Crónicas Crónicas desorbitadas

The Haçienda: música, éxtasis y patria

El músico Peter Hook publica la crónica en primera persona de uno de los clubes más influyentes de la historia de la música

Cuando en 1997 cerró sus puertas, The Haçienda ya era un mito. La casa del Madchester, del culto al DJ, del acid house, el lugar en el que miles de personas bailaron, sudaron y se lo pasaron bien. Por eso, el día en el que todo terminó, los locos que habían tirado allí su dinero (ellos lo llamarían invertir), arramblaron con todo. Cualquier objeto –la bola de espejos, las barras, los barandales o la placa de la entrada con el número de referencia “FAC 51”–, tenía valor, valor histórico. Uno de esos locos era Peter Hook, bajista, DJ, ¿empresario? y autor de The Haçienda. Cómo no dirigir un club, libro publicado en 2019 en España por la editorial Contra. Ese día, Hook se fijó en algo que sobresalía debajo de la plataforma sobre la que se depositaban los barriles de cerveza. Era un cartucho que alguien había colocado para mantener la plataforma nivelada. “Cubierto de cerveza, sudor y condensación rancios, era uno de los primeros máster del primer álbum de Joy Division, Unknow Pleasure. Era una metáfora perfecta para The Haçienda. Joy Division había sido el puntal de todo aquel puto engendro”.

Vayamos a lomos de la metáfora hasta el Manchester de finales de los 70. Una ciudad deprimente y con grandes espacios abandonados que recordaban que fue la cuna de la revolución industrial. Pero también la ciudad en la que un par de románticos patriotas, llamados Tony Wilson (periodista) y Rob Gretton (manager), habían fundado el sello discográfico Factory al que pertenecía Joy Division. Su cantante, Ian Curtis, se ahorcó días antes de iniciar su primera gira por Estados Unidos, y sus compañeros –Bernard Summer, Stephen Morris y Peter Hook–, decidieron continuar con el nombre de New Order. En poco tiempo, la banda ya había tenido el éxito suficiente para que Tony y Rob les convencieran de que parte (todo, más bien) del dinero que ganaban tenía que reinvertirse en su deprimida ciudad. “Ya que Manchester había sido buena con nosotros, nosotros deberíamos devolverle el favor”, insistía Rob. En 1981 ese favor cristalizó en The Haçienda, “un servicio a la comunidad, un espacio en el que pueden ocurrir cosas”.

«Hook y sus compañeros vivían con 20 libras semanales pero habían invertido cada uno 35.000 en transformar un antiguo almacén en un sofisticado club».

Hook y sus compañeros vivían con 20 libras semanales pero habían invertido cada uno 35.000 en transformar un antiguo almacén en un sofisticado club. En su libro, Hook se cisca varias veces en Ben Kelly, arquitecto y responsable del icónico diseño del local e incapaz de crear cosas sin sobrecoste. En el caso de The Haçienda el coste inicial se disparó en un 5.000%, pese a lo cual presentaba algunos defectillos como esas columnas que impedían ver el escenario o ese cuartucho en el que el DJ tenía que pinchar de espaldas al público. También se olvidó Kelly de diseñar una zona VIP, aunque eso, acepta Hook, “resultó ser uno de los atractivos de The Haçienda. Podías ir y estar en la barra al lado de Shaun Ryder o encontrarte bailando junto a Ian Brown”.

Pero no todo fue culpa del arquitecto y el propio Hookie reconoce que, además de románticos patriotas, los padres de The Haçienda eran ineptos empresarios. De todas sus malas ideas, quizá la peor fue conformar la plantilla con amigos del barrio que no tardaron en cogerse todas las confianzas del mundo. Pese a ser los trabajadores de discoteca mejor pagados de Inglaterra, revendían luces, facilitaban atracos o escondían la recaudación de nochevieja en un agujero que acababa ardiendo con los fuegos artificiales. También robaban bebida: “Puedo distinguir quiénes son empleados de The Haçienda cuando les veo volver del club hacia sus casas. Siempre van con una caja de cervezas”, le dijo un amigo a Hook.

«Como los camareros, las bandas que actuaban en The Haçienda eran las mejor pagadas de los alrededores, hubiese 70 personas entre el público o mil. Y había más veces 70 que mil».

Como los camareros, las bandas que actuaban en The Haçienda eran las mejor pagadas de los alrededores, hubiese 70 personas entre el público o mil. Y había más veces 70 que mil. Solo los conciertos de The Smiths y de New Order lograron agotar entradas. Por cierto, también actuó allí (fue su primer concierto en Europa) Madonna. “Fue el paso inicial de su marcha hacia la dominación mundial –indica Hook–. Que Dios nos perdone”.

En 1986 The Haçienda dejó de ofrecer conciertos. El escaso público, el coste de las actuaciones (e incluso su peligro, como aquella en la que a un miembro de Einstürzende Neubaten quiso derribar el pilar central del edificio con un martillo neumático), y la constatación de que las noches de DJs atraían más clientela, transformaron el club en una discoteca pura y dura. No fue un cambio traumático. “Por su actitud de puertas abiertas hacia la música y su ausencia de esnobismo, representaba la continuidad sin fisuras de una política musical que se había iniciado desde el momento en el que el club abrió”, asegura Hook.

«Aquella droga hizo que varios miles de personas vivieran una experiencia colectiva cuyo eco llega aún hasta nuestros días»

Por primera vez las colas daban la vuelta al antiguo almacén. La música fue la clave, pero también lo fue una droga, el éxtasis, que cambió la manera de consumir esa música y de relacionarse con los demás. Laurent Garnier (primero cliente, después ayudante de cocina y finalmente DJ) recuerda en su Electroshock (publicado en España por Barlin Libros) cómo el éxtasis “derribó barreras sociales” y mutó el ADN de Manchester. “A pesar de que arrastraba una mala reputación de ciudad violenta, aquella droga hizo que varios miles de personas, ya fuera dentro de los muros de The Haçienda como en plena campiña, vivieran una experiencia colectiva cuyo eco llega aún hasta nuestros días”.

Económicamente, el club continuaba siendo “ese agujero en el suelo llamado The Haçienda”, como lo definió el productor Martin Hannet. Un negocio enfermo que sobrevivía a base de las transfusiones esterlinas que realizaban Factory, New Order e incluso los Joy Division desde el más allá. Pero, como escribe Hook, “cualquiera que acudiera por aquel entonces siempre se sentirá un poco por encima de quien no lo hizo”. El poder que irradiaba The Haçienda modificó incluso la historia del rock, a través de bandas/clientes como Stone Roses, Happy Mondays, Primal Scream o los propios New Order, que declararon su amor al baile con canciones y discos como Elephant Stone, Bummed, Screamadelica o Fine Time. Esa simbiosis se llamó “Madchester” y fue muy bonita mientras duró.

Menos bonito que el “Madchester” fue el “Gunchester”, también impulsado por The Haçienda. El éxito del club atrajo a las mafias dispuestas a acaparar el suculento negocio del éxtasis y, de paso, pasarlo bien. Hook enumera las diferentes bandas que en 1990 ocupaban distintos rincones de The Haçienda como si estuvieran en las cinco esquinas de Nueva York (los de Cheetham Hill, los de Doddignton, los de Gooch, los de Salford) y recuerda cómo las amenazas, las palizas y los tiroteos convivían con el desenfreno festivo. “La única gente que podía desplazarse libremente por el club éramos lo músicos: yo, Barney, los Mondays y los Roses”.

Entonces empezó el fin de The Haçienda, aunque, advierte Hook, “no fueron las bandas, las drogas o la violencia” lo que acabó con ella. “Fue un montón de gente haciendo sumas”. Las deudas ahogaban el negocio, la bancarrota acechaba a los inversores y el amor (por la música y por Manchester) se gastó de tanto usarlo. La última noche fue un 28 de junio de 1997. El club estaba a rebosar y, por una vez, no hubo violencia. “En lo fundamental, fuimos demasiado ideales –concluye el bajista de New Order–. No quisimos llevar The Haçienda como un negocio; queríamos un patio de recreo para nosotros y nuestros amigos, así que tratamos el club como una gran fiesta. La mejor que Manchester ha visto jamás”.

 

The Haçienda. Cómo no dirigir un club
Peter Hook
Traducción: Federico Corriente
Editorial Contra, 2019
432 págs.
22,70 euros

 

 

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