EL DIARIO O EL MOMENTO DE LA VERDAD
El diarista es un coleccionista de momentos y el diario es donde guarda las huellas de su vida.
MANUEL ALBERCA
Ahora mismo alguien ha abierto un cuaderno o encendido su portátil. Se dispone a escribir. De sí y sólo para sí. Anota lo que acaba de vivir. Trata de ser sincero. Nadie le controla. Va a ajustar cuentas pendientes consigo mismo y tal vez con otros sin más límites que el tamaño de su libertad. Es el momento de la verdad.
Antes de ser un género literario –el más moderno y el más acorde con la modernidad según Béatrice Didier –, y mucho antes de convertirse en un escaparate mediático, o sea un blog, el diario ha sido (¡ojalá siga siéndolo mucho tiempo!) un ejercicio intelectual, una costumbre “higiénica”, incluso un modo de vivir. Fueron necesarios algunos siglos y miles de diarios “anónimos”, escritos sin pretensión de ser publicados, para que esta escritura “ordinaria” (Daniel Fabre) se consolidase como literatura. En la segunda mitad del siglo XIX comenzaron a editarse algunos diarios de manera parcial y casi siempre póstuma: Constant, Amiel, Bashkirtseff, etc. y, antes, en 1825, Pepys. En el siglo XX nacería la costumbre de escribirlos con la previsión de publicarlos en vida. André Gide, pionero en esto, reconoce que, a partir de esa decisión, su diario se convirtió en un “confidente indiscreto”. Lo publicó expurgado en vida de su esposa. A la muerte de ésta, empezó a publicarlo íntegro. Lo llevaba desde joven y lo mantuvo durante toda su vida.Frente al diario de escritor, que se escribe hoy con la previsión de ser publicado, los diarios que lleva la gente común funcionan con otra lógica. Por lo general no se escriben para ser trasmitidos ni aspiran a pasar a la posteridad. Sin duda el resultado no sería igual, pues no se escribe del mismo modo si otros lo van a leer. Comienzan por razones distintas y contradictorias: quieren ser un alivio y, a veces, se convierten en una carga. Nacen con la esperanza de resolver un problema y se acaban sin conseguirlo. Cumplen funciones instrumentales humildes: mapa y brújula para no perderse en el piélago de la vida. O termómetro para vigilar la fiebre del ánimo. También la escritura de un diario puede ser el mejor libro de autoayuda. Ningún ejercicio más saludable que escribirlo cuando el vacío se adueña de nosotros. Pura homeopatía que mitiga la desconexión del yo y los litigios con los otros. Pocas compañías hay más seguras y amistosas, ni nada más apropiado para sobrellevar el peso de la soledad, por banal que pueda parecer después su contenido. Consuelo, desahogo, catarsis, guardamemoria son algunas de las ventajas de llevar diario, pero puede cumplir tantas funciones como clases de personas hay.
Philippe Lejeune define el diario como “una serie de huellas fechadas”, en la que el día e incluso el momento en que se hace la anotación cobran suma importancia. El diarista cuenta lo que pensó o sintió en ese instante justo, y la entrada fechada levanta acta de esto. Un diario permite seguir el fluir de las mudanzas del alma y reconocer la gravitación psíquica que quedó pegada a la escritura. Esto distingue al diario de otros registros autobiográficos. Por acción u omisión, por exceso o por defecto, el diarista afronta el riesgo de dejar una imagen exacta de sí y de sus contradicciones.
Hace años indagué mediante encuestas y sondeos esta escritura invisible. Así comprobé que un porcentaje elevado de jóvenes españoles (mucho más las mujeres) escribían un diario, o lo habían escrito, por gusto y sin imposición de nadie. Al comenzar la edad adulta y ser reclamados por otras obligaciones, la escritura menguaba drásticamente. Estimo que en torno a un 3 % de la población española lleva diario. Si se piensa en cifras, hace una cantidad impresionante. Si se piensa en términos cualitativos, es lamentable que se ignore casi todo sobre esta práctica cultural, y deprimente que se pierda sin más.
Aunque el diario de adolescencia, el diario por antonomasia, es el más numeroso y el de mayor relevancia social, apenas se le ha prestado atención por considerarse una escritura fuera de lo que se entiende por literatura. Una mayoría aplastante de las personas que reconocen llevarlo o haberlo llevado, comenzaron entre los doce y los dieciséis años. Sus cuadernos guardan la crónica de una profunda metamorfosis y responden a lo que se conoce como “diario de crisis”. En ellos se puede leer cómo el mundo del diarista comienza a ser asaeteado por las dudas y desconciertos producidos por las novedades que atraviesan su personalidad, cuando la biología y la psicología cambian de buenas a primeras. Quizá estos diarios no tengan la destreza que se supone a los escritores, pero tienen la fuerza de apelarnos con su verdad y pueden guardar sorpresas inimaginables. Dejo anotado sólo el nombre de Anna Frank, diarista que queriendo y sin quererlo legó el diario más influyente y leído del siglo XX, cuyo contexto y dramatismo lo hacen único. Una muchacha de catorce años y su testimonio convertidos en clásicos. El diario fue su confidente más fiel y el mejor apoyo en el escondite de la “casa de atrás”.
El diario tiene sus rituales, sus situaciones propicias y sus fetiches. El diarista tipo (si esta categoría existe) tiene preferencias de hora y de lugar, igual que no lo concibe sin determinados soportes y útiles (pluma, color de la tinta, etc.). El cuaderno ha sido el soporte estrella, tanto que el objeto se ha confundido con la práctica. La industria de papelería lo erigió en su símbolo y el público suele identificar un determinado cuaderno con el diario. Pero cualquier otro soporte de papel y recientemente el portátil pueden servir para hacer balance cotidiano. El diarista es un coleccionista de momentos y el diario es su herbario donde guarda las huellas de su vida. Fotos, dibujos, objetos convierten el diario en álbum de recuerdos. Con el ordenador y sus útiles tecnológicos, que permiten incorporar imágenes, videos o sonidos a la escritura, nos aproximamos al diario total. Por lo general, el diarista aspira a la disciplina cotidiana, se impone compromisos, reglas y ritmos de escritura, y de su incumplimiento nacen nuevos rituales de justificación o culpa. Este complejo contexto que rodea su escritura, así como sus particularidades materiales, se perderían en una hipotética impresión.
Sobre el diario cayeron prejuicios que lo han hecho sospechoso de narcisismo, inmadurez o soberbia. Y lo condenaron al secretismo. ¡Cosas de gente rara! –diría un castizo. En España, esta descalificación moral ha influido en su escaso aprecio y en el desinterés por conservarlos. En esto, como en tantos aspectos que conciernen a la autobiografía, se detecta la intolerancia con que el catolicismo y cierta idiosincrasia española han fustigado al yo y su libre expresión. En 1946 Michel Leiris, autor de un diario publicado póstumamente, insertó en su autobiografía L’âge d’homme, el breve ensayo De la littérature considérée comme une tauromachie. Este texto debería ser santo y seña de los autobiógrafos españoles y de cualquier diarista. Leiris defiende la idea de que el autobiógrafo debe comprometerse con la verdad, y la verdad debe desafiar los miedos íntimos. Sin meterse entre los cuernos, sin pisar el terreno peligroso, el diario se trivializa. Desconfía de esos diestros que no se cansan de dar los mismos e inacabables pases sin arrostrar ningún riesgo. Recuérdalo y no pierdas el tiempo. Abre tu cuaderno o enciende tu portátil, y escribe…
(*) Catedrático de la Universidad de Málaga. Autor de La escritura invisible. Testimonios sobre el diario íntimo (Sendoa).
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