Horas críticas

Tiempo y melancolía

Música reservata y otros escritos musicales, José Luis Téllez. Prólogo de Stefano Russomanno. Fórcola, 2019. 484 páginas. 28,50 €

La música es tiempo y melancolía. También el anuncio de un futuro que rompe la sucesión de las horas, como el reflejo de una luz pura. Tiempo, melancolía y eternidad: tres conceptos que maneja con especial fruición el crítico musical José Luis Téllez en una antología de breves ensayos que sólo podemos calificar de soberbios. Se titula Música reservata (Fórcola, 2019), al igual que el mítico programa que dirigía y presentaba entre los años 80 y los 90 en Radio 2 (hoy Radio Clásica).

Entre las viejas polifonías renacentistas y la más estricta vanguardia –de Josquin y Tomás Luis de Victoria, por ejemplo, a Alban Berg y Olivier Messiaen–, el programa radiofónico de José Luis Téllez educó a una multitud de oyentes en la belleza sabia y serena de la gran música. Como podemos leer en uno de los capítulos, «Música reservata» hace referencia a un conjunto de composiciones que apelaban en su inicio a un público minoritario y culto, dispuesto a asumir la difícil exigencia de la belleza. No hablamos de un arte pensado para las grandes masas, sino de un lenguaje más refinado y exquisito que, al igual que sucede con la poesía y la pintura, modela el alma del hombre.

«‘Música reservata’ hace referencia a un conjunto de composiciones que apelaban en su inicio a un público minoritario y culto, dispuesto a asumir la difícil exigencia de la belleza»

Por supuesto, como corresponde a la función de un pedagogo, las filias y fobias de su autor se evidencian desde el principio. Y es bueno que así sea, porque delimitan un territorio desde el cual dialogar. Su escepticismo irónico, por ejemplo, hacia el componente romántico del melómano coleccionista de versiones o hacia los groupies de tal o cual divo. O su crítica feroz, y totalmente justificada, de esa ficción pop que es la música antigua interpretada de acuerdo a unos criterios musicológicos presuntamente definitivos, que se elevan a la categoría de macartismo y que, como todas las modas, cada pocas décadas van cambiando de orientación.

Téllez sabe demasiado bien que la reconstrucción del pasado tiene mucho de empeño mitológico y que, como en el mito de Orfeo, anuncia de algún modo la esterilidad de la muerte. No menos duro resulta nuestro autor con la industria discográfica, a la que acusa de haber reducido la complejidad del sonido a pura electrónica, más allá de su obvio valor documental. Pero, junto a sus fobias, aparecen también muchas de sus filias: Perotin y Dufay, el Ars nova (tan emparentada con el Ars subtilior) y los polifonistas flamencos, Bach y Beethoven, Schubert y Wagner, Verdi y las vanguardias. ¡Y con qué brillantez y gusto los reivindica!

Pensemos, por ejemplo, en el Boléro de Ravel, una pieza que el propio compositor definió como vacía de música. “La obra maestra de Ravel –leemos en Música reservata– crece por acumulación, no por desarrollo. Su horizontalidad se verticaliza en la memoria como una forma única que se multiplicase una y otra vez a partir de una misma superficie invariable de 16 compases sobre la que se levanta de modo paulatino una construcción cuyo peso aumenta con ese ascenso, correlativo con el aumento de su masa orquestal”.

Téllez, finalmente, resume el significado de esta obra con una bella imagen de rara modernidad arquitectónica: la de “un rascacielos deshabitado de música”, una verticalidad abstracta que describe un nuevo paisaje estético, pero se diría que también moral. Pensemos además en sus hondas reflexiones sobre el silencio (“la música es la lógica secreta del silencio”) y el vacío, donde enlaza la genial intuición escultórica de Jorge Oteiza con la significación de las vanguardias. Si para Oteiza –leemos–, “el vacío es un lugar de llegada que libera la conciencia y las manos del escultor”, la experiencia de la música también puede pretender representar la densidad del silencio a partir del sonido. “¿No podríamos –sostiene Stockhausen, en una cita que recupera Téllez– comenzar por un espacio acústico homogéneamente repleto de sonido para excavar la música revelando formas y figuras musicales con una goma de borrar?”. En Jano bifronte, otro capítulo fascinante y esclarecedor, los mundos sinfónicos de Anton Bruckner y Gustav Mahler adquieren toda su relevancia asentados ambos sobre lenguajes musicales diferentes aunque con la misma imposibilidad última de expresión: la muerte que se anuncia como un hecho definitivo o como una posibilidad de resurrección.

“¿Podría entenderse la luz como el sonido del silencio?, se pregunta Téllez»

Para el mundo clásico, Orfeo fue el primer cantor de lo sagrado, el primer teólogo en sentido estricto. Sin embargo, rememorando este mito, José Luis Téllez nos recuerda que “ni siquiera los dioses pueden modificar el pasado. La única posibilidad que Orfeo tiene de recobrar a su esposa es su traslación a un universo paralelo”. Desvelar la verdad íntima de las cosas humanas con las herramientas de la ficción constituye la esencia de cualquier arte digno de su nombre, ya sea poesía o música, pintura o relato. Eso y convocar esa luz última y desnuda que denominamos eternidad, en donde se confunden el tiempo y el espacio. “¿Podría entenderse la luz como el sonido del silencio? –se pregunta Téllez–. De ser así, el silencio sería la medida del tiempo interno de la música, la dimensión de su eternidad”. Poco se puede añadir a estas palabras.

 

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