Crónicas desorbitadas

Cuestión de principios: A propósito de la distopía de Margaret Atwood

La autora canadiense publica la continuación de ‘El cuento de la criada’, hoy un símbolo del movimiento #MeToo

Los designios del Éxito son tan inescrutables como le corresponde en calidad de Dios posmoderno. Jamás vislumbró Margaret Atwood, cuando escribía El cuento de la criada (1984), el triunfo planetario que alcanzaría. Menos todavía cuando el libro pasó, sin más, entre crítica, librerías y público. Muerto y enterrado estuvo tres décadas, que se dice rápido. Hasta que al trigésimo tercer año resucitó. Por obra y gracia de su adaptación como serie televisiva. Ese 2017 la talentosa actriz Elisabeth Moss –curtida en ficciones, de El Ala Oeste… a Mad Men– encarnó a la criada protagonista y de súbito se convirtió –capa roja, toca blanca– en símbolo de la lucha anti-machismo en pleno #MeToo.

De entonces a este 2019 en que Atwood ha publicado Los testamentos (aquí en Salamandra como El cuento de la criada) sí que era de prever la acogida entusiasta. La guinda al despliegue editorial y mediático global por el lanzamiento ha sido el Booker Prize exaequo con Bernardine Evaristo por su Girl, Woman, Other.

Un fotograma de ‘El cuento de la criada’, la premiada ficción televisiva basada en la novela de Margaret Atwood.

La vitola de best-seller atrae a tantos lectores como genera suspicacia entre quienes prefieren la obra nacida de la más genuina necesidad creativa al fruto mercadotécnico. Los testamentos, si bien no alcanza a su primera parte, por el simbolismo, hondura y originalidad de aquella, ni es coda necesaria, sí que es una novela viva y pertinente en el presente. Que atrae, atrapa y comunica. El legado de una autora de 79 años, a través de otras tres mujeres. Si El cuento de la criada era la historia de Defred (una de las ochas esclavas para la procreación por la clase dominante de Comandantes y Esposas, con ayuda de los vigilantes Ojos y Ángeles y de las terroríficas Tías), el protagonismo ahora recae de forma incuestionable en la más atroz y temible de ellas, una de las cuatro fundadoras del régimen de Gilead, Tía Lydia. Ella destaca, con mucho, sobre las post adolescentes Agnes y Daisy, crecidas a sendos lados de la frontera entre el distópico Gilead y el Canadá, país de la autora, que ella retrata tan tibio como democrático.

Atwood concibió Gilead, dictadura sangrienta, de un machismo criminal, en tiempos del yugo soviético tras el telón de acero, con el recuerdo fresco del fascismo y el nazismo (solo tres años después del golpe de estado neo-franquista de Tejero). Pero lo situó en EE.UU. Escribía en plena carrera nuclear, que tras la Caída del Muro se frenaría, en la era del eje Reagan-Thatcher impulsor del neoliberalismo que, en cambio, desde 1989 despegó a la hegemonía disparado. Un sueño de desarrollo y crecimiento económico infinito del que son monstruosos hijos la pobreza, la exclusión, el hambre, el expolio, las guerras, las crisis-estafas financieras, el austericidio, el colapso medioambiental y, ahora, este mesías de corte totalitario como Trump, Putin, Xi Jinping, Erdogan, Bolsonaro, Modi, Duterte, Orban, Mohamed Bin Salman (MBS).

El miedo, clave del colaboracionismo
El cuento de la criada y Los testamentos son libros políticos, alejados de fondo y forma ensayísticos. Esta segunda parte, por su estructura de tres voces intercaladas, por la trama de peripecia y por el estilo de la prosa propicia una lectura ágil, hasta vertiginosa. Bajo la cual serpentea la corriente subterránea de razones por las que una dictadura triunfa y colapsa.

Frente al retrato de sadismo sin fisuras que se hacía de Tía Lydia en 1984, ahora se viaja al centro de su fe de converso. Atwood encarna en esta anciana la sentencia atribuida a Albert Einstein de que más temible que los perversos es la masa, cobarde, asustada, que consiente la maldad. La compleja personalidad de Tía Lydia sería más verosímil, por humana, si presentara reflejos de remordimientos o sufrimiento junto a la fría conciencia de quien planifica la venganza redentora a fuego lento. Pero resulta de sobra atractiva para devorar sus páginas. En gran medida por su relación con los libros, con la escritura y por su vinculación con el lector al que interpela. Por la dimensión meta-literaria.

Margaret Atwood
Margaret Atwood escribiendo ‘El cuento de la criada en el Berlín Occidental’ en 1984.

Su devenir, en todo caso, deja claro que una vez que una dictadura exterminadora de opositores triunfa, es numerosa la cantidad de personas dispuestas a someterse para sobrevivir incluso al precio de masacrar a otros. «La obediencia debida» se descartó como eximente de los criminales nazis ya en los juicios de Núremberg y mucho se ha escrito desde que Hannah Arendt, al reportarlos, fraguó el concepto «banalidad del mal». Sin embargo, la experiencia histórica refrenda la advertencia que Los testamentos contiene:  más vale cortar las derivas reaccionarias antes de que gente normal y sensata se sienta tan cercada como para volverse colaboracionista con el exterminio. ¿Puede el lector creerse libre de toda sospecha? ¿De todo peligro?

«La dictadura sangrienta, inculta y machista de Atwood es más cruel si cabe en España porque aquí Gilead no es distopía, es memoria viva»

El presente centellea, en las historias cruzadas de la Tía Lydia, Agnes y Daisy, como persistentes reflejos discontinuos. Junto al perfil terrorífico de El Muro (lugar para la horca y los desmembramientos, hoy de resonancias tan trumpianas), la frontera espacio de cruce clandestino de huidos de Gilead y la resistencia con base en Canadá, remite a migrantes, refugiados y las constantes violaciones de sus derechos humanos. La doble perspectiva sobre Mayday, tachado por Gilead de grupo terrorista, y auto proclamada Brigada Internacional Lincoln Mayday de Liberación de Demócratas, es también reflejo de esos ejes del mal que las potencias trazan al tiempo que se alían y venden armas a quienes siembran de violencia no sólo “montañas lejanas”, sino el corazón de las grandes capitales internacionales.

Gilead en España no es distopía, sino historia viva
La dictadura sangrienta, inculta y machista de Atwood es más cruel si cabe en España porque aquí Gilead no es distopía, es memoria viva. La España franquista, a la que la Transición aplicó una amnistía que sacrificó “verdad, justicia y reparación” era Gilead. Nuestra Gilead tenía su orden de Las Tías, la Sección Femenina, comandada por Pilar Primo de Rivera. En nuestro Gilead las mujeres eran igualmente reducidas a úteros con piernas. Todas. Hasta las esposas, madres, hijas, hermanas de los Nacionales, supuestas vencedoras. Las demócratas, las republicanas eran ajusticiadas en el Muro. Acribilladas en tapias como las trece rosas. Violadas en masa tras las arengas, que se daban por radio y hoy se conservan, de criminales como Queipo de Llano, a quienes hoy justifica y blanquea el neofascismo español de Vox.

Reacción social a la criminalidad sistémica
El legado fecundo de Los testamentos, la semilla potente que Atwood siembra, tiene que ver con la razón del colapso de Gilead. Aludir a él no destripa nada. Es el tema de las conferencias universitarias que, en ambos libros, sirven para dar verosimilitud a testimonios y narración –tras el ejemplo cervantesco de manuscritos encontrados, en este caso también audios. El talón de Aquiles de Gilead es que se hagan públicos sus crímenes. Los ajusticiamientos y violaciones oficiales y el crimen privado, en despachos y casas, asesinatos de cónyuges, abusos de menores, purgas entre comandantes en lucha por el poder.

Frente a la dictadura distópica que Atwood levanta en las páginas de sus novelas, el orden mundial real incorpora este siglo XXI la refinada y sutil perversión de normalizar su violencia sistémica. El incumplimiento de la legalidad internacional en derechos humanos (Trump separa a niños migrantes de sus padres, propone frenarlos a disparos y la Unión Europea consiente naufragios, alza vallas, alambradas y campos de internamiento), el ninguneo de derechos constitucionales (como lo son en España vivienda y trabajo), la destrucción del planeta y el principio de inequidad medular del sistema, la declaración de guerras –bélicas o comerciales- causantes de hambre, enfermedad y muerte sobre millones de congéneres, la connivencia con regímenes como China o Arabia Saudí (pese a que la ONU ve probado que su líder ordenó disolver en ácido al periodista Jamal Khashoggi por demócrata)… llevan a preguntarse: ¿El que la opinión pública sepa de hechos criminales provoca que ésta reaccione y los pare?

La duda como herencia de Atwood. El legado de la alerta. Testamentos aplaudidos que ojalá no vaticinen el fin, sino que invoquen principios.

Los testamentos
Margaret Atwood
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino
Salamandra, 2019
512 páginas
21 euros

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