ANTONIO MAIRENA O EL VALOR DE UN CLÁSICO

Recuperó en los años 50 los valores primigenios del flamenco y rechazó el falso envoltorio en que entonces se ofrecía

JUAN MANUEL SUÁREZ-JAPÓN

Cuando Antonio Mairena falleció, en 1983, había alcanzado al fin el lugar que desde tanto tiempo buscaba. El suyo había sido un camino obligado a enfrentarse al desconocimiento soberbio que durante tanto tiempo rodeó al flamenco y a los flamencos. Su dura ascensión, desde el círculo íntimo del pueblo, hasta el magisterio reconocido fue una lucha que solo fue ganando porque Antonio se sabía dueño de una razón. Casi podría decirse lo mismo de la historia del flamenco, pues ambos procesos de reconocimiento intelectual y social fueron parejos. Cuando Antonio Mairena nos dejó, la misma Andalucía que le había dado por igual dichas y sin sabores ya le reconocía y se reconocía en él y fue integrado entre los primeros Hijos Predilectos de Andalucía nombrados por su primer gobierno autonómico. Fue aquel un “tiempo de cosechas”, que no pudieron vivir otros muchos grandes artistas flamencos de su generación o de las anteriores. Más es sabido que en Antonio y en la obra que construyó concurrieron todas esas memorias, de suerte que el artista mairenero sabía que las distinciones estaban revestidas de simbología: reconocían a los que venían desde muy atrás, coincidentes en una determinada concepción del arte flamenco: el gitano-andaluz. A todos ellos representaba Antonio.

Aunque algunos sitúan su punto de partida en aquel 1962, en que Antonio recibió la Llave de Oro del Cante, otros lo sitúan en ese movimiento generacional iniciado en la década anterior, que propugnaba la recuperación de los valores primigenios del verdadero flamenco rechazando el falso envoltorio en que entonces se ofrecía. Luís Caballero, el gran aficionado y cantaor sevillano que vivió aquel momento, afirmaba que: “En esa encrucijada va a iniciarse el ascenso sin treguas ni obstáculos de un Antonio Mairena en su mejor momento”, añadiendo que “de apenas le hubiese valido su máxima autoridad como cantaor de no haber tenido la milagrosa suerte de encajar perfectamente en el momento preciso y exacto en que el movimiento purista, iniciado en 1950, necesitaba un pedestal indiscutible desde el que proyectar la filosofía ortodoxa que buscaba y que oportuna y afortunadamente encontró en él”. Con ello se estaba cumpliendo para el flamenco una constante en todos los movimientos artísticos y culturales: una aspiración compartida a partir de la aceptación de un modelo estético y una figura que lo personaliza dándole cuerpo y vida. Ese fue Antonio Mairena, el factor determinante y el portador de la regeneración flamenca de mitad de la pasada centuria.Esa es la clave desde la cual puede entenderse el valor que Antonio Mairena aporta a la historia del flamenco. Antonio es un clásico, alguien que con su trayectoria y con su obra, se erige en símbolo de uno de los momentos y corrientes artísticas con los que un arte se ha ido construyendo, en referente de una época. Todos los estilos y periodos artísticos tienen sus clásicos y el flamenco también. Antonio Mairena no es el único, naturalmente, pero es uno de sus clásicos fundamentales. Y aquí estamos entendiendo como clásico de un arte aquel cuya obra es de imprescindible conocimiento, estudio y consideración, pues sin ella el arte mismo en el que se integra no se entiende ni se comprende de forma plena. Un clásico del flamenco no es alguien que “obligue” a seguir cantando como él, ni que fosilice ni evite la evolución de su arte, sino aquel que ha sintetizado un tiempo, un modo expresivo. Su estudio no impide la evolución, pero sin su conocimiento la evolución misma tendrá los pies de barro. Se estará construyendo sobre vacíos insalvables.