ANTONIO MUÑOZ MOLINA
"El juego del novelista es saber las cosas que sucedieron pero ponerse en el lugar del que no lo sabe"
GUILLERMO BUSUTIL Y RICARDO MARTÍN
Entrevista de Guillermo Busutil y Ricardo Martín
Tres años de intenso trabajo diario de escritura e investigación simultáneas le han permitido a Antonio Muñoz Molina completar La noche de los tiempos, una novela sobre el amor, la pérdida y las personas divididas por dentro en una época de desmoronamientos y huidas.
La noche de los tiempos se abre con una frase de una carta de Salinas “¿será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?” que sintetiza la historia que narra. ¿Esas líneas fueron el punto de arranque, el chispazo?
Esta frase tuvo mucho que ver con el proceso de tanteo y con la búsqueda de documentación que me daban ideas para la ficción. Yo quería trabajar con los testimonios personales de las personas que vivieron esa época, utilizando sobre todo las cartas y los diarios, porque tienen la ventaja de la inmediatez; la memoria también, aunque en esta hay un proceso de elaboración a posteriori. Las cartas de Salinas, escritas aquel verano del 36 en el Wellesley College y dirigidas a su mujer, son muy interesantes porque reflejan la angustia de una persona que tiene una vida muy normal y que de un día para otro se le trastoca todo para siempre. Yo quería llegar a ese punto, a saber qué se siente de verdad en los momentos en los que suceden las cosas. Esto es casi lo contrario a la elaboración histórica que tiene la trampa de hacer que las cosas parezcan inevitables. Por eso es tan ilustrativo leer los periódicos, los diarios de una persona que son el testimonio de que las cosas no tenían que ocurrir sino que ocurren sobre la marcha y tienen consecuencias catastróficas para la gente que se ve envuelta en esas circunstancias sobre las que no tiene ningún control.¿Escribir sobre la guerra civil, desde el tiempo actual, tiene muchos inconvenientes?
Yo me preguntaba hasta que punto era lícito hacer una ficción sobre un mundo que no has vivido, pero también es cierto que ese tiempo está mucho más cerca de lo que parece. Cuando era niño, ese mundo estaba muy vivo todavía y en la huerta de mi padre escuchaba hablar de lo sucedido en la guerra. En aquella época no existía ese silencio que se han inventado ahora. La gente hablaba, sabía con quién lo hacía y con quién debía callarse y la mayoría de aquella gente mayor había tenido familiares que habían sido gente de tropa. Hay que tener claro que las guerras las empiezan gente muy ideologizada, que la dirigen gente muy bien colocada y que en la guerra los que van al frente y mueren son los desgraciados, los que no tienen estudios y no pueden librarse de ella. El relato de aquella guerra, de aquellas personas, formaba parte de mi vida y está en Beatus Ille, en El jinete polaco. A veces me llama la atención que los periodistas extranjeros vengan y digan que por fin se puede escribir sobre la guerra civil cuando se lleva haciendo desde hace cincuenta años. Además de esos testimonios cercanos, como yo tengo una disciplina mental de historiador, me he informado con libros de historia y con ensayos. Lo que yo quería era escribir una novela que tratase sobre lo que sienten las personas, no sobre las categorías ideológicas que se imponen a posteriori. Lo que me interesaba era contar una historia real, de gente verdadera, que tratase de como las vidas de las personas suceden y son alteradas o destruidas en medio de unas circunstancias catastróficas.
Ignacio Abel, el protagonista, huye de la España en guerra y va relatando el presente del viaje y la evocación de lo que ha perdido. ¿El viaje es una manera de aligerarse de sí mismo para reconstruirse?
Las cosas van saliendo. Antes de que escribiese la novela, el núcleo era el viaje de un hombre en un tren con el paisaje del río Hudson en otoño y según escribía y el personaje principal iba tomando cierta consistencia me dí cuenta de que ese viaje se iba convirtiendo en un viaje de despojamiento, el de un hombre que lo ha tenido todo, que se ha quedado sin nada y que busca un sentido. Es una experiencia bastante común en el mundo. En aquellos meses del 36 mucha gente salió de España por diversas razones y casualidades. Alcalá Zamora estaba de vacaciones de verano en un crucero por los países nórdicos, Salinas se fue a dar un curso en Estados Unidos, Juan Ramón y Zenobia salieron con un pretexto vagamente diplomático y cultural y otros salieron haciéndose los héroes. Habría que medir cuánta gente normal en España quería que hubiese una guerra o imaginaba lo que iba a suceder. El juego del novelista es saber las cosas que sucedieron pero ponerse en el lugar del que no lo sabe. De otra manera está engañando. Este hombre que se va en octubre del 36 ve de primera mano lo que está pasando y siente el desgarro de una persona decente, con sus debilidades y sus cobardías.
Ese desgarro lo convierte, como usted dice en la novela, en “un huésped en su propia vida”. Un concepto habitual en su obra, el de la inseguridad del lugar que uno ocupa en el mundo.
Claro, porque el que está seguro del lugar que ocupa está engañado. En Sefarad yo quería destacar que cualquiera puede ser el judío de otro en cualquier momento y esa fragilidad, esa sensación del desarraigo como pérdida y que también tiene una parte positiva que responde a querer progresar o a la insatisfacción de no tener la vida que se quiere, también está en esta novela. Las cosas hay que mirarlas de la manera más completa que se pueda. En el caso del protagonista esa sensación de falta de lugar viene de su propia experiencia. Él viene de un barrio obrero y asciende socialmente porque estudia en la universidad. La novela está muy atravesada por la conciencia de la barrera de clases y la existencia de Abel está divida por muchas cosas, por un tránsito topográfico que se puede medir porque él nace en la calle Toledo, al borde del suburbio de la miseria, y ha llegado al barrio de Salamanca; por el matrimonio que ha utilizado para subir socialmente aunque también quiere a sus hijos y probablemente a su mujer y no se acuerda. Su vida es una mezcla de cosas que no acaban de encajar, es la existencia de una persona normal. Hacer una novela es intentar recrear la complejidad de la vida.
El que Ignacio Abel sea un arquitecto formado en la Bauhaus le permite a usted hablar de una generación con visión europea y de la metáfora del esfuerzo de construir cosas bien hechas que resultan muy fáciles de destruir.
Él forma parte de una generación española que sale a Europa gracias a las becas de estudios creadas en 1906 por Ramón y Cajal y de las que también se aprovecharon positivamente Ortega, Machado, Ayala, gente clave con el empeño regeneracionista de combatir el atraso, con una especie de mesianismo ilustrado y que al proceder de la clase trabajadora, como el caso de Salinas, tenía la doble lealtad de trabajar por el desarrollo del país, de llevar a cabo una política práctica, igual que quería la figura de Negrín. Ignacio Abel forma parte de esa minoría ilustrada, muy cualificada y competente que ya existía en España desde la Restauración. Su visión está representada por su aprendizaje de las enseñanzas de La Bauhaus, por la esencia de los objetos, por las cosas bien hechas y su funcionalidad pública, por las obras de la Ciudad Universitaria que era un proyecto arquitectónico y científico que empezó en 1927. En la Europa de esos años no existía otro proyecto así, que buscase ser un lugar del conocimiento como los colleges norteamericanos pero que al estar pegado a Madrid también fuese un parque ciudadano.En la novela las palabras dichas, las que se debieron callar, también tienen un papel importante en la vida de Abel y en los principios de la guerra civil.
Esto se entiende mejor viendo los periódicos de la época. En uno de esos momentos felices que tiene la invención, cuando estaba sacando frases de los periódicos para intercalarlas, me di cuenta de que lo único que tenía que hacer era cortar y pegar titulares, hacer un collage que me permitiera contar esa semana del jueves 12 de julio, en el que matan al teniente Castillo y después a Calvo Sotelo, hasta el golpe de estado. De esta manera podía conocer cómo se percibía aquel presente, cómo era estar allí, atravesar el muro del tiempo que hubiese sido muy difícil de lograr sin esos hallazgos de la prensa. Gracias a las hemerotecas se sabe todo, hasta la música que escuchó Calvo Sotelo la noche anterior a ser asesinado, la transmisión en directo de la Banda Municipal que tocaba en el Paseo de Rosales dirigida por Sorozábal. También lo que se escribía en los periódicos, como el artículo de Moreno Villa “Yo los mataba a todos”, o cuando el diputado comunista, Jesús Hernández le dijo en la sesión de las Cortes a Gil Robles “señoría usted morirá con los zapatos puestos”. Estas cosas te dan una imagen de la borrachera verbal que existía, de la mala prensa que había en aquellos momentos. Eso es peligroso porque hay gente que se envenena con lo que otro ha escrito. Con el tiempo he ido siendo más consciente de que hay que tener una responsabilidad de lo que se escribe, que las palabras no se las lleva el aire y que hay que ser preciso y lo más concreto posible.
El único personaje que ve ese ambiente de crispación y las consecuencias que acarreará es Rossman, una figura que representa el conocimiento de los que llegaron huyendo de Alemania.
Este personaje representa a esa gente que llegó en 1933 y que era la primera oleada de algo que nadie quería ver todavía. Unos salían de la Alemania de Hitler y otros eran los apátridas de la primera guerra mundial, como Nabokov, que se habían quedado sin país a causa de la Revolución rusa o de los cambios geopolíticos del Tratado de Versalles. En ese año la república le ofreció a Eisntein una cátedra en la Universidad de Madrid y él no aceptó. Muchos de los que llegaron lo hicieron con el pasaporte Nansen que creó la Sociedad de Naciones. Hay que recordar que hasta 1915, cuando Inglaterra impone el pasaporte con fotografía, la gente se movía libremente, cruzando fronteras sin mostrar papeles. Stefan Zweig lo cuenta muy bien en su libro El mundo de ayer. Otra cosa que hace distinto al personaje de Rossman es que él ha estado de verdad en Rusia y sabe lo que pasa allí realmente. Hay que tener en cuenta que en los años treinta la Unión Soviética gozaba de muy buena prensa internacional porque sabía, al igual que Hitler, utilizar los medios de comunicación y había hecho una operación de relaciones públicas embustera. En Mundo Gráfico había un reportaje en el que se decía que en la Unión Soviética no existían las cárceles porque el delito era la consecuencia de la explotación burguesa y al haberse eliminado ésta, el delincuente se reinsertaba perfectamente, sin más. Esa fantasmagoría la niega Rossman porque él ha estado allí, aunque lo que cuenta nadie se lo cree. Ese conocimiento es lo que le lleva también a saber qué va a ocurrir en España.
En ese período de la guerra sobre el que trata la novela hay algunos intelectuales republicanos, como Bergamín, que no salen bien parados debido a su actitud política.
Bergamín era un personaje escalofriante. Octavio Paz lo llamó el gran inquisidor. Para tener un cierto sabor de lo que es una guerra sólo hay que leer lo que se escribía en revistas como El Mono Azul, que tenía una sección llamada “A Pasear” cuando en la calle ya se estaba empezando a matar gente, o como Claridad que dirigía Araquistain y que estaba enfrentada a El Socialista de Zugazogoitia. Las dos son el ejemplo de las diferencias entre una inteligencia liberal y abierta y una inteligencia obcecada en los principios. Esto también se produce en Europa en los años treinta e incluso después. Se habla mucho del compromiso del intelectual pero ¿y la responsabilidad del que habla en público, del que se da a sí mismo un valor de guía? ¿Y la fascinación que ejerce la fuerza bruta sobre personas que son intelectuales y se convierten en portavoces de esa violencia? Hay muchos testimonios sobre esos comportamientos. A mi me interesaba crear ficción insertando personajes reales, como hacían Tolstoi o Galdós.En su reflejo del dramatismo humano y de la violencia de la guerra hay mucho de la mirada de Goya
Goya es el fundamento de todo esto. Es el primero que lo mira con un dolor muy grande. Goya no hace un panfleto, él refleja la barbarie. La secuencia del Dos de mayo en la Puerta del Sol y Los Fusilamientos de la Moncloa está pensada para que los dos cuadros se vean juntos, para mostrar que entre verdugos y víctimas no existen diferencias. A mí no me interesaba hacer ideología, me interesa contar las cosas, qué siente la gente, como es la muerte, como es que tú vayas por la calle en la que vives y que de pronto en la puerta de tu casa haya un muerto. Hay fotografías de esa época que son la descripción de como se le pone a uno la cara cuando lo matan. Goya sigue teniendo esa fuerza porque es el que muestra las cosas reales, eso no lo muestra nadie. También Arturo Barea cuenta cómo la gente sale temprano a las calles de Madrid para ver los muertos la misma mañana del carnaval.
En la novela también tiene un papel importante la tensión emocional entre Adela, una mujer galdosiana, y Judith, más cercana al arquetipo de Henry James. Dos concepciones femeninas que se contraponen al mundo del protagonista.
La cuestión es que ambas fuesen dignas como personajes. En gran parte la novela gira en torno a la conciencia de Abel pero también tienes que ver las cosas fuera de esa conciencia, desde el punto de vista de otros. Adela es un personaje que se fue desarrollando sin que yo pensara que iba a tener un papel tan importante, porque reclama su lugar en el mundo, que no es lo que su marido piensa que es. Él es un hombre muy arrogante, la arrogancia es la modernidad, y no se le ocurre pensar que la creencia religiosa de ella es compatible con ser progresista. Las personas nunca somos el reflejo distraído que otros tienen de nosotros. Al personaje de Adela me ayudaron mucho a imaginármelo el Diario de Zenobia y las Cartas de la mujer de Salinas, una mujer de una cabeza y una soberbia personal increíble. Y cuando ves las Cartas de Salinas a su amante, Katherine Whitmore, te das cuenta de que cuando ella se encuentra con él descubre que en realidad no está tan interesado en ella, que se trata de una idealización masculina, de su proyección como hombre. Esto mismo le ocurre al personaje de Judith que al romper con Abel representa una actitud ética muy americana, práctica y sin traumas.Usted ha dicho en varias ocasiones que en cada novela se siente un principiante. ¿También ha sido así con La noche de los tiempos?
Con esta novela me he sentido atribulado. Ha sido un trabajo muy complicado, lleno de desalientos, de preguntas sobre cómo se aprende a escribir una novela así, en la que las cosas fluyan, donde las calles sean de verdad un escenario físico, en la que dividir al cincuenta por ciento el tiempo de la cercanía y la distancia, en la que todo termine formando parte de la novela. Aunque una novela también sea dejarte llevar, he tenido la suerte de encontrar cosas, los pocos diarios que hay de testimonios de gente trabajadora, de soldados de a pie que vivieron la guerra, como las Memorias de Gila que me sirvieron de mucho. Todo esto hay que tenerlo en cuenta cuando se quiere hacer una novela que se lea bien, situarla en un contexto histórico sin que pese en la lectura, que el lector no requiera conocer más datos que los que hay que leer en la novela.
| < Prev | Próximo > |
|---|



