Horas críticas

El tiempo sin valor

Sobre literatura y vida (cartas, pensamientos y opiniones), Antón Chéjov. Edición y traducción: Jesús García Gabaldón. Páginas de Espuma. 282 páginas. 25 €

Cuando hoy tantos autores son meras marcas, pasajeros productos obsesionados por adaptarse a las modas editoriales, cuántos escritores habrá en la actualidad que realmente puedan sentirse afines a la forma que tenía Franz Kafka de entender la literatura como «algo sagrado, absoluto, intangible, puro y grande». Son palabras con las que Dora Diamant definió la postura artística de quien fue su compañero sentimental y que se entregó a su arte sacrificando tiempo, relaciones personales e incluso salud. Bien, Antón Chéjov es un hombre de esta pasta, el ejemplo paradigmático de entrega a la escritura de manera incansable, honesta, prolífica, capaz, en un año, en 1886, de publicar más de un centenar de cuentos.

Estamos hablando de una vida corta, de 44 años, con una muerte, parecida a la del autor checo, por tuberculosis, y de una obra integrada por un millar de cuentos, varios ensayos, innumerable obra periodística, cinco novelas cortas, y obras teatrales como Tío Vania, Las tres cerezas, La gaviota… Un inicio literario, además, marcado por intentar sacar unos pequeños ingresos para ayudar a la precaria economía familiar mientras estudiaba medicina, aunque le rechazaron muchos cuentos. E incluso tendría tiempo de escribir unas 4.500 cartas.

Es continuo el interés por los cuentos de Chéjov, tal vez el más hábil en el género en toda la historia. Páginas de Espuma los publicó todos en cuatro volúmenes hace unos pocos años, y ahora aparece una antología perfecta para quien quiera acercarse al autor, a cargo de Jesús García Gabaldón: Cuentos (editorial Cátedra); unos 30 relatos, el más famoso La dama del perrito, con un prólogo donde se dan las claves biográficas y literarias del artista. Entre otras cosas, afirma el traductor muy acertadamente que es muy fácil adentrarse en la narrativa de Chéjov, porque comienza sus textos sin preámbulos, sumergiendo al lector en mitad de la acción, y terminando de manera inesperada, sin un desenlace redondo, para entendernos.

«Un libro muy bien concebido, pensado en orden cronológico y dividido en apartados temáticos en que a veces Chéjov aparece a modo de aforismos: “Mi lema: no necesito nada”»

Y para regocijo de los amantes del autor ruso, el mismo especialista firma otra espléndida edición, Sobre literatura y vida (cartas, pensamientos y opiniones), que tiene como objetivo reconstruir el pensamiento literario de Chéjov mediante sus cartas, opiniones literarias recogidas por sus contemporáneos, y de sus pensamientos, dispersos en cuadernos de notas y apuntes. Un libro muy bien concebido, pensado en orden cronológico y dividido en apartados temáticos en que a veces Chéjov aparece a modo de aforismos: “Mi lema: no necesito nada”; “Lo que el hombre cree, existe”; “Si tienes miedo a la soledad, no te cases”… Una grata lectura la de estos extractos epistolares porque, como dice García Gabaldón, «en ellas Chéjov se siempre Chéjov: dice y escribe lo que piensa, se muestra tal cual es. En este sentido, las cartas permiten conocer al Chéjov escritor, al Chéjov hombre y al Chéjov ciudadano, ya que nos proporcionan valiosísima información sobre la génesis y la interpretación de sus obras, las ideas de Chéjov sobre la situación de Rusia de su tiempo, o su compromiso ético y cívico inquebrantable».

Estamos ante una persona humilde, cercana a la gente normal y corriente –su abuelo fue un sirviente que compró su libertad, y su padre, un modesto comerciante– y esto tiene que ver también con su estética literaria: sus dos elementos principales son la brevedad y la sencillez, como se percibe en esta selección de textos, ya sea cuando analiza aspectos técnicos concretos como cuando hace referencia a sus obras teatrales o a su narrativa. Y siempre con la autoexigencia como trasfondo voluntarioso: «Todo lo que he escrito hasta ahora son bagatelas, si se compara con lo que querría escribir y escribiría con entusiasmo», le dice en 1888 a Alexéi Suvorin, responsable de un periódico con el que colaboró con profusión.

«Las cartas permiten conocer al Chéjov escritor, al Chéjov hombre y al Chéjov ciudadano»

Justamente a este destinatario le escribe contándole cosas sobre una de sus iniciativas increíbles y que dan buena cuenta de la calidad humana del escritor, así como de su mirada literaria, pues aparentemente no hay argumento en sus cuentos, sino que el protagonista es el alma humana; su objetivo es que el hombre se mire a sí mismo, porque este autoconocimiento lo hará mejorar. Así, es la observación de la realidad lo prioritario; algo que llevó al extremo cuando, después de morir su hermano Nikolái, en 1889, sufrió una gran crisis personal y literaria y emprendió un viaje largo y peligroso: recorrió 6.300 kilómetros durante dos meses y medio, en la parte más remota del imperio ruso, a una isla al norte de Japón, llamada Sajalín, donde llegó atravesando la Rusia europea en tren, después con varios vapores por el río Volga, en coches de caballos, etcétera.

Dice Chéjov: «Pero piense un poco y dígame qué pierdo. ¿Tiempo? ¿Dinero? ¿Pasar incomodidades y sufrir privaciones? Mi tiempo no vale nada y nunca he tenido dinero»

Todo para alejarse del mundo y conocer una colonia penitenciaria. Al mismo infierno, como concluye. Un lugar donde la violencia, el hambre, la falta de higiene conformaban el día a día de un campo de concentración donde incluso los perros y el gallos estaban encadenados, al igual que los presos, condenados a trabajos forzosos a perpetuidad. Y explicaba todo esto como el mejor de los periodistas, como encaraba su tarea literaria. Decía: «el artista no debe convertirse en juez de sus personajes y de lo que dicen; su única tarea es ser un testigo imparcial».

Y a fe que lo hizo, con el libro que escribió sobre Sajalín y del que escribió a Suvorin jugosas frases, pensando que no iba a aportar nada literariamente hablando pero que con ello iba a aprender muchas cosas. Y además: “Admitamos que este viaje sea una locura, una temeridad, un capricho, pero piense un poco y dígame qué pierdo. ¿Tiempo? ¿Dinero? ¿Pasar incomodidades y sufrir privaciones? Mi tiempo no vale nada y nunca he tenido dinero”.

 

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