FONDO Y FORMAS 

Arthur Rimbaud, Pierre Boulle, Curzio Malaparte, Ambrose Bierce

IGNACIO F. GARMENDIA

 

INFAMIA Y HEROICIDADES

Hay aventureros gloriosos y otros más bien patibularios, pero ni las gestas de los primeros —valga el caso de Lawrence— fueron siempre tan impolutas como quiere la leyenda, ni las trapacerías de los segundos están completamente exentas de grandeza. De las correrías posadolescentes de Arthur Rimbaud lo sabemos casi todo desde que Charles Nicholl publicó su imprescindible Rimbaud en África (1997; Anagrama, 2001), pero no está de más volver sobre ellas si es de la mano de un volumen tan hermoso como Cartas de África, ilustrado con acuarelas de Hugo Pratt y publicado en España por Gallo Nero, que se acoge a la versión de Paula Cifuentes en la reciente edición (Prometo ser bueno, Barril & Barral, 2009) de la correspondencia completa de Rimbaud. No puede decirse que el tráfico de armas (en el mejor de los casos) sea una ocupación demasiado honorable, pero Dominique y Nadine Petitfaux se empeñan en limpiar la memoria del poeta aduciendo, por ejemplo, que su bien documentada obsesión por el dinero revelaba “un agudo sentido de la contabilidad y del ahorro”. El antiguo enfant terrible fue también, eso sí, un hombre valiente y obstinado que se dejó la vida en el empeño.

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Al contrario que Rimbaud, paradigma de la precocidad, Pierre Boulle fue primero un aventurero y después se dedicó a la literatura. Vivió en Malasia e Indochina, combatió en la Segunda Guerra Mundial con las tropas de la Francia Libre y fue condecorado con la Legión de Honor, pero no publicó su primera novela hasta los 39 años. De su experiencia en un campo de prisioneros extrajo la materia para El puente sobre el río Kwai (1952) —véase la edición de Celeste (2001), que lleva un estupendo prólogo de Javier Coma—, aunque la más celebrada de sus obras sigue siendo El planeta de los simios (1963), que estaba descatalogada y ha sido reeditada por Minotauro. Si no recordamos mal, porque hace décadas que la leímos —en una de aquellas desvencijadas ediciones de la colección Reno que publicaba Plaza & Janés, con gran éxito pese al papel deleznable y la tipografía minúscula—, la novela de Boulle, en mayor medida aún que la otra citada, presenta notables diferencias con el filme, en particular un final sorprendente que le da la vuelta a la historia de un modo absolutamente insospechado.

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También estaba representado en Reno, cuyo catálogo alternaba a escritores como Faulkner, Graham Greene o Philip Roth con superventas de la época, el italiano Curzio Malaparte, otro aventurero controvertido e indesmayable. Hijo de madre lombarda y padre alemán, Kurt Erich Suckert, que tal era su verdadero nombre, militó tempranamente en el fascismo para luego distanciarse de los queridos líderes, alternando en adelante los arrestos, las corresponsalías y las escaramuzas en el frente. Hace no mucho, Backlist reeditó los relatos de Sodoma y Gomorra (2008) y el ensayo Técnicas de golpe de Estado (2009), publicados ambos en 1931, y más recientemente (2010) Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores ha recuperado, en nuevas traducciones de David Paradela, las novelas Kaputt (1944) y La piel (1949), truculentas y fascinantes como el propio personaje. Malaparte no fue un estilista, pero sus relatos bélicos no carecen de trasfondo moral y están llenos de imágenes imborrables. “Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre —leemos en la última de las novelas mencionadas—, de qué heroicidades y de qué infamias es capaz con tal de salvar la piel”.

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Una versión no menos descarnada de la guerra, en su caso la de Secesión, fue la que nos dejó el norteamericano Ambrose Bierce, no por casualidad llamado bitter Bierce. Al cuidado de Aitor Ibarrola Armendariz, que también se ha ocupado de la traducción, el renovado bolsillo de Alianza ha publicado de una vez cuatro títulos del amargo escritor y temido periodista: Cuentos de soldados, Cuentos inquietantes y Cuentos negros, además de su justamente célebre Diccionario del Diablo. Marcado por el odio a sus padres —como señala Jesús Aguado en El club de los parricidas (Traspiés), donde reúne cinco de los relatos “negros” de Bierce—, el joven unionista había aprendido los rudimentos de su arte entre los libros de la biblioteca familiar y el desprecio del género humano en los campos de batalla, que al cabo fueron su verdadera escuela. Pero el “hombre más malvado de San Francisco”, como también era conocido, supo trascender su indiscutida condición de maestro en el arte de la injuria para convertirse, de modo no menos incontestable, en uno de los grandes narradores del siglo.