Horas críticas

En el reino de la mediocridad reenmarcada

Estética de la crueldad. Fernando Castro Flórez. Fórcola (Madrid, 2019). 320 páginas // 22,50€

Aplicando a nuestros días el utópico lema del crítico de arte Ludwig Hevesi esculpido bajo el famoso “repollo dorado” de la Secesión vienesa de Olbrich (“Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit”; A cada tiempo su arte, a cada arte su libertad), al también crítico, y filósofo, Fernando Castro Flórez, le sale una fórmula más bien oscura y desesperanzada: a tiempos históricos desquiciados, un arte débil y ambiguo; a un arte contemporáneo exangüe tras la exprimidora posmoderna, una libertad bajo sospecha, sobrevolada por la presión de un sistema volcado en la conversión de cualquier objeto en un fetiche sancionable por la orden museística.

«A Castro Flórez le sale una fórmula más bien oscura y desesperanzada: a tiempos históricos desquiciados, un arte débil y ambiguo»

Podría decirse, entonces, que tras su exitoso Mierda y catástrofe, Castro Flórez se dedica aquí al difícil arte de la reincidencia amplificada, y Estética de la crueldad, ensayo didáctico, erudito y divertido, parece una incisiva variación del tema ya visitado: la descripción de un paisaje desolador en el que a veces brillan extrañas perlas que emiten una luz atractiva que hay que saber distinguir y apreciar; que siguen mereciendo la pena.

El escritor y crítico de arte Fernando Castro Flórez, autor de ‘Estética de la crueldad’.

A partir del profundo conocimiento de dos artistas capitales del siglo XX, Marcel Duchamp y Andy Warhol, y de su abrazo, es decir, de la línea que conduce del dadaísmo al arte pop, Castro Flórez ejecuta su radiografía de nuestro tiempo y nuestro arte, haciendo hincapié, sobre todo, en la mala influencia que estos grandes nombres han podido suponer. Es decir, se aparca la lectura más esencialista y greenbergiana de los ready-made –la que por ejemplo llevara a cabo Gérard Wajcman en El objeto del siglo, su pregnante reflexión sobre el objeto duchampiano como aquella obra de arte reveladora de “lo que falta”; ausencias revitalizadas dentro de la irresoluble querella de lo irrepresentable en el siglo pasado–, o el regusto conceptual de la repetición pop y el sensualismo matérico del cine warholiano de la duración, para señalar, con total pertinencia, la cruz de todo el radicalismo de ambos artistas (cuyas bondades, evidentemente, conoce a la perfección): la imparable degeneración de ideas potentes que siempre coquetearon con la insignificancia y que han contribuido a fortalecer, en la actualidad, un arte superficialmente transgresor cuyos ejecutantes apenas ocultan ya el irreprimible deseo de “entrar en el juego”, magnetizados por ese engrasado “sistema de enmarcado” que convierte en estético las más plebeyas nulidades.

En este camino trufado de iluminaciones y digresiones en taracea, Castro Flórez es capaz de auténticos montajes de atracciones, como cuando nos obliga a recapacitar en que, entre las más dañinas herencias y mutaciones del ready-made (que no fueron sino objetos que aspiraban a un estatuto especial de visibilidad), están aquellos sujetos que exponen sus ridículos psicodramas por televisión, o sea, la todopoderosa tendencia a publicitar “nuestra existencia aunque sea a partir de poner en escena nuestra perversidad”, uno de los ejemplos de la manera con la que el autor hace pensar, en clave nefasta, en las estrechas interrelaciones entre las esferas artística, económica, social y política. Caso concreto éste, el porno-televisivo, donde a su vez podrían rastrearse las huellas de la extenuación del microuniverso fabril de Warhol, del progresivo encerramiento autárquico y narcisista de aquellos, numerosos, que apuestan por vivir sin rozarse con el mundo, a lomos de esa depresión interactiva de la que habla Hito Steyerl.

En definitiva, un arte, el contemporáneo, que aquí comparece como síntoma y a la vez excitador de estos comportamientos adictivos, anestesiantes y obscenos, y que rivaliza, notablemente en el terreno de la crueldad que apellida al libro, con unos medios de comunicación (a los que ya no queda más remedio que encabalgar con el deprimente carnaval de las redes sociales) inutilizados en su función formativa e informativa y volcados en abyectos espectáculos de mostración. De esta manera, cuando toca recapitular, Castro Flórez, en el mejor de los presupuestos, califica las actitudes artísticas actuales de ambiguas, advirtiendo la dificultad de toparse en este campo con alguna práctica que escape a la triada de la “resistencia semiótica”, las “poses de decadencia revolucionaria” o los simples “gestos de cinismo”.

«Estética de la crueldad compone, además y como apuntábamos arriba, un ilustrador recorrido por la evolución del arte contemporáneo»

Manifiesto del movimiento Fluxus.

Estética de la crueldad compone, además y como apuntábamos arriba, un ilustrador recorrido por la evolución del arte contemporáneo, centrándose en otros nombres fundamentales (Cattelan, Broodthaers, Debord, Manzoni, Michals…), en querellas ya clásicas (puristas-materialistas versus expresionistas), o en momentos no menos clave (como la conceptualización de la performance a cargo de Kaprow o la irrupción de movimientos liberadores como el protagonizado por Fluxus), para lo que Castro Flórez se vale de una quizás abusiva tendencia a la cita de autoridad. Un procedimiento lógico y entendible, entre otras cosas por la experiencia docente del ensayista, pero con el que, al apostarse por una desacomplejada variedad de las fuentes, se peca de cierta indeterminación metodológica, ya que a veces, en la búsqueda de continuos apoyos para contextualizar o defender las propias ideas, quedan problemáticamente “acercados” autores (como Deleuze y Badiou, o Walter Benjamin y Carl Schmitt) entre los que existían más divergencias que convergencias.

 

Por otra parte, Castro López no necesita, en el fondo, de nadie para alzar su voz y consolidar en este libro un intenso estilo de polemista ilustrado que lleva tiempo cultivando en la crítica periodística. Curiosa y puede que paradójicamente, si bien participamos regocijados de algunos de los sonoros palos que aquí se proporcionan (por ejemplo al controvertido dramaturgo Rodrigo García, o al comprometido fotógrafo Sebastião Salgado), lo más valioso de Estética de la crueldad nos parece la manera con la que Castro López habla de lo que le gusta. Los párrafos, por ejemplo, dedicados como de pasada a la sutil fotografía híbrida de Duane Michals, o el extenso y extraordinario capítulo en el que cerca a Andy Warhol, cifrando en las prácticas pop el tránsito de la ilusión a la desilusión estética, el inicio de la demolición de las poéticas vanguardistas que aún seguimos afrontando.

Alfonso Crespo

 

 

 

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*