EL AZAR, O ACASO EL DESTINO
"Se nace artista y no es algo que uno elija; es más bien el arte el que elige"
ÁNGELES CASO
Siempre he creído que el arte es uno. Mi teoría —poco científica por otra parte— es la siguiente: se nace artista. O sea, se nace con algo raro en la cabeza que le obliga a uno a necesitar expresar las cosas inexpresables que le laten incesantemente por dentro, con la misma urgencia con la que necesita respirar o comer o amar. Se nace artista, y no es algo que uno elija: es más bien el arte el que le elige a uno. Quizá, por ser más exactos, eso ocurra en los segundos posteriores al nacimiento: “Tú, mocosa, tú vas a ser artista, y te morirás si no pintas o escribes o cantas o esculpes, tu alma se arrugará como una pasa si no te dedicas a poner orden en el caos o caos en el orden, tu corazón se quedará frío y seco si no te esfuerzas por aprender la técnica que te permita, diosecilla, crear tus propios mundos”. Quizá Apolo susurre eso al oído de los elegidos, a la vez que su hálito les insufla el don.
Luego están las circunstancias, claro. A muchos de los elegidos, la vida los empuja por otros caminos. Son los que no encontraron medios o apoyo o valentía suficiente dentro de sí mismos para aprender y madurar. Otros cayeron en cambio en el lugar adecuado. El azar, o acaso el destino, vaya usted a saber. Y esos pintaron o compusieron o rimaron poemas, y a menudo todo a la vez, hasta que se decantaron hacia una forma preferente de expresión, privilegiada entre todas. O tal vez fue el público el que eligió entre sus lenguajes, y ellos acabaron entregándose fundamentalmente a una manera del arte, con el corazón un poquito desgarrado por el abandono de las otras.
Tomemos un ejemplo: Miguel Ángel. Michelangelo Buonarroti, grande entre los grandes. Observémoslo: Miguel Ángel nació en una familia de la pequeña nobleza dedicada a los asuntos de gobierno del estado de Florencia. Nació en un tiempo (1475) en el que las artes plásticas eran consideradas oficios manuales, menospreciados por las clases altas, y solo la poesía y su hermana más próxima, la música, parecían actividades creativas propias de un caballero. Pero Il Terribile fue tocado en la cuna por la mano de Apolo. Y el azar —o el destino— quiso que la nodriza a cuya casa fue enviado a pasar la infancia, hasta los ocho años, viviera en Settignano, junto a unas famosas canteras de mármol, y estuviera además casada con un picapedrero: aquel niño que hubiera debido ser una criatura refinada, crecido entre espadas y escribanías, jugó siempre con trozos de piedra, escoplos y cinceles. La huella fue indeleble: no hubo manera de que el padre lo condujera a la senda de la sustanciosa burocracia de los Medici. Rebelado contra su familia, él solo quiso ser artista. Y mucho más que pintor o arquitecto, siempre se sintió escultor, como si hubiera mamado el polvo del mármol junto con la leche de su nodriza.
Pero Miguel Ángel también fue poeta. Y muy buen poeta. Sin duda, de no haberse criado a la sombra de las rocas, se habría dedicado con toda la intensidad al arte excelso de rimar versos, algo que solo hizo en sus ratos libres. En cualquier caso, manejó con maestría semejante la pluma y el pincel, como también lo hicieron, entre otros muchos, Jean Cocteau, Rafael Alberti, Kandinsky, Pérez Galdós, Herman Hesse, Gauguin, Victor Hugo, Chagall, García Lorca, George Sand, Joan Brossa, Günter Grass, William Blake, Dalí, August Strindberg o el último premio Cervantes, Nicanor Parra. La culpa, supongo, es de Apolo. Y del azar —¿o el destino? Pintores y escritores, o escritores y pintores. No creo que importe mucho: al fin y al cabo, todos ellos fueron —son— artistas. Y el arte, insisto, es uno.
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