Horas críticas

Aguijonazos de memoria y presente

Teoría de la gravedad. Leila Guerriero. Prólogo Pedro Mairal. Libros del Asteroide. Septiembre, 2019. 212 páginas. Precio: 17,95 euros

“Nadie nos advierte, pero el infierno vive en nosotros bajo la forma de la indiferencia”. En Supongo, uno de los artículos del volumen Teoría de la gravedad (Libros del Asteroide) que recoge las mejores columnas que ha firmado en El País a lo largo de cinco años, Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) coloca al lector ante la incómoda, incomodísima, realidad del hastío diario, de la apatía, de la vida sin ilusión (no porque nunca la hubo, sino porque ya no está), esa forma de vida –porque, admitámoslo, es una opción vital tan legítima como la del feliz oficial que comparte frases de Mr. Wonderful en las redes sociales- tan poco popular como extendida.

“Supongo que creen que siempre querrán cocinar para alguien, vestirse para alguien, tener sexo con alguien, despertar con alguien, decirle a alguien “Me importas mucho”. Dormir abrazados (…) Supongo que creen que siempre sentirán el tirón del deseo, que siempre responderán con la caballería del entusiasmo. Que nunca se mirarán al espejo y pensarán “lo mejor ya pasó y ni siquiera me di cuenta””. Se sabe bien que en el columnismo nacional hay quien aspira a rellenar el espacio que queda bajo de su firma –sin importar sobre qué escribir, porque la clave es manchar, que diría el profesor José Manuel Gómez y Méndez- y quien ambiciona que sus reflexiones perduren en el tiempo (al menos más de un día). Quienes la frecuentan, saben bien que Guerreiro forma parte del segundo grupo.

«¿A qué debe aspirar el periodismo si no es a cuestionar la propia existencia, a despertarnos del letargo de la monotonía?»

“Nunca es liviana, puede mostrar personajes que intentan serlo, pero ella les pinta bien su larga sombra terrestre”, escribe Pedro Mairal en el inspirado prólogo de este conjunto de escritos. Las páginas que firma el escritor porteño no son (sólo) un prólogo, más bien se interpretan como una disección cara al público –nosotros, sus lectores- que recuerda a aquella célebre pintura de Rembrandt La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp; le bastan unos pocos párrafos para condensar la vocación misma de la narrativa de la escritora y periodista argentina: interpelar al lector, interrogarnos sobre el presente y reflexionar acerca del pasado que se filtra por el tamiz de la memoria. ¿Y a qué debe aspirar el periodismo si no es a cuestionar la propia existencia, a despertarnos del letargo de la monotonía?

Guerriero, que en 2019 ha recibido el Premio de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán, nunca ha sentido la necesidad de desligarse de ninguna de sus dos facetas, el periodismo y la narrativa, porque no diferencia un oficio de otro, son lo mismo. “¿Pero es ficción o es no ficción?”, se pregunta Mairal. “Es ficción en la medida en que el yo es una construcción y contiene multitudes. Y es no ficción porque muestra con honestidad brutal justamente la construcción de la primera persona”, razona. O dicho de otro modo: Guerreiro es una extraordinaria cronista de lo cotidiano que no aparta la primera persona cuando escribe, más bien todo lo contrario, y donde hay mirada, hay interpretación. Aunque haya mil tratados abogando por lo contrario –y hasta programas de televisión que defienden que son lo objetivo- no hay un sólo periodista que se precie de serlo que crea en la subjetividad absoluta; la mirada –por definición- lleva el yo implícito.

«Guerreiro es una extraordinaria cronista de lo cotidiano que no aparta la primera persona cuando escribe, más bien todo lo contrario, y donde hay mirada, hay interpretación»

Guerreiro, decimos, mira a su alrededor y capta instantes –el momento exacto en que una pareja se da cuenta que hace mucho ya dejaron de ser importantes el uno para el otro, la llamada al teléfono de madrugada desde un hospital que te convierte en huérfana, el segundo en el que un desconocido que suelta una babosa galantería y se transforma en un perfecto imbécil, los pasajeros de un avión, la fugaz charla con un camarero…- y se mira adentro para ver quién era ella y quiénes eran los suyos: la relación con el padre que le leía cuentos, con la madre que le enseñó las virtudes de la paciencia, sus primeras lecturas, la fascinación por Corto Maltés, los primeros afectos, la obsesión por John Travolta … “Siento una especie de placer lisérgico en el hecho de hacer memoria y, para lo bueno y lo malo, tengo poca capacidad de olvido”, ha confesado en alguna ocasión.

La memoria de Leila Guerreiro funciona como una suerte de arcón de piezas donde cada una ocupa el lugar exacto en que debe estar, de ahí que las enumeraciones y la concatenación de contrarios sean las herramientas con las que, a menudo, construya sus columnas en las que siempre, sea con citas literales o en el propio ritmo del artículo, la poesía, la literatura y las muchas lecturas que han conformado un estilo propio están presentes: Sylvia Plath, Elizabeth Bishop, Idea Vilariño, Yeats, Martín Prieto, Kavafis, Stephen King o Ricardo Piglia.

Sus columnas son textos breves, concisos que no vacuos. Como pica un insecto, rápidamente con un aguijón profundo que se clava y deja heridas profundas que escuecen e hieren, así se lee a Guerriero en esta sucesión de artículos que no dejan tregua y que golpean fuerte. Escribe Mairal “usa todas las formas breves para desplegar ahí dentro todas las maniobras necesarias para liquidar emocionalmente al lector”.

“¿Les pasa que, a veces, aunque todo esté bien, y el gato esté bien, y los padres estén bien (…) y todo esté bien, no les pasa que a veces descubren que tienen el corazón como un pedazo de carne atravesado por un anzuelo, la garganta llena de piedras, la vida pegajosa como lana húmeda, y se encuentran sin nada que querer, que decir, ni que esperar: sin nada? A mí me pasó. El otro día. Era jueves. Eran las cinco de la tarde”. Lean completa la columna titulada ¿Les pasa? y entenderán de qué hablamos.

 

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