JEREZ DE LA FRONTERA

La ciudad que late por fiestas

JUAN BONILLA

Si vives un mes en un lugar podrás escribir un libro, si vives un año, podrás escribir un reportaje, si vives más de diez años no podrás escribir más que un poema. No sé quién lo dijo, pero lo dijo bien. Yo viví 20 años en Jerez –primero hasta los diecisiete, y luego de los veintitrés a los veinticinco– así que no tengo ni para un poema: quizá sólo para un aforismo, para una interjección. Sólo unos cuantos tópicos. Uno de ellos dice que Jerez es una ciudad de señoritos, y se diría que no puede uno darse un paseo por el maravilloso casco viejo de la ciudad sin tener que esquivar a cientos de esos personajes a los que los de Patanegra crucificaban en una canción cuya letra se atribuía a Foxá. Si por el tópico fuera, Jerez sería la ciudad del mundo donde más gomina para el pelo se vende, pero no tengo acceso a ningún documento que me permita decir ni que sí ni que no.

Otros versos famosos dejan mejor parada a la ciudad: “Ah ciudad de los gitanos / quien te vio y no te recuerda”. Los firmó Federico García Lorca y pertenecen a su mítico Primer romancero gitano. Hace poco vi un programa de televisión dedicado a los gitanos. Empezaba en un barrio marginal de Barcelona, y allí alguien le decía al presentador: si quieres ver gitanos integrados, tienes que irte a Jerez. Y allá que se fue el presentador, a ver cómo de integrados estaban los gitanos, sorprendiéndose de que las gitanitas hicieran el bachillerato. Los barrios gitanos son los grandes barrios de la ciudad, San Miguel –con su espléndida Iglesia– y Santiago. Tanto que uno puede decir que en sus aulas del colegio y del Instituto, y en el equipo de fútbol en el que jugaba, y en la pandilla con la que salía, ya ni se acuerda de cuántos gitanos había, porque no era cosa a la que le diese mayor importancia, y porque a poco que te pongas a investigar de dónde vienes, si has nacido en Jerez, es más que probable que termines por descubrir que algún afluente gitano corre por tus venas. Gitanos son desde luego algunos de los hijos predilectos de la ciudad, no sólo aquel Manuel Torre que cuando cantaba le sabía la boca a sangre e inspiró a Lorca su enrevesada y en el fondo muy banal teoría del duende, sino también Lola Flores, que fue inmortalizada por el comentarista del New York Times que escribió: “No canta. No baila. No se la pierdan”. Y Agujetas. Todo ello lleva inevitablemente a otra de las palabras imprescindibles asociadas con Jerez, además de vino y caballo: flamenco. No en vano es sede de la primera Cátedra de Flamenco abierta en el planeta, pero más allá de la oficialización del género y su imán turístico, lo que importa es consignar que el flamenco es cosa que se vive en la calle como en ninguna otra parte donde uno haya estado, y todo el que haya vivido en Jerez habrá sufrido o disfrutado de algún vecino cantaor: yo tuve suerte, cuando aún vivía en casa de mis padres, podía escuchar sin necesidad de asomarme a la ventana a un niño gordito que vivía enfrente y que con los años se ha convertido en uno de los más prometedores cantaores de la actualidad: Ezequiel Benitez. El gran guitarrista jerezano, Gerardo Núñez, payo esta vez, tiene dicho que nada juega más en contra de las posibilidades del flamenco que la pureza. La lucha en Jerez entre puristas y no puristas es uno de los fenómenos más divertidos a los que se puede asistir en la ciudad. No me voy a meter en discusiones porque no encuentro razones para aceptar que las posturas se contradigan, y no sé porqué no voy a poder disfrutar igual, dependiendo de la hora del día, de Agujetas en uno de sus momentos más puros y de los chavales, magníficos, de Los Delinqüentes y su Primavera Trompetera.

El año pasado Jerez lo tenía todo para ser una ciudad grande según los cánones de hoy, un aeropuerto, un par de trenes diarios a Madrid y, sobre todo, un equipo en primera división. Ay, el sueño nos duró sólo un año, y el propio Xerez Deportivo es bastante sintomático de cómo es la ciudad: cuando ascendió, la fiesta fue colosal, se le puso la camiseta del equipo al espectacular Minotauro que hay junto a la estación de tren, pero después de la fiesta, una palabra muy de Jerez, llegó la realidad, una palabra muy poco jerezana. El equipo no tenía jugadores, ni directiva, ni dinero. Y hubo de esperar a la llegada del argentino Gorosito, con su aspecto de gitano de Santiago, para que creciera la esperanza de salvarse que finalmente no llegó.

Yo nací en Jerez, y ahora hace justo un año que no voy porque lo que me hacía ir de vez en cuando, ya no está. De todas maneras cualquier día regreso de nuevo, y seguro que sigue igual, con mucha guasa, muy pocos señoritos, y el pulso latiendo como de costumbre (es obligado terminar con un tópico): por bulerías, o por decirlo mejor, por fiestas.