Crónicas desorbitadas

Muerte y resurrección de Roberto Parra

Esta es la historia del hermano de Nicanor y Violeta, portentoso músico y escritor que inventó el jazz «guachaca» y retrató como nadie la vida de los desheredados, y de un doble rescate de su figura: el que hace 25 años (meses después de su fallecimiento) hizo la banda Los Tres en un concierto que cambió la historia musical de Chile y el que ahora lleva a cabo un grupo radicado en nuestro país
El músico y escritor Roberto Parra (1921-1995), retratado junto a su hija Leonora.

1988: El genio oculto de los Parra (y de los bajos fondos), a escena

A la sombra de dos mitos de las letras y la música latinoamericana, sus hermanos Nicanor y Violeta, descansa desde hace un cuarto de siglo la genialidad de Roberto Parra (1921-1995). Auténtico desconocido en nuestro país, muchos en Chile lo recuerdan y celebran como inventor del jazz guachaca y milagroso vivificador de las músicas populares chilenas, a las que confirió toda una nueva identidad, además de como escritor singularísimo, retratista de la vida que se esconde en los márgenes y bajo los puentes, de la que él fue primero cómplice y más tarde vocero.

De hecho, su gran éxito, acaso el único y desde luego nunca tanto como su arte merecía, fue la traslación a los escenarios, en forma de teatro musical, de un libro suyo (escrito en décimas) sobre la historia real de desamor que había mantenido, varias décadas atrás, con una prostituta en la ciudad portuaria de San Antonio. La negra Ester, adaptación de Andrés Pérez por la compañía Gran Circo Teatro, fue estrenada a finales de 1988 en la plazuela O’Higgins del barrio obrero y guitarronero de Puente Alto en Santiago de Chile, y se convirtió con los años en el montaje más visto en la historia del país, no solo dentro sino más allá de sus fronteras: una docena de países europeos, junto con Argentina, Canadá, Cuba, Estados Unidos, México y Uruguay, serían testigos del relato en el que Roberto no logra ser correspondido por su adorada meretriz.

Roberto Parra en el año 1989, durante la gira de «La negra Ester» (foto: Luis Poirot).

Desde bien niño había frecuentado él aquellos bajos fondos que luego lo llevaron a lo alto. Con apenas ocho años la vida, pero sobre todo la muerte de su padre, lo habían empujado a cantar folclore en calles, mercados y trenes, junto a sus hermanos Hilda (13 años), Violeta (12) y Lalo (11). A menudo junto a este último, ya de adolescente, comenzó a tocar la guitarra en peñas, cabarets, boliches –tabernas de mala muerte– y las por entonces llamadas casas de tolerancia, donde conoció a La negra Ester real, de la que quedó prendado al instante. En aquellos días sus mejores amigos eran “putas, maricones y campanilleros [porteros en burdeles]”, según él mismo, e incluso fue testigo de la muerte de algunos a cuchillo, en los descampados. No era raro encontrarlo durmiendo la mona debajo de los pianos y él mismo confesaba haber perdido decenas de guitarras en el deambular y la niebla de esos años. Su vocación musical la iba entreverando con oficios esporádicos: si no limpiaba tumbas o botas, vendía periódicos o andaba de lazarillo. Hacía de todo el hombre, dicen de él; y lo que no sabía, lo inventaba.

La negra Ester, obra autobiográfica sobre su historia de desamor con una prostituta, se convirtió en el montaje teatral más visto en la historia de Chile

E inventó, ya en los años 50 y después de recorrerse Chile animando la vida de provincias con su música, un estilo propio. El jazz guachaca tomaba cosas del manouche –Parra era muy fan de Django Reinhardt y el Hot Club de Francia– y lo revolvía con foxtrot, cueca, bolero, vals, tango y corrido, entre otros géneros, hasta dar con ese sonido característico de sus composiciones. Como el gitano belga, a la guitarra era excepcional, veloz y certero con la púa. Una música que tan pronto alegra el ánimo (“Cuando hago cualquier tipo de música, me imagino a la gente bailando”, decía) como evoca las noches más perras. Porque es justo eso lo guachaca, también registrado como huachaca en algunas partes: lo vulgar, lo ordinario, lo de “mala clase”; o bien aquel que acostumbrar a beber demasiado. Los bajos fondos, decíamos, las cárceles, los antros y las corralas donde se hacinaban los desposeídos. A todo ello ponía banda sonora, y también letra.

Nada que ver con la literatura

No hay manera de disociar al Roberto Parra músico del escritor. Su vastísima producción de textos –aunque solo algunos llegaron a publicarse– está igualmente enraizada a lo popular, tanto en los tópicos y personajes que elegía, siempre en torno a esos ambientes ajenos a lo bien visto, como en su estilo componiendo. Rescató una métrica ya entonces olvidada, la décima, para dar forma a unos versos trufados de humor, surrealismo, picardía y sobre todo inventiva. Por ejemplo ingenió unas cuecas cortadas que decía de inspiración cervantina, y en efecto se emparentan con algunas décimas del Quijote. Se identificaba incluso con aquel personaje (“Creo que viví loco y morí cuerdo, como Don Quijote”, narraba ya al final de sus días), aunque nunca fue un gran lector debido a su escasa formación reglada; aprendió de la vida a porrazos, más bien. Su obra escrita se desarrollaba “en el barrio chino de la palabra hablada”, decía su hermano Nicanor, el mayor y único de los nueve Parra Sandoval que pudo ir más allá de los estudios primarios.

Su hermano-padre Nicanor Parra, quien le dedicó un hermoso obituario, trató de encauzar su cerril creatividad hacia algo parecido al arte

El que fuera Premio Cervantes en 2011, brindó en su peculiar estilo ortográfico una de las defensas más hermosas que se han hecho sobre la escritura de Roberto en el diario chileno El Mercurio, solo unos pocos días después de su muerte. Aquí dejamos un extracto de aquel laudatorio:

Qué importancia tiene como poeta Roberto Parra Pregunta difícil de responder Es como preguntarse Qué importancia para la arquitectura tiene el volcán Aconcagua […] Qué importancia tiene la poesía popular frente a la que se considera la gran poesía chilena La misma que tiene la raíz En relación a las ramas del árbol […] Qué significó Roberto Parra para el «hermano-padre» Nicanor El regalón de toda la parentela Yo tenía un compañero Otro igual no encontraré… […] ¿Que cómo lo defino? Como solía definirse él mismo Una Violeta Parra con pantalones «Yo soy como un mausoleo Perdido en la serranía» «Un marino en alta mar Que andaba mariguaniao Mató al capitán del barco Qué le hace el agua al pescao»

Nicanor y Roberto Parra, fotografiados en Cartagena (Chile), provincia de San Antonio.

Con estas palabras le rendía obituario su hermano-padre Nicanor, quien junto a Violeta trató de encauzar su cerril creatividad hacia algo parecido al arte, aunque a la vez fuese completamente distinto. Así lo cuenta el antipoeta cuando valora esa conquista que le supuso a Roberto la publicación de La negra Ester y su posterior conversión dramatúrgica: “Es una obra fuera de serie, nada que ver con la literatura. Romance vulgar y silvestre, que de pronto pasa a categoría de tragedia. Es el aullido de un lobo a la luna, que se niega a mostrar su otra cara. Algo muy muy anterior al arte de la palabra, maravilla absoluta por donde se mire”. Cuentan quienes se hallaban más cercanos a él que, incluso en sus últimos días, nunca paraba de escribir. Acumulaba montones de textos garrapateados en cualquier trozo de papel, una cantidad de material asombroso esperando a ser descorchado.

1995: El concierto que cambió la historia de la música chilena

La puesta en escena de La negra Ester, a finales de la década de 1980, propició el encuentro entre Álvaro Henríquez (1969), por entonces un chaval de 19 años que no sospechaba el icono del rock chileno en que se convertiría poco después, y el cercano a los 70 pero aún desconocido Roberto Parra, en la casa de su hermano Nicanor (quien sí era ya “un héroe de la literatura y de Chile en general”, recuerda Henríquez). Junto al director del musical, le iban a hacer al chico una suerte de audición para que tocara junto a Roberto –y otros músicos– en aquellas representaciones. El maestro cogió al imberbe, se lo llevó a un rincón y le dijo: Traiga su guitarra. Así lo rememora hoy día Henríquez, en conversación con MERCURIO: “Se puso a tocar una música que yo no había escuchado en mi vida, pero empecé a seguirle el ritmo. Por suerte se ve que era el ritmo correcto porque después de dos minutos dejó la guitarra, fue adonde los otros y les dijo: Está bien. Tiene oído”. Ese fue todo el veredicto, y así el joven pasó a formar parte del elenco de la obra y de los días de Roberto Parra, mientras que le duraron.

Damos un salto en el tiempo hasta el 14 de septiembre de 1995, solo unos meses después de su muerte. Henríquez es ya conocido como líder de la banda Los Tres, que tras un exitoso tercer álbum y sus colaboraciones con artistas de lustre como Café Tacuba o Fito Páez, han sido invitados a grabar un Unplugged para MTV en Miami. Han pasado apenas dos años de aquel legendario acústico de Nirvana y ellos son el primer grupo latinoamericano en aparecer bajo ese formato. Los Tres (que en realidad son cuatro) tocan una docena de sus canciones, y entonces sucede lo impensable: la banda chilena, asociada hasta entonces a estilos como rockabilly, blues, pop o grunge, cierra su impecable concierto con tres temas tradicionales de Roberto Parra. Las cuecas El arrepentido y La vida que yo he pasado, junto con el foxtrot Quién es la que viene allí, que se traduce en un éxito instantáneo.

Pese a lo extemporáneo, Chile enloquece con las canciones de Don Robert –como lo llama Álvaro– y de esa actuación sale un LP que será disco de oro y, hasta en cuatro ocasiones, de platino. Todo el país se rinde a Los Tres. Desde entonces, Henríquez es un emblema nacional y a día de hoy tiene hay quienes lo nombran “el jefe de jefes”. Y aunque él mismo empezó emulando a Chuck Berry, Gene Vincent o Buddy Richard, su verdadero maestro, quien lo condujo a la gloria, fue un tal Roberto Parra.

Los Tres, primer grupo latinoamericano en grabar un Unplugged para MTV, hizo enloquecer al país entero cuando le puso fin con tres temas de Don Robert

Álvaro Henríquez (izquierda) junto a Roberto Parra en la Torre Eiffel de París, año 1989.

Pero retrocedamos al momento en que se conocieron. Giraban por todas partes con La negra Ester y Henríquez se concentraba en no perderle el rastro (musical, en un principio). “Él se ponía a tocar y uno tenía que seguirlo a la pata, como le gustaba a él. Él era el gran chef que hace su plato y yo el pinche que está recogiéndole las migas [ríe]”. El guachaca era un estilo antojadizo en el que Parra entraba y salía cuando quería, pero a su peculiar manera era perfeccionista y tenía muy claro el sonido a alcanzar. A fuerza de seguirlo a la guitarra, Henríquez acabó acompañándolo a todas partes y con el tiempo se hicieron muy amigos: “Yo lo invitaba a comer en mi casa todos los domingos, una cosa casi religiosa, y él me contaba sus historias. Muchas las grabé, las conservo todas. Pese a lo joven que yo era, me di cuenta de que estaba al lado de una persona que iba a ser importante para toda mi vida. Fue algo muy lindo porque pude llegar al corazón de Roberto”.

Y no era tan fácil gustarle: “Él era bastante… Alguna gente le caía bien, pero a otros no los soportaba y entonces podía ser cabrón. Esas cosas que tienen los señores de cierta edad”. Aunque ese rasgo lo despegue de la hagiografía que se suele consolidar en torno a este tipo de figuras más grandes que la vida, para Henríquez era sobre todo un signo de autenticidad, también porque él mismo se reconocía en aquella actitud. Siendo de generaciones tan lejanas, se espejaban el uno en el otro. No en vano, cuenta el frontman de Los Tres, un día descubrieron que compartían una insólita afición: “Siendo yo niño en Concepción, iba a menudo a ver funerales y, años más tarde, me empezaron a fascinar los epitafios, empecé a recopilarlos por escrito. Así que, cuando visitábamos alguna ciudad de gira, me pasaba por el cementerio para copiar esas frases lapidarias y, en una de esas veces, me encontré a alguien haciendo exactamente lo mismo. Adivina a quién”.

Cultura fuera de la cultura

Fuese tenebroso o soleado su ánimo, Roberto Parra siempre mostró generosidad con sus iguales y conciencia social, aun no haciendo nunca alarde de ello. “Jamás en su vida había ganado plata, de repente empezó a hacerlo con La negra Ester, ¡y la regalaba!”, evoca Henríquez. “Se quedaba algo para él, pero el resto se lo daba a los que estaban en las calles, debajo de los puentes… se preocupaba siempre por esa gente”. Como su hermana Violeta, se valió a menudo de sus propias vivencias, la tradición oral y los relatos populares para dar protagonismo a esa cultura fuera de la cultura (como atinadamente escribe la investigadora Eugenia Neves) y fulminar lo previsible en el arte, los gustos adquiridos y perpetuados. Eso hizo con la cueca, canción tradicional de origen campesino y costumbrista que la dictadura militar se apropiaría e impondría como parte de una estética nacional, oficial.

Mucho antes de eso, a finales de los 50, Roberto ya estaba haciendo su propia interpretación del género, las cuecas que denominó choras, y revolucionándolo. Frente a la cueca rancia y de postal que imperaba entonces, las de Parra remitían a la vida urbana en la intemperie, los prostíbulos, los puertos o las prisiones, como en sus celebérrimas El chute Alberto y Los parecidos (que cantaría la presidenta Bachelet en el funeral de Nicanor). Pero hubo un segundo rescate, como ya sabemos, cuando Los Tres las tocaron en su Unplugged y conectaron con nuevos públicos: “Fue un momento muy importante acá porque los jóvenes empezaron a bailar la cueca y a interesarse por personajes como Don Robert”, explica Henríquez. “Ha sido una bonita germinación, porque es nuestra música de raíces y forma parte de la identidad chilena; pero la que está en todos lados, no la que quiso decretar la cueca fascista”. Para una generación que había crecido habituada a los estados de sitio, aquellas canciones fueron enseña de la oposición a la cultura clasista derivada del régimen de Pinochet, que había concluido solo unos años antes y cuyas heridas seguían abiertas.

El impacto de este hallazgo en la carrera de Henríquez fue tal que en 1996 promovió la organización de una fonda o fiesta folclórica (al aire libre, bajo una gran carpa) consagrada al culto de la cueca, que se celebra anualmente desde entonces. La Yein Fonda es el maravilloso nombre que otorgó a este proyecto soñado por su mentor: “A veces, paseando por algún sitio abierto y con el pasto alto, me decía: Alvarito, hagamos una fonda aquí y vamos mitimota [socios al 50%]”. Al de Los Tres le parecía que bien podía estar bromeando, pero al mismo tiempo lo animaba a plantearse de veras esa posibilidad. En esas, Don Roberto se nos fue y no pudo ver fonda alguna. “Mi idea inicial era haberlo invitado a grabar el concierto con nosotros en Miami. Eso hubiera sido una belleza, pero por desgracia ahí ya tenía una enfermedad terminal y empeoró mucho, se murió superrápido. No pudo ver lo que la gente lo quiere”.

«La cueca es nuestra música de raíces y forma parte de la identidad chilena; pero no la que quiso decretar la dictadura fascista», Álvaro Henríquez (Los Tres)

Roberto Parra Sandoval murió el 21 de abril de 1995, a los 73 años (foto: Johnny Aguirre).

Roberto Parra se marchó de noche, como no podía ser de otra manera, el 21 de abril de 1995, con 73 años y en compañía de su esposa e hijas. A Henríquez no se le olvida el momento en que se apagó su luz, literalmente: “Estábamos tocando, de gira, y pasó algo muy loco. Nos habíamos comprado dos amplificadores Fender, así que estaban impecables, de fábrica. Me acababa de enterar de lo de Don Robert y estaba en shock, no me lo podía creer todavía. Pusimos los amplis en el escenario, enchufamos todo y salimos a tocar. No te lo vas a creer, pero en mitad del segundo tema se queman los dos equipos, ¡nuevos! Más tarde nos contó su familia que en el barrio donde vivían se fue la luz… Ese tipo de cosas medio mágicas pasaban con él, ¿cachái?”. Todavía hoy, el discípulo se emociona al revivir esa pérdida, irreparable para él: “Lo echo muchísimo de menos. Siento que él fue uno de los grandes profesores de mi vida”.

Queda el consuelo del reconocimiento social –no masivo, pero suficiente– desde que su nombre se popularizara con la puesta en escena de La negra Ester. “Dentro de todo, tuvo un bonito final. Estaba contento en aquella época porque la gente lo saludaba con mucho cariño, ¡hasta lo paraban por la calle! Firmar autógrafos para él era una cosa increíble; nunca se imaginó que alguien se lo pidiera”.

2020: Lo guachaca arriba a España

Apenas era un crío Sebastián Orellana (1989) cuando aquel histórico concierto de Los Tres provocó un seísmo cultural en su país. Pero recuerda los años posteriores porque le cambiaron la vida, como poco la artística. Nacido en la ciudad de Concepción, la misma que vio crecer a Álvaro Henríquez, el orgullo y la identificación fueron aún mayores: “Para los de allí, Los Tres eran como los Beatles en Liverpool”, nos sitúa. De hecho, hasta ese momento se los asociaba a un sonido más anglófono, el de bandas de la época como Rage Against The Machine o Nirvana. “Podrían haber llegado ahí y hacerse los gringos, pero en vez de eso decidieron ¡¡tocar cuecas en la MTV!! Era algo muy loco porque nadie estaba haciéndolo; en los 90 estaban a otra”. Como a muchos jóvenes chilenos, la grabación que se editó de ese directo le presentó a Roberto Parra, como un regalo de incalculable valor, y probablemente lo convenció para hacerse músico. Al menos, un cierto tipo de músico.

Hoy día Orellana reside en Sevilla, España, conocido como miembro del dúo de bolero-blues-rock La Big Rabia y a punto de publicar su primer disco en solitario bajo el título de Dios Perro. Pero otro proyecto llamó a su puerta, o mejor, a su memoria musical, hace cosa de un par de años. “Fue dando clases de guitarra a Marcos [Padilla, conocido como vocalista del grupo de swing O Sister!]. Él me preguntaba por mi forma de tocar y se interesaba por la música de raíces chilena. Profundizando en eso, llegamos a Don Roberto”. Así vino al mundo Radio Huachaca, un trío –que completa Daniel Abad al contrabajo– consagrado a difundir el folclore hispanoamericano y, en particular, la obra de Parra. “Fue idea de Marcos, más que nada. Me dijo hagamos esto, hay que hacerlo ya. En la segunda clase ya se había comprado el libro de sus canciones y poemas populares”, cuenta Orellana entre risas. Se estrenaron en enero de 2019 en el Espacio Cultural Colombre, ante apenas treinta personas, y ahora están a unas pocas fechas de lanzar su primer álbum, grabado en vivo en los estudios Sputnik (Chencho Fernández, Rocío Márquez, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, All La Glory…).

¿Pero qué hay en la figura de Roberto Parra, casi un siglo después de su nacimiento, que sigue cautivando a un roquero de 31 años? “Recuerdo que me llamaban la atención esos personajes de sombrero y traje como él, me gustaba cuando chico eso, ¿sabes? Y además su visión de la vida, también en sus escritos, que son alucinantes. O que en vez de comer chatarra [comida basura] se fuera al mercao a comer marisco y se llevara el vino, la guitarra…”, explica Orellana, que tampoco oculta la fascinación por su forma de encarar el instrumento, casi un accidente. “Para mí es como un bluesman: la estructura de las canciones la lleva a su rollo. A veces le gustaba adelantarse al compás y hacer el cambio de acordes antes, como para pillarte. Lo hace cuando le viene, y nunca es obvio. A mí me voló la cabeza su forma de tocar cuando lo oí por primera vez, de chavalito”.

De vuelta a los 90. Sebas se hizo amigo de otro chico hablando sobre la casete Los Tres MTV Unplugged (“esa cinta se escuchaba en todas las casas”). Ambos estaban empezando a trastear con la guitarra y se juntaban para recrear los temas de Roberto Parra. “Tendríamos, no sé, diez años a lo mejor. Recuerdo estar veraneando e ir los dos a tocar a una plaza el jazz guachaca, tal cual nos lo sabíamos ya. Pero eso fue por Los Tres”, reconoce. A día de hoy, aún admira el impacto que logró Álvaro Henríquez en toda una generación, y en las venideras: “Siempre le agradeceré que nos acercara su obra a la gente más joven, que consiguiera agarrar el folclor y convertirlo en algo que estaba pasando en ese momento”. Cuenta que el líder de Los Tres siempre ha portado la bandera de Don Roberto allá por donde iba, incluso si no era consciente de lo que estaba generando en muchos músicos locales. “Para mí es muy importante ese rol que ha tenido de relevista, porque Parra le pasó el testigo directamente. Yo lo cogí porque me gusta la idea de traer ese folclor pacá y mantener viva la llama de aquel señor”, explica.

«Para mí Roberto Parra es como un bluesman […] Se aprende mucho de sus letras, su actitud ante la vida y la gente que retrataba», Sebastián Orellana (Radio Huachaca)

De Roberto Parra a Álvaro Henríquez, y de este a Sebastián Orellana, el testigo sigue pasando de mano en mano. “Henríquez me hizo sentir que la música es respeto, es tradición, y que eso te da cierta identidad”, dice el cantante y guitarra solista de Radio Huachaca, que recuerda haber ido de adolescente a La Yein Fonda. “Fue como estar en un templo. Álvaro siempre se rodeaba de músicos mayores, allí podías ver a una banda de viejos tocando una música increíble que no la ibas a encontrar en ninguna otra parte. Él siempre defendió el legado y las raíces de la gente que por entonces ya estaba olvidada. Ahora es como guay, pero entonces a esos nadie los pescaba, nadie”. Sin grandes pretensiones, Orellana ha empezado a replicar aquí en España esa forma de entender la herencia musical: “A mí también me gustaría hacer ese rescate cultural, de alguna manera; ser consciente de lo que uno es y de dónde viene”.

Conocer a Don Roberto, un acto político

En puridad, no es la primera vez que Sebastián Orellana invoca la figura de Roberto Parra estando fuera de su país. Todo parte de hace unos cuatro años con La Big Rabia, antes de que se instalaran en Sevilla, cuando hicieron de teloneros en un concierto del grupo Guadalupe Plata allá en Chile. Tras ese bolo se les ocurrió que Pedro de Dios –guitarra y voz del grupo jienense– podía ser la persona ideal para producirles un disco. Así fue, y desde entonces, Sebas y él siempre andan metidos en algo juntos. “Él también tiene esa visión de coger estilos que están por ahí perdidos y cruzarlos. Le pusimos el último disco que grabó Violeta Parra y alucinó, porque tiene canciones de una psicodelia máxima”. Tanto que incluyeron una versión en su tercer disco. Para el último, editado en noviembre de 2018, el propio Orellana entró a colaborar en un tema, Lo mataron, que era la relectura de una cueca escrita en origen por Don Roberto bajo el título El afuerino. Los tonos menores, más oscuros, de esta versión acentuaban el texto tremendo de Parra. “Me encantó ser intermediario para que una banda de aquí hiciera ese homenaje al folclor chileno y comprobar que funcionaba”.

El músico chileno Sebastián Orellana, durante uno de los conciertos de Radio Huachaca (foto: Juan Luis Morilla).

Ahora, con Radio Huachaca, ha constatado esa impresión. En directo, el trío obra el milagro de insuflar vida a las músicas y las historias de Roberto Parra, revelando al personaje en su plena expresión a un público que se muestra encantado de conocerlo. “Esas son las cosas que a mí me gustan: algo que en origen es del campo, allá en Chile, lo tocas aquí y la gente se pone a bailar”, cuenta Orellana. A los productores del sello granadino Sociedad Fonográfica Subterránea también les atrajo el proyecto, de ahí que este otoño vayan a editarles su esperado debut discográfico en vinilo de diez pulgadas. “Para mí eso ya es algo superimportante, publicar en España un disco con música de Roberto Parra. Nunca se ha hecho, creo que es una semillita para que se vaya conociendo su obra aquí y con eso, de momento, me doy por pagado”. En su país de origen también están generando un cierto eco, aunque en estos tiempos cada vez salen más pequeñas bandas chilenas de gente joven que hacen tributos al inventor del jazz guachaca.

«Álvaro Henríquez me hizo sentir que la música es respeto, es tradición, y que eso te da cierta identidad», Sebastián Orellana (Radio Huachaca)

Renace la llama, y nos preguntamos si puede tener algo que ver con el momento que atraviesa Chile, sobre todo desde el estallido social a finales del pasado año. “Claro que cada vez que uno agarra la guitarra le salen cosas con eso: los desaparecidos, los que han perdido un ojo en las protestas… lo que acontece allá es bestial, y hacerle oídos sordos es muy difícil”, reconoce, aunque no cree que la recuperación de Don Roberto vaya por ahí. “Él nunca se alineó con un partido ni nada así, pero tenía las cosas claras desde el punto de vista humano, de sentido común. Yo, por ejemplo, creo que cualquier persona debería estar en desacuerdo con la violencia de Estado. Me parece lo humanamente lógico”. En cualquier caso, para Orellana es vital expandir la visión de Parra y que el entorno se vaya nutriendo de eso: “Aunque no sepas mucho sobre el contexto del que habla en sus canciones, conocer su figura ya es un acto político. Se aprende mucho de sus letras, su actitud ante la vida y la gente que retrataba”.

Roberto Parra, 1921-1995, padre del jazz «guachaca» (foto: Andrés Ampuero Alarcón).

Toda esa manera de retar a la existencia está aferrada a sus composiciones. Los mensajes de Roberto Parra no eran buenos ni malos, quizá porque nunca se planteó situarse en esa escala de valores, tampoco en lo personal. Lo expresó con esa llana brillantez suya en un reportaje para la revista Apsi (uno de los primeros medios disidentes en la dictadura pinochetista), en 1987: “La otra vez estuve analizando. La he pasado bien y mal. He andado bien y mal vestido. He tenido las hambrunas más grandes y he sido el más satisfecho. He pesado las dos cosas y quedan ahí: igual”. Y aunque su vida fue todo menos mesurada, su arte es universal porque en el caben los que no suelen contar para casi nada. Henríquez dice de él que se encantaba con cosas que nadie más veía. Esa clarividencia de la que uno se impresiona cuando empieza a familiarizarse con la semblanza y el genio de Don Roberto. La misma que nos sitúa ante la tentación de idolatrarlo y cumplir aquello que él mismo advierte en unas declaraciones publicadas de forma póstuma: “Después de tanta cagá que hice, me voy a convertir en santo”.

 

* Nota para recién llegados al universo guachaca

Acercarse a Roberto Parra hoy en día no es tan difícil, pese a que en España no se haya editado nunca su obra. En lo musical y pese a su amplio repertorio, no se metió a grabar su primer álbum hasta 1965, cerca de cumplir los 45 años, y gracias a que su hermana Violeta prácticamente lo arrastró a una serie de sesiones secas para que no olvidara las letras. A comienzos de los 70 haría otra incursión en el estudio junto a sus sobrinos Ángel e Isabel Parra, de ahí que en Chile también se lo conozca con el alias de Tío Roberto. Finalmente en 1990 publicó Los tiempos de La negra Ester, donde ya aparecía una selección de temas en clave de jazz guachaca. Además, de forma póstuma Los Tres lanzarían Peineta (1998), que incluye temas grabados en directo con Roberto y otros junto a su hermano Lalo. En años posteriores, el grupo de Álvaro Henríquez siguió publicando tributos y versiones de sus canciones que las arrimaban al blues y el rocanrol.

Una muestra de su ingente producción escrita, en forma de obras de teatro, poemas y letras de cuecas, además de algunas biografías, han quedado recogidas de forma bastante desperdigada en diversos volúmenes, de los que cabe destacar La negra Ester / El desquite (Pehuén, 2006), Poesía popular y cuecas choras (Fondo de Cultura Económica, 2010), Soy zurdo de nacimiento (Lom Ediciones, 2012) y La vida que yo he pasado (Pehuén, 2014).

 


Fuentes bibliográficas:
Marcelo Mendoza: Confesionario. La voz del bajo fondo. Revista Apsi, Santiago de Chile, 1987.
Gonzalo Badal: Roberto Parra (biografía serie «Artistas Chilenos»). Ocho Libros Editores y La Brocha Ed., 1996.
Hermann Mondaca y Ximena Arrieta: Prontuario de Roberto Parra. Documental, 1996.
Roberto Parra y Mario Rojas: Cuando me vine del campo. CD audio y conversación, 2007.
Catalina Rojas y Pehuén Editores: La vida que yo he pasado. Pehuén Ed., 2014.

Agradecimientos: Álvaro Henríquez, Gonzalo Henríquez, Jorge Curihual, página oficial de Don Roberto Parra Sandoval, Sebas Orellana y mi hermano Marcos.

2 Comments

  1. Deberían citar a los fotógrafos autores de los retratos del gran Roberto, yo soy uno de ellos, y me enorgullece que usen la imagen. Soy el autor (Johnny Aguirre) de esa en la que aparece con el lápiz en la oreja.

    • Por supuesto, Johnny, ya está hecho. Desde luego solemos citar la autoría (como verás en otras de las fotos de este mismo reportaje), pero en ocasiones como esta y a pesar de contactar con quienes las difunden, no logramos dar con la fuente original. Muchas gracias en cualquier caso por cedérnosla, un cordial saludo desde España.

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