POESÍA

Friedrich Hölderlin. Julio Mas Alcaraz. Manuel Vilas. Juan Andrés García Román

 

LECTURAS POESÍA

 

CONTRA LA TIRANÍA

LUIS ALBERTO DE CUENCA

EL ARCHIPIÉLAGO
Friedrich Hölderlin
Trad. de Helena Cortés Gabaudan
La Oficina
Precio: 18,00 €
Páginas: 120

La exquisitez de los libros publicados por La Oficina está garantizada por sus socios fundadores, Joaquín Gallego y Arturo Leyte. Gallego es uno de nuestros más prestigiosos diseñadores gráficos, responsable de mil y una maquetas editoriales de gran éxito; Leyte, uno de nuestros heideggerianos más ilustres. Ambos, junto con la traductora Helena Cortés Gabaudan, son los responsables de la publicación de El archipiélago, de Friedrich Hölderlin (1770-1843), un poeta fundamental en la trayectoria no solo de la lírica alemana contemporánea, sino de la universal.

La traducción ha sido acometida en hexámetros españoles, recreando con la mayor fidelidad posible el arriesgado intento de Hölderlin de imitar en su lengua los metros griegos. El libro se enriquece, además, con una excelente introducción de Helena Cortés —rotulada “Versos para un mar con destino histórico” y subdividida en dos grandes epígrafes, “El acontecer poético de Grecia” y “Aspectos filológicos del Poema”—, con un buen número de notas exegéticas a cargo de la propia traductora y con un epílogo, titulado “Zona poética”, escrito por el mencionado Arturo Leyte. Pero hay más, y ese más son las fotografías, todas ellas contemporáneas, que salpican el texto del libro, y establecen —como en el caso de Goethe y Friedrich— un sugerente diálogo en el que el nihilismo y la desesperanza casi actuales que se vislumbraban ya en El archipiélago se trasladan a unas imágenes que revelan el poder destructor del mundo moderno prefigurado por Hölderlin. En una de esas fotografías, por ejemplo, podemos ver a unos soldados, ataviados con el uniforme del Tercer Reich, desplegando en 1941 la bandera nacional-socialista de la esvástica en presencia —muda, imponente, desaprobadora— del Partenón. En otra de ellas, firmada por Luis Asín en 2004, vemos un barco a medio hundir junto a las costas inmisericordes de la isla de Citera o Citerea, otrora consagrada a Afrodita, la diosa del amor y del erotismo.

El archipiélago disfrutó en castellano de estupendas versiones anteriores, como la tantas veces reimpresa de Luis Díez del Corral (Editora Nacional, 1942) o las de Jenaro Talens (Hiperión, 1980), José María Valverde (Ariel, 1983) y Juan Andrés García Román (DVD, 2009). Esta última de la germanista Helena Cortés Gabaudan no tiene desperdicio, porque da la impresión al leerla de estar escuchando en español al mismísimo Hölderlin: tal es el grado de compenetración entre traductora y traducido, tan honda la complicidad que alienta la tarea acometida por la profesora Cortés.

El poema tiene 296 versos y es, en principio, una larga conversación entre el poeta y el dios del mar. Hölderlin se refiere en todo momento a la Grecia del siglo V antes de Cristo, y constituye un himno a los valores democráticos que fueron desarrollándose en la Hélade a lo largo de esa centuria. Unos valores que el poeta identifica con los nuevos modelos extraídos de la Revolución Francesa, pues “El archipiélago es también, y ante todo el poema hölderliniano contra la tiranía, que escribe precisamente contra el doble despotismo de los regímenes antiguos y modernos, ya sean griegos o persas, ya alemanes o europeos”.

 

ESCRITURA UNIVERSO

JAVIER LOSTALÉ

EL NIÑO QUE BEBIÓ AGUA DE BRÚJULA
Julio Mas Alcaraz
Calambur
Precio: 17 €
Páginas: 124

Hay libros de poemas que desde su mismo título abren dentro del lector una multiplicidad de significados y un ámbito de misterio. Es lo que sucede con el segundo poemario de Julio Mas titulado El niño que bebió agua de brújula, publicado por Calambur, donde —entendemos— aparece la infancia, el agua en su sentido lustral o bautismal y la brújula con su dirección tantas veces marcada por el destino en el caso del ser humano, y que, unida al agua, puede ser —y cito a Antonio Gamoneda, a quien se debe el frontispicio del libro— “sed de desvarío”.

Hay libros cuya escritura es un universo por la amplitud de contenidos y por la interacción de géneros (narrativo, escénico, cinematográfico), sin que en ningún momento se desvirtúen el lenguaje y la tensión poéticos. Estamos ante uno de ellos, fruto de la fuerza simbólica e imaginativa de un poeta ya con mayúsculas, conocido hasta ahora por su labor de traducción de la poesía norteamericana contemporánea. Estructurado en ocho tiempos y un epílogo, El niño que bebió agua de brújula nos apresa desde el primer momento con la idea de que se nos va a contar algo, y que seremos habitados (siempre la poesía nos habita) por un presente, un pasado y un futuro con “sorpresa” que no es sino la vuelta al principio, enmascarado tras el índice en los dos textos finales, cerrándose de este modo el círculo. Hay, a veces, también en este poemario un sujeto lírico y un narrador que respiran en versos que ocupan los lados izquierdo y derecho de la página, y no faltan personajes ni un concurrente monólogo interior. La historia que el propio autor nos comentó que quería narrar es la de alguien que, tras perder a su amada, enloquece y debe ser internado en un psiquiátrico (lo que queda reflejado al principio del libro), del que sale dispuesto a encontrar un nuevo amor a través de un viaje con resultado positivo, salvo esa “sorpresa” aludida, pues como escribe Julio Mas refiriéndose a la presencia de la amada: “Ella no está, de nuevo. Porque ya era tarde la realidad cuando llegó el ser. Era verdad lo eterno. El tiempo podía quedarse fuera. Definitivo en su inexistencia”.

Historia en la que no necesita el lector pensar para sumergirse en el mundo íntimo y colectivo, racional e irracional, onírico y visual de esta obra, creada mediante una escritura abierta a todos los sentidos, llena de radiaciones, con una gran fuerza visionaria y una imaginación engendradora, en la que la realidad y la ficción se entreveran y la Naturaleza dota a todo de una energía primaria y de una verdad y una desnudez cósmicas, como cuando se trata de los que mueren en su travesía en pateras: “Pasan cadáveres flotando. Las olas los saltan y mueven sus / largos cabellos de emigrantes…”. Cósmica es también en este libro la soledad; y el amor, tendente a la fusión de los amantes y a injertarse en lo eterno y universal. Y hay asimismo una visión panteísta de ser en todo, una fe en el poder liberador de los sueños y una conciencia de la realidad escindida en que vivimos, de la existencia ilusoria conocida como “dualidad”. Muy importante es, igualmente, la presencia de la ciudad como un organismo más y la tensión emocional que presta la infancia, la imposibilidad de volver a ella. Julio Mas ha conseguido con El niño que bebió agua de brújula alumbrar una escritura universo en la que caben inagotables lecturas.

 

LA MARCA DEL POETA

IGNACIO ELGUERO

AMOR. POESÍA REUNIDA 1988-2010
Manuel Vilas
Visor
Precio: 14 €
Páginas: 295

Amor reúne la poesía de Manuel Vilas escrita desde 1988: El cielo, Resurrección, Calor, Primeros poemas y Poemas Inéditos. A modo de preámbulo, el propio autor explica el porqué del título: “releyendo todos estos poemas pienso que están llenos de un sentimiento cercano al amor”. Para decirnos más adelante que “el amor parece un sitio universal, cargado de energía, de energía elemental y no moral”.

Desde la publicación de El cielo (DVD, 2000) quedaron claros los elementos de la poesía de Vilas, que él define y defiende como “marca”, y que hacen de la misma un pensamiento reconocible tanto en actitud estética como temática: un posicionamiento frente al mundo que le ha tocado vivir y del que nos habla en cada uno de sus libros con ironía y una reflexión profunda a la que nos conduce esa misma ironía, al deseo de llamar a las cosas por su nombre y quitarle la máscara al mundo, de levantarle las sábanas a la hipocresía, al poder, a los poderosos. Vilas también muestra la realidad política y socioeconómica de nuestro tiempo. En definitiva, la vida cotidiana con sus miserias y sus grandezas. Pero a pesar de que lo que se nos muestre en ocasiones no nos sea grato, Vilas es siempre celebratorio, porque al poeta le gusta la vida. Y porque ama la vida, como nos dice, y porque podemos reírnos y amarnos y somos libres, por eso escribe: “me gusta mi poesía, me da alegría cuando la leo, me pone de buen humor, me río, me mete caña, me entran ganas de vivir, me entran ganas de fiesta”.

En el poema “Treinta y seis años”, el poeta da cuenta de algunas de esas constantes de la “marca”, que parten de la creación de un yo, que es un yo biográfico y literario al tiempo, real y apócrifo a la vez para verter sus obsesiones: la identidad, el tiempo, lo real, la realidad soñada, el humor, el amor, el mundo material, lo cotidiano. “Qué discreta es la edad mediana, qué mendaz mesura nos da el tiempo, qué vana es la sangre mortal. Qué hipócrita soy yo que ni siquiera soy viejo. Me ducharé ahora mismo, me afeitaré, me peinaré, saldré a la calle limpio y mundano, estrenaré pantalón, zapatos y camisa, trataré de ser feliz toda la noche…”

Y de amor, carnalidad y sexo, escribe Vilas a través de historias en ciudades, en playas, entre ginebras y bares; en soledad y en sueños como también escribe acerca de la vida como un viaje, más real que metafórico. El viaje en un Audi, en un 850, con el tío Victor, en un 600, en un Mazda. El viaje poético también, el literario, desde Zaragoza a cualquier sitio. Del universo propio a lo universal, como una forma de moverse por el mundo, que es en definitiva la misma literatura. Esa literatura, la de lectores y escritores a los que homenajea en tantos poemas, y especialmente en el titulado “Literatura”: “el gran desfile de la soledad de todos los tiempos, la soledad y sus palabras, la literatura”. Tampoco hay que olvidar la música, con sus cantantes y sus canciones a cuestas, parte igualmente de ese universo estético de Vilas, a quien acompaña Lou Reed, cuando sube el volumen, para no estar solo en una soledad de la que escapa, como en esos viajes hacia un mundo habitado, real. Una poesía que nos muestra un mapa de humores y malhumores, estos últimos con rostro, con nombres como cocaína, sida, marginados, emigrantes, pobres, más pobres, dictadores.

Amor se cierra con cinco poemas inéditos en los que humea tras la forja la “marca” Vilas. La del hombre que habita la vida, oyendo las noticias, generándolas, reflexionando sobre ellas, con ironía, con la felicidad bajo el brazo. Siempre con mayúsculas, como su poesía.

 

MUERTE DE LA INFANCIA

PEPA MERLO

LA ADORACIÓN
Juan Andrés García Román
DVD Ediciones
Precio: 10,00 €
Páginas: 128

Sí, poeta, tienes que ser más osado, ¿me lo prometes?”, dice uno de los personajes de La adoración. Y parece una reflexión interna del propio autor, una autoafirmación que le ayude a escribir una palabra más, un nuevo párrafo, otra página de las que compondrán las ciento veintiuna que conforman este libro potente, conmovedor, arriesgado.

Desde sus primeros títulos (Soledad que da al mar, Diputación Provincial de Granada, 2004; Perdida Latitud, Madrid, Hiperión, 2005, Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal) hasta el último poemario (Las canciones de Lázaro, Madrid, Rialp, 2005), el poeta granadino nos venía preparando para algo tan extrañamente formidable como esta Adoración en la que no entran los Reyes Magos de Oriente, a pesar de ser niños los que nos conducen por una historia demasiado adulta. No hay incienso ni oro ni mirra en esta Navidad de desencuentro y sus adornos esconden una realidad de muerte, aunque esta sea la muerte metafórica de la infancia y todas las decepciones que conllevan el desencanto ante las utopías y la reflexión acerca del destino del artista.

García Román nos sitúa, al más puro estilo de Lewis Carroll o Louis Pergaud, en un mundo infantil con la mirada única de los niños, con la crueldad que los caracteriza, al igual que evoca a Kafka, a Rilke, el relato filosófico y el cómic en este largo poema, pulido, perfecto, de treinta y tres capítulos que engloban los recursos de la fábula, el diálogo dramático y los juegos vanguardistas con un único objetivo: hacernos partícipes de la manera más original de un sentimiento común a todo ser humano, el de la pérdida de la amada, del padre y de la belleza.