YO ESCRIBO. LOS GÉNEROS AUTOBIOGRÁFICOS

El autobiógrafo escribe poniéndose en el lugar del otro que fue y del que quedan pocos o muchos rastros.

JUSTO SERNA

¿VIDAS EJEMPLARES?

¿Por qué leemos vidas escritas? En épocas de incertidumbre, lo que otros hacen nos sirve de ilustración y ejemplo. Las confesiones a la manera de San Agustín o de Jean-Jacques Rousseau, o los diarios al modo de Samuel Pepys, nos muestran los actos que algunos individuos realizaron, sus bondades y sus iniquidades. Quienes relatan o anotan su existencia son sujetos carnales ahora convertidos en palabras, como expresara Jean-Paul Sartre. O son héroes que emprendieron gestas y que luego justifican, como hiciera Julio César.
Los géneros autobiográficos tienen un sentido moral para el lector, una enseñanza que éste podría aplicarse. Nuestro tiempo es corto, siempre carente: un repertorio limitado de experiencias y de vivencias. La lectura de memorias o de dietarios nos da información de otro tiempo, conocimientos quizá aplicables en nuestra época. Pero sobre todo las autobiografías o las confesiones nos proporcionan hechos irrepetibles, datos personales: los cálculos que aquél hizo, los valores con los que éste se guió. El registro escrito y cronológico de una vida nos  sirve  de contraste y de lección: leemos esas páginas y directa o indirectamente nos examinamos. Alguien escribe yo y el lector se compara. En efecto, escribes el pronombre de la primera persona del singular para aludir a una entidad que te resulta más o menos familiar: aquello que te diferencia de los otros. Tienes la certidumbre de saber quién eres o tienes la esperanza de conocerte. De ahí que escribas yo para aludir a una identidad: lo que básicamente permanece igual a sí mismo. Para eso tienes un nombre propio, un rótulo que te designará durante toda la vida. Pero si lo piensas bien, esa certeza es algo ilusoria, según revelaba Pierre Bourdieu. Cuando eras un recién nacido, un simple hatillo de promesas, no podías pronunciar tu nombre, no te distinguías en el espejo, no percibías ese yo que te singulariza y, de hecho, te fundías o te confundías con la madre o con el mundo. Eso nos dijeron  Sigmund Freud y Jacques Lacan. Luego, al crecer, aceptaste que existían dos cosas separadas. Por un lado, el mundo con sus habitantes, del que eres parte infinitesimal. Por otro, una identidad que te diferencia y en cuyas huellas te reconoces: por ejemplo, una carta esforzadamente caligrafiada, un diario adolescente, unas memorias que finalmente escribes con pulso tembloroso. 

UN PACTO DE VERDAD

En los géneros autobiográficos coinciden sujeto y objeto, el narrador y lo narrado. Alguien quiere contar su vida y lo hace gracias a un relato que ordena, resume y detalla los actos que emprendió. Quiere contar los hechos de su existencia y, por eso, establece un acuerdo de verdad, un convenio con el lector, según precisó Philippe Lejeune. Se trata de no inventar, de no mentir, de no fantasear, de afirmar lo cierto y lo documentado y documentable de su experiencia. ¿Lo cumplirá? Bien mirado, el relato del yo resulta un género paradójico. La autobiografía es sobre todo eso: grafía, registro, escritura, narración. En cambio, la vida, no. Las cosas nos pasan simultáneamente y sólo al contarlas les damos un orden y una sucesión que no tenían, dice Jorge Luis Borges. Ese orden y esa sucesión son, pues, operaciones de memoria o de escritura, el reajuste posterior de los hechos. Porque, en efecto, los hechos de una autobiografía se escriben cuando los vemos consumados, cosa que permite dar un sentido particular o global a lo que era un conjunto de actos aislados o inacabados. Ahora bien, los actos nunca son aislados, pues al realizarlos conservamos memoria de lo que hicimos con antelación: de acuerdo con esas reminiscencias obramos. Pero lo que hicimos y lo que recordamos no tienen necesariamente el mismo sentido, como dice Carlos Castilla del Pino en Pretérito imperfecto.Ésa es otra paradoja. La memoria nos da identidad, ya lo sabemos: un instrumento con el que trazar continuidad entre lo que fuimos o creímos ser y lo que ahora somos o creemos ser. Nos aferramos a lo que recordamos porque es el modo de darnos estabilidad, duración, la manera de retrasar lo inevitable: la muerte. Necesitamos esa certidumbre, que siempre será arraigo perecedero, caduco, empresa finalmente fracasada. Pero a la vez esa conmemoración de lo pasado es selectiva, escasa; y así la facultan o la estorban recursos varios. Por ejemplo, la entorpecen los recuerdos encubridores, que tapan hechos sobresalientes con reminiscencias vanas o triviales. Pero también la obstaculizan los llamados recuerdos creadores, las reminiscencias de cosas que jamás nos ocurrieron y que, sin embargo, juraríamos haber vivido o visto. Más aún, podemos acordarnos de cosas ciertas, acontecidas y, sin embargo, exhumarlas con un sentido bien distinto del que tuvieron. Por tanto, la memoria suele alterar no sólo los hechos, sino también el valor que le damos, adaptando los acontecimientos y su significado a lo que hoy somos o creemos ser.  

DE CASI NADA HAY REGISTRO

Por otra parte, el memorialista recopila informaciones sobre sí mismo a partir de los documentos que se han conservado en distintos soportes materiales. Acopia y escribe.  Exhuma y reúne vestigios, los restos que ha dejado, las huellas de su paso: las pone en orden y les da unas palabras. Acude a sus propios archivos o visita las ciudades y los parajes que frecuentó en su infancia, como hace, por ejemplo, José Carlos Llop en sus memorias (En la ciudad sumergida). Desea apropiarse de aquello que era suyo en otro tiempo y que ahora espera captar o retener al modo de Marcel Proust. Esta exhumación hace visible lo que estaba enterrado, lo que se ignoraba o se había olvidado; o hace manifiesto lo que no distinguía por ser común o habitual.   Aunque esa información sea abundante, lo documentado es siempre escaso o sesgado. Por ello, los lectores sabemos que dicha operación es titánica e insuficiente, limitada, un bello o pálido reflejo de lo que aquella vida fue.

Abnegadamente, el memorialista o el diarista escriben y transcriben, narran y copian, cuentan y muestran: por un lado, relatan lo que les sucedió y, por otro, reproducen palabras literales o imágenes o documentos. Es decir, el autobiógrafo es un autor, en el sentido que le diera Michel Foucault a esta expresión: compone una obra con estructura, una obra en la que se administra la información de acuerdo con el orden cronológico y de acuerdo con las necesidades del propio relato; y compone un libro con restos que allí coloca, que son verdad y que provocan, además, un efecto de realidad, en palabras de Roland Barthes. El autobiógrafo escribe poniéndose en el lugar del otro que fue y del que quedan pocos o muchos rastros. No sólo relata hechos: también precisa los motivos de sus acciones, lo que esperó, lo que deseó o lo que temió. Pero para esto no siempre hay fuentes. Es probable que puedan documentarse muchos acontecimientos de la propia vida, pero de lo que no se cumplió quizá no haya vestigio, como tampoco de lo que pensó y no verbalizó. Una parte de nuestras vidas se consume conjeturando, soñando, fantaseando, imaginando y de eso no siempre hay documento o reminiscencia. Por ello, el memorialista siempre escribirá una parte mínima: la que se materializó, la que dejó expresión o testimonio. ¿Pero cómo exhumar lo que no nos atrevimos a verbalizar o a realizar? “De casi nada hay registro”, dice resignadamente el yo que habla en Mañana en la batalla piensa en mí. De casi nada: “los pensamientos y movimientos fugaces, los planes y los deseos, la duda secreta, las ensoñaciones, la crueldad y el insulto, las palabras dichas y oídas y luego negadas o malentendidas o tergiversadas, las promesas hechas y no tenidas en cuenta, ni siquiera por aquellos a quienes se hicieron, todo se olvida o prescribe, cuanto se hace a solas y no se anota y también casi todo lo que no es solitario sino en compañía, cuán poco va quedando de cada individuo, de qué poco hay constancia, y de ese poco que queda tanto se calla, y de lo que no se calla se recuerda después tan sólo una mínima parte, y durante poco tiempo”, concluye el yo imaginado por Javier Marías.

Es posible que sea así, pero eso que dice es una paradoja: lo expresa un autor –uno más-- en una novela, en una ficción autobiográfica, el empeño personal de un yo verbal. Quiere dejar registro, quiere conservar con memoria e invención lo vivido y lo fantaseado, justo antes de que acontezca lo inevitable: la muerte siempre amarga, la irremediable desaparición. ¿Qué hacer mientras tanto? Seguiremos leyendo o  escribiendo.