INVITADOS ÍNTIMOS
El lector de Muñoz Molina tiene la sensación de entrar a formar parte de la ficción y también de su mundo real.
WILLIAM SHERZER*
Es difícil, por lo muy subjetivo que es este tipo de indagación, discernir por qué ciertos autores tienen más éxito que otros, no solamente a nivel comercial (donde sí se pueden descubrir razones explicables), también entre el lector iniciado, y lo que es más importante, dentro del famoso canon, en la acogida por parte de críticos literarios y profesores de literatura. Este es el caso de Antonio Muñoz Molina, autor de gran éxito, con obras muy vendidas y traducidas, miembro de la Real Academia y autor con gran aceptación en las aulas universitarias de todo el mundo. En este artículo destacaré algunos aspectos del autor y de la persona que han contribuido a la definitiva consagración de este todavía joven autor.
El que conoce a Antonio Muñoz Molina aprecia en él fácilmente dos fenómenos que están en la base de su éxito como escritor: una gran curiosidad intelectual y una humildad igualmente grande, que vienen a ser la fuerza motriz de la impresionante cultura que luce. Pocos autores demuestran tanto conocimiento de la literatura, el arte y la música mundiales, y los que leemos asiduamente la ficción y los artículos de Muñoz Molina nos beneficiamos de las directrices culturales que sus escritos nos ofrecen. Conversar con él, al igual que la lectura de sus interesantes artículos, es entrar en una enciclopedia de la cultura, donde el interlocutor, a la vez que aprende también se encontrará interrogado, por un autor que siempre está en busca de algo más. Para una persona con tantos intereses, el contacto con Nueva York ha sido fundamental. Llegó por primera vez invitado por el Instituto Cervantes, donde participó en una mesa redonda con Lourdes Ortiz, Bernardo Atxaga y José María Guelbenzu. Pronto pudo volver a la ciudad, después de un simposio en la Universidad de Ohio State, y allí, de la mano de Elvira Lindo, pudo descubrir algunos de los aspectos de la ciudad que no suelen salir en las guías turísticas y que tanto le fascinaron, como la antiquísima taberna irlandesa McSorley’s y algunos lugares del Greenwich Village que antiguamente frecuentaban los escritores beat, cuyas obras el autor ya conocía. Unos años más tarde volvieron para una temporada más larga, al incorporarse Muñoz Molina en el Programa de Estudios Hispánicos y Luso-Brasileños del Centro Graduado de la City University de Nueva York. Allí, en dos cursos, los estudiantes del programa disfrutaron inmensamente de sus clases dedicadas a la creación literaria, y algunos cuentos que escribieron y publicaron son testimonios del éxito que tuvo Muñoz Molina como profesor. En efecto, pudo pasar otro curso enseñando en la Universidad de Virginia, y actualmente, ya afincado en la ciudad, es profesor invitado en la Universidad de Nueva York.
Servir dos años como director del Instituto Cervantes neoyorquino le brindó la oportunidad de seguir disfrutando de la amplia oferta cultural de Nueva York. Además del mundo de jazz, la música clásica y la ópera (en sus escritos el lector verá la importancia para él del Lincoln Center), su puesto de director le permitió acercarse a un gran número de escritores, Philip Roth, Norman Mailer, Paul Auster, por ejemplo, cuya lectura ya había desempeñado un papel muy importante en su formación literaria. Los conoció y los llevó al Instituto para que otros también los conocieran. Sin duda, la experiencia neoyorquina fue y continúa siendo una gran aportación a la vida personal e intelectual de Antonio Muñoz Molina, aportación que él transmite constantemente a los que le conocen, en persona o a través de su escritura.
CERCANÍA ENTRE AUTOR Y LECTOR
Al leer la extensa obra de Muñoz Molina, muchos lectores y críticos han intentado precisar cuáles son las obras que más claramente definen el quehacer literario del autor. Dados sus muchos libros y también su enorme producción de artículos, generalmente reproducidos en forma de libro, la tarea no es fácil. La variedad en los dos géneros es grande, y se impone ante el investigador que intente crear una semblanza de este autor basada en la totalidad de su obra. Si bien en sus tres primeras obras Muñoz Molina demuestra la capacidad artesanal de un novelista que se ha planteado cierta tarea literaria, la de dominar distintos subgéneros dentro de la novelística, es con El jinete polaco, con la que el autor abandona la relativa neutralidad de las obras anteriores para insertarse en sus novelas, rondando, si se quiere, detrás del personaje de Manuel. Sin duda esta novela representa el punto de cambio más importante en su trayectoria novelística, que abrirá el camino para otras obras aún más autobiográficas, como El dueño del secreto y Ardor guerrero, obra esta segunda que, si bien al principio Muñoz Molina declaró novela, al final decidió describirla como recuerdo autobiográfico. Aunque esta incursión del autor en sus novelas la encontramos una y otra vez, hay dos que destacan al recordarnos cuál es la relación del escritor con su entorno y quién es ese autor, emocional e ideológicamente: Plenilunio y Sefarad. La primera constituye la vuelta a Mágina, la Úbeda ficticia de Beatus Ille y El jinete polaco (y más tarde El viento de la luna) a la vez que constituye la vuelta a la influencia faulkneriana, a la de Luz de agosto, si buscamos una obra en particular. La segunda nos sirve para recordarnos enfáticamente quién es este novelista, ideológica y humanamente. Se podría mantener que en Sefarad Muñoz Molina nos presenta, con la filosofía humanitaria que yace detrás de casi todo lo que escribe, ese respeto por los que viven según sus ideales, y el sufrimiento que han experimentado precisamente por mantenerlos, quizá mejor demostrado en el caso de Willi Mümzenberg.
Y por último, hay que considerar la cercanía que se produce entre autor y lector en el caso de Muñoz Molina. Este autor esgrime la rara capacidad de mantener ante su lector una doble perspectiva, un tipo de paralelismo, en el cual la realidad está pero no está, ya que vive dominada por la ficción que utiliza aquella realidad como punto de partida. De la misma manera, el autor está pero no está. El lector puede siempre regodearse en la ficción, pero con la simpática sensación de que este novelista que le regala esa ficción también lo invita a entrar en su mundo real y personal para poder decir, al terminar la lectura, que ha conocido de forma íntima al autor de la novela que ha leído, como lo ha explicado tan claramente Justo Serna en su excelente libro sobre Muñoz Molina.
Y de la misma manera que está pero no está, también hay personas que se convierten en personajes, y que aparecen como quienes son pero también como los personajes que Muñoz Molina quiere que sean. Aveces puede ser una ligera mención, una manera de señalar la existencia de alguien que importa para el autor, como encontramos a veces en los artículos suyos y también en los de Elvira Lindo. Es más, como vemos en Ardor guerrero, en el caso de Pepe Rifón, o como en el emotivo homenaje a su padre, al sacarle de la Úbeda real para insertarle en Mágina, en su mundo personal de ficción. Se trata de un último homenaje al incluirlo en ese mundo tan verosímil, por no decir real, y tan ficticio a la vez, tan suyo, un mundo que abarca varias novelas y en el cual el padre se eterniza. Así es el regalo que Muñoz Molina le ofrece al lector: el placer de la lectura, de la ficción, pero también una grata sensación de haber sido invitado a formar parte de ese mundo ficticio.
(*) Profesor de Literatura española en el Brooklyn College de la City University of New York.
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