NARRATIVA

David Foster Wallace. Sarah Shun-lien Bynum. Wendy Guerra. Eva Díaz Pérez. David Monteagudo. Juan José Millás. Miguel Ángel Muñoz. Antonio Fontana. Juan Eslava Galán. Arthur Conan Doyle. Alberto Barrera. José Mateos

 

LECTURAS NARRATIVA

 

FASCINANTE DELIRIO INACABADO

JORDI GRACIA

El REY PÁLIDO
David Foster Wallace
Trad. Javier Calvo
Mondadori
Precio: 23,901 €
Páginas: 551

La novela es un género demasiado delicado y, por tanto, El rey pálido es ahora mismo y sobre todo un engendro urdido por la proximidad cómplice de su editor y amigo de Wallace, Michael Pietsch. Pero es un engendro fascinante: los delirios de David Foster Wallace tienen mucho de la estirpe menos angustiosa de Kafka pasados por la ironía insumisa y la más desatada autoexploración posmodernista, descuajada, con fiebre y rotundamente inteligente. No es el aburrimiento ni la burocratización exasperada el asunto de esta novela aunque haya muchas páginas estupendas sobre eso; su asunto es más bien la infelicidad y, sobre todo, el autoengaño capaz de crear la ficción de un orden perfecto y minucioso, estratificado y programado para verificar y fiscalizar la actividad económica. Su tema es la tensión entre el orden y el caos; el dominio feliz y al mismo tiempo angustioso del caos, pese a la aparatosa evidencia de la voluntad de orden. Todo gira en torno al control fiscal y se discute sobre la persecución del fraude o la formación de los examinadores “de a pie” y su rápido desgaste, pero se piensa y se discute también sobre la voluntad fundacional de los padres de la patria o sobre el drama de un señor que suda (genial) o de otro que desea sin tasa besarse todos las partes de su cuerpo…

Las mismas vidas modestas que han ocupado a Jonathan Franzen en Libertad son las de Wallace, pero ambos amigos trabajaron de forma opuesta: a uno le gusta la fábula cerrada y con sentido (aunque sea, como es, desolador), mientras a Wallace le excita la heterogeneidad mitigada por un bajo continuo de ironía nutrida de nihilismo mudo. Por eso disfrutar de esta novela no reclama entrar en las vidas equivocadas y frustradas que relata Franzen con métodos tradicionales sino básicamente ceder a la voz de Wallace y aceptar su impotencia para terminarla.

No espere nadie, por tanto, una trama cerrada y coherente ni una intriga visible y tensa. La tensión y el drama están puestos en los diálogos a veces disparatados y otras inquisitivos, en las voces desplegadas —incluida la de un personaje llamado David Wallace—, además y sobre todo de las páginas que recrean los soliloquios de los personajes y la menudencia exasperada de su insignificancia. La más exasperada y metódicamente obsesiva de las voces es la del propio autor “de carne y hueso”, como quiere presentarse varias veces, la del autor de este libro que habla “de verdad” y que se niega a incurrir en los recursos ficticios y artificiosos habituales en los memorialistas porque le revientan. No va a fingir recordar detalle a detalle el pasado porque “la mente humana no funciona así” y fingirlo es un “artificio insultante”, pero tiene el problema añadido del dictamen jurídico de su editor dada la responsabilidad penal en que puede incurrir el manuscrito.

La metaliteratura es solo un ingrediente más, pero muy poderoso, como lo es el valor casi alegórico del intento de explicar cómo funciona el reclutamiento y la actividad profesional de la Agencia Tributaria, convertida en el inmenso laboratorio humano de una espiral demenciada a través de lo que sabemos de Sylvanshine, Chris Fogle o Glendenning. La radicalidad modal de Wallace tiene anatomía moral y formal; se despliega sobre todo en ramalazos afortunados y extensos, en esos focos intermitentes de intensidad y furia que funcionaron tan bien en los relatos de Entrevistas breves con hombres repulsivos (reeditado también en Mondadori) y que aquí compensan holgadamente la evidencia de estar ante un borrador de novela inacabada.

 

LA VIOLENCIA DE LA METAMORFOSIS

MARTA SANZ

LAS CRÓNICAS DE LA SEÑORITA HEMPEL
Sarah Shun-lien Bynum
Trad. Gabriela Bustelo
Libros del Asteroide
Precio: 18,95 €
Páginas: 262

Si una persona adulta tuviera que aguantar que le salieran los dientes, se volvería loca de dolor. Sin embargo, los bebés, que se chupan los puños y lo muerden todo y tienen un poquito de fiebre, aguantan mientras eclosionan sus dentaduras de ortodoncia. Los adultos se hinchan de anestésicos cuando la muela del juicio asoma por la encía. En Las crónicas de la señorita Hempel, Sarah Shun-lien Bynum habla sin dramatismo de la violencia de la metamorfosis: los pechos se abultan, siempre hay una primera y una última vez para todo, nos emparejamos como cigüeñas, engendramos criaturas, cambiamos de oficio y se nos muere el padre… Es horrible, es maravilloso, y eso es lo que aquí se narra con el punto justo de amabilidad y acritud. Haciendo las cosas difíciles, fáciles. Como los buenos maestros.

A través de ocho relatos que constituyen un todo, la autora adentra al lector en el universo de Beatrice Hempel, una maestra veinteañera que se mueve sobre el límite entre jugar, vivir y jugar a vivir. Sus alumnos crecen y ella también crece mientras los mira: la vulnerabilidad de los niños hace que la mujer, consciente de su responsabilidad, vuelva sobre sí para hacer un ejercicio autobiográfico aparentemente amable donde se incuba una larva agria. Es importante saber quién mira a los niños. Quién construye los relatos para su educación y quién los relata a ellos. Beatrice Hempel no es como la institutriz sin nombre de Otra vuelta de tuerca. Tiene nombre y apellido. No es culpable ni ha de justificarse. Su mirada no se enrarece por efecto de las amputaciones de una sociedad represiva; la infancia se coloca en otro lugar dentro del imaginario de la literatura: los adultos son el niño que fueron y los niños encierran, dentro de su caja torácica, al adulto que llegarán a ser. Tal vez por eso nos cuesta imaginar de niña a la institutriz sin nombre y, sin embargo, vemos a la perfección a Beatrice, cuyo discurso no es depravado ni siquiera cuando se turba ante la sexualidad de un niño. El tema del crecimiento se relaciona con el de la educación: pese a que los alumnos de la señorita Hempel son encantadores quizá porque ella los contempla con ternura, la enseñanza es extorsión, demagogia, clientelismo, necesidad de complacer. Aun así o tal vez a causa de esa lucidez triste, la señorita Hempel es una buena maestra y las cosas fluyen y se van conformando con inseguridad, alegría, miedo…

El miedo es precisamente el tema que aporta una textura política a las crónicas. El miedo se liga a una sexualidad —lo desconocido, el encuentro con el otro— que se hace ostentación en los niños y rechazo en una Beatrice que no se anima a practicar el sexo anal. El miedo es un miedo a salir del útero, del propio yo, de la familia, del aula-burbuja que amortigua los embates de una realidad que, como los bosques de los cuentos de hadas, está llena de peligros. Y aquí es donde Las crónicas de la señorita Hempel deja de ser un relato íntimo para transformarse en una experiencia histórica, común: el miedo al hombre del saco, a los que violan niños en una furgoneta, al coco, cristaliza en el 11-S. La señorita Hempel alude a él de pasada, con la misma sorprendida resignación, la misma naturalidad, con la que transcurre la existencia y sus pequeñas devastaciones. Aunque probablemente la educación no sirva de nada y resulte infructuoso el proyecto de formar criaturas libres en un mundo sembrado de minas y escáneres, hay que salir del cascarón, avanzar, tratar de comprender. Esa es quizá la tesis de Beatrice Hempel, probable alter ego de Sarah Shun-lien Bynum.

 

A DOS VOCES

EDUARDO GARCÍA

POSAR DESNUDA EN LA HABANA (ANAÏS NIN EN CUBA)
Wendy Guerra
Alfaguara
Precio: 18,50 €
Páginas: 300

Mientras resuenan todavía los ecos de la polémica en torno a la retirada de El hacedor (de Borges). Remake, cae en mis manos Posar desnuda en La Habana, una atractiva muestra de que el diálogo entre autores puede revelarse un fértil sendero para la creación con resultados estimulantes.

Llevada de su ferviente admiración por la figura y la obra de la escritora Anaïs Nin, la cubana Wendy Guerra se arroja a la aventura de reencarnar su voz, rellenando los huecos en su célebre Diario durante un periodo cuasi desconocido de su vida. Declinaba el verano de 1922 cuando una joven Anaïs de apenas 19 años se refugia con la rama cubana de su familia en La Habana. En esos días atraviesa una dolorosa separación temporal de Hugo Guiler, un rico banquero que acabará por acudir a la isla para enlazarse con ella en el que sería el primer matrimonio de la escritora. En la reconstrucción de este interludio encuentra la autora una situación ideal para desplegar su propia voz narrativa, pues apenas nos quedan de él nueve magníficas páginas manuscritas del Diario en el que su protagonista, Anaïs Nin, despliega sus dudas sobre la conveniencia de casarse, sus deseos de ser escritora e instalarse en París y su determinación de ser libre e independiente. Si añadimos que la personalidad de Anaïs Nin, su transgresora vida al límite —bigamia, lesbianismo, incesto—, es sin duda una de las más controvertidas de la historia literaria reciente, hemos de concederle a Guerra un fino instinto a la hora de elegir una vía más que prometedora con vistas al ejercicio de la recreación.

Con honestidad y lírica osadía, la cubana se ha internado a fondo en el mundo de la autora de los Diarios, intentando sentir en propia piel el vibrante impulso del deseo de una de las pioneras de la liberación de la mujer. Más allá del mero ejercicio mimético de lenguaje, Wendy Guerra ha dado a luz una voz hermana, con sabor a trópico, femenina hasta la beligerancia, donde resuenan ecos de la escritora objeto de su homenaje, a través de otra tonalidad. El resultado es un nuevo diario novelado en el que los textos intercalados del Diario original, transcritos en cursiva, manifiestan una proximidad afectiva al cuerpo del libro de la autora, mas sin fundirse nunca por completo con él. Como lectores nos felicitamos por ello. No cabía esperar menos de una creadora con talento y personalidad. De hecho, reclama la atención la disparidad tonal entre los breves textos de Anaïs, entregados a una brillante prosa de frase larga, divagante, en círculos concéntricos, donde se trasluce un casi proustiano estilo años treinta, y la contemporánea prosa de Guerra, mucho más ágil, entreverada de frases breves y certeras. Sorprende también el dominio del tono confesional, al servicio de una perspicaz hiperestesia: un arrollador lirismo en el cultivo de la introspección, plagado de aciertos expresivos. Domina Wendy Guerra el arte de la velada sugerencia, así como el del verosímil arrebato emocional. Mientras tanto, sobrevuela en claroscuro la figura del padre ausente, eje oculto de su impulso deseante, como nos revelarán las páginas del Diario rescatadas al final del libro.

Nos encontramos, quizá, ante una de las más enérgicas manifestaciones, en los últimos años, de un tan vivaz como refinado despliegue psicológico de una voz femenina. Una lúcida fenomenología del deseo con nombre de mujer.

 

EL VALS DE LAS BALAS

TINO PERTIERRA

EL SONÁMBULO DE VERDÚN
Eva Díaz Pérez
Destino
Precio: 17,50 €
Páginas: 264

Hagan juego. El juego de las historias que saca de sus casillas a los lectores para que cada página tenga un brote de aventura literaria. Los dados están cargados de furia y malaventura, quien avisa desde el primer párrafo no es traidor: “La bala está a punto de llegar a la frente del soldado, pero él no lo sabe”. Un destino en el punto de ira, una ignorancia que es nuestra (probable) certeza. El sonámbulo de Verdún deja libre a la marioneta de la muerte en un paisaje de esperanzas calcinadas y sueños quebrados, ese escenario infernal de los campos cubiertos de sangre y vísceras en la Primera Guerra Mundial por el que la autora se mueve con la habilidad y paciencia de una francotiradora que sabe esperar el momento preciso para no errar el tiro. Sin tregua. Sin contemplaciones. Díaz Pérez sabe ser dura cuando se trata de poner a la intemperie el horror de la violencia patriótica, y lo hace sin recurrir a tristes tópicos o pelotones de estereotipos. Su guerra es veraz y feroz, y por momentos descarnadamente lírica al merodear las pieles atormentadas. Emocionante, sin duda, indudablemente cruel. Pero no se limita a coleccionar estampas del horror. Su juego va más allá de la mera ilustración. En su novela, las postales pueden cobrar vida, y convertirse en ventanas al futuro del pasado, a la infancia del desdichado protagonista al que una bala aguarda en el camino, paciente y despiadada. Postales desde el filo de la navaja ensangrentada que siega vidas en el fango de la Historia.

Bailamos un vals de palabras que juegan partidos con el tiempo, que atraviesan las alambradas tras las que aguarda una narración llena de recovecos y corrientes subterráneas, como no podía ser de otra forma tratándose de un laberinto de fabulaciones, una tierra de nadie por la que deambulan fantasmas con memoria, mientras la autora se niega a ser espectadora y se inmiscuye entre líneas para amartillar preguntas, disparar respuestas a bocajarro a sus personajes sobre el gigantesco tablero por el que ruedan los dados, ruedan los cuerpos, ruedan los recuerdos inventados. Siembra dudas, recogemos tempestades de acero. Con un detallismo prodigioso y jamás altanero que deja clara la hercúlea labor de documentación y su posterior destilación para que se integre en la narración de forma fluida y espontánea, la novela se arrastra por las trincheras ofreciendo al lector la posibilidad de vivir de cerca las miserias, los miedos, las patrañas, los odios. Los sueños y sus amantes pesadillas. La muerte no se despega, los piojos tienen historia (memorable irrupción de una sensualidad con pliegues kafkianos) y las páginas desprenden aromas que describen una época o destruyen la épica o convocan a los espíritus de las sensaciones que riegan jardines de nostalgias y ruinas.

“Esta es una novela narrada entre el escepticismo y la ironía, que pasea por estancias que ya no existen, analiza los mecanismos del pasado y cuestiona la forma en que se cuentan las viejas historias”. Díaz Pérez está tan segura de su material que incluso se permite el atrevimiento de inventariarlo y ponerse deberes: “no valen las trampas, los recursos narrativos que se quedan en descripciones de cartón piedra y atrezos exóticos de novelas postizas de tiempos antiguos”. Y se lanza campo a través arrojándose en cuanto socavón sale a su paso para detener la acción y, por ejemplo, contar la historia de una bala, o describir con gracia insuperable una ventisca en Praga, todo al servicio de la narración de una saga de personajes unidos por imprevisibles hilos invisibles, sonámbulos que no quieren (¿o no pueden?) despertar.

 

LOS DOMINIOS DEL HOMBRE LOBO

ANTÓN CASTRO

BRAÑAGANDA
David Monteagudo
Acantilado
Precio: 19,00 €
Páginas: 282

David Monteagudo (Viveiro, Lugo, 1962) llegó a los cuarenta años sin haber publicado nada. Con Fin (Acantilado, 2009) logró un gran éxito de lectores, de crítica y de interés por la industria cinematográfica. Sin embargo, la primera novela de Monteagudo yacía en un cajón, y tenía mucho que ver con su Galicia natal y con un mito muy galaico: la figura del lobishome, esa pavorosa criatura que nace en una familia de siete varones y que padece el influjo de la luna llena. Monteagudo opta en Brañaganda, también en Acantilado, por una prosa colorista, casi una prosa de pintor: minuciosa, perlada y con inclinación al mito. El halo de leyenda empieza en un territorio del interior que mira hacia el mar pero que está encerrado en una exuberancia incontenible de montes, bosques, vaguadas y ríos. Un clima de inquietud envuelve al pueblo Brañaganda, y eso es lo primero que cuenta el joven Orlando, hijo de la maestra y de su marido, un hombre culto que se ha reinventado a sí mismo como pintor y como guardabosques. Como pintor retratará a la joven Cándida, que despierta a la juventud y a la belleza, y no pasa inadvertida para nadie: ni para los hombres maduros ni para el joven narrador.

Ese ámbito tan especial se instala en una rica tradición gallega: la de Fernández Flórez, Carlos Martínez Barbeito, Álvaro Cunqueiro o Alfredo Conde, entre otros que se han acercado al enigma del hombre lobo. Poco a poco, empiezan a aparecer varias mujeres muertas; en su asesinato siempre se vislumbra un componente sexual. Todos culpan al lobishome, algunos incluso creen verlo entre los matorrales, como les sucede a la madre de Orlando y al propio niño. Quizá nada sea lo que parece. Su padre, contrario a supercherías, decide investigar. Y ahí, David Monteagudo va desplegando personajes y secretos, animales reales e imaginación, e incluso los ecos de la Guerra Civil.

Monteagudo confronta el clima del esoterismo y de las creencias donde vale casi todo con las tensiones derivadas de la contienda, y a la vez intenta hacer un retrato complejo de la vida rural de los años de posguerra. Cándida, que antes acudía a contemplar el paisaje con el joven Orlando, cambia bruscamente. Y siguen apareciendo muertas: generalmente muchachas, Sarita la Couceiro o la vibrante Delfina, entre otras. En un determinado momento, todo se vuelve irrespirable y más de uno sospecha que el lobishome es una treta, una impostura. El pretexto de una venganza. En cierto modo, el autor adopta la estética de la alegoría. Brañaganda es un espacio del dolor, del ajuste de cuentas, de los viejos rencores y de las verdades a medias. Entre esas verdades a medias, hay mucho que ver: el dominio de Isabel Freire, la insolencia animal de Felipe del Couso, los devaneos de Pepín Famarelo (¿será él en realidad la bestia?), la personalidad del niño Norberto, el hermano del protagonista que tiene la aureola de un ángel, el propio padre del joven, que ni siquiera está atento al difícil parto doble de su esposa.

La novela es inequívocamente galaica. En casi todo. Y una de las cosas más discutibles es ese final abierto, o más bien impreciso: tal vez sea un poco decepcionante o aguado, como si el autor quisiera dejarlo todo en el aire. O prolongar la burla del lobishome hacia el propio lector, como si el misterio perteneciese al corazón del bosque y a ese “hosco letargo invernal” que parece definir el ámbito de Brañaganda.

 

BOCADOS DE REALIDAD

GUILLERMO BUSUTIL

ARTICUENTOS COMPLETOS
Juan José Millás
Seix Barral
Precio: 27 €
Páginas: 957

Juan José Millás siempre ha mirado la realidad desde el lado zurdo, con la sospecha de que lo real es una frontera movediza, el laboratorio de la imaginación. Lo explicó autobiográficamente en su novela El mundo, Premio Planeta 2007. Lo demuestra habitualmente en las columnas de prensa. Ese espacio por el que muchos lectores comienzan a leer el día, convencidos de que Millás les descubrirá nuevos significados de lo que sucede en la actualidad que les encañona; la raíz de sus dolencias físicas o psíquicas; lo que ocultan los espejismos la identidad o la importancia sutil que tienen los pequeños detalles en la vida cotidiana. Después de leer sus articuentos —el término que él mismo acuñó en 1993 para nombrar esa hibridación entre el microrrelato y la columna de opinión—, sus lectores dejan que su sonrisa se disuelva lentamente, levantan la vista, piensan y asienten hacia dentro de sí mismos. No volverán a meterse las manos en los bolsillos en un acto mecánico, a abrir la puerta de su casa sin inquietud, a escuchar sin miedo el contestador automático ni a mirarse en el espejo sin tener la sensación de que es otro el que los observa. Millás habrá cambiado sus rutinas, sus certezas, sus convenciones sociales, su manera de mirar y escuchar lo que ocurre en el mundo, a su alrededor o dentro de ellos. Los articuentos les han enseñado a hurgar detrás de las apariencias, a cuestionar lo políticamente correcto, a buscar diferentes perspectivas, a saber que la vida es una tragicomedia.

Quién no conozca (cosa improbable) a este Kafka español, por la facilidad con la que enlaza el surrealismo de lo cotidiano con las paradojas y contradicciones de lo real, y sus incondicionales seguidores, tienen ahora la ocasión de adentrarse en la recopilación de piezas de las últimas décadas que ha dividido en cinco ejes temáticos: cuerpo, alma, sociedad, lenguaje y cajón de sastre. Los capítulos que engloban un universo literario-periodístico en los que este hábil registrador de la propiedad del extrañamiento da cabida, con igual brillantez, al terror, a lo fantástico, al erotismo, a lo científico, a lo escatológico, a cualquier tema o noticia que lo inquiete y que va deconstruyendo en treinta dos líneas hasta crear una fábula o desvelar lo que escondía el ángulo muerto de la visión. Este libro brinda también la oportunidad de conocer más a fondo el talento de Millás para enfrentarse al lenguaje. Ese lenguaje, también aceptado, asumido y sujeto a normas, que él desatornilla en busca de insospechadas posibilidades, de nuevos sentidos, de silencios interiores, al mismo tiempo que convierte la ironía en la aguja con la que realiza una sutura moral a los problemas, a las heridas, que esconde la realidad.

 

AIRE DE FAMILIA

JAVIER GOÑI

LA FAMILIA DEL AIRE
Miguel Ángel Muñoz
Páginas de Espuma
Precio: 29 €
Páginas: 474

Miguel Ángel Muñoz ha reunido en papel las entrevistas a autores de cuentos que aparecieron en los últimos cuatro o cinco años en su estimable blog El síndrome Chéjov. El libro engloba diferentes apartados que muestran la evolución y calidad como son “Decanos”, donde aparecen Cristina Fernández Cubas, José María Merino, Soledad Puértolas y Enrique Vila-Matas, y el atinado “Quinta del 61”, que cuenta sorprendentemente con siete estupendos y tozudamente cultivadores del género. A Fernández Cubas se le pregunta por afinidades y gustos, por escritores de cuentos en lengua extranjera que puedan haber influido beneficiosamente en el cultivo autóctono del género y da unos nombres básicos, esenciales y personales, y señala que los ve como “una gran familia suspendida en el aire”. Y la frase, tan certera, le da pie a Muñoz para titular así, La familia del aire, esta excelente colección de entrevistas a escritores españoles, asiduos al género del cuento. Una nómina espectacular en la que todos los que están, son, aunque faltan otros tantos, tal como lo reconoce el propio Muñoz en su muy interesante prólogo.

Una de las cosas más destacables de este libro es que al leer todas las entrevistas pueden verse efectivamente los cordeles con los que unas y otras están unidas, con nombres de autores
—extranjeros, los más, de otras lenguas, de los clásicos latinoamericanos, desde luego, y mucho menos, es curioso, de autores españoles que han servido de abono de un género que en estos últimos años está dando estupendos frutos. Con estos cordeles y con las preguntas de Muñoz va conformándose una apasionante tela de araña, un edredón de mil teselas, donde cada uno de estos autores presenta su parcela a su modo y manera, dándole su toque personal al cuento, en un frenético laboreo de la colmena, de cuya lectura total no se percibe un manifiesto generacional, pues son varias las generaciones aquí atrapadas: desde Juan Eduardo Zúñiga, homenajeado como se merece, Maestro Zúñiga, al final del libro, con una sucesión de silencios, que están perfectamente explicados por Muñoz, a Sara Mesa y Andrés Neuman, que no solo es de aquí y de allá, sino además el más joven. Y no hay manifiesto generacional que pudiera servir a profesores/as atrapados/as en el género, tan entusiasmadamente cultivado por todos ellos, sino un colorista mosaico de puntos de vista, de lecturas compartidas o seminales de un puñado de escritores/as (36 en total, de ellos 8 mujeres, desde Mercedes Abad y Pilar Adón a Ángel Zapata y Zúñiga), enriquecido además por unos útiles apéndices. En fin, un libro para degustar, y consultar.

 

NOVELA DE LA MEMORIA

SANTOS SANZ VILLANUEVA

HOSTAL PARISIÉN
Antonio Fontana
El Aleph
Precio: 19,50 €
páginas: 192

Una clave definitoria de un escritor reside en su mirada sobre el mundo. Frente a quienes lo contemplan desde fuera y a distancia, Antonio Fontana viene basando su obra narrativa en la exigente exploración de comportamientos ceñida a estados de ánimo. Un fuerte intimismo, de acentos dramáticos, con ribetes un tanto dostoievskianos y puntadas de tipo social, marca sus novelas. Nada tiene que ver Hostal Parisién con las anteriores ni en la anécdota ni en su mensaje, pero resulta del todo coherente con ellas por adoptar ahora la forma autoconfesional que lleva ese gusto del escritor malagueño al límite del intimismo absoluto. Y aún más: lo confesional se convierte en autorreferencial. Porque se trata de una autoficción, o, dicho evitando la jerga profesoral de moda, de unas memorias de infancia, adolescencia e inicial madurez.

La superficie del texto lleva a considerar, en primera instancia, el libro como una autobiografía. Quien habla hace casi alarde del empleo de la primera persona (“Dejo la maleta en el suelo, busco en el bolsillo de mis pantalones” la llave), la cual se interpela a sí misma (“‘Admítelo, Antonio, estás engordando’, me digo”). El apellido familiar del narrador es Fontana. Y el tal Antonio Fontana trabaja en Madrid como periodista. Además, la cita de Unamuno que abre el relato (“Aquellos años pasaron como un sueño”) aporta incluso una clave existencial a la rememoración. Tantas evidencias de una escritura que rescata vivencias personales y las acompaña de un sentido han de tomarse, sin embargo, con precaución. Por eso, aun a riesgo de quedar huérfanos de momento de un gran aliciente del libro, sus sutiles ambigüedades, es aconsejable comenzar la lectura por su última página. En esta, el autor desvela en una escueta “Nota final” que “Las cosas ocurrieron tal como las cuento, pero no son exactamente como las cuento”. Y, todavía más, precisa su género y cualidad imaginativa: “Esta novela, por lo tanto, es ficción”. “Salvo”, aclara añadiendo una reserva juguetona y capital, “las partes que no lo son”.

Provistos de estas andaderas, nos hallamos mucho mejor preparados para seguir el curso creativo de un relato anclado en la cervantina incertidumbre entre realidad y ficción. Lo que se cuenta, en realidad una crónica familiar dilatada hasta los antecedentes italianos del protagonista-narrador-autor, suena a crónica verídica. Pero el modo de contarlo le da categoría de fábula intemporal, de retorno algo melancólico a los orígenes de un individuo que bien podría ser imaginario. Antonio Fontana recupera el ayer de los abuelos y de los padres. Recorre una historia de gentes variopintas, unas modestas y prácticas, otras fantasiosas. Rescata episodios de nuestro pasado cainita. Y vuelve al ayer, centrado en parte en el familiar Hostal Parisién del título, a instancias de intensos recuerdos emocionales y formativos. La visita a la madre, sumida en la dolencia de la desmemoria, sea o no verídica, se escenifica como episodio de una ficción atenta a mostrar la fragilidad de la existencia.

Así, trufada de muchas anécdotas menudas, va creciendo una intensa novela de la memoria real en la que los pasajes dramáticos no impiden una celebración optimista de la vida, en contra, por cierto, de la tonalidad sombría anterior del escritor. Pocos empeños literarios hay más difíciles que novelar la nostalgia con autenticidad y fuerza comunicativa. La clave del acierto de Fontana está en una escritura ajena al énfasis retórico, emotiva sin reblandecimientos y que sabe implicar al lector lanzándole apelaciones directas.

 

ANDABA UN CABALLERO POR ESPAÑA

ÁLVARO COLOMER

ÚLTIMAS PASIONES DEL CABALLERO ALMAFIERA
Juan Eslava Galán
Planeta
Precio: 21,50 €
Páginas: 480

Ha llovido mucho desde que los amantes de las novelas históricas se veían obligados a acudir a autores extranjeros para saciar su voracidad lectora. Escritores como Robert Graves, Marguerite Yourcenar o Umberto Eco dieron paso a las plumas nacionales de Juan Antonio Vallejo-Nájera, Terenci Moix, Antonio Gala y, en el caso que nos afecta, Juan Eslava Galán, quien se hizo un hueco entre los grandes del género cuando obtuvo el Premio Planeta 1987 con En busca del unicornio, una novela ambientada en el siglo XV, esto es, dos siglos después de la que ahora nos presenta. Últimas pasiones del caballero Almafiera narra la historia de don Gualberto de Marignane, un caballero que en 1212 regresa a Zaragoza tras años defendiendo el territorio húngaro del asedio musulmán. Vuelve para reclamar las tierras robadas por don Hugo de Tours, un barón franco que no tiene intención de devolvérselas, pero que verá caer a su maltratada esposa, doña Eliabel de Nemours, en brazos del recién llegado. Tal es el telón íntimo de la presente novela, siendo el histórico la unión de los reyes cristianos de la península (Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón, Sancho VII de Navarra y Alfonso II de Portugal) en su cruzada contra los sarracenos, y alcanzando la narración su punto álgido en la sin igual batalla de las Navas de Tolosa, de la que se cumplirán 800 años el próximo 16 de julio.

Con este argumento monta Eslava Galán —que acaba también de publicar La década que nos dejó sin aliento (Planeta), tercera entrega de su serie sobre la historia reciente de España— una nueva novela histórica de corte medieval, sin duda una de las temáticas más apreciadas por los lectores de hoy, como demuestra el éxito de autores tanto extranjeros (Ken Follet, Umberto Eco, Noah Gordon) como españoles (José Luis del Corral, Jesús Sánchez Adalid). Y es que, como dice Jacques Le Goff, el medievo es para los europeos lo que el western para los norteamericanos. Se puede comprobar leyendo las aventuras del protagonista de esta novela, un auténtico héroe cuyas hazañas son contadas por un juglar un tanto guasón que, no obstante, demuestra gran maestría en el arte de la narración. Una vez más, el escritor jienense exhibe su dominio en el manejo de la ironía, el humor y la terminología en una bien armada novela de aventuras donde el narrador se detiene con rigor, cuando es preciso, para ambientar al lector en la época descrita —la España del siglo XIII— y para dar pequeñas pinceladas sobre unos personajes que ganan intensidad a medida que avanza y se enriquece la historia. También resulta interesante la humanización de los caballeros armados realizada por Eslava Galán, que prefiere mostrar sus heroicidades a través de los detalles, de las acciones aparentemente minúsculas antes que por sus grandes hazañas. Por último, cabe destacar los numerosos pasajes en los que el lector sentirá que, pese a haber transcurrido ocho siglos, la España aquí descrita no difiere demasiado de la actual: “Ese yermo que nunca vio un verdor se reparte entre cinco reyes cristianos desavenidos, envidiosos y enconados, que contienden por un almendro o una oveja y se borran las lindes, como labriegos miserables”. Les puedo asegurar que, si conectan ahora mismo la radio y escuchan las noticias políticas, llegarán a la conclusión de que este país sigue estando lleno de mandatarios “desavenidos, envidiosos y enconados”.

 

EL MUNDO DE HOLMES

IGNACIO F. GARMENDIA

SHERLOCK HOLMES ANOTADO. RELATOS II
Sir Arthur Conan Doyle
Trad. Lucía Márquez de la Plata
Akal
Precio: 60,00 €
Páginas: 1.120

No vamos a tratar aquí de las razones que sostienen la vigencia de Sherlock Holmes en el imaginario popular, pero sí convendría precisar que la profusión de filmes despendolados prueba menos la necesidad de adaptar sus relatos a un público ágrafo que la sorprendente vitalidad de un personaje capaz de resistirlo todo, pues la continua reedición de las aventuras originales demuestra que el héroe no precisa de reinterpretaciones. No porque proliferen los subproductos audiovisuales dejan de ser publicadas —y es de suponer que leídas— las memorables peripecias del inmortal detective, convertido casi desde su nacimiento en icono universal de un Londres que ya no existe.

Publicada entre 2005 y 2006, la edición de Leslie S. Klinger no es la primera anotada que ha aparecido en Gran Bretaña, pero sí la más reciente y la única disponible en castellano. Anteriormente, como cuenta el propio editor, vieron la luz The Annotated Sherlock Holmes de William S. Baring-Gould (1967) y el más académico Oxford Sherlock Holmes (1993), entre otros libros de referencia. Todos los ha consultado Klinger —autor también de un New Annotated Dracula (2008)—, pero el trabajo del estudioso se centra no tanto en Conan Doyle como en sus célebres criaturas. “Yo perpetúo la dulce ficción de que Holmes y Watson realmente vivieron”, declara con fingida candidez, y sobre esa ficción construye un formidable aparato de citas, glosas y correspondencias que proponen una verdadera biografía paralela.

El Canon sherlockiano, con mayúscula, como se lo llama para diferenciar las aventuras originales de las incontables recreaciones de otros escritores que han prolongado la vida de Holmes más o menos de acuerdo con los parámetros fijados por Doyle, abarca cuatro novelas — reunidas en el volumen primero de la edición española— y 56 short stories recopilados por el autor en cinco títulos, que Klinger agrupa en dos volúmenes. Este segundo volumen de relatos, con el que se cierra la serie —los dos anteriores fueron publicados por Akal en 2009 y 2010—, contiene El regreso de Sherlock Holmes (1903-1904), Su último saludo (1908-1913) y El archivo de Sherlock Holmes (1921-1927), es decir, los tres títulos que publicó sir Arthur, siempre por entregas, después de que la presión de los lectores —y como es fama de su propia madre— lo obligara a resucitar al personaje tras haber contado su muerte en las cataratas de Reichenbach, a manos y en compañía de su rival el profesor Moriarty.

Los ingleses saben que la erudición no está reñida con el humor o cierta característica excentricidad, y los miles de notas de Klinger —todo un festín que revive el mundo de Holmes hasta los detalles más inverosímiles— son buena muestra de ello. Tal vez no sea esta la edición más cómoda para adentrarse por primera vez en las aventuras del detective, sobre todo por el peso de unos volúmenes que exigirían atril o facistol, pero los devotos del personaje encontrarán en ellos, además de una estupenda colección de dibujos publicados en las revistas de la época, una maravillosa enciclopedia sobre la era de Victoria.

 

TELENOVELA

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

RATING
Alberto Barrera Tyszka
Anagrama
Precio: 17,90 €
Páginas: 264

Antes de la era Chaves, Venezuela exportaba al resto del mundo petróleo, mujeres bellísimas y telenovelas. Desde hace unos años, reencarnado Bolívar en la figura de don Hugo, imagino que el petróleo y las guapas de infarto siguen fluyendo, aunque sospecho que el auge de la telenovela, al menos en España, ha decaído irremediablemente. Las parrillas televisivas siguen programando culebrones, cierto, pero hoy el público se ha enganchado a otro tipo de perversiones filmadas. La telenovela, huelga decirlo, es ahora mismo un género soft ante la avalancha hard que proponen los reality de distinto pelaje que infestan los canales públicos o de pago. La madurez del público no se ha refinado, pero sus intereses se han vuelto más agrios. Los padecimientos de una virgen que después de seiscientos capítulos descubre que su madre es, en realidad, su hermana mayor, o que el hombre al que ama asesinó a su padre el mismo día en que la protagonista nació, palidecen ante la guerra de todos contra todos que proponen los guionistas en sus actuales encarnaciones de la filosofía Big Brother. Incluso las amas de casa más carpetovetónicas se sienten más cerca del nihilismo pijo de Paris Hilton o de las batallas de los Osborne que de la vida azarosa de una Luisa Fernanda enamorada de un Carlos Alfredo.

Quizá por eso Rating, la novela de Barrera Tyszka, tiene cierto sabor arqueológico, como si llegara una década tarde a los lectores de este lado. Rating dibuja un arco temporal entre una carrera que empieza, la de Pablo Manzanares, un joven con pretensiones literarias al que el pasado familiar y una progenitora preocupada por su futuro abocan al indeseado trabajo de ayudante de producción en un canal televisivo, y una carrera que declina, la de Manuel Izquierdo, desencantado libretista de oficio para el que en literatura ya todo está dicho, y que arrastra dos heridas personales (la muerte de su madre; un gran amor fracasado) que, paradójicamente, solo un uso íntimo y terapéutico de la escritura alcanzará a redimir. Entre la inocencia de Manzanares y el cinismo de Izquierdo, Barrera Tyszka levanta la hipotética aventura de un híbrido entre la telenovela y el reality protagonizado por indigentes. En el desarrollo de esta peripecia, en la que no faltan los lugares comunes al uso (el viejo productor sin corazón, la aspirante a actriz dispuesta a vender su cuerpo a cambio de un papel, un discurso estereotipado a propósito de la televisión como parque temático de las frustraciones humanas), Manzanares e Izquierdo irán pasando del desencuentro a la amistad, siguiendo otra estructura clásica, la de la buddy movie, en que dos personajes de caracteres antitéticos que al principio de la acción se detestan acaban sintiéndose unidos por vínculos más o menos profundos.

Acostumbrados a que la televisión protagonice parte nada desdeñable de la mejor narrativa contemporánea (basta pensar en su papel en la obra de autores como Don DeLillo o David Foster Wallace: siempre inquietante en aquel; siempre malévola en este; conformadora de sentido y cohesionadora de un statu quo en ambos casos), las lecturas que el escritor venezolano propone del hecho televisivo resultan decididamente obvias. Y aunque Rating se lee con gusto, también se transcurre por sus páginas sin sobresaltos. Todo es demasiado evidente, demasiado previsible, ya visto o leído. A la historia le falta calado y se queda en un anecdotario más o menos sagaz a propósito de la meritocracia y el conflicto entre realidad y deseo.

 

MENOS ES MÁS

EDUARDO JORDÁ

HISTORIAS DE UN DIOS MENGUANTE
José Mateos
Pre-Textos
Precio: 13 €
Páginas: 119

José Mateos es un gran poeta que apenas sale de su ciudad, Jerez. Los viajes que le interesan son los viajes hacia el interior de uno mismo y no hacia el exterior. “Lo mejor de un poema se escribe cuando el poeta se olvida de que está escribiendo un poema”, decía José Mateos en La razón y otras dudas (2007), un libro inclasificable en el que reunía pensamientos y aforismos y reflexiones sobre el arte y la vida. Y el lector de Historias de un dios menguante tiene la sensación de que estos relatos han sido escritos por un autor que se había olvidado de que estaba escribiendo un relato. Porque en ninguno de estos cuentos hay sorpresas finales ni exhibiciones de técnica narrativa. Tampoco hay artificios, ni trucos, ni malabarismos. Al contrario, todo lo que se nos cuenta parece sencillo y reposado, aunque se trate de un asesinato, o peor aún, del relato de un terrible asesinato colectivo que le hace un padre a su hijo.

En uno de estos relatos, “La cueva sin eco”, un grupo de topógrafos está haciendo unas mediciones en una remota zona montañosa. Empieza a llover y el pastor que acompaña a los topógrafos les aconseja refugiarse en una cueva. Cuando deja de llover, el pastor lleva a los topógrafos a su choza y les enseña una estatuilla femenina que hace tiempo encontró en el fondo de la cueva. La figura parece una diosa primitiva —fenicia, quizá— que está representada con una mano extendida. Cualquier otro escritor que no fuera José Mateos se hubiera puesto a contar la historia de la diosa, o la historia del pastor, o la historia del hallazgo de la estatuilla en el fondo de la cueva. Pero Mateos prefiere concentrarse en la mano abierta de esa estatuilla misteriosa que llevaba siglos sepultada en la sima de una cueva: “La miré. Y me pareció una mano que ardía sin consumirse, una mano que, al mismo tiempo de pedir algo, nos ofrecía aún más”. El relato no va mucho más allá, pero aun así nos ha ofrecido mucho más de lo que esperábamos al empezar a leerlo.

Los relatos de Historias de un dios menguante también arden sin consumirse, igual que la mano de aquella misteriosa estatuilla enterrada en una cueva. Al leerlos, por amargos que sean, el lector tiene la extraña sensación de que ha encontrado una fuente secreta de esperanza, aunque no sepa muy bien de dónde viene esa esperanza ni cómo es posible que pueda actuar sobre él. Y esa esperanza —o ese consuelo— aparece incluso en las historias más terribles, como la del terrorista condenado por su organización en “Alexis y la razón histórica”, o la del padre que le cuenta a su hijo, en una estrecha carretera de montaña, lo que hizo durante la guerra de Bosnia con el fusil automático que mucho tiempo después lleva a vender a un mercadillo, tal como se cuenta en “La voz de la sangre”. Esta historia está situada en una carretera rural en el corazón de Bosnia, una zona que Mateos no conoce porque ya sabemos que casi nunca se mueve de Jerez. Pero yo sí que conduje un coche por esa zona, unos cuantos años antes de que empezara la guerra de los Balcanes, y puedo jurar que el paisaje que se describe en el relato —y no solo el físico, sino sobre todo el paisaje moral— es idéntico al que existía en esa región de la antigua Yugoslavia.

Sin estridencias, sin alardes, sin trucos narrativos, José Mateos ha escrito uno de los mejores libros de relatos que he leído en mucho tiempo. En La razón y otras dudas, Mateos decía que el artista de verdad debe ser tan grande que consiga convertirse en un ser muy pequeño. Y estas Historias de un dios menguante demuestran que el autor ha sabido volverse un ser muy, muy pequeño. Y así ha logrado hacernos a nosotros, sus lectores, mucho más grandes de lo que somos.