SEFARAD, MORADAS Y VIAJES

"En este despliegue de destierros la patria por excelencia parece ser la patria perdida"

ÁNGEL G. LOUREIRO

La dislocación del tiempo ocasionada por los cambios radicales sufridos por el mundo rural español a partir de los años sesenta es fundamental para entender la escritura de Muñoz Molina, pues esa aceleración vertiginosa del tiempo le da fuerza y dirección a sus obras, obligando al escritor a retornar una y otra vez sobre las consecuencias, positivas o negativas pero siempre decisivas, de una aceleración temporal inusitada sin la cual, por otra parte, es dudoso que Muñoz Molina hubiera llegado a ser novelista. Pero esa misma dislocación produce también un malestar radical, una imposibilidad de acomodación que caracterizará a muchos de los personajes de sus obras.James Clifford propone que repensemos las culturas como conjunciones de “moradas y viajes”, entendiendo viaje como ocasión de encuentro y comparación cultural, y morada como un emplazamiento que provoca una serie de contactos y traducciones: no hay morada que esté cerrada sobre sí misma, que no esté marcada por las huellas, los deseos o las promesas de viajes, pues las moradas siempre han estado constituidas por contactos, encuentros y entrecruces. Y los viajes no son un mero suplemento, algo que añadimos a lo que ya tenemos, sino que causan la formación de nuevos sentidos. Las raíces (las moradas) no preceden a las rutas (los viajes) y no hay moradas que no estén marcadas por entrecruces de viajes. En sus libros, Muñoz Molina muestra una verdadera obsesión por las raíces y las rutas, las moradas y viajes, el hogar, el pueblo y la patria, y también el tren, el hotel, el refugio, el escondite, el laberinto, la cárcel o el campo de concentración. Y así, el transeúnte y el viajero, el desarraigado, el expulsado, el perseguido, el refugiado y el excluido recorren, siempre con rumbo incierto, los mundos de sus novelas, culminando con ese prodigioso despliegue de destierros que componen la desolada Sefarad.Las moradas son prácticas de fijación, señala Clifford, principios activos de creación y canalización de deseos. La irrupción del progreso en el soñoliento mundo rural español de los años sesenta amplía las ventanas al mundo, crea nuevas posibilidades y genera nuevos deseos, pero no ofrece claros caminos a seguir en esa situación sin precedentes: no hay guiones sociales, historias que expliquen y que guíen, en esos tiempos trastornados, a los protagonistas jóvenes de las obras de Muñoz Molina. Si en lugar de nacer en 1955 Muñoz Molina hubiera nacido diez años antes, nunca habría llegado a ser escritor, no por falta de talento sino porque sería impensable que antes de los años setenta al hijo de un hortelano se le ocurriera siquiera la idea de que podría ser escritor, pues ése era un papel reservado para otras clases sociales. La política de un país no debe medirse sólo por sus grandes gestos y manifiestos, por sus leyes y sus prohibiciones, sino también por el tipo de ciudadanos que fomenta, por la medida en que posibilita que los individuos se conviertan en agentes de sus propias vidas, por la multiplicidad y riqueza de relatos de vida que pone en circulación y que posibilita a sus habitantes. Más allá de sus burdas y obvias imposiciones, una de las mayores insidias del franquismo fue el intentar formar sujetos obedientes pero nunca ciudadanos.Atormentado primero por el ansia de irse y, una vez lejos de Mágina, angustiado por la pérdida de su mundo pasado; extranjero fuera de su país, y extraño para el mundo que ha dejado atrás, el protagonista de El Jinete polaco vive en la tensión entre las ansias de marcharse y la ansiedad por lo perdido. Pero en Sefarad la morada ya no es tanto un lugar que se quiere abandonar como algo que se puede perder, y el narrador de Sefarad formula su extrañeza radical ya no en términos exclusivamente biográficos, como se hacía en El jinete polaco, sino por medio de identificaciones que conjugan lo nativo y lo extranjero: “eres el sentimiento del desarraigo y de la extrañeza, de no estar del todo en ninguna parte, de no compartir las certidumbres de pertenencia que en otros parecen tan naturales o tan fáciles… Eres siempre un huésped que no está seguro de haber sido invitado, un inquilino que teme que lo expulsen, un extranjero al que le falta algún papel … eres el negro o el marroquí que salta a una playa de Cádiz … el republicano español que cruza la frontera de Francia.” Sefarad podría interpretarse como una reescritura de El jinete polaco, igual que esta novela efectúa una relectura de El invierno en Lisboa y Beltenebros. Con cada obra nueva, Muñoz Molina amplia los sentidos de viaje y desarraigo.

Resulta obvia la importancia del tiempo en las obras de Muñoz Molina, pero en Sefarad se privilegia una temporalidad nueva, no presente en sus obras anteriores, y que estaría en consonancia con las transformaciones de las moradas y los viajes efectuadas en esa obra. Esta nueva temporalidad es en realidad una atemporalidad según la cual lo que importa no es cuándo sucedieron ciertas cosas, o incluso en el orden en que se dieron, sino lo que tienen de parecido entre sí. En Sefarad hay ante todo tránsitos, huidas, expulsiones y exclusiones, y cuando aparecen las moradas, o están pe rdidas, o están marcadas por lo efímero. La huida de la patria ya destacaba en las primeras novelas de Muñoz Molina, pero mientras que en ellas los personajes buscaban escaparse, para los de Sefarad la patria por excelencia parece ser la patria perdida. Pero Sefarad es también el nombre de una nueva patria transnacional, el nombre de una comunidad formada por los proscritos, los perseguidos, los huidos, los excluidos, los expulsados, los extraños, los desarraigados, los que, errabundos por voluntad o por imposición, han elegido, o se han visto forzados a elegir, las rutas sobre las raíces, el alejamiento sobre la cercanía, la distancia crítica sobre el agobio de lo familiar. Esa patria de los apátridas es una comunidad creada por el narrador a través de la escucha y la lectura de relatos (esa forma esencial y ancestral de viajar): lectura de Primo Levy, de Jean Améry, de las cartas de Kafka a Milena, de los libros de Chatwin, de los testimonios de Buber-Neumann y de Arthur Koestler, o escucha de los relatos de Ayala y de Pinillos.

De esa atención al otro y hacia el otro proviene el énfasis, sostenido en Sefarad, en los relatos contados en viajes, en las historias que cada persona con la que nos cruzamos lleva dentro, una historia que tal vez nunca será contada ni escuchada. La novela Sefarad es un diálogo con los ausentes: escrita a partir de Sefarad, de la patria de los proscritos y de los errabundos, es una escritura de viajes más que de moradas, un relato que narra viajes con acompañantes que en muchos casos son ya sólo fantasmas pero que, aún así, o tal vez por eso mismo, son para el narrador los guías más fiables. Sefarad es también viaje como contacto y confidencia, como contraste y traducción. Y es sobre todo el viaje de alguien que se esfuerza en escuchar y que, al escuchar los relatos de los otros, aprende también historias con las que poder contarse y entenderse a sí mismo.

(*) Doctor en Literatura por la Universidad de Pennsylvania,es catedrático de Cine y Literatura española contemporánea en la Universidad de Princeton.