HIJOS Y NIETOS DEL BOOM

"Los nuevos autores apuestan por novelas exigentes que impliquen a un lector activo"

ERNESTO CALABUIG

 

Podría decirse que la recepción y acogida de la literatura hispanoamericana en nuestro país ha oscilado siempre entre polos tan opuestos como la veneración y la falta de consideración. Tras el célebre boom de los años sesenta-setenta del pasado siglo, una gran mayoría de los lectores españoles entronizó a toda una deslumbrante nómina de autores: García Márquez, Vargas Llosa, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Cortázar, Carpentier, Borges, Bioy, Onetti, Neruda, Rulfo, Cabrera Infante… En palabras del propio Vargas Llosa, en su Diccionario del amante de América Latina, se trataba de “una literatura nueva, rica, pujante e inventiva, que además de fantasear con libertad y con audacia, experimentaba nuevas maneras de contar historias y quería desacartonar el lenguaje narrativo”. Hoy los textos de los hijos y nietos de aquella eclosión literaria llegan con continuidad a España o se publican directamente aquí, y muchos de ellos obtienen incluso buena parte de los premios. Existe, sin embargo, un paradójico desconocimiento acerca de sus novelas y colecciones de relatos, pese a que la media de calidad de su escritura debería despertar en nosotros admiración y, cuando menos, respeto. En este tiempo veloz, reñido con la permanencia de las obras, sólo casos prodigiosos como el de Roberto Bolaño hacen que la polaridad se invierta y se recorra de nuevo, a pasos agigantados, la senda de la veneración. Andrés Neuman comenta, en Cómo viajar sin ver, el efecto Bolaño: durante un viaje a Chile, un escritor le confiesa: “Los que éramos muy jóvenes cuando los libros de Bolaño llegaron a Chile, fuimos embestidos, iluminados por él. Pero a los que no eran tan jóvenes les pasó lo contrario”.

Al crítico literario especializado en Hispanoamericana, situado en pleno epicentro de novedades y reclamos diarios de todo un continente, se le vuelve difícil tomar distancia para esbozar un panorama del presente literario. No deja de ser una visión personal sobre una fuerza que está en perpetuo movimiento. El peso del boom y su alargada sombra sobre hijos y nietos, hace que, todavía en 2011, un autor como el peruano Iván Thays ponga en boca del protagonista de su última novela, Un sueño fugaz, estas palabras: “Se habían olvidado de que yo fui escritor, que viajé a Europa para escribir y publicar en grandes editoriales y pertenecer a la cola del boom”. Thays –una de las voces más interesantes de Perú junto a Alonso Cueto o Jaime Bayly– obtuvo en su momento el beneplácito de Vargas Llosa, mientras que el colombiano Jorge Franco recibía elogios de García Márquez. Las fajas promocionales reflejan esa necesidad de merecer la bendición de los padres y abuelos literarios.

 

LA RENOVACIÓN

El deseo de romper amarras con el pasado unió a cinco autores mexicanos de talento, nacidos a finales de los sesenta, en lo que se conoce como la Generación del Crack. En el año 1996, presentaron en la revista Lateral el llamado “Manifiesto del Crack” con ocasión de la aparición de sus cinco libros: Memoria de los días (Palou), Si volviesen sus majestades (Ignacio Padilla), El temperamento melancólico (Jorge Volpi), La conspiración idiota (Chávez Castañeda) y Las rémoras (Eloy Urroz). Les unía tanto una voluntad renovadora como el deseo legítimo de colocar el foco sobre sus textos y su manera de escribir. La propuesta tenía mucho más de lúdico que de dogmático o vinculante. De hecho, Palou nos invita a recorrer un “paseo de feria” afirmando que no les mueve la certeza sino la duda. Ante un tipo de escritura post-boom que ya producía fatiga y hastío (literatura “papilla-embauca-ingenuos”), no desean marcar una línea única sino buscar un camino múltiple (“No hay un tipo de novela del Crack sino muchos”, dice Palou).

Se trata de correr riesgos estéticos-formales. Es una apuesta por novelas exigentes y profundas (no lineales, ligeras, comerciales o complacientes) que impliquen a un lector activo, aun a riesgo de perder un público mayoritario. Ninguno de los cinco habla de ruptura sino de continuidad renovadora apoyada en la buena tradición (“La novela viene de siempre y continúa… Rompiéndola, prevalece”, señala con lucidez Padilla). Pretenden ampliar miras, trascender lo meramente local, nacional y folclórico hispanoamericano. Chávez anima a “correr el riesgo de ensayar”, su honestidad le lleva a afirmar para el futuro que son los libros los que hablarán por sí mismos, mucho más que las proclamas. En esa misma corriente de cambio Mario Mendoza, en Los hombres invisibles o Buda Blues, apela a la necesidad de cambio y búsqueda personal del hombre contemporáneo, rompiendo barreras psicológicas y geográficas.

 

LA VIOLENCIA DE LAS DICTADURAS

El gran tema unificador, el trasfondo pasado y presente de la literatura del continente americano sigue siendo la brutalidad de las guerras civiles, las dictaduras, la vulneración sistemática de los derechos humanos, el narcotráfico… Es significativo que grandes maestros del relato argentino contemporáneo como Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, pagaran con su vida por sus ideas y preocupaciones literarias, engrosando la macabra nómina de los desaparecidos/asesinados. El caso del colombiano Héctor Abad, con su celebrada novela El olvido que seremos, donde relata las circunstancias que rodearon el asesinato de su padre (médico humanista tiroteado por unos sicarios desde una motocicleta en Medellín), se erige como un verdadero testimonio ético en la reciente novela hispanoamericana. Otro caso sería la reciente La sirvienta y el luchador, del hondureño Horacio Castellanos, duro retrato de la guerra de El Salvador en los años ochenta entre torturas policiales, desapariciones y abusos cotidianos. No puede entenderse el modo de escribir del mencionado Jorge Franco sin el escenario sin ley en el que transcurren sus historias de “realismo trágico”, corrupta “Narcorrepública” donde el monstruo del mal adopta mil formas, arruinando cualquier proyecto de vida. Ya advierte amargamente en Melodrama que “Colombia sólo puede ser fiesta o funeral”. México es también un paisaje diario de brutalidades, y así lo muestran como pocos Daniel Sada, Yuri Herrera, Guillermo Arriaga o Elmer Mendoza, que alude a un país de “narcopadres y narcojuniors” y cuyo detective (el zurdo Mendieta) se mueve en un mundo turbio de policías, políticos y jueces corruptos donde imperan el silencio y el miedo, entre patrullas macabras de camionetas de cristales tintados. La tremenda historia del Perú enciende también las febriles páginas de Jaime Bayly en El cojo y el loco, galería de matones cotidianos y ajustes de cuentas. Su compatriota Iván Thays revisa en Un lugar llamado Oreja de Perro los atropellos militares y paramilitares que sufrieron poblaciones perdidas de la cordillera. El limeño Santiago Roncagliolo ha buceado en las salvajes dictaduras de Trujillo o Batista. En el panorama argentino, el peso de los golpes militares dejó tanta huella que las tramas detectivescas de Ricardo Piglia terminan apuntando al pasado reciente de su nación. Alberto Manguel ha descrito como pocos ese desierto de ausentes en El regreso. Y el recientemente fallecido Fogwill lo ha convocado entre sus iluminaciones (especialmente el error trágico de la Guerra de las Malvinas). Autores jóvenes como Martín Kohan, en Cuentas pendientes, hacen referencia expresa a aquellos desaparecidos que simplemente “no son, no están”. En sus textos aparecen figuras inquietantes como ese anciano coronel Vilanova, que en su día secuestraba a niños de disidentes para “recolocarlos” en “familias de bien”. Autoras como Ana María Shua o Luisa Valenzuela se han servido de la ironía o el humor negro en sus denuncias (Novela negra con argentinos, Aquí pasan cosas raras, etc.). En cambio, Claudia Piñeiro aborda en sus thrillers la violencia en el seno de las clases medias acomodadas, aunque sin perder de vista que no dejan de ser un producto de la reciente historia argentina. Que, junto con todos los mencionados, nos sorprendan con cada libro las prometedoras voces de Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Fresán, Patricio Pron o Juan Gabriel Vásquez, habla únicamente de la potencia y buena salud de la actual narrativa hispanoamericana.

 

 

ALGUNOS AUTORES DE LA NARRATIVA HISPANOAMERICANA

ARGENTINA. Ricardo Piglia, César Aira, Guillermo Martínez, Alberto Manguel, Rodrigo Fresán, Marcelo Birmajer, Martín Kohan, Patricio Pron, Sergio Chefjec, Pedro Mairal, Pablo De Santis, Claudia Piñeiro, Andrés Neuman, Luisa Valenzuela, Ana María Shua, Eduardo Berti, Gustavo Nielsen, Javier Argüello, Hugo Mújica, Elvio Gandolfo.

COLOMBIA. Jorge Franco, Mario Mendoza, Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad, William Ospina, Darío Jaramillo, Laura Esquivel.

MÉXICO. Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou, Juan Villoro, Guillermo Arriaga, Elmer Mendoza, Daniel Sada, David Toscana, Yuri Herrera, Xavier Velasco, Jordi Soler, Guadalupe Nettel, Guillermo Fadanelli, Antonio Ortuño.

PERÚ. Iván Thays, Alonso Cueto, Jaime Bayly, Santiago Roncagliolo, Fernando Iwasaki.

BOLIVIA. Edmundo Paz Soldán.

CHILE. Roberto Bolaño, Roberto Ampuero, Hernán Rivera Letelier, Pablo Simonetti.

CUBA. José Manuel Prieto, Ángel Pérez Cuza, Antonio Orlando Rodríguez.

ECUADOR. Javier Vásconez.

GUATEMALA. Rodrigo Rey Rosa, Eduardo Halfon.

HONDURAS/SALVADOR. Horacio Castellanos Moya.

URUGUAY. Manuel García Rubio.