LA ARBOLEDA PERDIDA

Robert Marrast restituye la integridad de las memorias de Rafael Alberti

PERE GIMFERRER

Ningún libro acompañó a Rafael Alberti durante tantos años como La arboleda perdida. Lo empezó a redactar, probablemente, todavía en plena Guerra Civil y, sin la menor duda, ya en los primeros años de su exilio, esto es, antes de cumplir los cuarenta y había cumplido los noventa cuando dio a conocer sus últimos capítulos. La historia textual del manuscrito es, además, en varios sentidos sumamente complicada. Se conserva, hoy por hoy, un borrador autógrafo sólo del primer libro; pero, por otro lado, numerosos capítulos relativos a Picasso no llegaron a integrarse en él, y, además, no todos los aparecidos por entregas en El País se incorporaron luego al volumen. Añádase a ello que el mero hecho de concebir el libro como unidad (primer volumen, esto es, libros I y II) difiere ya de por sí del hecho de concebirlo para su publicación seriada en prensa, que tiende a considerar cada capítulo como pieza autónoma y a adoptar una estructura de monólogo atomizado. Por último, Alberti mismo –como había hecho ya con Imagen primera de..., parte de cuyo material pasó a La arboleda perdida– al correr los años introdujo modificaciones, a veces para nombrar expresamente (caso de Claudio de la Torre) a alguien a quien inicialmente no nombró, a veces para dejar de nombrar a alguien antes por él nombrado (caso que está lejos de ser único: Neruda, en la “Carta a Miguel Otero Silva, en Caracas” incluida en el Canto General, a partir de cierto momento dejó de decir en el primer verso “Nicolás Guillén me trajo tu carta escrita” para decir (“Un viajero me trajo tu carta escrita”).Que una obra autobiográfica ofrezca problemas o complicaciones textuales no es algo nuevo. En algunos casos extremos, ha circulado incluso durante siglos en una versión enmendada, así, la de la Historia verdadera de la conquista de la nueva España de Bernal Díaz del Castillo o las Memorias de Casanova, que corrieron arregladas, respectivamente, por Fray Alonso Remón y por Lafargue, hasta que se rescató, ya en el siglo XX, su versión prístina. Y tampoco es nuevo que haya diferencia de tono entre unas zonas del libro y otras: los capítulos de la Vida de Benvenuto Cellini que él escribió directamente difieren en parte –pero solo en parte– de los que más adelante al parecer dictó.En el caso de Alberti, todo es obra suya y no nos consta que nada fuera dictado. La labor de Robert Marrast, única en la historia de toda la edición memoriográfica española, ofrece absolutamente todos los estadios de lo editado en libro o periódico, con aparato completo de variantes, y restituye además la integridad de lo no aparecido nunca en libro. Es un esfuerzo sin precedentes, llamado a disipar las leyendas urbanas –cuando no leyendas negras– que, a partir de cierto momento, han envuelto la aparición y difusión de esta obra.Dada la estructura rapsódica de los capítulos aparecidos en los años 80 en la prensa –relativos fundamentalmente a episodios posteriores a 1931, año en el que termina el último libro, el II publicado en la Argentina– ni se puede esperar que Alberti, pese a la gran extensión de la obra, lo cuente todo, ni, en particular, cuenta mucho de la Guerra Civil propiamente dicha. En este último aspecto, el Diario de la Guerra de España, de su amigo Koltsov, reeditado recientemente por Backlist, es un óptimo complemento, que tiene además la ventaja de mostrarnos un Alberti desconocido, que por pudor él mismo no podía relatar, y que agiganta conmovedoramente su figura en el Madrid cercado, con datos sorprendentes.

Pero, por lo demás, La arboleda perdida es un libro, rico y extraordinariamente acrecentado y cumplidamente documentado por la tarea de Marrast, de características únicas en la memoriografía española. Ni siquiera Zorrilla, Corpus Barga o Salvador de Madariaga –tan distintos entre sí unos de otros, y tan distintos de Alberti todos ellos– han contado tantas cosas como las que cuenta La arboleda perdida. Es, a partir de ahora, casi otro libro: el que, enteramente, concibió, y en gran medida escribió, aunque no siempre publicó en volumen, Rafael Alberti durante la mayor parte de su vida. Impostando a veces la voz, sí, como también hacía en su poesía en ocasiones: pero esta voz es tan genuinamente suya como la que algunos de los que le tratábamos podíamos percibir tras la impostación: quería parecer un juglar alegre e ingenuo, pero era un sabio y experto trovador. Si Quevedo vivía “en conversación con los difuntos”, todos los lectores, ahora, podrán vivir en conversación ininterrumpida y perdurable con Rafael Alberti.

*Miembro de la Real Academia Española