EL ARTISTA COMPLETO
La prosa , los poemas, los cuadros de Ramón Gaya representan la reflexión y la conciencia creativa
CARLOS MARZAL
Recuerdo haberle oído contar a Paco Brines una confesión que le hizo el gran escritor Juan Gil-Albert, durante una de sus muchas conversaciones a lo largo de su prolongada amistad. Paco le preguntó a Gil-Albert quién era el escritor que más le había influido en su vida. Cuando esperaba como respuesta, quizá, el nombre de Gabriel Miró, de Shakespeare, de Gide, de Nietzsche, de Dante (tan presentes, junto a tantos otros, en la obra del alcoyano), Gil-Albert contestó de inmediato y sin titubear: Ramón Gaya.
Gil-Albert, por supuesto, se refería a una influencia que desbordaba lo literario y se inmiscuía en el ámbito de la experiencia personal. Con todo, la confesión resulta generosa y extraña al mismo tiempo. Porque son muy pocos los escritores que se atreven a indicar como influencia capital el ejemplo de un contemporáneo, y mucho menos si ese contemporáneo es un compañero de generación y un amigo íntimo. (Sin embargo, estoy convencido de que casi todos debemos buena parte de lo que somos, en lo privado y en lo intelectual, a individuos concretos muy cercanos que han sabido ejercer en nosotros el papel de maestros).
Ese reconocimiento de Juan Gil-Albert creo que posee una causa profunda, que responde a la admiración que despiertan en el espectador del presente la obra y la figura de Ramón Gaya. Lo que sin duda cautivó a Gil-Albert de Ramón Gaya (junto con la personalidad férrea y sus fundamentados criterios marmóreos con respecto al arte en general) fue su carácter de artista completo.
Muy pocas veces en la Historia reciente de la cultura confluyen en un mismo individuo el verdadero talento del pintor, del dibujante, del poeta y del pensador. Todas esas virtudes las poseía Gaya al mismo tiempo, y de todas las facetas de su prisma emana el mismo sentimiento de autenticidad. A veces uno está tentado de admirar más su pintura que su poesía; y, a veces, más su labor ensayística que sus espléndidos dibujos; pero al final comprende que está en un error si aspira a separar las partes del todo que configuran la obra de Ramón Gaya. Porque la imagen verdadera del artista —como la de todos los hombres— solo adquiere su estatura en la variedad de su ambición y de sus logros.
Creo que Gaya fue —en un sentido muy genérico y que invito a entender de forma generosa— un conceptista; es decir, alguien que aspiró a la esencialidad meditada de las cosas, a la sustancia de lo real a través de la reflexión y la conciencia creativas. Su prosa, sus poemas, sus cuadros (que homenajean tantas veces una tradición de la desnudez, de la pureza, de la orgullosa soledad consciente del creador) representan un ejercicio de ascesis, entendida esta como la persecución de la voz propia convertida en apenas nada. La búsqueda de la médula, del quedarse en los huesos del hacer.
Siempre que pienso en Gaya me viene a la cabeza una de sus prosas acerca del Museo del Prado. En ella se refiere al Museo como la “roca del Prado”. Se trata, en sus palabras, de un centro universal de irradiación artística, de un inamovible núcleo magnético de la cultura, en el que debemos pensar durante las noches oscuras del alma, para recordar nuestros orígenes, para decirnos que existen patrias por encima de las patrias, para no olvidar que poseemos una casa a la que volver. Con algo de ese temperamento rocoso está hecha la obra de Gaya, con algo de esa energía imantadora que solo poseen ciertos artistas completos que no hicieron distinción entre el hecho de respirar y el acto de la creación.
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