PARÍS NO ES UNA FIESTA

La vida atribulada de los clochards en la Francia de Sarkozy

PEDRO ÁNGEL PALOU

En la Francia mortal de Sarkozy –la Francia inmortal de Hugo la conservo en sus libros– los migrantes somos gente de segunda. Sujetos a no ser entendidos nunca, a vivir apestados incluso entre los otros. En sus edificios. Porque París es, sobre todo, vivir en edificios, al arbitrio de las atribuladas porteras portuguesas que asumen su papel de dictadoras en medio del batiburrillo étnico y de edades de esos universos en miniatura. Y al salir del preciado portal,  la ciudad de Paris es sobre todo los bajos fondos, siempre tan literarios. Una ocasión compré en mi súper –Leader Price, de marca libre– entre un africano que sólo tenía diez euros para comprar veinte latas de leche evaporada y no pudo llevarse un estuche para su hija que revisó con amor durante el tiempo que hizo la cola, y un clochard francés  absolutamente ebrio y sucio. Yo mismo asumo actitudes de clochard, me encuentro juguetes en la calle que escojo para Lucía, mi hija (hay que tener un ojo entrenado, solamente, he llegado a obtener incluso bibliotecas infantiles en buen estado), e incluso ya hallé una cachucha kangol para mí en una acera cerca de Notre-Dame. Es sólo cosa de lavarla bien. “De rector a vagabundo”, dice mi mujer que podrían escribir en el periódico los nuevos titulares. Los niños han conocido los rigores de la escuela pública –dos niñas árabes sin ninguna escolaridad previa han aprendido que no pueden defecar en el salón después de muchos intentos, pero le escupían a Andrés mientras el padre le gritaba con violencia a la salida. Los amigos de Antonio, el mayor, eran dos afroamericanos de madre norteamericana con nacionalidad francesa. El diálogo cesó cuando Antonio se dio cuenta de que su amigo Malick le mentía consuetudinariamente: viven en un logement social a unos pasos de nuestro edificio en el que también habita un enfermero en paro que vive sólo de cobrar sus pensiones al estado –es más joven que yo– y cuya hija menor, Juliette, tiene la cabeza, permanentemente infestada de liendres. Desde entonces sus únicos amigos son un niño y una niña colombianos, Jerónimo y Laura, cuyos padres estudian biología y economía, respectivamente. Ellos también son hábiles pepenadotes de muebles entre los basureros de los batiment. El euro a la alza obliga, además, a algunas tretas como ir a las diez los sábados al supermercado a comprar los lácteos que caducan en uno o dos días a mitad de precio.  La locura es cosa de todos los días en el París sin fiesta de inicios del siglo XXI. En el autobús me topo un loco al que no le había hecho efecto la pastilla y que gritaba en lo que llegaba a su cita con el psiquiatra. El chófer pateó la puerta dos estaciones después, porque no cerraba (o porque tampoco le habían dado su pastilla, yo qué sé). Salimos en bicicleta por el Sena, a ver las esclusas. En el camino las casas rodantes de los clochards. Uno de ellos tiene un enorme perro de peluche para cuidar su entrada. Hablando de este gremio tan distinguido nos hemos topado con uno que tiene celular y fuma pipa afuera de un Champion.

El banlieu y la migración religiosa terminarán por explotar un día, es inevitable. Nuestros amigos son, obviamente, latinoamericanos. La mayoría estudiantes pero tuvimos que ayudar a la mamá de una compañera de Antonio y Andrés, boliviana, que estaba siendo amenazada de deportación. Nos dimos cuenta en los retazos de una historia, que la mujer huye de su país en el que ella dice haber presenciado un asesinato, pero quizá ella misma estuvo involucrada. Quién sabe. Leía yo el último tomo de los diarios de Trapiello, que tanto admiro, La manía. En él describe una Navidad en la que invita a una amiga colombiana a la que se le rompió la vida en su país como una tetera. Lo que dice Trapiello es que no entiende por qué ha ido a España a reconstruirla si, además, se le quedó el pegamento en Colombia.

Así me siento yo en este París muy lejos de Cortázar o de los años locos en los que Miguel Ángel Asturias disfrutaba. La vida se me rompió en México y allí se me quedó el pegamento. Aquí soy un rompecabezas maltrecho. Aceptémoslo, París ya no es una fiesta. O quizá sí, sólo para los clochards, sobre los que no quiero dejar de emitir mi conclusión preliminar. Aceptemos sin conceder que Emil Cioran tenía razón cuando afirmó que ser clochard es llegar a lo más bajo de la escala social (conozco algunos políticos y académicos que sin abandonar la casa o el presupuesto son algo así como protohomínidos) sólo para interrogarnos, no sin estupor, para qué demonios quiere un vagabundo un celular.

Me explico: de entre todos los tipos de clochard que he visto en estos meses y que a continuación referiré, me topé con el más curioso, a quien ya he hecho referencia más arriba. Sean Pean podría hacer una película con él: un vagabundo con celular que bien podría haber tenido una camiseta con el logo de Nokia: Connecting People sin que hubiese contrastado en lo más mínimo con su porte.

Los he visto y las he visto de todo tipo. En la esquina de donde vivo, por ejemplo, encima de la rejilla del metro, duerme todas las noches una pareja absolutamente beoda. Se instalan desde las siete de la noche y se tienden sobre el suelo apenas con unos trapos sucios debajo, por toda compañía su infaltable cerveza de lata. Otro más sube todos los días después de las diez al autobús 91 en la parada de la Ópera. Es oriental y no habla francés. Ha cubierto sus piernas con plástico y de ellas se desprende un tufo que marearía al más pintado. Tiene una amiga curiosa, una elegante francesa que fatiga las mismas estaciones –joven, bella– y que siempre conversa con él. Ella parece pertenecer a Greenpeace, él, bueno, él… coquetea con ella every bloody night in english, tirándole los mismos piropos desabridos que ella esquiva como una antigua aristócrata a los leprosos. Finalmente se cansa del olor y se baja cerca de la Gare de Austerlitz.

Yo no me puedo bajar, no por ahora. Y de la realidad me sumerjo en la literatura, regreso a las cloacas más bellas que ha dado novela alguna: a Hugo, a sus Miserables, fiesta de la historia, resaca de la modernidad ya tan tardía.