sobre las diatribas sentimentales de una serie de escritoras y de cómo condicionaron las mismas su vida y su obra.

El domicilio de Colette.

Pudiera pensarse con ello que nos hallamos ante un relato folletinesco con un barniz culto a modo de elemento legitimador, pero no es así; y no lo es, porque la obra está escrita desde el respeto, porque detrás del estudio de unas vidas está la lectura de unas obras, que se plasman en el libro y que nos llevan a meditar sobre cuestiones que a todos nos tocan. Y aprendemos. Y convenimos con Deledda que “la ilusión es la única forma de entenderse con la vida”, y discurrimos con Karen Blixen que “para vivir mágicamente hace falta fe”. Con todo ello llegamos a la conclusión de que quizás el mayor valor de esta obra resida en que remueve las ganas de leer y releer a sus protagonistas. Y tal vez –de seguro, podría opinarse- sea éste el mejor aporte de la nueva literatura, el reconducirte a los clásicos como guía el riachuelo hasta el mar, una forma de retorno al tronco desde la diversión de las ramas.

Nos quedamos para terminar con una cita de Crayencour (Yourcenar era un anagrama inventado con su padre): “vivir es un juego, morir es un juego; ganancias y pérdidas no son más que distinciones pasajeras, pero el juego requiere todas nuestras fuerzas, y la suerte acepta, como apuesta, únicamente nuestros corazones”. Vivamos, pues, e intentemos entrar en la muerte –como deseara Adriano- con los ojos abiertos.

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