LA MEMORIA DE FRANCISCO AYALA

Entre los recuerdos minuciosos y los olvidos voluntarios

ENRIQUETA ANTOLÍN

Cuando apagué por última vez el magnetófono Ayala se quedó mirándome: “Ahora tenemos que buscar un título”, dijo. Hablaba en plural porque habíamos decidido que el libro que yo iba a escribir a partir de sus recuerdos sería tan suyo como mío. La propuesta la hice yo, y él, aunque la rechazó en principio, terminó aceptándola con buen humor. Sobre la mesa estaba el tomo de sus memorias que en 1982 publicó Alianza Editorial: Recuerdos y olvidos, se titula. En ese libro extraordinario me había documentado yo para preparar el mío (el nuestro), y su título me dio pie para sugerirle que podríamos titularlo Ayala sin olvidos, pero él protestó: “¡Cómo va a ser “sin olvidos”, si yo tengo muy mala memoria!”, y para convencerme de lo que a mí me costaba creer abrió el tomo por la página 13 y leyó: “Nunca he tenido yo buena memoria, es cierto; Y siempre me ha producido pasmo la facilidad con que otras personas aprenden y registran en la suya cuanto se proponen retener”.

A mí me cuesta creerlo. En Recuerdos y olvidos los recuerdos son tan exactos, tan minuciosos, que me obligan a sospechar que los olvidos son voluntarios, o por lo menos consentidos. Puedo equivocarme, pero pienso que los lectores de Francisco Ayala llegarán a la misma conclusión: no tenía mala memoria sino eso que llamamos “memoria selectiva”. Él lo admitía, pero con cierta incredulidad. No dejaba de sorprenderse, aseguraba, “cuando alguien le ponía delante de los ojos una de esas raras concreciones, especie de formaciones calcáreas que mi vida ha ido dejando a su paso, episodios que, sin duda, me pertenecen, imposible negarlo, pero que me extrañan ahora como completamente ajenos a mí...” Eso sí: de censura freudiana, nada. Él no era “de los que rehuyen ponerse frente a sus interiores abismos, pues, al revés, estoy siempre dispuesto a asumir los más indigestos manjares que la vida me ofrece, y me resigno a aceptarme tal como soy”.

Ni frente a sus abismos ni frente a los ajenos, también eso es evidente en sus escritos y tuve el privilegio de comprobarlo. El caso de Gabriela Mistral es de los más evidentes. ¿Quién se atreve a hablar de la premio Nobel, si no es para ensalzarla? ¿Nadie? Ayala sí. Ayala que la conoció bien, que siguió paso a paso su vida. No le niega méritos, pero... “si hubiese de diseñar su carácter según yo pude percibirlo nadie reconocería en el retrato trazado por mí la imagen tan difundida de la santa poetisa, corazón desbordante de amor hacia los niños, los desvalidos, los huérfanos y desheredados, los abatidos indios”. En Recuerdos y olvidos Ayala dedica a Mistral un capítulo entero, y ahí encontré yo, apenas sugerido, uno de esos recuerdos que, al parecer, él prefería olvidar, o por lo menos ocultar: el suicidio de un joven sobrino adorado por ella, “un extraño episodio entre cuyas circunstancias, siempre un tanto confusas, no terminaba yo de ver claro. Desgraciadamente puede comprender que muy otras habían sido las causas de que el chico decidiera huir de su lado y refugiarse en el seno de la muerte...” En esos puntos suspensivos me empeñé en indagar y él aceptó declarar su terrible sospecha para los lectores de nuestro libro.

“Cuando, tras el largo exilio, volví a España hacia 1960, quise visitar los lugares de mi infancia, casi medio siglo había transcurrido desde que por última vez viera mi ciudad natal. Salió mi familia de Granada siendo yo un chico...”

Así comienza Recuerdos y olvidos, las memorias del mejor escritor del siglo XX, Francisco Ayala. Leerlas no es obligatorio, pero no hacerlo no tiene perdón.