SAMUEL BECKETT

El intérprete del silencio

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Nada más conocerlo sentí esa complicidad que se produce con ciertos autores. Beckett se expresaba con las palabras que a mí me hubiera gustado escribir. Entonces pertenecía a un grupo de teatro y representábamos Esperando a Godot. En 1974 yo esperaba que el mundo cambiara. Pero leía a Beckett y Beckett no era precisamente un escritor optimista. Me fijaba en las escasas fotos que circulaban de él. ¿Acaso era un hombre serio? ¿Un cínico? ¿Un tímido? He de reconocer que siempre he sido algo mitómano. Admiraba a Beckett en silencio. Cuando me preguntaban por mi libro preferido, yo mencionaba alguna de sus obras. Decía, por ejemplo, Primer Amor. Y recordaba al protagonista de aquel cuento que dibujaba el nombre de su amada con una rama en las boñigas secas del parque. ¿Se llamaba Lulú o Loulou? El amor en la mierda. El amor que no se hace por encargo. Samuel Beckett tenía 30 años, casi la mitad que yo ahora, cuando conoció a Peggi Guggenheim. Vivía en París y desde 1928 frecuentaba la casa de James Joyce. Su hija, Lucía Joyce, se enamoró de Beckett, pero la rechazó. Iba a su casa para ver a su padre y no a ella. Aquel joven de origen irlandés, alto, desgarbado, cortés, pero antipático, según lo definió Peggy Guggenheim, todavía era un escritor desconocido que “siempre parecía estar en las nubes solucionando algún problema intelectual. Hablaba muy poco y nunca decía estupideces”. El 7 de enero de 1938, poco después de haber iniciado su relación con Peggy, que habría de durar trece meses, Samuel Beckett fue apuñalado por un vagabundo en una calle de París. El suceso conmocionó a los amigos, y sobre todo a James Joyce que tuvo que pagar la factura del hospital. Aquel incidente marcó un antes y un después en la vida de Beckett. Acudió a la cárcel a visitar a su agresor. Allí mantuvieron este lacónico diálogo:

–¿Por qué me apuñaló?

–¡Y yo qué sé!

A partir de ese instante, Beckett levantó un monumento literario al absurdo. Al cabo de los años consiguió el Nobel, que no fue a recoger. Beckett era un hombre triste al que siempre le gustaron los epitafios. Después de acostarse la primera vez con Peggy Guggenheim, dijo: “Gracias, ha sido bonito mientras ha durado”. A mí me atraía el hombre sensato que no podía ser feliz ni escribir cosas alegres porque cada vez que se subía a un taxi de Londres se encontraba con letreros que pedían ayuda para los ciegos, los hospicianos y los refugiados de guerra. “El dolor y la miseria no hacen falta ir a buscarlos –decía–. Nos gritan a la cara desde los taxis de Londres”. Bastantes años después de 1974, conseguí la película Film. Los dos personajes más raros del planeta se encontraban en esa película que dirigía Samuel Beckett y protagonizaba Buster Keaton. Una película no hablada. Beckett es el escritor que más cosas me ha dicho con menos palabras. Marguerite Duras afirmó que escribir es callarse. Todos buscamos motivos racionales para explicar el silencio que nos rodea. Beckett interpretaba el silencio. Y el absurdo. Beckett era mi mundo escrito. Luego viajé buscando su rastro por Londres, Dublín y París. Estuve a su lado en el cementerio de Pere Lachaise. Nunca había estado tan cerca de él, o quizás sí. Beckett a ras de suelo. Aplastado por una piedra negra. Las flores de las acacias cubrían el nombre y las dos fechas más importantes de su vida: Samuel Beckett 1906-1989. Aún recuerdo lo que estaba haciendo el 22 de diciembre de 1989 cuando un amigo me comunicó la muerte de Samuel Beckett.