LAS REGIONES DEL PRADO

La gran pinacoteca madrileña puede ser recorrida a partir de los lugares de procedencia de los artistas

VICENTE MOLINA FOIX

 

Propongo aquí una lectura regional del Museo del Prado, y que nadie me acuse de anticonstitucionalista, pues hablaré de un arte clásico que se reconocía por la pertenencia natal y la demarcación estilística de sus autores, si bien no pocos de ellos las trascendieron a fuerza de viajar o fijarse en otras escuelas, algunas acendradamente provinciales. Empezar por Velázquez es ir desde Sevilla a Roma, pasando por Venecia y Madrid, donde el sevillano pintó la mayoría de sus obras maestras. Como supongo a todos los lectores sobradamente familiarizados con las luminarias del genio, voy aquí a mencionar el cuadro primerizo suyo que —en mi paseo reciente por las salas de la pinacoteca— más tiró de mí, con la fuerza del crucifijo que la retratada, La venerable madre Jerónima de la Fuente, empuña como un martillo, como un martillo de herejes, pues fue pintado por encargo de las Clarisas de Toledo poco antes de que la madre Jerónima partiera para evangelizar a los filipinos. El cuadro da un poco de miedo, el miedo —pienso yo— que la santa mujer le inspiró al posar al joven Diego. Como dijo memorablemente Julián Gállego, más que una monja parece un memento mori que, con su mirada acerba y sus rígidos hábitos de estameña, nos reprocha la vanidad de este mundo nuestro.

Sin salir de Andalucía, el Prado ofrece la gran concentración de sus zurbaranes (aunque aquí el purista de lo autóctono podría hablar de una marca extremeño-andaluza), sus valdesleales, sus alonsocanos. Y sus murillos. Recuerdo cuando no nos gustaba nada Murillo, por azulón, por inmaculado, y por el hartazgo de las estampitas de primera comunión, todas con sus purísimas. Yo caí del caballo de mi ceguera murillesca en la campiña inglesa, pues los gentlemen que hacían el Grand Tour le amaron y compraron mucho, y hoy las country houses (y los museos británicos, con el de Dulwich, al sur de Londres, a la cabeza) albergan una gran cantidad de obras suyas magistrales. Esta vez en el Prado me detuve un buen rato ante un cuadro famoso que hace cuarenta años me parecía un cromo de pastelería: La Sagrada Familia del pajarito. El vasto lienzo tiene su considerable dosis de dulzor, y el perrito blanco que mira el pajarito del niño Jesús está demasiado puesto. Pero qué composición de espacios, qué luces y qué sombras en una escena que, más allá de su concepto hagiográfico, no deja de ser una sit com doméstica en cualquier hogar del siglo XVII.

Confieso aquí sin disimulo mi querencia por la escuela valenciana, la zona de la que soy oriundo. El barroco valenciano (si unir esas dos palabras no es una redundancia) ha sido siempre, con José Ribera y Francisco Ribalta en el primer rango, una de mis debilidades. Ribalta es el autor de uno de los cuadros más sensuales de la historia, Cristo abrazando a San Bernardo, que ofrece la ventaja de poder ser leído como un éxtasis de indudable atracción física (la lectura gay) y como una pieza devocional sobre la comunión de los santos (la lectura mística). Siempre que paso por estas salas del siglo XVII me hace reír la sonrisa no etrusca sino pelandusca del Demócrito de Ribera, el artista que añadió a su exuberancia valenciana de raíz la arboladura teatral de lo napolitano. El filósofo griego que pinta el artista de Xátiva se ríe de nosotros, no solo de sí mismo y de la deplorable marcha del mundo. Cerca del Demócrito, otro Ribera que no se olvida, La mujer barbuda de los Abruzzos, un caso histórico de hermafroditismo tardío que el pintor retrata reservando el lugar más tierno —en un segundo término tenebrista— para el marido de la mujerona de grandes tetas y barba negra; un marido con menos pelo en la cara que ella y más apocamiento.

Pero el Prado, como es sabido, tiene desde la reordenación hecha por Rafael Moneo una parte de su planta baja dedicada a la pintura española del siglo XIX, y en esas salas a veces grandilocuentes y llenas de gualdrapas destaca la fuerza anti-retórica de una de las grandes máquinas de la pintura de historia de todos los tiempos, El fusilamiento de Torrijos. Se debe al pincel de Antonio Gisbert (1835-1902), un alcoyano de alta moral artística, a juzgar por la que hoy sigue siendo su obra más celebrada, un encargo directo del político e ingeniero Práxedes Mateo Sagasta para conmemorar al grupo de liberales que Fernando VII ordenó fusilar en las playas de Málaga. El grupo central de los conspiradores progresistas, erguidos y unidos por las manos ante el pelotón, tiene la fuerza heroica de un friso del valor y la dignidad humana. Pero para ellos mismos, los que van a morir, y para nosotros, los espectadores de la escena, lo más perturbador son los cuatro cadáveres ya fusilados y caídos sobre la arena en diferentes escorzos. Y un detalle de gran pintor: la mano, solo la mano, de un quinto ajusticiado asomando por el borde derecho de la tela, y un poco por encima de esos dedos crispados el elegante sombrero de copa del muerto.

La carne pálida de los liberales de Gisbert contrasta, a pocos metros de distancia en esa misma planta del museo, con la carne solar de los niños que se bañan desnudos a orillas de un mar Mediterráneo que en tiempos de Sorolla tenía solo, si cabe, una polución orgánica y no industrial, como ahora. De este pintor valenciano me gusta muchísimo en el Prado su Santa en oración, pintada en torno a 1888: lo más cerca al Prerrafaelismo que ha llegado nuestra pintura patria. Y puestos a hacer simbiosis raras, siempre creí que el cuadro de Goya, Perro semihundido es el anticipo cromático y temático de los colores amortiguados y las figuras enfrascadas de Samuel Beckett. ¿No se inspiraría el escritor irlandés, tan buen conocedor de las artes plásticas, en ese perro goyesco para imaginar a su semihundida Winnie de Los días felices?

Si hay una región del universo hecha para la pintura es Venecia, que dio durante más de tres siglos (entre 1450 y 1770) los mejores pintores que ha habido nunca, y luego languideció. Me falta espacio para enumerar los tesoros del arte véneto que guarda el Prado, pero no puedo terminar mi visita sin reparar, como cualquier otro visitante lo hace al verlo colgado espectacularmente en la Gran Galería de la planta alta, en El lavatorio del Tintoretto, la pintura que le hizo decir al sevillano Diego Velázquez que “dificultosamente se persuade el que lo mira a que es pintura, tal es la fuerça de sus tintas, y disposición de su perspectiva, que juzga poderse entrar por él, y caminar por su pavimento enlosado de piedras de diferentes colores, que disminuyéndose hazen parecer grande la distancia en la pieza, y que entre las figuras [h]ay ayre ambiente”. Hay muchos otros “ayres ambientes” en el Museo, pero para cerrar mi recorrido escojo la provincia sin tierra concreta del hombre agachado de El Bosco en el panel derecho de El jardín de las delicias. Por su espalda sin posaderas se desparrama hasta nuestra cabeza el contenido de todos los sueños.