NARRATIVA

Carme Riera, Guillermo Saccomanno, Gustavo Martín Garzo, Jordi Soler, Rafael Pérez Estrada, Elvira Navarro, Léo Malet, Danilo Kiš, Juan Francisco Ferré, Sergio Vila-Sanjuán

LECTURAS NARRATIVA

  

UN ANCIANO EN BARCELONA

JUAN GAITÁN

Con ojos americanos
Carme Riera
Bruguera
Precio: 17 €
Páginas: 224
Los marcianos no existen pero, si existieran, seguramente lo más parecido a uno de ellos sería un ingenuo norteamericano de Illinois, que precisamente es el protagonista de la última obra de Carme Riera, Con ojos americanos, subtitulada "informe MacGregor".

La novela se fundamenta en el antiguo (desde el Cide Hamete Benengeli de Cervantes y su Quijote a otros clásicos que sin duda el lector recordará) y siempre útil recurso del manuscrito encontrado/recibido que la autora sólo se limita a transcribir, lo que le da la oportunidad de anteponer una personalidad entre ella y el lector y adjudicar al personaje un buen número de opiniones que tal vez, en su propia boca, serían políticamente incorrectas, como el que aparece en la página 234: "De ella (la cólera catalana) sacan rédito una pandilla de políticos inmorales de la izquierda –¿es izquierda?– independentista y de la derecha ultramontana". De ese modo, Carme Riera toma la personalidad de George MacGregor, un joven e inexperto periodista norteamericano que trabaja en un periódico casi marginal en Nueva York (lugar donde de Barcelona sólo conocen el equipo de fútbol, con lo que ya desde el principio comienza a burlarse del "ombliguismo" catalanista), y lo transplanta a la Ciudad Condal en busca de una beca de la Generalitat para escribir "cualquier cosa" sobre Cataluña. A través de los ojos limpios de prejuicios de este personaje liberal y abierto a todo tipo de experiencias la autora compone un retrato descarnado y lúcido de la sociedad catalana contemporánea, a la que enfrenta sus contradicciones, sus fobias y sus aberraciones, con buenas dosis de mordacidad y, a veces, de enfado.

Riera tiene la habilidad de dar a su personaje un tinte entre pícaro y extraterrestre, como si se tratase de un híbrido entre Lázaro de Tormes y Gurb (o, más exactamente, el compañero de Gurb). No en vano la referencia a Eduardo Mendoza es constante en la novela, tanto en el tono (ese inteligente sentido del humor que a veces transita el espacio que va desde la ironía al sarcasmo), como en alusiones directas al escritor y su novela La ciudad de los prodigios. Y con esa inteligencia que sustenta siempre al humor, que es su base más pura, y con sus mejores herramientas narrativas (la desenvoltura, el ritmo), Carme Riera crea escenas delirantes, divertidas, desternillantes (como la escena de ir a pedir la subvención con la barretina calada) en las que pone a la vista la ridiculez, el absurdo de un nacionalismo casposo sustentado en una serie de arquetipos de cartón piedra, transformando la novela, en algunos momentos, en un texto iconoclasta en el que aparece una burguesa clase media anclada en el separatismo llorón, el victimismo recurrente, la corrupción institucionalizada y el sectarismo (ya denunciado en sus obras por Ferrater, a quien también se cita varias veces), y una clase alta rancia, tacaña y perdida en el alzheimer, pendiente sólo de si misma.

Así, haciendo que su personaje transite por Barcelona (sirviendo a distintos amos, como un moderno Lazarillo), desde una especie de zulo en un barrio obrero a una triste pensión en las Ramblas pasando por una "torre" en Pedralbes, Carme Riera nos ofrece una divertida, inteligente y, en ocasiones, ácida visión de la Barcelona, de la Cataluña actual, todo pasado por el tamiz de los ojos de un estadounidense, el único capaz de señalar lo ridículo, lo miserable, con ingenuidad y tolerancia.

 

UNA SOLEDAD RUSA

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

El oficinista
Guillermo Sacconmanno
Seix Barral
Precio: 18 €
Páginas: 200
No deja de resultar perverso que un sistema tan poroso como el editorial haya sido capaz de rescatar a tantos y tan poco memorables náufragos de la otra orilla atlántica, al tiempo que, hasta hoy, se había mostrado incapaz de atrapar entre sus redes a este pez gordo. Por fortuna, nunca es tarde para la justicia poética, y El oficinista, de Guillermo Saccomanno, puede y debe saludarse como una de las mejores noticias que al lector español le traerá el año literario en curso.

Sospecho que leo novelas porque asumo que la literatura es invencible; esto es: inagotable. Lo que en un mundo como el actual, donde la banalidad es moneda de pago y, a menudo, llave segura para el éxito, me lleva a leer sin descanso es la esperanza por descubrir algo que me sacuda y perturbe, que me interrogue e incomode, que me arranque de la indolora tibieza en la que casi siempre vivo y transcurro. Expresado de otro modo: busco una literatura en llamas.

Algo parecido sentí la primera vez que leí a Saccomanno, cuando 77, una novela terrible y audaz, protagonizada por un profesor homosexual enamorado de un asesino institucionalizado en la nauseabunda Argentina de la represión, me golpeó con su increíble capital de maldad y belleza. En esa obra poderosa, en la que resultaba sencillo rastrear las huellas de una genealogía espléndida, ya asomaba, sin embargo, lo saccomannesco, ese aroma a desgracia pero también a voluntad ética que hace de este escritor un autor feroz y necesario.

Concluida la lectura de El oficinista le propuse a Elena Ramírez, su feliz editora en Seix Barral, que intentara convencer al autor para titular su texto Una soledad rusa. Si bien dicho intento, seguramente indecoroso por mi parte, fracasó sin remedio, para mí El oficinista será siempre un pedazo de Bulgákov, un fragmento de Platónov, una ínsula dostoievskiana en el español del siglo veintiuno. Porque a pesar de que se han mencionado influencias ballardianas y de Philip K. Dick en la novela, su venero fundamental, el manantial que la nutre y dota de sentido, es, sin duda, la aventura rusa. Ninguna literatura en el mundo ha sido capaz, jamás, de mirar con tanta insolencia y, a la vez, con tanta piedad al insecto humano como la que inauguró Gógol con El capote y fue masacrada hace décadas, con la oprobiosa muerte de Isaak Bábel o el indecente olvido de Yevgeni Zamiatin.

En esta estela de la mirada rusa, Saccomanno convierte una vez más el corazón humano en observatorio de privilegio y factura una obra mayor, que abruma por su modernidad y refrenda lo que cierta corriente de opinión, al menos en España, se niega a asumir: que todos los mediterráneos han sido ya transitados, y que ser moderno consiste, precisamente, en haberlos navegado, no en creer descubrirlos. Saccomanno sacude así los viejos odres literarios para entregar un vino fuerte y turbador, de modo que absténganse bebedores de cocacola y amantes de la literatura Sheraton.

Novela donde la ambigüedad moral resulta pieza clave en el devenir de la peripecia, El oficinista es una obra vertical, con distintas capas de lectura, centrípeta y absorbente, que se enrosca en torno a un cigoto central (la rumia fecunda de un lenguaje desnudo, pura orfebrería del sustantivo y la creación de climas), y en la que lo que se calla es tan poderoso y decisivo como lo que se enuncia. Rosa Montero la definió sabiamente el 8 de febrero en Barcelona al referirse a ella como una novela "hermosa en su concepto". Es difícil mejorar semejante intuición.

 

EL MIEDO A LA SOLEDAD

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE

La carta cerrada
Gustavo Martín Garzo
Lumen
Precio: 20,90 €
Páginas: 368
En La carta cerrada, Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) mantiene su costumbre de entreverar la narración con fábulas, fragmentos bíblicos, relatos míticos y cuentos maravillosos (con bosques, encantamientos, príncipes, ogros y otros elementos fantásticos.) Pero si tuviéramos que resumir el argumento de la novela en una sola frase, creo que en este caso no nos quedaría más remedio que atenernos al más estricto de los realismos: el ser humano –parece querer decirnos el autor– no está hecho para vivir en soledad y como consecuencia, no le queda más remedio que refugiarse en el amor, aunque éste sea muchas veces doloroso. A través de dos narradores (madre e hijo) que intervienen en capítulos alternos, La carta cerrada recrea la historia de una joven, Ana, que trabaja en una joyería. Estamos en la posguerra española (años 40 y 50) y la protagonista se enamora de un policía algo machista con el que acaba casándose. Juntos se trasladan a Valladolid donde tienen dos hijos, pero la vida feliz se trunca cuando uno de los pequeños fallece en un accidente. A partir de ese momento, la madre se repliega en su dolor y su marido comienza a visitar a otras mujeres. Del proceso es testigo el hijo superviviente, Daniel, que crece a m?rced de la desdicha de su madre, tal vez sin sospechar que la vida puede ser de otro modo. Todo termina cuando su madre encuentra la posibilidad de liberarse del destino que le ha tocado vivir dejando una carta a su hijo y abandonando a su familia. "Porque nadie vive como debe ni como quiere, sino como puede", dice en cierto momento. El mayor logro de la novela es la construcción del resto de los personajes. En el campo o en la ciudad –la novela alterna estos dos escenarios–, todos ellos tienen un elemento?en común: luchan por combatir su soledad, aunque los métodos no sean los mejores y de esa lucha no siempre salgan victoriosos. Sara y Jandri, por ejemplo, mantienen una relación incestuosa de hermanos; Marga, la criada, opta por besar y dejarse acariciar los pechos por el niño protagonista; Carmina, una amiga de la familia, mantiene relaciones con el marido de Ana para escapar de su vida mezquina y éste, a su vez, de la desazón que le produce ver a su mujer deprimida. Incluso la protagonista se refugia en el más doloroso de los amores que es el de su hijo muerto. De todos estos personajes, desgarrados y transidos de soledad, me gustaría resaltar a dos. Uno es el de la tía Gregoria, de una religiosidad enfermiza, maniática y mojigata que irremediablemente nos hace pensar en la Sime de Las Ratas de Delibes. El otro es el cura del pueblo, don Bernardo, un hombre solitario y taciturno que permanece veinte horas escondido en el monte con el cadáver de un niño a cuyo amor es incapaz de renunciar.

Fundiendo planos y mundos (el de los vivos con el de los muertos, el de los animales con los seres humanos, el de los hombres con las mujeres o los niños con los adultos) y aunque a veces la narración resulte un poco repetitiva, Martín Garzo consigue que estas vidas nos lleguen de manera magistral. Y otra cosa plasma muy bien el autor de El lenguaje de las fuentes, El pequeño heredero o Las historias de Marta y Fernando: la psicología de la mujer y su diferencia con la del hombre. Como ejemplo valga esta frase en boca de la protagonista: "Me pareció que los sueños de los hombres no eran como los nuestros. Los suyos tenían que ver con lo que querían y eran, los nuestros con lo que habíamos perdido".

 

HURGANDO EN LA MEMORIA

JESÚS MARTÍNEZ GÓMEZ

La fiesta del oso
Jordi Soler
Mondadori
Precio: 16,90 €
Páginas: 157

La primera impresión al iniciar la lectura de La fiesta del oso es la de estar ante otra nueva novela sobre la Guerra Civil, pero nada como avanzar un poco para descubrir con estupor que no es una más al uso, sino que entre sus páginas se esconde un universo propio que no responde a los clásicos estereotipos sobre el conflicto y sus protagonistas.

Algo que Jordi Soler (1963), mexicano, nieto de exiliado republicano catalán, ya había mostrado en dos espléndidas y celebradas novelas: Los rojos de Ultramar (2004) y La última hora del último día (2007), donde narraba la salida hacia el exilio de su abuelo Arcadi, cruzando los Pirineos, el internamiento en el campo de concentración de Argelés-sur-Mer y la creación en plena selva veracruzana, junto a otros catalanes, de una atípica comunidad, La Portuguesa. Por ello, La fiesta del oso supone el cierre, según Soler, de una trilogía imprevista sobre el exilio republicano, centrada en la realidad de su propia familia. Pero también algo más, supone la asunción del riesgo real que comporta hurgar en la memoria, afrontar con un coraje inusual esa imprecisa línea que separa la heroicidad de la ignominia y resistirse a la tendencia natural a magnificar la primera, sepultando en silencio a la segunda.

Una novela que comienza cuando el autor, tras una turbadora conferencia en Argelés-sur-Mer, recibe de una desconocida una carta y una fotografía relacionadas con su tío abuelo Oriol, hermano de Arcadi, de quien lo último que se sabrá es acerca de su intento de cruzar la frontera, herido, y del que nunca más tendrían noticias, aunque siempre la familia mantuviera la esperanza de verlo aparecer con vida. Con ellas se le ofrece también la posibilidad de resolver un misterio, de cerrar una herida que sólo la verdad puede cauterizar del todo. La búsqueda será ardua y costosa, con el autor y narrador dejándose jirones de una memoria intacta por el enaltecimiento habitual en estos casos, hasta descubrir qué ocurrió con Oriol –el pianista burgués al que esperaba una exitosa carrera truncada por la guerra– gracias a la ayuda de Noviembre Mestre, un anciano gigantón que tendrá un papel determinante en el desarrollo y desenlace de esta historia.

Pero ése no será un viaje cualquiera, sino que Soler nos arrastrará con una prosa llena de fuerza y sensibilidad, de trazo firme y plástica viveza, al interior del bosque que todos escondemos dentro, para asistir al ritual de animalización que tantas veces se oculta tras el olvido, mostrándonos de modo magistral cómo en las grandes tragedias colectivas, ciertos hechos pueden inclinar voluntades y conciencias hasta doblegarlas o hacerlas desaparecer, soterradas bajo ese manto viscoso que suele esconder lo más escatológico y oscuro de nuestra naturaleza. Y con él, descubriremos la distancia sutil que puede separarnos del infierno al recuperar una memoria que es crucial para reconocernos en verdad y de verdad, pues como dice el autor: “Lo que puede hacerse contra el olvido es muy poco, pero es importante hacerlo, de otra forma nos quedaremos sin cimientos ni perspectiva”.

Él lo hará con una novela de ecos milenarios, épica, turbadora, tierna, descarnada, sórdida y auténtica, una obra excepcional que ahonda y ensancha nuestra memoria colectiva sin renunciar a ese ejercicio de estilo vibrante y cuidado que hace de Jordi Soler uno de los nuestros, un autor imposible de olvidar, una voz imprescindible en la narrativa más reciente. Léanlo. No se arrepentirán.

 

LA TRANSGRESIÓN COMO NORMA

ANTONIO GARRIDO

El domador
Rafael Pérez Estrada
Paréntesis
Precio: 13 €
Páginas: 168
En 1968 publicó Valle de los Galanes y desde ese momento la crítica se planteó el problema del género literario en Rafael Pérez Estrada. Han pasado más de treinta años y esta cuestión ha movido la reflexión crítica sobre un autor al que el paso del tiempo le está sentando muy bien. No se puede situar a Pérez Estrada en ningún género literario preciso, cuando se le buscan fuentes hay que recurrir a la vanguardia sobre todas las cosas. Su obra se presenta cada día como más personal en el conjunto de los escritores de su momento, no se puede hablar de surrealismo en sentido estricto, su valor fundamental es la imaginación, no la fantasía; los componentes lúdicos y placenteros son claves dentro un universo de sensaciones complejas y, dominándolo todo, una insobornable voluntad de estilo.

El domador es un magnífico ejemplo de lo que he señalado, esta división es perfectamente lógica dentro de una gramática particular, la de la imaginación que convoca referentes diversos y crea un mundo, el suyo. Su obra rompe esquemas desde el primer momento y “desobedece” los rasgos canónicos para unificarse en lo que he llamado “liricidad” porque el sentido personal, formulado en la creación verbal, es el origen de la muy rica gama de emociones y sensaciones que se articulan como formas descriptivas o narrativas; pero siempre con la presencia de una función sintomática que lleva a la subjetividad por medio de los valores transracionales de la palabra en sus diferentes planos de sugerencia.

En este libro aparecen numerosas estructuras simbólicas que enlazan de manera especial con la pintura y así se supera el sistema de signos y se comunican valores subconscientes. En último término estamos ante la liricidad del “yo” que se puede ocultar, velar, desdoblar en criaturas y en cosas pero siempre vuelve al particular universo representado, gracias a una desbordante vitalidad imaginativa que mantiene un difícil pero eficaz equilibrio entre la condensación expresiva y la vastísima pluralidad de lecturas. El lector se encuentra con una obra sorprendente donde los contrarios se unen, enlazándose lo ingrávido frente a lo pesado, la prudencia frente al riesgo o los suicidios y la crueldad frente a la resurrección. Rafael es un mago, un demiurgo que lanza su estilográfica de platino para construir glifos alfabéticos que transmiten a los hombres lentes centelleantes.

A Pérez Estrada se le puede aplicar aquel “por igual” de Apollinaire en la valoración de la forma prosa y de la forma poesía. Se trata en todas las ocasiones de mecanismos de transgresión que son esenciales nunca accidentales y que tienen como objetivo la literatura en sí misma como realidad plural y autónoma. El autor no tiene problema al mezclar los diferentes niveles lingüísticos, al recrear el aforismo, al bucear en una cierta manera de surrealismo. El domador es un camino que nos conduce al símbolo íntimo y se consigue por la transgresión creadora de un lenguaje poético absolutamente original, personal.

Los textos son una elaborada manipulación rupturista donde el mecanismo de la alegoría es el hilo conductor. La alegoría utiliza un término para referirse a un significado oculto, más radical y profundo que llega a la connotación. En conclusión en estos textos encontramos: El mito del Sur, la presencia del paisaje, el neobarroquismo, el sentido integrado del culturalismo, la presencia de citas internas, la mayoría inventadas; el distanciamiento irónico, el sentido mítico de la escritura, el decadentismo y la desconfianza de la realidad. Todo ello produce el placer, el gozo de una fiesta eterna de la palabra.

 

RETRATOS DE INTERIORES

SANTOS SANZ VILLANUEVA

La ciudad feliz
Elvira Navarro
Mondadori
Precio: 16,90 €
Páginas: 181

Dos nouvelles casi independientes componen La ciudad feliz: “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz” y “La orilla”. La relación amistosa entre tres personajes infantiles sirve a Elvira Navarro como leve vínculo que proporciona una mínima unidad anecdótica y le permite presentarlas como novela. Otro nexo más profundo, además, facilita esa asociación, el tratamiento de un asunto parecido, la vivencia aguda de la soledad, la cual se muestra en ambos casos en una misma etapa biográfica, la edad en que se descubre el mundo.

En este planteamiento perspectivista se apoya la joven escritora onubense para levantar una fábula de maduración a través de un motivo duplicado, el aislamiento de una persona sensible en una sociedad hostil o extraña. En la primera pieza, cuyo escenario principal se localiza en un asador de pollos chino, se refiere a un niño emigrado a España. En la otra, habla de una niña ensimismada que establece una relación ideal, prohibida por el suspicaz mundo adulto, con un vagabundo.

Las dos historias iniciáticas se plantean con una calculada mezcla de irrealismo y concreción. Ambas tienen un marco evanescente, una innominada ciudad, y tienden a la elusión de la noticia verista (ciudades mencionadas nada más como “B”, “Y” o “L”, o una calle rotulada “B”), pero también aparecen datos costumbristas (un bolso Hello Kitty o Mercadona). Juega de este modo Navarro con una tensión entre lo genérico y lo testimonial que evita los extremos de la abstracción y la crónica directa. La consecuencia son retratos de interiores dotados de un mínimo de concreción espacio temporal que sumerge las historias en una atmósfera actual o las sitúa en un contexto colectivo. De hecho, aunque en segundo plano, casi como un paisaje, existe una alerta social. Ésta aparece en la sacrificada vida de los emigrantes orientales en España y en las incomprensiones entre jóvenes y adultos por una diferencia de mentalidad que no es solo biológica.

El buceo intimista constituye, sin embargo, la meta casi excluyente de Navarro. También aquí se diferencian las dos historias por su tratamiento. Una tercera persona limitada por el punto de vista cercano a los sentimientos del chico protagonista cuenta la peripecia de la familia china. Esto da intensidad a las vivencias y les concede un tono auténtico. El estilo directo matizado con algunas imágenes resulta muy eficaz para esa querida densidad emocional y aporta un matiz logrado a su fondo psicologista convencional, oportuno para penetrar en los retorcimientos morales de los adultos. Algo estropean esa comunicabilidad el abuso de una forma de nuestra lengua tan peligrosa por su imprecisión como el posesivo de tercera persona y algún descuido (el abuelo chino utiliza “chapurrear”; unos coches aparcados están “sumidos en el abandono”). La primera persona de “La orilla”, de frase sencilla y directa, comunica bien el intenso desvalimiento de la chica.

En general, Navarro logra plasticidad emotiva y penetración psicológica al presentar esas amargas aproximaciones al desvalimiento y el dolor con el acento ético de los escritores morales. Sobre todo por lo que sugiere sin explicitarlo: la situación de la persona en un mundo duro y egoísta. Son pasos iniciales de una voz prometedora. En una entrevista reciente ha dicho la autora que “La narrativa española consolidada es hoy bastante mediocre”. Aunque lo fuera, el nivel logrado en su novela no avala tal engreimiento. No está mal su libro, y merece la pena seguir con atención los que vengan, pero ya se daría con un canto en los dientes si alcanzara esa altura “mediocre”.

 

MÁS QUE UN COMIENZO

PAUL VIEJO

Calle de la estación, 120
Léo Malet
Libros del Asteroide
Precio: 16,95 €
Páginas: 248
La serie conocida como Los nuevos misterios de París es uno de esos ejemplos arrolladores en los que tanto el autor, como los libros y sus personajes terminan convirtiéndose en clásicos, no sólo de una literatura nacional, sino de un imaginario popular que acaba asomando por cualquier rendija. Léo Malet (1909-1996) concibió en 1953 el ambicioso proyecto de redactar veinte novelas policíacas que retrataran el París de los años cuarenta y cincuenta tal y como recordaba, a razón de una por cada distrito de la ciudad. Aunque no llegó a completarlo (a falta de pocos títulos), logró dejar bien colocadas en la historia del noir unas cuantas piedras que ni casos espectaculares como el de Simenon han logrado mover de su sitio. Una de ellas es la merecidamente famosa Niebla en el puente de Tolbiac (Libros del Asteroide la rescató en 2008), correspondiente al arrondissement XVIII y que ha gozado de versiones en cómic y cine, donde lo social y lo biográfico se aliaron a la perfección con el género negro. La segunda piedra, todavía más difícil de lograr si cabe que dejar una obra ineludible como la anterior, es haber creado un personaje capaz de hacerse un hueco a codazos entre esa trinidad detectivesca que son los Holmes-Maigret-Marlowe. Su nombre es Nestor Burma, propietario de la agencia de detectives “Fiat Lux”, filoanarquista, fumador de pipa, hardboiled a lo Sam Spade y, sobre todo, cínico e irreverente hasta la saciedad.Sin embargo, la primera aparición de Burma no se da en esos Nouveaux mystères, sino diez años y otras tantas obras antes. Calle de la Estación, 120 es su debut y por tanto el origen de un clásico. La trama es sencilla, pero el “cómo” y sus consecuencias, espectaculares: tanto un compañero de prisión como un viejo socio de Burma pronuncian, en el momento de su muerte, la misteriosa dirección que da título a la novela, y todo será un trasiego París-Lyon, calle arriba calle abajo, para ir incorporando datos, esquivando pistolas, visitando sospechosos y arrojando luz a un misterio del que nadie sabe apenas nada. Perfecto y redondo para los amantes del género. Pero lo realmente destacable y más sabiendo que este 120 de la Calle de la Estación (publicada en 1943) será el comienzo de todo, es ver cómo Malet asume el riesgo de crear desde las ruinas, y no partiendo de cero para colocar todo a su favor. Cuando la historia comienza, su protagonista es devuelto a la vida civil tras un tiempo encerrado en un campo de concentración del régimen ocupante, París ya no es más que un residuo de colaboracionistas y resistentes, la agencia “Fiat Lux” no resistió y está, como es lógico, cerrada y sus colaboradores sin ocupación. Toda la novela desprende un aire de derrota, de cualquier tiempo pasado fue mejor, que distrae el interés del lector por saber cómo se resolverá el misterio. Lo grande aquí será saber cómo se resolverá ese mundo de ficción (pero no tanta) que acabará teniendo a Burma y alrededores como protagonista de una treintena de obras, cómo se superará lo verdaderamente importante (porque ya se sabe que en una novela negra, al final, los muertos son lo de menos).

Calle de la Estación, 120 es una novela crepuscular, no sólo una gran historia de detectives. Malet no cayó en el tópico de cubrir de oscuridad los hechos, sino que mostró el punto de luz, el amanecer en las calles de París, logrando que quien no conociera su obra tenga ahora la oportunidad de comprobar cómo se construye un clásico del género. A quién ya la conociera no le queda más remedio que pasar por esta casilla de salida.

 

LA NOSTALGIA CENTROEUROPEA

TOMÁS VAL

Laúd y cicatrices
Danilo Kiš
Acantilado
Precio: 15 €
Páginas: 128

No es Danilo Kiš una de esas figuras literarias que suela aparecer en las antologías ni su nombre forma parte del acervo cultural de lo que, en términos generales y refiriéndonos a España, podríamos llamar un buen lector. Es seguro que ello se debe a los avatares históricos de su tierra natal y a que no fue un autor muy prolífico: hasta el momento de su muerte, sucedida en París en 1989, había publicado La buhardilla y Salmo 44 (1962), ambas aparecidas en la editorial Kosmos; en 1965 apareció Jardín y cenizas; en 1969, Penas precoces; y en 1972, Reloj de arena y Po-etika en 1973; en 1976 escribiría Una tumba para Boris Davidovich, novela por la que fue objeto de una dura campaña de difamación que le llevó al exilio definitivo a París y, finalmente, en 1983, su obra quizás más famosa, La enciclopedia de los muertos, compuesta por nueve relatos. Apenas media docena de obras, que, sin embargo, sí que alcanzaron para convertirle en un lector de enorme prestigio en la antigua Yugoslavia y en Francia.

Nacido en Subótica, una población del norte de Serbia en 1935, muy cerca de la frontera con Hungría, era apenas un niño cuando fue testigo de la masacre de judíos y serbios a manos de los fascistas húngaros –Danilo pudo contemplar los cuerpos sin vida de varios de sus amigos infantiles– durante la II Guerra Mundial, guerra en la que su padre –judío– fue también asesinado por los alemanes. La muerte, así, entró muy pronto a formar parte de su vida y de su Literatura y siempre entendió la escritura como una lucha con la muerte, lucha siempre perdida que nos sume en el olvido y que arrasa nuestras existencias como un viento dispersa la polvareda.

Laúd y cicatrices”, la obra que recientemente ha publicado la editorial Acantilado, recoge unos relatos póstumos que Danilo Kiš escribió entre 1980 y 1986. Buena parte de ellos –el relato que da título al libro, así Yuri Golets, El maratoniano y el juez de carrera y El apátrida– fueron escritos para formar parte de su obra anterior, La enciclopedia de los muertos, lo que nos informa de que fueron escritos antes de 1983. En Laúd y cicatrices, Danilo Kiš incide en sus obsesiones literarias: la muerte, la tristeza, la certeza de que la vida de alguien no puede llegar a conocerse sino a través de multitud de detalles que parecen nimios, los ritos de la religión judía, la desolación que la guerra deja en las almas, la Literatura como Metafísica… Vidas que transcurren en la nostalgia del exilio, vidas que –como dice uno de los personajes, “nunca merecieron ser vividas. Hemos vivido como si estuviéramos muertos” –destrozadas por el desamor o la lejanía. El apátrida –basado en un personaje real– nos habla del poeta, cargado de imágenes de la niñez, que muere cuando una maceta le cae en la cabeza; Yuri Golets, el escritor que decide suicidarse cuando muere su esposa, de quien lleva separado treinta años; Laúd y cicatrices, relato que nos remite a la revolución rusa y a las tragedias de la separación; El poeta, la burla, la opresión de la política sobre la sensibilidad… Personajes exiliados de sí mismos, creadores que buscan en la Literatura lo que tendría que dar la vida y nunca da, reflexiones sobre el amor y las penas del desamor… Un magnífico muestrario de personajes que nos remiten a esa nostalgia tan centroeuropea que ha dado espléndidos escritores como este Danilo Kiš que un día imaginó que existía una enciclopedia que englobaba a todos los seres humanos y todos los detalles de sus vidas.

 

 

SIMULACROS DE LA REALIDAD

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Providence
Juan Francisco Ferré
Anagrama
Precio: 22 €
Páginas: 592
Dos poéticas de peso dialogan en Providence, la más ambiciosa novela de Juan Francisco Ferré hasta la fecha, una de raíz narrativa, otra de carácter icónico, ambas gravitantes en torno a uno de los temas centrales de la novela y de nuestra época: el conflicto entre la realidad y sus simulacros, o dicho de otro modo, la abierta disolución de aquélla en éstos, siguiendo el paradigma propuesto por Barth a finales de los años 50 del pasado siglo, según el cual la realidad no existe y el objeto de la literatura consiste en probar tan disolvente tesis.

El protagonista de Providence, Álex Franco, resulta el mejor epítome houellebecquiano que ha propuesto nuestra narrativa. Houellebecq, a quien tengo por uno de los lectores de privilegio del malestar de la época, ha construido, desde Ampliación del campo de batalla a La posibilidad de una isla, pasando por ese logro mayor que es Las partículas elementales, una de las más conspicuas representaciones del varón blanco europeo tras la muerte de las ideologías. Esa representación se encarna en una voz misógina, racista, logorreica, apolítica y descreída, cuyo horizonte de intereses se reduce al dinero (la figura abstracta del poder) y el sexo (su figura material), los rostros de Jano con que llenar el vacío de una existencia anómica.

Ferré recoge en Providence el impulso de Houellebecq y organiza el material narrativo de su novela al servicio de un miserable moral ante el que resulta imposible no descubrirse y, a la vez, no sentirse asqueado. Es el triunfo de la ausencia de ética. El sujeto, que ha dejado de creer en todo menos en su propio instinto, deviene un campeón del nihilismo, un caníbal con licenciaturas. De ahí que, en una sociedad concentracionaria (al modo de Bolaño en 2666, Ferré describe América como un gigantesco campo de concentración), la supervivencia pase por la impiedad. Las academias del buen gusto y de la frónesis han muerto. Sólo quedan en pie las viejas pulsiones eróticas y tanáticas, filtradas ahora por los juegos de la hiper o de la hiporrealidad.

Pero además Álex Franco hace películas, y la historia en la que se ve enredado proyecta la sombra de la otra gran poética de la novela, la de David Cronenberg, el cineasta vivo que con mayor fortuna ha reflexionado acerca de la relación entre cuerpo y tecnología (imposible leer Providence sin pensar en Videodrome y en existenZ), acerca de los vínculos entre el placer y la muerte (el eco de Inseparables o de la ballardiana Crash recorre así mismo ciertos tramos de la narración) y a propósito de la evidencia de que el sujeto contemporáneo vive preso de un mundo de corporaciones, contubernios y conspiraciones (y ahí acude a la memoria Scanners, obra magna de la década de los 80 y, como el propio Ferré acaso suscribiría, cine fantapolítico a nivel molecular).

Partiendo de estas atractivas fuerzas, Ferré construye su novela sobre el mito fáustico del intercambio (la Dignidad a cambio del éxito) y propone una aventura por momentos mágica (episodios como el de Martha’s Vineyard en torno a la metáfora del tiburón blanco resultan memorables), a veces irritante (los tramos de softcore llegan a resultar anafrodisiacos, al menos literariamente), en la que la figura de Lovecraft, patrón intelectual de la puritana Providence, permite paso a una trama detectivesca que no agota esta alucinación infecciosa y notable, que indaga a escala planetaria en las miserias que La fiesta del asno, su anterior novela, auscultó a nivel local.

 

HISTORIA DE DOS CIUDADES

GUILLERMO BUSUTIL

Un heredera de Barcelona
Sergio Vila-Sanjuán
Destino
Precio: 19 €
Páginas: 270

Una heredera de Barcelona es el título con el que Sergio Vila-Sanjuán rescata una autobiografía de su abuelo, abogado y periodista en la capital catalana en los años del declive de la monarquía de Alfonso XIII y el auge del anarquismo. Verdad y ficción que Sanjuán utiliza para desarrollar una perfecta escenificación histórica, entre lo político, el cuadro de costumbres y lo policiaco, de aquella Barcelona de los antagonismos sociales representados por una aristocracia decadente, el arribismo de la prensa y el amenazante clima de las bombas callejeras, el asesinato de elementos subversivos o sospechosos de serlo, el pistolerismo mercenario y el enfrentamiento entre un anarquismo dialéctico y otro anarquismo que defendía el lenguaje de las armas. Esta es la música literaria que ambienta una novela que retrata casi “pictóricamente” las fiestas del Ritz y del Turó Park, los barrios obreros, las grutas de los miserables en Montjuic, los cafés de los letra heridos, los cabarets y los lentos tribunales de justicia. Estos son los universos que recrea el autor rindiéndole homenaje a Evelyn Waugh, a Edit Walton y al Eduardo Mendoza de La verdad del caso Savolta. Ecos con los que Vila-Sanjuán equilibra la dimensión plural de la realidad de esa época, la crítica social que realiza con elegante ironía y la historia narrativa que arranca al viejo estilo de las novelas de detectives.

Pablo Vilar es un joven abogado y asiduo colaborador de prensa que es contratado por una cabaretera, María Nilo, para que descubra y detenga a unos matones que han intentado robarle. El protagonista, defensor del reformismo, amigo del político Eduardo Dato y decidido defensor de gente humilde y delincuentes de poca monta, acepta el caso. Sus pesquisas lo llevarán a entrar en contacto con el mundo del anarquismo, dividido entre un líder dialogante y utópico, Ángel Lacalle, y otro, García Torres, inclinado a la violencia. Dos retratos simulados de los dos representantes históricos del anarquismo enfrentado en aquella Barcelona de las primeras huelgas, de los oscuros e indiscriminados asesinatos callejeros y de la represión de dudosos métodos que, en este argumento de verdad y ficción, lleva a cabo el Gobernador civil. En medio de esos dos mundos antagonistas, de su amor por la rica heredera Isabel Enrich, trasunto de mujer independiente y atraída por las causas perdidas, y de su afición a las novelas de Nick Carter, Pablo Vilar se verá empujado a fabricar como periodista la leyenda del misterioso justiciero Danton, a defender a una mujer que comete un crimen pasional al ser engañada y a investigar las diversas desapariciones y los extraños comportamientos de una serie de personajes de los que Vila-Sanjuán retrata su ambigüedad moral, sus contradicciones y dudas. Personajes que vienen a ser la metáfora de una Barcelona desequilibrada y llena de injusticias, inmersa en el decadente glamour con resonancias fitzgeraldianas; a veces fantasmagórica como las novelas de Zamacois y otras más cercana a la crónica periodística que refleja, apoyándose en el rigor documental, aquel tiempo convulso marcado por el nacionalismo, las reivindicaciones obreras y el final de los políticos reformistas. Estos elementos, bien ensamblados por una prosa ágil y descriptiva, le permiten a Vila-Sanjuán mantener el interés del lector en una historia policiaca y moral que recorre el retrato impresionista de la sociedad, mientras de fondo suena la música del Titanic representada por el naufragio de la aristocracia y la alta burguesía que pasaron de la monarquía a la dictadura de Primo de Rivera, creyendo que así se salvaban del iceberg del sindicalismo.

 

CICATRICES DE LIBERTAD

MARIO ELVIRA

La muerte tiene la cara azul
Rafael Ballesteros
RD Editores
Precio: 24 €
Páginas: 840
Un hombre se mide por lo que quiere, no por lo que hace”. Esta frase, de una de las cinco novelas que componen este libro, sintetiza el espíritu de una tragedia coral en torno a la lucha por la libertad y a los claroscuros que envuelven los comportamientos de quienes intentan defenderla. Una defensa más moral y cercana a la supervivencia que a un concepto ideológico; más centrada en las diversas emociones (el miedo paralizante, el silencio, el dolor, la traición, la lealtad) que en el maniqueísmo de las creencias que armaron las armas. El primer relato, centrado en los últimos días de Torrijos y de Robert Boyd en su intento de restaurar la Constitución de 1812, sirve de prefacio a las historias posteriores que se adentran en el drama rural de la guerra civil, en la resistencia de los maquis, en el movimiento anarquista y en el inicio de la transición.En estas primeras páginas, Ballesteros elabora un cuaderno de bitácora acerca de la aventura de cabotaje de Torrijos, orillado a una Málaga en la que la traición lo colocará frente a la muerte. La fuerza de sus descripciones, la hondura psicológica con la que trata a los personajes y la perfecta urdimbre entre la historia y la ficción de lo posible, convierten el relato en una interesante revisión del valor, del temple y la generosidad de unos hombres, hermanados en el sueño de la libertad y cuya memoria es salvada por un obligado superviviente que cuenta la historia movido por la necesidad de saber para poder olvidar. Este arranque, más propio de la novela histórica, pespunta las otra cuatro novelas: Rencor de Hiena, Verás el sol, La imparcialidad del viento y Miss Damiani, con resonancias de Arturo Barea, de Chaves Nogales y de Aldecoa, que pueden leerse también como capítulos sucesivos de La muerte tiene la cara azul. Cada una de estas novelas, que terminan formando un puzzle coral acerca de la guerra, está protagonizada por mujeres y hombres de pasiones equivocadas, decididos a salvaguardar su humilde dignidad a la vez que se convierten en víctimas de la borrachera de violencia y de los ajustes de cuentas del conflicto. Ballesteros no toma partido. Él narra desde el distanciamiento del tiempo y también desde el conocimiento heredado de unos hechos documentados por los testimonios de otros protagonistas reales y su intención narrativa es la de mostrar la desnudez humana de sus protagonistas: campesinos, curas, militares pistoleros, vecinos y compañeros que se enfrentan en su lucha por la vida. El escritor introduce a los lectores en las casas, en las familias, en los miedos, en la desesperanza, en el cansancio, en la soledad, en la resistencia y el corazón de los personajes, como El Seco, Bandolé, Amalia, Anselmo, la Mora, Bernabé, El Zagal, Damián o Rancho entre otros, centrándose de esta manera en cómo el hombre reacciona ante determinados hechos y situaciones. Unas veces desde sus creencias y otras desde el instinto y la visceralidad.

Cada una de estas novelas revela una verdad y sus sombras. Cada una de estas novelas envuelve al lector, lo pellizca y lo conmueve. Cada una de estas novelas se refleja en la anterior y complementa un relato coral donde los personajes femeninos tienen, por la magnitud de sus tragedias y de su fuerza, un eco lorquiano. Aunque lo mejor de La muerte tiene la cara azul es la habilidad de Ballesteros para plasmar, mediante un excelente dominio de los diálogos y la introspección psicológica que lleva a cabo, la humanidad de los hechos y las contradicciones de las acciones de unos personajes a los que no juzga. Él los presenta descarnados y reales, llenos de matices, confiriéndole la libertad de que sean ellos los que se definan y muestren al lector la culpa, el miedo, el desgarro y las cicatrices de la libertad por la que un día lucharon.

 

ÍNTIMA CONSTRUCCIÓN

SALVADOR GUTIÉRREZ SOLÍS

La novela del adolescente miope
Mircea Eliade
Impedimenta
Precio: 26 €
Páginas: 520
Mircea Eliade, el célebre historiador de las religiones nacido en Bucarest en 1907, no se acerca hasta esta etapa de la vida desde la distancia de la edad adulta, no. Mircea Eliade se sumergió en la redacción de La novela del adolescente miope cuando tenía 17 años. "No necesito inspiración; tan sólo tengo que escribir mi vida", sentencia Eliade en el comienzo de su obra. Eliade, convertido en personaje principal nos habla de un joven feo y miope que se siente un extraño en este mundo, permanentemente desubicado, por lo que decide entregarse a la redacción de "su" novela con el único propósito de sobresalir y lograr el respeto, aceptación y admiración de los que le rodean. El joven escritor muestra firmeza en las convicciones, disciplina por enc?ma de las propias apetencias, el reto de la intelectualidad como un modo de estar en el mundo. Una intelectualidad que ya es una evidencia en un joven de diecisiete, capaz de construir una obra como la reseñada, sobresaliente en todos y cada uno de sus aspectos.

La editorial Impedimenta ha tenido el gran acierto de complementar la edición de La novela de un adolescente miope con Gaudeamus, que puede entenderse como la continuación vital de la primera, ya que se narran las vivencias de Eliade durante sus años juveniles, como estudiante de Filosofía en la Universidad de Bucarest. Alterna Eliade pasajes que reproducen situaciones propias y comunes de la adolescencia y juventud, con otros en los que se aborda este importante periodo vital desde la profundidad de quien la vive y, a ratos, la padece.

 

NOCTURNO DE COPAS

JUVENAL SOTO

Bares nocturnos
Juan Madrid
Edebé
Precio: 17 €
Páginas: 264
Esta novela nos fue transcurriendo a los de mi quinta y la de Juan Madrid cuando existían los bares nocturnos y nosotros éramos sus habitantes. La vida en los bares de las noches de antaño fue para muchos una manera de estar en el mundo, ya que no existía otro mundo en el que estar. Esta novela reconstruye la memoria colectiva e individual de quiénes quisimos ver en las sucesivas noches de los cortos años de nuestra juventud un pretexto para adentrarnos en el texto del pasado: aquellos bares, aquella forma ?e vivir en cuya búsqueda Juan Madrid ha recuperado en Bares nocturnos pudiera ser un libro de memorias. También es un libro de pérdidas, incluso de pérdidas de memoria, ya que de aquellos años, bares y noches apenas ha quedado rastro certero, salvo esta novela y algunas canciones de Sabina. El resto lo hemos dejado perderse, quizás porque a los seres humanos nos interesa olvidar cuanto de transgresor haya existido en el pasado de nuestras vidas. Así comienza esta novela, con el cierre del penúltimo de aquellos bares, con el cerrojazo del pasado de nuestras vidas. Aquí tienen la segunda insinuación sobre Bares nocturnos: es un libro de despedidas.

Dicen que la "novela negra" es "la narración del mundo profesional del crimen" y se ha construido en torno a lo dicho un escenario oscuro y violento de gentes derrotadas y en decadencia que buscan hallar la verdad o su atisbo. Ann Wroe, la arriesgada biógrafa de Poncio Pilatos, sostiene que cuando el prefecto de Judea le preguntó a un tipo denominado Cristo las causas por las que el Sanedrín le condujo ante él, ese tipo le contestó: "Yo he venido a predicar la verdad". Pilatos –estudioso de los filósofos cínicos, filósofo cínico él mismo– increpó al tipo, "¿y qué es la verdad?". Después, se desentendió del tipo, no por considerarlo políticamente peligroso, sino por estimar que Caifás intentaba timarlo colocando frente a su autoridad a un mentecato. Bares nocturnos podría ser sólo una novela negra si Juan Madrid se aviene a ser Pilatos y el lector se acepta como un Cristo. Al acatar el autor este papel nos coloca ante la fabulación de unos hechos determinada por tres elementos: un hombre, una pasión y un paisaje. Tal será mi tercer apunte. Bares nocturnos es una narración que el lector afrontará aceptando los corsés de la "Novela negra" con estructura coral, porque por ella desfilan juntos y revueltos detectives –con Toni Romano erigido en árbitro de la elegancia detectivesca–, negratas, estafadoras, presidiarios, putillas, amigos, el odio y el amor con final feliz. Una novela coral, porque el perfil de un personaje cobija a otros perfiles que van incorporándose al suyo, hasta acabar todos en un único perfil, tal y como ocurría con quienes habitamos en aquellos bares nocturnos.