RASTROS, MARAÑAS, CONJETURAS
"Las horas muertas marcó la madurez del rumbo personal del poeta"
JOSÉ CARLOS MAINER
Las adivinaciones, su primer libro, salió en 1952 pero al releerlo, el poeta recuerda que "me pareció envarado" y lleno de "emergencias retoricas"". Lo confesó en sus memorias, Tiempo de guerras perdidas, pero ya al prologar Selección natural, la antología de su poesía en 1983, ya lo había visto y no sin motivo, "a medio camino entre la erótica religiosidad juanramoniana y el ritual panteísta alexandrino", con algunos rasgos discursivos de Cernuda y de las "maneras salmodiadas" de Luis Rosales. Y es que nuestro tiempo histórico escribe a menudo por nosotros, sobre todo cuando se tienen veintipocos años. El primer poema, "Ceniza son mis labios", avisaba cómo "en un oscuro principio, desde / su vacilante estirpe, cifra inicial de Dios, / alguien? el hombre, espera". El énfasis y la ambición son sarampiones de juventud pero también frutas de aquellos años confusos, aunque Caballero Bonald no tardó en apearse de la elocuencia. Si la "memoria" es una instancia personal que ya estaba presente en Las adivinaciones, su nuevo libro de 1954 se llamó Memorias de poco tiempo y esta toma de posesión de sí mismo tuvo consecuencias: "mi propia profecía es mi memoria", dice en "Ciego camina el cuerpo idolatrado"; "somos el tiempo que nos queda", enuncia el título de otro poema que, no por casualidad, estaba destinado a serlo de su poesía completa en 2007. El cuerpo como presencia en el mundo, ese mismo mundo como apariencia placentera y armoniosa, la aceptación de la impureza y de la transgresión como formas de vida, significaron el paso a un mundo adulto, con ecos del malditismo?romántico. Y la aprobación de un modelo vital, mitológico, el de Narciso, antecedió a la de otro que estructuraba el breve poemario siguiente, Anteo (1956), quien –como es sabido– fue el héroe que en la contienda cobra nuevas fuerzas al tocar la tierra (no mucho después vendrá el mito de Cloto, la Parca hilandera). Uno y otro libros presagiaban el tercero que ganó el Premio Boscán y el de la Crítica, Las horas muertas (1959), que marcó la madurez del poeta y de su rumbo personal. Las horas muertas significó lo mismo que Moralidades para Gil de Biedma, Metropolitano para Carlos Barral, Conjuros para Claudio Rodríguez o Sin esperanza, con convencimiento para Ángel González: una ratificación vocacional y un cambio de perspectiva, en libros "enmarcarcados en un momento de crisis personal y de notables averías en las defensas del ciclotímico", como dice nuestro poeta de sí mismo en Tiempo de guerras perdidas. El poeta ya sabe de dónde viene, o a dónde vuelve, porque "nivelo mis memorias y esperanzas" y porque –como en "Diario reencuentro"– "únicamente soy / mi libertad y mis palabras", ahora que "la tierra genital, los estandartes / clandestinos del sueño, la prohibida / palabra, perseveran". Y es que el abigarrado referente natural –la copiosa vegetación, el cerrado patio doméstico, la noche tentadora– ha cobrado una fuerza singular y en un precioso poema baleárico, "La cueva del siurell", el signo inspirado? de lo primitivo –vinculado a Joan Miró, pero también a la herencia surrealista– se hace muy patente: no estará de más recordar que en fechas algo anteriores Antonio Saura había buscado los orígenes mágicos de la abstracción y el grupo barcelonés "Dau al Set" había hecho la misma tarea al vincular surrealismo y expresionismo.En 1963, la inolvidable colección "Colliure" –hermandad de la poética insurrecta– le publicó Pliegos de cordel, cuyo título veía "por demás encorsetadamente populista" (escribió en La costumbre de vivir). Y, sin embargo, es difícil sustraerse al testimonio de quien confiesa que "supe / que de verdad habíamos perdido" una guerra civil, cuando comparaba los dos recuerdos de Rosa: la bulliciosa y joven criada del año 37 y la prostituta en un burdel. El poema se parece, y no es demérito, a alguno de 19 figuras de mi historia civil, de Barral, igual que "El papel del coro" recuerda la irónica cavilación de "El arquitra?e", de Jaime Gil… Puede que estemos hoy muy lejos de aquella compunción, pero nunca se puede ser ajeno a la pregunta de si "¿merezco yo gritar mientras escribo / sin saber hacia quién, cómplice / de mi propio atestado, y se me llena / de impune virulencia la razón?".
En 1983, al prologar Selección natural, "Descrédito del héroe" le resultaba, sin embargo, "el texto poético mío por el que siento mayor predilección". Emparentado por las fechas con la novela Ágata ojo de gato, también lo estaba con su "tendencia al empleo alucinatorio de la expresión" y con la "representación, a ritmo sincopado, de algunas insanas mitologías adheridas a la historia contemporánea". Y en verdad que aquel paraje, inspirado en el coto de Doñana, coincidía llamativamente con el mundo claustrofóbico de El otoño del patriarca, de García Márquez; la cerrada comarca de Región, inventada por Juan Benet; la Tarquinia fúnebre y oscura de Antonio Colinas; en los primeros años setenta, todos fueron espléndidas metáforas de la atmósfera mefítica del franquismo final. Esa misma función tuvo esta "gestión de simulacros" de Caballero, llena de camas deshechas y contumacias en el pecado, alusiones a mudos exóticos y putrescentes, a lecturas de Henry Miller, Lawrence Durrell o Constantin Cavafis, enhebradas todas por una suerte de tristeza?animal y corregidas por una violenta imaginación sarcástica.
El libro venía oportunamente a destituir la última herencia de la literatura realista y comprometida: el héroe, doliente pero digno. Y el poemario siguiente, Laberinto de fortuna (1984), conquistó la arbitrariedad de los escenarios, la coherencia de los delirios y –como homenaje a Juan de Mena, inventor del título– la sustitución de un "vocabulario común" por "la singularidad de un estilo". Trece años después, el Diario de Argónida (1997) se escribió bajo el dúplice signo de la belleza del lugar del reposo y la conciencia de un final, cuando "los dioses son ya pocos y penúltimos". La fatiga de la escritura ocupa un lugar preferente: en "Premeditación", se advierte que es "mejor dejar que el tiempo actúe solo. / También por omisión se escribe un libro" y en "Autoservicio epistolar", se sospecha que "la literatura se parece a una carta / que el escritor se manda sin cesar a sí mismo". Inevitablemente, la poesía de Caballero Bonald dese?bocaba en un Manual de infractores (2005), donde nadie debe confundir con húmedas nostalgias el orgullo melancólico de haber vivido. Este poeta ha tenido revelaciones del sentido del mundo en Siria, en Mesopotamia, en las islas Galápagos y, por supuesto, en la tierra que llama Argónida. Y sabe lo que invoca cuando concluye demandando "la transparencia, Dios, la transparencia". No es una experiencia mística, sino el don de la sencillez: "la clave venturosa de la vida" que puede caber en "unos ojos pendientes de los míos"; el regalo de la "es?lava manumisa" que vende abalorios en Esmirna, Palermo, Basora, Medellín o Sanlúcar; la Música en la que cabe el mundo entero o aquellos "músicos, callados contrapuntos" que provienen del famoso soneto quevediano "Retirado en la paz de estos desiertos", como tantas otras citas oportunas que engasta en títulos, versos y colofones. La "Summa vitae" nos dice que "de todo lo que amé en días inconstantes / ya sólo van quedando / rastros, / marañas, / conjeturas, / pistas dudosas, vagas informaciones". Pero, ¿cuándo la verdadera poesía ha sido otra cosa?
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