CABALLERO BONALD
"La poesía me rejuvenece, me reconcilia con mi presente"
GUILLERMO BUSUTIL
José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) es una voz imprescindible de la literatura contemporánea. Con más de cuarenta libros publicados y numerosos premios, como el Reina Sofía de Poesía, el de la Crítica o el Nacional de las Letras, el poeta y narrador gaditano continúa ilusionado e inmerso en la redacción de un nuevo libro, tras la publicación de sus últimos poemas en La noche no tiene paredes y la revisión de sus dos tomos de memorias bajo el título Novela de la memoria (Seix barral).Su último libro, La noche no tiene paredes, es un inventario de su obra poética y también un repaso de su vida a través de las preguntas y de las dudas que plantea. ¿No es un planteamiento más filosófico que poético?
Las preguntas que se hace la poesía son a veces las mismas que se hace la filosofía. Yo llevo años haciéndome preguntas, sobre todo en mi último libro, al que incluso pensé llamar El libro de las preguntas. O sea, que me hago muchas preguntas que no sé contestar. Y eso me estimula y de paso fomenta mi incertidumbre, que no es mala compañera. Con los años me he vuelto más escéptico, más descreído, y cosas a las que antes no atendía, ahora constituyen una parte principal de mi pensamiento. Esas preguntas, sobre todo las incontestables, son como el corolario de las dudas que tengo sobre tantas cosas. El que está seguro de todo es un imbécil.
Usted ha definido en más de una ocasión que la poesía es una ocupación violenta de la memoria. Sin embargo en este libro hay mucha serenidad a la hora de evocar.
La memoria es un artilugio muy enrevesado, muy complejo. Las cosas que se olvidan voluntaria o involuntariamente, los recuerdos inventados, los recuerdos ajenos de los que uno se apropia, dependen de ese funcionamiento enigmático de la memoria. La memoria es para mí el factor desencadenante de la acción poética. No en vano los griegos la llamaban Mnemosine, la madre de las Musas. Si escribo es porque me acuerdo de lo que he vivido, aunque luego ese recuerdo se transforme, se modifique a través del propio p?oceso creador. Las memorias son un género de ficción, igual que la poesía, que se inventa sus propias verdades. También la verdad se inventa, decía Machado. Yo, a medida que escribo el poema, me voy inventando una serie de hechos presuntos que circulan por el trasfondo más o menos creíble de mi memoria...
La identidad es otra parte fundamental en este libro y en casi toda su obra.
Sí, creo que sí. En mi obra hay mucho de búsqueda de tu propia razón de ser, de esa tentativa de llegar a saber quién eres. A través de los años he venido preguntándome quién soy, por qué escribo, en qué consiste esa forma de expresión de mi identidad, por qué lo hago. Estas preguntas las contesto inventándome a veces un personaje, otra identidad, y otras veces ese personaje adquiere vida propia y se parece a mí en el fondo. Algo por cierto muy borgiano... "Yo, que tantos hombres he sido"... Cuando recuerd? cómo era yo hace años, por ejemplo durante el franquismo, me veo muy defectuosamente, como si fuese otro personaje andando por ahí, intentando justificarse a sí mismo a través de la actividad política. Toda esa retahíla del yo múltiple, o algo así. Con los años todos esos personajes que he venido siendo van confluyendo en uno solo: en el anciano que dormita a la sombra de un árbol o que hace recuento de su vida mientras cae la tarde, lo que tampoco es ninguna buena solución.
En este balance de su vida, que en ocasiones suena a despedida de la poesía, ¿ le ha influido la desaparición de su amigo Ángel González?
Cuando escribo un libro siempre pienso que tiene un cierto carácter testamentario, que cada poema tiene algo de última voluntad, como si pensara que lo último que he escrito es lo último que escribiré. Pero cuando el libro se publica y anda por ahí, me acosan otras vez los incentivos de la poesía escrita... Como ya no tengo ni tiempo ni ganas de escribir el tercer tomo de mis memorias o alguna otra novela, he regresado a la poesía, a lo que la poesía tiene de curativa. La poesía me rejuvenece, me hace pens?r que estoy haciendo algo que me justifica, que me reconcilia con mi presente.
Entonces ha recuperado esa fe en la poesía que solía perder constantemente, como ha dicho tantas veces.
Sí, digamos que he recuperado esa fe y que, por tanto, vuelvo a escribir poesía... Ando indagando en un nuevo sistema poético, nuevo para mí, claro, planificando una especie de biografía por capítulos, en versículos, sin puntuación, acogiéndome a una tradición que no es la que yo más he frecuentado.
La noche es un término muy presente en su obra. ¿Es el símbolo de su heterodoxia, de su hedonismo o se trata de la fascinación por lo desconocido?
La noche es una metáfora de muchas cosas. Puede ser una imagen de la libertad, de la aventura, de la incertidumbre. Por ahí andan los recuerdos de muchos años de convivencia intrincada con la noche. Hay un poema sobre el significado metafórico de la barra de un bar, la concentración nocturna de lo disperso, esa especie de posibilidad de encontrarse con algo insólito, no sé, de descubrir un mundo ignorado, de asomarte a una sorpresa, a un secreto. En esa forma de trasnochar, y de beber, está muy presente Án?el González. Su pérdida me afectó mucho y por eso hay en este último libro más de una evocación melancólica.
La noche...puede leerse igualmente como un álbum de sus influencias. Rimbaud, los místicos, Góngora, Juan Ramón Jiménez...
Yo escribo poesía porque primero leía unos poetas que me cautivaron, que me hicieron sentir una emoción distinta a la que había sentido hasta entonces. Me pasó con Juan Ramón, con Cernuda, con García Lorca, con Vallejo, con Rimbaud, con Mallarmé... Y todo eso muy mezclado también con Góngora, en cuyas Soledades me adentré como si me adentrase en una selva en la que de repente me perdía y donde de repente aparecía una luz, un claro donde descubría una belleza desconocida que me deslumbraba. Mi poesía depende obviamente de la poesía de los poetas que más cosas me han enseñado y, claro, ellos también están presentes en este libro. Una última fascinación ha sido la relectura de los místicos, el redescubrimiento emocionante de San Juan de la Cruz, de Miguel de Molinos o del sufismo, de Ibn Arabí, de Rumi... Con ellos?he entrado más adentro en la espesura...
Esta influencia de los clásicos no suele estar muy presente en la obra de los poetas jóvenes.
No sé, a mí me parece que últimamente los jóvenes están recuperando, por ejemplo, ciertos recursos del barroco. Eso me parece bien, más que nada porque se apartan un poco de los cánones del realismo más plano, más explícito, que es un género que me interesa muy poco.
Y también está presente el homenaje a las palabras : "vengo de una palabra y voy a otra / errática palabra y soy esas palabras / que mutuamente se desunen y soy / el tramo en que se juntan..."
Cada vez tengo más claro que la poesía es un hecho lingüístico, un acto de lenguaje. Las palabras son las que van creando una verdad poética que no es previa al poema, sino que se pone al descubierto a medida que se escribe el poema. Cuando ando por ahí, en los momentos más imprevistos, más inoportunos, se me ocurren dos o tres palabras juntas que tienen un acento distinto al habitual y a partir de ese episodio lingüístico voy desarrollando en la memoria como un primer verso posible de un poema. De modo qu? es la palabra la que está funcionando con independencia del tema. Por lo común el tema puede llegar a ser el elemento superfluo de un todo fundamentalmente definido por el tratamiento que se le dé.
Esto tiene mucho que ver con su idea de que la poesía es una mezcla de música y de matemáticas.
Sí, algo así. La música tiene mucho que ver con la armonía, la cadencia, el despliegue rítmico del poema, y las matemáticas con el rigor necesario para poner en pie ese poema, para equilibrarlo, para que su estructura funcione con cierta eficacia artística.
La poesía ha sido para usted un viaje, desde sus inicios en el barroquismo hasta la sencillez actual.
El barroquismo me ha interesado siempre como la búsqueda de ese adjetivo indispensable, insustituible, insólito, que hace que el sustantivo tenga un sentido distinto. Suelo repetir que hay que intentar que la palabra signifique algo más de lo que significa en el diccionario. Eso es para mí el barroco, el que aprendí de Góngora, de Soto de Rojas, de Bocángel, incluso de Valle-Inclán y hasta de Neruda, de Onetti, de Rulfo, de Lezama... El barroco es una constante histórica y todos esos escritores buscaban un? belleza expresiva que no tiene nada que ver con la verbosidad, con el barroco entendido como una complicación léxica, como una acumulación de bellos términos para llenar un vacío. Es cierto que ahora me he vuelto más austero. Ha sido una evolución muy deliberada. Todo poeta tiene que evolucionar para no convertirse en una momia andariega. Esa búsqueda de una expresión más escueta, digamos que más reconcentrada, es muy visible en mi último libro.
La pintura es una disciplina que impregna su narrativa. Incluso ha pintado a lo largo de su vida.
Siempre digo que no soy un pintor frustrado, sino un pintor muy poco conocido. En una reciente edición de prosas mías dispersas aparece una selección de mis dibujos. Siempre me ha interesado mucho la pintura, incluso he escrito bastantes comentarios sobre pintura. No hay nada que me tiente más cuando escribo que la descripción de un paisaje, ya sea real o inventado, sus peculiaridades, su flora, sus sombras, sus luces. Me llaman mucho la atención los elementos paisajísticos y procuro transcribirlos buscand? equivalencias entre el valor pictórico y el valor literario.
Usted ha afirmado en ocasiones que ha acudido a la novela como una forma de defensa contra las ofensas de la vida. ¿Quiere decir que en la narrativa puede uno posicionarse más que en la poesía?
Para escribir poesía se necesita un estado de ánimo especial, un tono, un apego sensible por esa expresión escrita. Además, siempre se escribe a favor o en contra de algo. Decía Pavese que la literatura era una forma de defensa contra las ofensas de la vida. Es verdad, siempre hay muchas cosas de las que defenderse. Por ejemplo, del gregarismo, los fanatismos, la sumisión, la injusticia, todo eso que tanto abunda por ahí y a lo que me opongo a veces escribiendo un poemas o una novela, según como ande de re?lejos. O de estímulos...
¿En la novela es donde más ha experimentado su relación con el lenguaje?
Pues no lo tengo muy claro. Ágata, ojo de gato, por ejemplo, es una novela con algo de poema dramático en el que me considero muy bien representado, muy bien expresado, porque trabajé a fondo en la capacidad poética de las palabras. El lenguaje de esa novela me sigue pareciendo una formulación de estilo de la que me siento muy satisfecho. Por supuesto que algo así me ocurre también con algunos poemas.
¿Escribir es ponerse a prueba a uno mismo continuamente?
La escritura tiene para mí algo de justificación personal. Y eso también quiere decir que me pongo a prueba a medida que escribo, sobre todo porque estoy intentando autodefinirme, conocerme a mí mismo, sacar a flote mi manera de ser, mi pensamiento moral, mis manías, incluidas las persecutorias... Cualquier psiquiatra que revise mi obra descubrirá cosas que a lo mejor yo no pongo de manifiesto, pero que están ahí... Saber eso a lo mejor puede resultar incluso desaconsejable.
En unas Jornadas sobre la narrativa actual, organizada por la Fundación Lara, usted señaló que las nuevas generaciones indagaban poco en el lenguaje y en los argumentos. ¿Sigue pensando lo mismo?
Mis juicios han cambiado algo en este sentido. Es verdad que hace unos años pensaba que la literatura iba por un camino muy manoseado, que estaba repitiendo modelos consabidos que venían del XIX, del naturalismo, de las pautas realistas, apoyadas sobre todo en la narratividad, en el coloquialismo. Todo eso me ocasionaba cierto desánimo, pero últimamente se ha producido como un viraje, un cambio de sentido en ciertos poetas jóvenes que están indagando nuevas capacidades expresivas. También en narrativa hay ?utores que me parecen muy capaces en este sentido, sobre todo porque están abandonando los esquemas más simplificados del realismo. Ya se sabe que la literatura no es una copia de la realidad, sino una versión de la realidad.
A cada época le corresponde una poesía. ¿Cual seria la idónea para estos tiempos?
Pues quién sabe. Si atendemos a esa correlación entre literatura e historia, a esta época le correspondería una poesía que no se cultiva. Es como si todo eso del compromiso perteneciera a una exigencia moral frente al franquismo y pare usted de contar. Y ahora hay asuntos tan escandalosos desde el punto de vista de los derechos humanos que merecerían una respuesta literaria que no se produce. Quizá dependa de esa evolución acomodaticia de los intelectuales. Casi han desaparecido los críticos de la vida, de?la sociedad, de la cultura. A lo mejor todo eso se debe a la alarmante tendencia a la derechización, al conformismo, a la anemia ideológica que estamos viviendo.
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