NARRATIVA

Luis Magrinyá, José María Guelbenzu, Enrique Calabuig, Herta Müller, Tom Rachman, Henning Mankel, E.L. Doctorow, Paul Desalmand, Antonio Prieto

 

LECTURAS NARRATIVA

  

NOVEDOSO ESTUCHE DE RELATOS

SANTOS SANZ VILLANUEVA

Habitación doble
Luis Magriyná
Anagrama
Precio: 19,30 €
Páginas: 306

Lo primero que llama la atención de Habitación doble es su arquitectura de corte moderadamente innovador. Luis Magrinyà reúne cuatro bloques narrativos cada uno de los cuales contiene dos relatos que en un par de casos, los primeros, guardan entre sí alguna relación, si bien no muy estrecha, y ninguna en los restantes, en los cuales incluso se contraponen sus respectivos planteamientos. Tal vez a ello alude el título con una imagen forzada: en cada apartado cohabitan sendas historias diferentes. Nada o casi nada pasaría, sin embargo, si las ocho piezas aparecieran separadas. Se trata, pues, de una demostración de ingenio al servicio de manifestar el gusto del autor por lo anticonvencional. Magrinyà acompaña esta afición básica de un claro apego a la diversidad. En la enunciación, conviven en el libro lo especulativo y lo conversacional desenfadado. En la forma, coexisten la exposición narrativa a base de refinadas elucubraciones psicológicas, el relato dialogado de aire sainetesco, el puntillismo descriptivista y la mezcla de reportaje y puro ensayo con la correspondiente apoyatura bibliográfica. En el estilo, predominan la oración compleja y las cláusulas retorizadas antinaturalistas, pero también aparece la lengua coloquial. En fin, en la visión global de la realidad se halla una fructífera tensión entre, por un lado, la búsqueda de metas abstractas y valores intemporales y, por otro, lo contrario, una cercanía crítica muy viva a ciertas situaciones sociales más un testimonialismo directo o irónico que señala a la inmediata actualidad (referencias a Madelaine, la niña británica asesinada, a Sánchez Dragó o a Esperanza Aguirre) o hace anotaciones de estirpe costumbrista (mención de calles del madrileño barrio de Argüelles). No suponen estos rasgos el cultivo de una dispersión atomística fortuita porque Magrinyà trabaja con cálculo los elementos de sus relatos. La diversidad es un aliciente que se contrapesa mediante unas cuantas constantes que aportan una mínima unidad. Una tiene que ver con el enfoque general de la realidad, que está tamizada en su mayor parte por un distanciamiento humorístico de base culta. Otra radica en la conciencia de los narradores de estar realizando un acto de escritura. Y una tercera hace hincapié en un puñado de asuntos: las relaciones de padres e hijos, la paternidad en sí misma, las relaciones interpersonales, en particular la amistad, la pareja o el matrimonio.

La llamativa composición del libro manifiesta una postura de escritor artista deseoso de apartarse de la tradición. A ese legítimo propósito de querer ser moderno no le veo ninguna ventaja para el fondo auténtico de la escritura de Magrinyà. El planteamiento señalado se cobra un innecesario peaje de desconcierto y dificultad. En realidad, Habitación doble es un novedoso estuche donde se alojan narraciones que ofrecen un retrato plástico de un tiempo un tanto desarticulado como el nuestro y lanzan al lector dilemas o propuestas que le incitan a pensar por sí mismo acerca de la realidad. Las historias tienen sólida carga anecdótica, interesan por lo que ocurre, ofrecen sucesos surgidos de una creativa imaginación y se desarrollan a partir del siempre curioso espectáculo de seres humanos de atrayente conflictividad. Entretienen y tienen un fondo moral fuerte. Además, Magrinyà está dotado del instinto del narrador certero. Varias relatos alcanzan gran categoría, y el último, un ferlosiano tratado sobre los asesinos múltiples, es, dentro de su género, magnífico. El prurito innovador de Magrinyà se difumina ante los aciertos del narrador de siempre.

 

VIDAS ESPAÑOLAS

LAURA FREIXAS

El amor verdadero
José María Guelbenzu
Siruela
Precio: 21 €
Páginas: 580

Podríamos hablar de dos clases de novelas: las que se concentran en unos pocos personajes, encerrados en su mundo íntimo, ajenos a lo que ocurre de puertas afuera, y las que aspiran a reflejar toda una sociedad, una época, encarnada en múltiples historias que se entrelazan con la Historia. En El amor verdadero, José María Guelbenzu ha optado decididamente por lo segundo. Ha puesto en escena a unos personajes cuya trayectoria está inextricablemente unida a la de su país y su tiempo. “El alma está compuesta del mundo externo”, escribió Wallace Stevens; y el narrador, que cita ese verso, no nos deja olvidar nunca en qué mundo externo evoluciona el alma de sus protagonistas: el Concilio Vaticano II, el proceso de Burgos, las distintas elecciones generales, el 23-F, el 11-M, la muerte del dibujante Charles Schulz.Clara Zubia y Andrés Delcampo, la pareja que encarna el amor verdadero del título, nacen en el mismo año, 1945, en el mismo pueblo y siguen una trayectoria representativa de su generación y clase: hijos de personas de cierto relieve social y de derechas, ambos van a Madrid a la Universidad, se acercan a la izquierda y a la bohemia y se sitúan en definitiva –como buena parte de su generación– en un terreno intermedio entre lo convencional (la boda por la Iglesia, los colegios privados, la herencia de los padres, la responsabilidad, la rutina…) y el antifranquismo sesentayochista: profesiones liberales, voto de izquierdas, noches de alcohol y una moderada libertad sexual. En un segundo plano, completa el retrato colectivo un abundante elenco de familiares y amigos: el poeta bohemio, el militante comunista, el cacique rural franquista luego convertido en funcionario, el hijo de militar enfrentado a su padre, la familia de derechas que se niega a ayudar a un represaliado político, enviándolo a la muerte, a pesar de ser hijo de una familia que les ayudó a ellos en la guerra (esta historia, completada por la fiera reacción de Clara muchos años después, es de las más fuertes y hermosas que se cuentan en este libro), el escritor con más ambición que talento, la chica sexy a la que todos desean, el hijo de papá cínico y mujeriego… más algunas figuras pintorescas, como el tío “brujo”, un cura llamado Jesús Peor.

El problema que Guelbenzu afronta, y del que no siempre sale airoso, es el propio de este tipo de novelas: y es que en su afán por que los personajes y las historias que narra encarnen los conflictos de la época, los hace más estereotipos que individuos. El diputado del PP que atacó en su día la ley del divorcio y que años después se divorcia para casarse con una mujer más joven, el bohemio tísico, el seductor que muere de sida, el ex comunista enfangado en una vida convencional, el listillo que entra en la política para forrarse so capa de ideas de izquierdas… suenan un poco a déjà-vu. No así, en cambio, la historia de Clara y Andrés, que es auténtica hasta (o muy especialmente) en su banalidad, su rutina, sus crisis. Y es que esta gran y ambiciosa novela que nos entrega en su madurez José María Guelbenzu es un retrato generacional, pero es también y quizá sobre todo, una historia de amor. Verdadero y sin alharacas: real como la vida misma.

 

LA EXISTENCIA VULNERABLE

ÁLVARO POMBO

Expuestos
Ernesto Calabuig
Menoscuarto ediciones
Precio: 14 €
Páginas: 168

Tras publicar en la editorial Menoscuarto en octubre de 2008 su colección de relatos titulada Un mortal sin pirueta, Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) publica ahora con la misma editorial la novela titulada Expuestos. ¿Expuestos, a qué? ¿Es este autor, este Calabuig, quien está expuesto aquí y ahora, en este provinciano Madrid, en esta cutre España de 2010? ¿O es más bien su protagonista, Jaume Climent, quien está expuesto imaginariamente en la novela Expuestos de Calabuig? ¿Y a qué está expuesto cualquiera de los dos?

¿O somos nosotros, sus lectores, los expuestos, nosotros los hombres, los desamparados, los maltratados, los despedidos de las ERES, los enfermos incurables? Sin duda, los “expuestos” de Calabuig somos todos nosotros y, para empezar, sus lectores. Y estar expuestos es la condición de nuestra existencia, pero es a la vez una actitud humana y posible: “Exponerse es la única tarea humana y posible, la única que merece la pena y que nos justifica. Se expondrá, porque Jaume es un hombre, un ser humano y sólo está hecho de tiempo”.

Ernesto Calabuig nos acerca en su excelente novela a existencias humanas concretas, arrojadas a la intemperie ontológica, a la meteorológica también. “Cuando estás a veinte o treinta grados bajo cero y lo más probable es que mueras o te maten, cuando te has quedado sólo con tu sargento y eres a la vez harapiento y salvaje, ¿qué es lo que tienes que oír y atender tanto?, ¿qué reglamento se mantiene todavía intocable y sacrosanto?”. El lector que, tras leer esta reseña, se decida a leer esta nueva y fascinante novela de Calabuig, no necesita saber de qué trata o cómo acaba –para saber eso es para lo que se leen la novelas–, pero sí necesita saber desde qué temple de ánimo está escrita. Expuestos se concibe desde el temple de ánimo del preguntar por el sentido de la existencia vulnerada: “¿No es eso lo que Rüdiger en el fondo desea, algún tipo de regreso o de restitución, una coda final dotada de sentido en sus últimos días, una redención aunque sea por la vía literaria, aunque venga de manos de este autor menor, desconocido?” ¿No es eso lo que en el fondo deseamos todos nosotros también, desdichados lectores?Ernesto Calabuig no parece vulnerable: es un joven atleta de 44 años, que corría los 1.500 metros en su juventud y que aún corre los 5000 metros a razón de 3 minutos 37 segundos el kilómetro. Si el lector desea saber qué significa este dato sólo tiene que ponerse la pantaloneta y bajar a correr al parque. Nos encontramos, pues, ante un hombre de gran fortaleza física, de brazos largos y anchas manos, que mide 1,87 y pesa 75 ó 76 kilos. No parece vulnerable. El protagonista, Jaume Climent, es físicamente así, tampoco parece vulnerable. Y, sin embargo, lo es en grado sumo. He aquí una de las raíces de esa vulnerabilidad: “¿Por qué no hacía lo que en su lugar hubieran hecho otros, decir no, e incluso: no porque no. Para eso había que valer. El siempre había sido así, incapaz de liberarse de las proyecciones y expectativas de los otros. Por no mencionar la culpa, la devanadera salvaje de la culpa, la maraña sentimental de la culpa, esa madeja de lana oscura, que la gente, por salud mental, con ayuda de psicólogo o sin él, aprende a arrojar bien lejos y que a Jaume, en cambio lo había entrampado desde niño, desde su colegio católico de curas hasta su actual agnosticismo”.

Como es natural, Calabuig no es el primero ni será el último narrador que se pregunte por la fragilidad de nuestra existencia. Lo que interesa de Expuestos es cómo en concreto Calabuig se hace esa pregunta, es decir: cómo refiere una vez más al tema de la finitud –que era nuclear ya en sus relatos de Un mortal sin pirueta–. Hay constancia de fondo en este asunto con el libro anterior, pero también hay una considerable serie de variaciones en el caso de Expuestos. Esta particular novela hace referencia a dos ramales de la experiencia de la vulnerabilidad: la vulnerabilidad del amor y la vulnerabilidad de la expresión estética. La experiencia basal del libro es la sinrazón del fracaso del amor: ¿por qué –se pregunta Calabuig– fracasa el amor cuando en una pareja las dos partes se aman entre sí? No diré aquí cómo responde a esto Calabuig, pero sí diré que su reformulación de este eterno tema es intensa y muy a tono con las preocupaciones de este tiempo nuestro de amores líquidos. Todos sabemos que ha pasado el tiempo de los amores sustanciales, estamos inmersos en el tiempo de los amores líquidos (Baumann) o de los amores mercuriales (J. A. Marina) y lo que resulta, en cualquier caso, es la imposibilidad del amor, una imposibilidad con la cual no podemos vivir. Aparece entonces la posibilidad de expresar la situación de un modo estético. Rilke decía que ni los sufrimientos se reconocen nunca lo suficiente ni acabamos nunca de aprender el amor, de tal suerte que sólo el canto sobre la tierra consagra y celebra. Esta es, también, en parte, la respuesta de Calabuig en Expuestos. Pero sólo en parte. Ernesto Calabuig no es un esteta, sino un pensador existencial seriamente comprometido –expuesto, nunca mejor dicho– con la existencia concreta de los hombres. En este libro, y también en el anterior, Calabuig trasciende la respuesta estetizante de un Rilke, para dejarnos con la verdad novelada de la existencia vulnerable, que da lugar a una pregunta sin respuesta.

 

POESÍA Y GULAG

FÉLIX ROMEO

Todo lo que tengo lo llevo conmigo
Herta Müller
Siruela
Precio: 19,90 €
Páginas: 270

El narrador de Todo lo que tengo lo llevo conmigo no tiene nombre, pero es el poeta Oskar Pastior (1927-2006), desconocido en España y enormemente reputado en Alemania.

Herta Müller (Nitzkydorf, Rumania, 1953) quería escribir sobre los rumanos alemanes que antes y después la derrota de Hitler fueron encerrados en campos de trabajo soviéticos, y contactó con Oskar Pastior, deportado a los 17 años, en enero de 1945, que sobrevivió a cinco años de esclavitud.

Es posible que el libro fuera a tener otra forma, pero la muerte de Oskar Pastior convenció a Herta Müller de que tenía que convertirse en una novela. En el epílogo, explica: “después de un año, y tras una larga lucha interior, me decidí a despedirme del nosotros”. Se despidió del “nosotros”, pero habría sido justo incluir el nombre de Oskar Pastior en el título o en los créditos.

Y esta pega es muy importante, pero, pese a ella, Todo lo que tengo lo llevo conmigo es un libro excelente. Al margen de su valor testimonial, que lo tiene y en todas las páginas, es una gran obra literaria, de extraordinaria potencia, la mejor de Herta Müller, de entre las traducidas al castellano.En el campo hay hambre. El campo está custodiado por los ángeles del hambre: cada esclavo tiene el suyo. El hambre lo domina todo y todo el tiempo. Los presos reciben un mendrugo de pan y un tazón de sopa de col. La sopa de col no es sopa ni lleva col. El hambre mata. El hambre hace que el amante robe el pan y la sopa a su amada. El hambre de los presos dominará el resto de sus vidas. La voz que es de Oskar Pastior dice: “la comida, incluso sesenta años después del campo de trabajo, conlleva una gran excitación. (...) Me gusta tanto comer que no quiero morir, porque entonces ya no podré comer”.

Los presos están cubiertos de piojos: “Los huevos se alinean, incoloros, como un rosario de cristal o guisantes transparentes en su vaina. Los piojos sólo son peligrosos cuando son portadores del tifus exantemático o las fiebres tifoideas. Si no, puedes vivir con ellos. Te acostumbras a que te pique todo”.

Los presos están hambrientos y tienen piojos y frío. No hay ropa. Sólo hay zapatos muy pequeños o muy grandes con los que no se puede andar ni trabajar.

El gulag es un campo de reeducación: los presos descubren las bondades de la revolución soviética. Se reeduca mediante el trabajo. El trabajo casi es lo menos malo. Se busca en el trabajo bien hecho la humanidad. No se sabe para qué hacer un buen trabajo, pero se puede hacer y esa es la verdadera razón. Un preso dice: “cada turno el sótano queda limpio, porque cada turno es una obra de arte”. Y, sobre la descarga de carbón, dice: “al descargar carbón, la herramienta, la pala del corazón, convierte la logística en arte”.

Es extraordinaria en Todo lo que tengo lo llevo conmigo la resistencia de los presos a convertirse en máquinas o en animales. Una resistencia que también surgió en los presos de los lager nazis y que va más allá del instinto de supervivencia: es emocionantemente humana.

En el campo mueren esclavos todos los días: extenuados o baleados por los guardianes borrachos. Un preso lleva la cuenta de los muertos conocidos y deja de contar en el 334.

Cuando el esclavo es liberado, de acuerdo a la misma lógica irracional con la que fue encarcelado, no quiere contar su historia por miedo, o por “orgullosa inferioridad”. Gracias a Herta Müller que buscó la historia y la convirtió en una hermosa y aterradora novela, podemos leerla y conmovernos.

 

HISTORIAS DE REDACCIÓN

SERGIO VILA-SANJUÁN

Los imperfeccionistas
Tom Rachman
Editorial Plata
Precio: 17 €
Páginas: 348

Cuando el diario barcelonés donde yo trabajaba en los años 80 entró en fase comatosa y empezó a retrasar seriamente los pagos a sus trabajadores, un amigo mío se llevó cierta noche a su casa la máquina de escribir como desagravio. Mi amigo había emprendido su acción punitiva tras una tanda de visitas a los bares de la zona y su padre, un hombre serio, le obligó a devolverla al día siguiente. Otro de los redactores de la casa, un veterano más bien avinagrado, encadenaba a la mesa la suya, una reliquia, con un complicado mecanismo para evitar que nadie la tocara, y dirigía miradas feroces a quienes se atrevían a pasar demasiado cerca.

Todos los periodistas con algunos años de experiencia conocen un montón de anécdotas como éstas, que me han venido a la cabeza mientras leía Los imperfeccionistas, donde pueden encontrarse también unas cuantas. Hay mucha literatura protagonizada por periodistas, desde que Balzac envió a Lucien de Rubempré a conquistar París saltando de redacción en redacción. En el siglo XX los grandes triunfadores fueron los enviados especiales, desde el Scoop de Evelyn Waugh con su sucesión de equívocos al Territorio comanche de Arturo Pérez Reverte. Quizás porque he hecho mucho tiempo periodismo de mesa, confieso mi fascinación por los libros que abordan el variopinto microcosmos redaccional y las siempre complicadas relaciones de sus integrantes entre sí, con la propiedad del diario y con el mundo exterior. El novelista catalán Josep Puig i Ferrater recreó con amargura sus experiencias en La Vanguardia en Servitud. Memòries d’un periodista (1926). En los inicios de la democracia Rosa Montero pintó las interioridades sentimentales de lo que todos supusimos era un diario muy parecido a El País en Crónica del desamor.

Como novela de redacción, Los imperfeccionistas es la mejor que he leído hasta ahora. Tom Rachman (Londres, 1974) estudió, cómo no, periodismo en la Universidad de Columbia y después trabajó para Associated Press en Nueva York y en distintos países de Europa, Asia y Africa. Tras un paso por el International Herald Tribune (IHT), vive en Roma consagrado a escribir.

El IHT fue fundado en 1887. Se publica en inglés desde París y se distribuye por todo el mundo. Durante 35 años la propiedad era compartida por el Washington Post y el New York Times, hasta que en el 2003 este último diario se hizo con la totalidad de las acciones, y actualmente reparte con su epígrafe un suplemento semanal que publican varios diarios europeos.

El diario de Los imperfeccionistas parece inspirado en un IHT que hubiera entrado en barrena. Nacido como una historia de amor de su propietario (pero no sabremos las circunstancias exactas hasta el final), ubicado en Roma, no sabe adaptarse a los nuevos tiempos ni empresarial ni tecnológicamente.Tom Rach­man lo disecciona a través de las historias personales de ocho de sus periodistas, dos de sus directivos y una lectora. Cada una de ellas configura un relato prácticamente autónomo, por lo general bastante divertido, nunca trivial. Estos periodistas a la deriva nos ilustran sobre los actuales problemas de la profesión en un momento de crisis económica y revolución tecnológica, pero sobre todo nos hablan, y lo hacen con sagacidad y penetración, de las complicadas respuestas de un grupo de exiliados a la eterna pregunta sobre cómo vivir. Dos poderosas razones para no perderse Los imperfeccionistas.

 

EL ADIÓS DE WALLANDER

TOMÁS VAL

El hombre inquieto
Henning Mankell
Tusquets
Precio: 20 €
Páginas: 464

En más de una ocásión, con motivo de alguna entrevista, Henning Mankell, el escritor sueco autor de la serie de novelas protagonizadas por el inspector Kurt Wallander, ha manifestado que su criatura literaria no es alguien con quien él se iría de copas. Wallander, que ha conquistado el alma de millones de lectores en todo el mundo, es un personaje lleno de claroscuros, de incapacidades afectivas que con el transcurso de las diez novelas que protagoniza, han conseguido arruinar su vida amorosa, familiar, social… Solitario, bebedor, individualista, espectador asombrado de una Suecia que cambia a un ritmo vertiginoso, Wallander es un individuo entrañable que logra enternecer al lector hasta lograr una completa identificación con su forma de ver y de sentir el mundo.

El hombre inquieto, la última aventura del inspector de Ystad, esa población sueca en la que todos los amaneceres son helados, se veía venir, aunque esa previsión no logra deshacer el terrible impacto que su final provocará en los lectores. Wallander, asomándose a la vejez, se enfrenta al último reto profesional, a un misterio que le llevará por los territorios de los espías durante la Guerra Fría, a unas desapariciones que le obligarán a bucear en los sumideros de la política y una vez más, en los estercoleros del alma humana. Muchas veces se ha dicho que Mankell no logra construir ese perfecto mecanismo de ingeniería que ha de ser la novela negra. Se puede estar más o menos de acuerdo con esas apreciaciones, pero no es menos cierto que los logros de Mankell en la construcción de ambientes, en la complejidad de sus personajes, en las introspecciones anímicas, son de una altura magistral. Wallander no es solamente un policía: es un hombre en un mundo que se le escapa de las manos, un ser humano que hace tiempo que ha dejado de comprender las causas primeras de cuanto acontece. A medida que avanzábamos en las novelas –recordemos que la primera que se publicó en España fue La quinta mujer (Tusquets 2000)–, vamos descubriendo cómo va transformándose en un forastero de sí mismo; en un detective que ha de desentrañar sucesos cada día más desconcertantes. No entiende la vida, sus referencias han desaparecido e intuye que la violencia que sacude a Suecia; el para él inexplicable comportamiento de los jóvenes; el resurgimiento del racismo; los problemas de la emigración; el desmantelamiento del estado de bienestar, son síntomas fatales de una enfermedad sin curación. Se nota forastero de este mundo y su vida afectiva es cada vez más desastrosa: un divorcio traumático; problemas con su hija Linda; un padre viejo y egoísta con el que se entiende, la muerte de muchos de sus antiguos compañeros; la enfermedad; sus dificultades con la bebida… El hombre inquieto, el adiós de Wallander, supone la culminación de toda esa pesimista trayectoria vital y Mankell pone el punto final más amargo que cabría imaginar. No recordaremos de esta novela el argumento de la intriga; ni siquiera que Wallander ha sido abuelo –Linda, su hija, hace mucho que se convertido también en policía y en personaje literario–; tampoco que Kurt ha comprado por fin la casita en el campo con la que soñaba hace años… En nuestra memoria de lectores apasionados perdurará el amargo final de Wallander –no la muerte–, y cómo Mankell le sume en el olvido, en la negación, en la nada. El inspector cae víctima de la más terrible metáfora de nuestro tiempo y nosotros, como en el Quijote, desearíamos otro desenlace. Porque muchos sí que nos hubiéramos ido de copas con Wallander.

 

PARÁBOLA DEL CONSUMIDOR

ALEJANDRO LILLO

Homer y Langley
E. L. Doctorow
Miscelánea
Precio: 18 €
Páginas: 204

Cuando el 21 de marzo de 1947 los policías de Nueva York entraron en la vivienda de los hermanos Collyer no imaginaban lo que iban a encontrarse allí. Imposible acceder por la puerta, bloqueada por ingentes cantidades de periódicos; tampoco lograron colarse por ninguna de las ventanas de aquella enorme mansión, pues la casa entera estaba atestada de muebles, libros, electrodomésticos y un sinfín de objetos de todos los tamaños. Había tal cantidad de cosas acumuladas por todas partes que finalmente los bomberos tuvieron que perforar la azotea.

Doctorow se inspira en ese caso real para escribir Homer y Langley, su última y brillante novela. Langley es una persona inteligente y culta cuya vida va a quedar marcada por su experiencia en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial; Homer, dos años más joven, es un hombre agudo y lúcido, amante de la música, que se queda ciego con menos de veinte años. Él es el narrador de la historia, el que nos va a contar en primera persona su vida y la de su hermano.

A través de lo que relata Homer apreciamos cómo pasa la historia del siglo XX por un barrio residencial de Nueva York con vistas a Central Park. Dotado de un afilado sentido del humor y gran clarividencia, Homer refiere con acierto el impacto que los grandes acontecimientos del Novecientos (la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la Gran Depresión o el movimiento Hippie) tuvieron en sus propias vidas y en las de sus conciudadanos.

Homer y Langley son dos personajes extraordinarios. Reúnen una serie de características que los hacen únicos, con unas personalidades complejas y excéntricas. Parecen unos locos que se dedican a acumular basura, una tipos que no representan nada más que a ellos mismos en su propia individualidad, en su propia condición de seres humanos extraños, aislados. Sin embargo, la narración de Homer desvela otra realidad. Pronto se nos muestran entrañables y simpáticos en su rareza, despertando en el lector ternura y compasión y, con esos sentimientos, surge la chispa de la comprensión: entonces nos damos cuenta de que Homer y Langley representan mucho más de lo que aparentan.

En realidad su conducta no es tan distinta a la de cualquier ciudadano del mundo occidental. Los hermanos Collyer son unos acumuladores, como nosotros: almacenan trastos, atesoran pertenencias, compran y consumen cosas. La diferencia es que en ellos esos rasgos están exagerados y, sin habérselo propuesto, su conducta constituye una crítica feroz del capitalismo consumista. Se convierten en una amenaza para ese tipo de sociedad que ambos, paradójicamente, representan y a la vez rechazan.

Es cierto que en ocasiones se ganan a pulso la ira de las instituciones, que toman decisiones equivocadas, qué duda cabe, pero no hacen daño a nadie. Su comportamiento a menudo es absurdo y disparatado, una parodia del pensamiento clásico norteamericano, pero en otros momentos actúan y razonan con extraordinaria lucidez. Chocan así con una sociedad que les decepciona y contra la que se rebelan. Homer y Langley emprenden una lucha titánica que saben perdida de antemano, conscientes de que el futuro se burlará de ellos tratándolos de chiflados y maniáticos. Bastante de eso hay, qué duda cabe. Sin embargo, su destino nos emociona, nos impacta y nos turba, pues todos llevamos dentro algo de los hermanos Collyer. Así lo ha demostrado Doctorow en este excelente ejemplo de lo que puede llegar a ser la gran literatura.

 

TROTAMUNDOS DE PAPEL

EUGENIO FUENTES

Las aventuras de un libro vagabundo
Paul Desalmand
Destino
Precio: 16,50 €
Páginas: 190

Nadie sabe a ciencia cierta qué hacen los libros cuando los lectores duermen ni lo que ocurre en su interior cuando se cierran sus tapas. Hay quien sostiene que las historias se alargan o encogen, que las tramas cambian, que se alteran los destinos de los personajes y que todas esas travesuras quedan borradas cuando alguien toma de nuevo en sus manos un volumen y empieza a leerlo. El francés Pierre Desalmand (1937) no va tan lejos, pero sostiene que los libros tienen memoria y sentimientos. Desalmand, un antiguo maestro de escuela que colgó la tiza para dedicarse a la escritura de biografías y obras de divulgación cultural, es un profundo conocedor de la historia de la Literatura y de todos los meandros del mundo del libro, desde el proceso de edición al de destrucción de jubilados e invendidos. Con esa trama y esa urdimbre, el francés compuso en 2006, cuando frisaba los 70 años, este canto al libro, a las librerías y a los buenos lectores que son Las aventuras de un libro vagabundo, un entrañable divertimento que en su versión original se llama La guillotina. Su protagonista, del que acabaremos sabiéndolo todo salvo su autor y título, tiene 20 años de vida y formó parte de una cuidada edición de 800 ejemplares, en papel de 90 gramos, cuya prometedora salida al mercado se vio lastrada por una crítica escrita antes de tiempo que a punto estuvo de condenarlo a una muerte prematura. Traspasado de principio a fin por un manifiesto ateísmo, contiene notorios pasajes eróticos pero no es un erotómano. Y, sin embargo, a la hora de hacer balance de su vida, acude una y otra vez a sus recuerdos una temporada feliz en la que pasaba horas en la playa, desplegado sobre el pubis o las nalgas de su joven ama para protegerlos de miradas indiscretas.

El libro imaginado por Desalmand ha tenido una vida intensa que le ha llevado incluso a Irán, escenario de graves peligros, y África. Ha vivido en almacenes, librerías de primera y segunda mano, taxis, domicilios particulares, bibliotecas y hasta, en su temporada más deprimente, con un grupo de “clochards” bajo los puentes del Sena. Se ha salvado de la guillotina un par de veces y ha sido descuartizado. Se ha enamorado y ha sufrido las consecuencias de las historias de amor de otros. Y, por si todo esto fuera poco, ha disfrutado de la compañía y la charla de egregios personajes y autores con los que ha compartido innumerables veladas de anaquel. Esta última faceta es, claro, la que permite ajustar cuentas y rendir homenajes. Muestra así Desal­mand a un Malraux enciclopédico, retórico y plúmbeo, a un Mauriac escéptico y preciso o a un Brasillach odioso. Todos ellos palidecen, sin embargo, en comparación con los dos narradores a los que dedica las mayores alabanzas: Maupassant, que le sirve para resaltar la importancia que tiene el apoyo de los amigos para un escritor, y Dostoievski, de quien ensalza la capacidad para sobreponerse a la adversidad y descifrar la complejidad del alma humana.

La lectura de Las aventuras de un libro vagabundo trae inevitablemente a la cabeza la magistral “Una soledad demasiado ruidosa”, del checo Bohumil Hrabal. No se engañe, sin embargo, el lector porque los alientos de una y otra obra no son, ni de lejos, comparables. Lo cual no impide que, al concluir el libro de Desalmand, pueda guardarse el regusto dulce que deja una declaración de amor a la letra impresa escrita con mucho gusto, suma moderación y nada despreciable sabiduría.

 

A LA MANERA DEL DECAMERÓN

LUIS ALBERTO DE CUENCA

El manuscrito sellado
Antonio Prieto
Seix Barral
Precio: 18 €
Páginas: 208

Si hay un español que conoce hasta los más mínimos entresijos del Decamerón boccacciano ése es Antonio Prieto. Lo ha estudiado milimétricamente con el escalpelo del filólogo. Lo ha desmenuzado con la sabiduría de los arúspices etruscos al inspeccionar las entrañas del animal de turno. Por eso no me extraña nada que haya utilizado la maravillosa historia-marco del Decamerón –o sea, la que cuenta cómo un grupo de personas, huyendo de la peste que asoló Florencia en 1348, se congrega en un lugar idílico para contar historias– en la elaboración de su nueva y estupenda novela El manuscrito sellado, que acaba de aparecer en librerías.

Don Celedonio es un probo y acaudalado historiador abulense que posee una apabullante biblioteca. Se tropieza con el narrador, a quien había conocido consultando manuscritos en la Biblioteca Nacional de París, y ambos deciden que la situación cultural y moral del mundo actual se parece bastante a la de Florencia a mediados del siglo XIV, cuando una horrorosa peste diezmó su población. A Celedonio se le ocurre la idea de reproducir un escenario semejante a aquel inventado por Boccaccio en el que unos jóvenes se protegen de la muerte circundante “apelando a la persuasión de la palabra”. Los boscosos alrededores de Fiésole van a verse sustituidos por el Parador Nacional de Zafra, en la provincia de Badajoz, y los diez jóvenes del Decamerón, por los siguientes personajes: una viuda reciente, Marta, cuyo marido acaba de ser asesinado en una sucursal bancaria de la calle Larios de Málaga; Marcelo, un homosexual sexagenario víctima de una estafa por parte de su amante; Ignacio, un joven de temperamento romántico, adicto al amor de lonh de Jaufré Rudel, y la helénica y mitológica Antígona; además, claro está, del narrador y del bueno de don Celedonio, que es quien corre con todos los gastos. Seis personajes en total cuyos diálogos zafrenses formarían un corpus que sería sellado en una urna y conservado en la babélica biblioteca de don Celedonio, con ánimo de procurar a las generaciones futuras un fragmento palpitante de vida y un himno a la palabra como conjuro contra el mal.

Les habrá extrañado a ustedes el hecho de que entre esos seis personajes reunidos en Zafra se encuentre nada menos que Antígona. Pues bien, no hay que extrañarse de la presencia en el Parador Nacional de Zafra de una criatura sin aparente existencia real, porque en la narrativa de Prieto todo es posible desde la perspectiva de la “fusión mítica”, idea motriz de muchas novelas que desarrolló de forma admirable en su Ensayo semiológico de sistemas literarios (Barcelona, Planeta, 1972). La verdad es que El manuscrito sellado nos regala una serena y madura reflexión sobre la naturaleza de la ficción literaria y sobre la rebeldía de ésta frente a la inexorable realidad. A la manera del Decamerón.