ÁLVARO POMBO

"Soy un moralista que frunce el ceño ante las insensatas pasiones de los hombres"

GUILLERMO BUSUTIL

 

Álvaro Pombo (Santander, 1939) es autor de numerosas novelas y libros de poesia que han sido reconocidos con el Premio de la Critica, el Nacional de Narrativa, el Fundacion Jose Manuel Lara o el Planeta, entre otros galardones. Con El temblor del héroe ha obtenido el LXVIII Premio Nadal. La novela cuenta una historia protagonizada por un profesor de filosofia jubilado que recibe la visita de un joven periodista del que ira conociendo las vicisitudes de un pasado marcado por el pederasta que lo violo y con el que mantiene un vinculo de dependencia. La relacion entre los tres personajes, definida por la indiferencia, el coraje moral y la manipulacion, los enfrentara a si mismos y a su actitud frente al bien, al compromiso y al drama.

En El temblor del héroe usted aborda la cobardía moral frente a la valentía a través de la relación entre dos hombres mayores y un joven periodista, pero incide más en las distintas caras de la primera.
La cobardía adopta en mi novela dos formas diferentes. La de Román es la de un hombre enrocado en sí mismo, que observa el mundo de lejos, sin comprometerse. Una actitud que lo convierte en un ser medroso más que cobarde. Y también está la de Bernardo, que es un personaje valiente a su modo pero que sin embargo no siente apego por nadie y eso al final es otra manera de ser cobarde. Heidegger decía que el ser es lo más familiar y el abismo, y eso es lo que le sucede a Bernardo. La actitud de ellos dos es la que al final termina convirtiendo en víctima al personaje de Héctor, que es más joven, más vulnerable, el único que da la cara por los demás, que se arriesga, que confía y se compromete.

Esa cobardía de Román está producida por la jubilación que lo adentra en la invisibilidad y en el desencanto. ¿Cree usted que es algo habitual en ese momento de la vida?
Muchas personas sufren ese desencanto, esa sensación de invisibilidad, al no saber abordar la jubilación y ser incapaces de encontrar un nuevo entusiasmo, de mirar la vida con curiosidad. Su mundo se les viene abajo. Román se ha acurrucado en sí mismo, está artrósico. Ha perdido también la elocuencia, el feedback que tenía con los alumnos cuando era profesor. Él pensaba que al jubilarse entraría en una etapa de lucidez solitaria, de compenetración consigo mismo, y se encuentra con que la soledad es un veneno insoportable. Tenía que haberlo sabido, que haber recordado a Antonio Machado: “en mi soledad he visto cosas muy claras que no son verdad”. Por todo esto carece del deseo por la verdad, del deseo de hacer el bien a los demás. Solo piensa en el enigma de sí mismo y en salvar su individualidad. Olvida que Ortega decía que para salvarse él era necesario que salvase a todos.

El individualismo, el desencanto y la falta de compromiso es también una metáfora de la sociedad actual.
La sociedad en general, aunque hay afortunadas excepciones, ha perdido el entusiasmo. Vivimos un momento cutrelux, instalados en el desencanto con la democracia porque tenemos una democracia incomprensible. El personaje de Román, que fue catedrático de filosofía en la época del franquismo, era un hombre que trabajaba dentro del sistema, como la inmensa mayoría de la gente, pero su desencanto está más próximo al que reflejaba Chávarri en su película sobre la familia Panero, más acorde con el desconcierto que provocó la democracia a finales de los años setenta, con aquellas cosas incomprensibles de la movida y que para mí convertían el país en una España de Babel. En cambio, ahora, estamos en otra clase de desencanto que nos conduce a la indignación.

¿Esta crítica social es extensible a la actual pasividad, a la escasez de entusiasmo de los intelectuales?
En parte sí, aunque a quienes Román critica más es a los intelectuales que hacen divulgación, en lugar de profundizar más, de hacer grandes tratados de filosofía. Pero eso lo piensa el personaje, no yo. Aunque es una manera de reflejar la tendencia que tenemos en este país a criticar lo que hacen o no hacen los demás en lugar de hacerlo nosotros. En ese sentido sí que fustigo un poco, porque es una novela moralista.

También Bernardo, el jubilado patinador, representa otra forma de desencanto pero vive más el presente, la despreocupación, y su existencia parece basada en el relativismo. ¿Un símbolo de la posmodernidad?
Efectivamente. Bernardo es un hombre resbaladizo, con relaciones líquidas, superficiales, individualista, distanciado incluso de sí mismo, que duda de su identidad y manifiesta claramente su ausencia de valores. Esto explica que no sienta nada por haber convertido en su víctima a Héctor. La culpa, como señaló Scheler, es una cualidad objetiva de nuestras acciones, no un sentimiento. Estamos hartos de ver a personas que han hecho mal y no se consideran ni responsables ni culpables. Esto es propio de la posmodernidad y del personaje de Bernardo.

En cualquier caso los dos, Román y Bernardo, mantienen un pulso por el joven Héctor, propio del vampirismo.
En las relaciones es muy difícil que una parte no devore a la otra. Rilke decía que el amor consiste en dos soledades que se respetan y se reverencian, mientras que Sartre defendía que el amor debía aspirar a la libertad del otro. Si aplicamos esto último, hay que tener en cuenta que la libertad implica que puedan abandonarnos. Por eso tratamos casi siempre de apoderarnos del otro, de convertirlo en un objeto nuestro con el que podamos jugar. En la novela la relación de Bernardo y de Román con Héctor, todos seres imperfectos y mal situados en el mundo, tiene mucho de eso, de vampirismo, de querer apropiarse del joven, y por eso termina resultando un relato triste.

También hay unas complejas relaciones de manipulación entre ellos.
Es verdad que todos se manipulan entre sí. Pero el gran manipulador es Bernardo, que lo hace con todos, sobre todo con Héctor, al que le hace creer que hubo o hay amor entre ellos y que determina el final cuando el joven se siente desarmado y abandonado. Bernardo lo hace porque tiene la facultad de no sentir nunca más allá de un cierto límite. No le desgarran los sentimientos, piensa hasta aquí he llegado y se acabó. Es incapaz de hacer el bien. Esto es lo que recorre toda la novela. La gente que se ocupa de otros acaba devastada pero ha hecho el bien. Soy un moralista. Un narrador que frunce el ceño ante las insensatas pasiones de los hombres, que por otra parte son las mías.

Usted hablaba antes de la pérdida de feedback de Román al jubilarse, pero en realidad sigue manteniendo esa relación con dos exalumnos, Elena y Ernesto, incluso con el personaje de Héctor. ¿No es una actitud narcisista?
Por supuesto. Los alumnos son el espejo donde se mira el profesor. Román es un buen orador, un excelente expositor de la filosofía y se mira, como todos los que tenemos facilidad de expresarnos en público, en quienes lo escuchan. Sabe recrearse en la suerte, mirar a los tendidos como dicen los andaluces. Ese reflejo, esa retroalimentación, solo se la devuelven sus antiguos alumnos y por eso mismo se deja querer por Elena y la utiliza de una manera medrosa, y sí, narcisista.

En el recuerdo y la admiración que estos dos personajes tienen por Román también hay un canto en favor de la enseñanza, de la pasión por transmitir conocimientos que parece haberse perdido en la actualidad.
Existió y puede que aún viva, no lo sé, un profesor sevillano, Oswaldo Márquez, que tenía una cátedra absurda que se llamaba Historia de la Filosofía Española y de la que él hizo una excelente asignatura. Fue un profesor muy importante para mí. Nos hizo hacer filosofía. Teníamos que escribir textos, inventar nosotros, utilizando libros de otros, mezclando unas cosas con otras. Yo escribí sesenta folios sobre el siglo XV español. Él nos transmitió pasión por el conocimiento, por el heroísmo de saber la verdad, de conocer las cosas como son, de ir a las cosas mismas, de saber suprimir los prejuicios que nos impiden ver las cosas. Todas esas cuestiones que eran patrimonio de la filosofía. Fue un gran impulsor pedagógico, un ejemplo de lo que la universidad tendría que ser.

¿Cuál es su visión del mundo actual, del momento que vivimos?
Nos ha tocado vivir un mundo muy complicado que se nos va de las manos. Hemos perdido la inteligencia electiva, tratamos de entenderlo todo y a lo mejor deberíamos aflojar, dejarnos llevar un poco por las cosas mismas. A veces, a fuerza de entender todo tanto nos perdemos. Hay un auge del individualismo excluyente. Es difícil amar globalmente, pero a lo mejor deberíamos intentarlo.