LA HABANA PARA UN ESCRITOR MESTIZO
Caballero Bonald, extraño habanero de la distancia
J.J. ARMAS MARCELO
"La Habana es Cuba, y lo demás es paisaje", reza el dicho habanero más popular. Sin embargo, nada es como se dice. Hay un escritor español, andaluz, mestizo, Caballero Bonald, que sintió siempre la llamaba de la añoranza genética: su padre era de Camagüey. Extraño habanero de la distancia, narra en La costumbre de vivir su encuentro vital con la Ciudad de las Columnas, su exaltación erótica con La Habana, su búsqueda ansiosa de la raíz familiar en Camagüey. Además, como escritor, el gusto por la palabra en su lugar exacto, la calidad de página y el barroquismo de la frase y el contenido, lo hacen hijo directo de aquella gente habanera que se refugió en la revista Orígenes. De eso se trata en la vida y la obra de Caballero Bonald de los orígenes, con minúscula también. Y En Cuba, en La Habana, en Camagüey, está una parte de Caballero Bonald, el mismo que se enamoró de aquella geografía que fue España y con la que muchos españoles soñamos de cerca.No hay en el capítulo 15 de La costumbre de vivir, titulado La periódica necesidad de la incertidumbre, grandes descripciones geográficas de La Habana. Hay, con creces, una declaración de amor, de íntima infatuación erótica del escritor hacia la ciudad deseada, como una mujer de color soñada desde la adolescencia. Hay, desde luego, una suma de nombres que forman, para Caballero Bonald (y también para mí), la esencia literaria, intelectual, histórica de La Habana y de todo el archipiélago de Cuba. Hay la cita del gran Fernando Ortiz, el sabio que escribió Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar; hay el relato de un paseo (¿por el Malecón?), desde el Hotel Habana Libre hasta Habana Vieja, con Nicolás Guillén, que en aquel momento del viaje habanero de Caballero Bonald era el más popular y populista de los poetas cubanos; hay un elogio a La Habana cultísima, múltiple y mestiza en el elogio personal y literario a Alejo Carpentier, el barroco y sabio narrador de Los pasos perdidos, El siglo de las luces o El reino de este mundo; hay nombres de escritores que son la geografía escrita de La Habana y Cuba: Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Cintio Vitier, Lezama Lima (la visita del poeta andaluz, acompañado por Valente, a Trocadero 162, bajo, me parece deslumbrante), Pepe Rodríguez Feo, Fina García Marruz; hay una música mestiza en todos esos nombres, geografía e historia, física y química, filosofía y literatura de La Habana de Caballero Bonald, que forma parte de la mía.
La aventura con la mulata Hortensia describe en La Habana de Caballero Bonald un viejo deseo que el poeta de Jerez de la Frontera confiesa sin ningún escrúpulo: la necesidad que sintió desde su adolescencia por "yacer con mujer negra". En La Habana, a esta tipo de "fusión" se le dice "quemar petróleo", el que un blanco se sienta atraído por una negra o un negro se sienta atraído por una blanca, o "vicervesa", como diría el no menos habanero a pesar de limeño Alfredo Bryce Echenique. Cuando la mulata Horten?ia (o su hermana gemela) llegó a su destino (la habitación de Caballero Bonald), la policía le cayó arriba y le frustró el invento. Caballero Bonald lo relata con pena y rabia en su Habana particular, en su memoria plena de sentimientos y pasiones.
En cuanto al mestizaje de Caballero Bonald, no es una simple verbalidad para bailar, en medio de Europa, un guaguancó pasado por ron Matusalem. Es, en mi modo de ver (y porque lo siento así en mí mismo) una ideología viva, aquella que cree con Fernando Ortiz que las razas son un embuste, un invento de las clases sociales "superiores" para diferenciarse en su jerarquía y prepotencia. En Caballero Bonald, el mestizaje lo es, pues, de convicción, de sangre y de creencia. Y es la gran solución a las dudas de unos, los pusilánimes, y los crímenes de otros, los racistas. Por eso La Habana le brinda al escritor español todo el e?plendor del mundo, en sus calles, en sus gentes, en las maniguas cercanas, en sus plazas recoletas, en sus iglesias, en el paseo lento del día y la sombra sobre el asfalto urbano, en las músicas de los tambores batá.
Después de 1974, nunca volvió a Cuba. Y añade Caballero Bonald que "lo que pasa es que he seguido manteniendo con la isla una relación amorosa indeclinable, esa difícil querencia que incluye ciertos particulares rechazos, pero también el firme propósito de refutar los rechazos ajenos". Sé que lo cuenta es verdad. A mí me pasa lo mismo.
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