MENUDAS HISTORIAS

"En las novelas de Muñoz Molina hay una autoficción constante, es el examen adulto de experiencias pasadas"

JUSTO SERNA

Es cierto, a muchos de nosotros nos gustaría vivir en el pasado inmutable de nuestros recuerdos”, dice Sacristán, un personaje creado por Antonio Muñoz Molina para su novela Sefarad (2001). Desde luego, esa meta, que resulta materialmente imposible, es un trastorno frecuente en sus obras. Bastantes personajes suyos tienen muy presente un pasado que subsiste emocionalmente en los objetos y en las personas. A él querrían regresar. Pero el sentido de las cosas no es necesariamente el que luego tendrán, cuando se recuerden. Algunos de esos personajes se empeñan en añorar aquel tiempo pretérito “que parece repetirse idéntico en los sabores de algunos alimentos y en algunas fechas marcadas en rojo en los calendarios”, añade Sacristán. Ahora bien, conforme envejecen, lo vivido se diluye y la memoria sólo retiene una parte infinitesimal de lo que han hecho, experimentado, imaginado: algo que no se parece al “pasado inmutable de nuestros recuerdos”. Todo se difumina, pierde sus contornos y aquello que rememoran es ausencia. En efecto, como admite Sacristán, “sin darnos cuenta hemos ido dejando que creciera dentro de nosotros una lejanía que ya no remedian los viajes tan rápidos ni alivian las llamadas de teléfono que apenas hacemos ni las cartas que dejamos de escribir hace muchos años”.

Sacristán es un individuo que ya está en la crecida de la edad. Es un parado de larga duración, alguien nacido hacia 1956 en una población del sur, quizá la Mágina que Muñoz Molina concibió para sus novelas principales. Ahora vive en Madrid, la gran urbe, un vertedero o un crisol, y allí frecuenta la Casa Regional para no olvidar todo lo que dejó atrás, para revivir la nostalgia de un tiempo más o menos antiguo que es también la añoranza de un espacio remoto, prácticamente arrasado. Echa en falta un pasado y una ciudad que ya no existen, los de su infancia: los sabores de una gastronomía que se pierde, los tronos de una Semana Santa que ya no despierta la misma pasión. Acude a las comidas de hermandad que convoca la Junta Directiva de esa Casa Regional y ve con tristeza el desinterés de sus hijos, que ya no comparten sus mismas referencias. Sacristán sobrevive penosamente como vendedor a comisión: comercia con materiales de autoescuela, una tarea menesterosa, y su existencia es un agitado ir y venir. No ha perdido la esperanza de la redención. Una mañana ve a Mateo Zapatón en la plaza de Chueca. Es un hombretón, un personaje de su niñez, ahora envejecido, un zapatero remendón a cuyo obrador acudía solícito. Mateo parece desconcertado, ajeno. Sacristán lo aborda. ¿Lo reconoce? ¿No lo reconoce? Es un individuo fantasmal, alguien en quien Sacristán ve de repente todo lo que ha desaparecido: lo anacrónico, lo extemporáneo. Forma parte de su infancia remotísima, de su niñez y de su recuerdo, pero al observarlo ahora, desorientado, descubre lo que él mismo ha perdido. Desconocemos cuáles eran las metas de Sacristán, sus fantasías de juventud; ignoramos si se cumplieron. Todo parece indicar que no, que la vida ha desmentido buena parte de lo que Sacristán se propuso cuando emigró a Madrid. Por tanto, este personaje humilde es, en el fondo, alguien igualmente desorientado y patéticamente desplazado.

PESQUISA

Muchos personajes de Antonio Muñoz Molina se debaten entre el arraigo y el viaje, entre la memoria y el deseo, entre lo vivido y lo fantaseado: desde Beatus ille (1986) hasta El viento de la Luna (2006). Son soñadores y viven en perpetua contradicción: por un lado se deben a sus mayores, a la tierra, a la herencia; por otro lado aspiran a algo más, quizá una evasión. Algunos se rinden bien pronto: se anclan en lo pretérito o en el espacio obligatorio, el lugar al que estaban destinados. Otros se aúpan, se elevan y se afirman con exaltación y con dolor, viviendo la contrariedad, sintiéndose en parte culpables de una traición familiar. A pesar de residir en Madrid, a pesar de haber abandonado la ciudad meridional en la que nació, Sacristán es uno de esos personajes rendidos: un tipo abatido por el pasado con el que ahora fantasea. Cuando recuerda, no lo hace con objetividad, sino con esa melancolía por cosas que en parte nunca sucedieron. La reminiscencia las crea o las mejora o las agranda o las ensalza. En el fondo, Sacristán no ha abandonado su pequeña población, y su vida es la confirmación de una derrota. Éste es uno de los tipos recurrentes en las novelas de Antonio Muñoz Molina: el personaje del malogrado, el damnificado de provincias, tratado con ironía, con humor, con afecto.

Pero hay otros caracteres. Frente a estos individuos hay, efectivamente, personajes positivos y contradictorios. Muñoz Molina imagina sujetos quizá más audaces, sujetos que se sobreponen, que logran evadirse de lo obligatorio, de la memoria debida a los mayores: precisamente para hacerse a sí mismos, para tener una existencia justificada. Ése es el caso de Manuel, en El jinete polaco. Durante un tiempo sueña con extirpar toda raíz porque está o se cree apresado: se imagina un jinete en la tormenta, como en la canción de los Doors. También es el caso del joven protagonista de El viento de la Luna. Fantasea con los viajes interestelares, con la astronáutica: quiere arrancarse de la vida menuda y provinciana. Son tipos dañados por una autoconciencia culpable. La suerte de ambos personajes es la misma: durante su primera juventud escapan, pero luego, tarde o temprano, regresan para afirmar sus propias vivencias, para acarrear el pasado, para compartir la herencia inmaterial de sus mayores, a quienes finalmente ven con distancia, con orgullo y con ternura.

Las novelas de Muñoz Molina son eso y mucho más, pero siempre hay en ellas una autoficción constante, una pesquisa que es recreación: el autor se imagina en otros mundos, en mundos posibles, conjeturando las conductas que podría haber adoptado si hubiera estado allí: es el examen adulto de experiencias pasadas. Para la generación de Muñoz Molina, la adolescencia todavía era la época en que más novelas leíamos: la mocedad era ese tiempo de cambio, de trastorno y de crisis emocional y personal en el que muchos necesitábamos las ficciones para imaginarnos de otro modo. Queremos alejarnos del niño que hemos sido y emprendemos una huida, un crecimiento tumultuoso lleno de alteraciones apreciables e indescifrables. Nos vemos rodeados de adultos misteriosos o decepcionantes, de padres a los que reprochar algo y, a la vez, emprendemos un tanteo personal: buscamos al tipo experimentado y duro en el que queremos convertirnos. Es justo entonces cuando muchos leemos novelas –estamos en la edad de las novelas, nos recuerda Muñoz Molina–; justo cuando las grandes narraciones nos proporcionan lo que la triste, la amarga o la magra existencia no nos da: un repertorio de vivencias, de modelos que no hallamos en nuestros mayores. Leerlas es una manera de probar, de ensayar lo que la realidad no nos facilita. Ahora sólo falta madurar, regresar para apropiarnos de un pasado que también es nuestro, un pasado en el que abordar a los mayores con ternura e ironía, con la emoción fría de las cosas que Muñoz Molina despierta en sus novelas principales: en sus historias, menudas historias.

(*) Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, especializado en Historiografía e Historia Cultural. Autor de Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (Biblioteca Nueva, 2004).

LA METÁFORA DEL TANTEO

Lo que yo tengo, para empezar a escribir, no es una idea, una historia que se proyecta delante de mí como un paisaje, un tema, sino más bien un indicio, o una serie de indicios, de imágenes si quiere, que son como esas cosas que se palpan en la oscuridad, y que hay que seguir palpando, tanteando, para saber lo que son. Siempre me ha pasado así. Una idea, una imagen, son fértiles si permiten la cristalización de cosas que ya estaban en la conciencia o en el inconsciente, si permiten dar una forma a la confusión de las experiencias, los deseos, los recuerdos, etc. Lo que uno encuentra tanteando es algo parecido a una metáfora. Y el proceso para llegar a ese encuentro es sobre todo uno de alerta y paciencia. Entre la intuición de algo que puede llevarme a un libro y el principio de la escritura pasa mucho tiempo, cada vez más tiempo".

Antonio Muñoz Molina a Justo Serna, 6 julio 2004.