FONDO Y FORMAS
E.T.A. Hoffmann, Johann Joachim Winckelmann, Walter Burkert, Edgar Neville, Scott Fitzgerald
IGNACIO F. GARMENDIA
LAS FUERZAS EXTRAÑAS
Publicado por la serie de Relatos Ilustrados de Metropolisiana, donde han aparecido títulos de Gautier, D’Aurevilly, Stevenson o Melville, El Hombre de la Arena de E.T.A. Hoffmann es uno de los mejores cuentos del escritor alemán y una joya de la imaginería romántica, recuperada por la editorial sevillana en una nueva traducción de Diego Valverde Villena —obsérvese la leve pero pertinente alteración del título tradicional— que se presenta embellecida por los dibujos de Lidia Ortega. Recogida por primera vez en las Piezas nocturnas (1817) de Hoffmann y glosada en términos memorables por Freud u Offenbach, la desdichada historia —no exenta de ironía— del atormentado Natanael y la inexpresiva Olimpia, hija no natural del mefistofélico profesor Coppelius, es uno de esos relatos inmortales que se recuerdan siempre. En el epílogo, Valverde Villena muestra una admirable familiaridad con la tradición de “lo siniestro” que no se limita a los clásicos del género, pues junto al repertorio habitual encontramos menciones a las “fuerzas extrañas” de Lugones, los replicantes de Blade Runner o la novia cadáver de Tim Burton.
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Al menos desde Nietzsche sabemos que no todo era claridad en el cielo luminoso de Grecia, y desde entonces es habitual referirse a la dialéctica entre lo apolíneo y lo dionisiaco para caracterizar la cultura griega de un modo que explique su originalidad sin recurrir a esquemas ideales. Traducida por Joaquín Chamorro para Akal, la Historia del Arte en la Antigüedad de Johann Joachim Winckelmann es uno de esos libros por los que no pasa el tiempo, pese a que los dos siglos y medios transcurridos desde la edición original (Dresde, 1764) han modificado notablemente la interpretación esteticista del historiador neoclásico. Frente a esta visión elevada pero reductora, se alzan obras como las de Walter Burkert, de quien Acantilado ha dado a conocer De Homero a los Magos (2002), donde analizaba la tradición oriental en la cultura griega, y La creación de lo sagrado (2009), a los que se suma ahora —con traducción de Luis Andrés Bredlow y prólogo de Glenn Most— El origen salvaje, que arroja luz sobre los ritos de sacrificio y otros aspectos muy alejados de la “pureza ática”. La pervivencia, siglos después, de oscuros mitos heredados de la época arcaica revela un trasfondo bárbaro que no se corresponde con la imagen estilizada de la Hélade como solar de la razón ilustrada.
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Miembro distinguido de lo que ha dado en llamarse “el otro 27”, Edgar Neville fue un alegre vividor, pero también un hombre de genio. Solo algunos de sus compañeros de generación, Mihura o el inmenso Jardiel, lo igualan en talento, lucidez y buen humor. Publicado por Taurus en 1957 e inencontrable desde hacía tiempo, Mi España particular es un título tardío y menos conocido que Don Clorato de Potasa (1929), pero la feliz reedición de Reino de Cordelia demuestra que el ingenio de Neville no tiene momentos bajos. Como “Un lujo de otro tiempo” define Fernando R. Lafuente, en su prólogo a esta “Guía arbitraria de los caminos turísticos y gastronómicos de España”, la figura del orondo conde de Berlanga del Duero, que se desplaza en un Aston Martin y deja claro desde el principio su punto de vista: “Un turista sin dinero es un desgraciado”. La Guía, impagable, ofrece el aliciente no pequeño de retratar un país muy distinto, recorrido justo antes del desarrollismo y la eclosión del turismo de masas.
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Muchos asocian la imagen del seductor y enigmático Jay Gatsby, tal vez el mejor personaje de Scott Fitzgerald, a los imposibles trajes de Redford en un famoso filme que no supera a la novela homónima. Quienes aún no la hayan leído tienen ahora la oportunidad de acercarse a El gran Gatsby (1925) de la mano de Justo Navarro, que ya tradujo los Cuentos de Fitzgerald (Alfaguara, 1998; 2010) y acaba de publicar en Anagrama una excelente versión de su obra maestra. Su traducción se suma a otra reciente de José Luis Piquero, que también ha traducido —ambas en Paréntesis— A este lado del paraíso (1920). Pero la novedad más importante es sin duda el volumen de “ensayos autobiográficos” cuidadosamente preparado por Yolanda Morató para Zut, Mi ciudad perdida, un viejo proyecto de Fitzgerald que no fue aceptado por su editor, el gran Maxwell Perkins, y ve la luz por primera vez en castellano.
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