LA EDAD DE LOS PIONEROS

Colección de cantes flamencos de Antonio Machado Álvarez, Demófilo, es el primer estudio serio sobre el género.

JOSÉ MARÍA VELÁZQUEZ-GAZTELU

El cante jondo no es solamente un arte: es ante todo, y sobre todo, un medio de expresión no sólo emocional, sino existencial”. El poeta Luis Rosales me recordó estas palabras en otoño de 1988 con motivo de la publicación de su libro Esa angustia llamada Andalucía. El interés por el flamenco de un buen número de intelectuales viene de lejos, cuando descubrieron que se trataba de algo que rebasaba la fascinación estética para indagar en ámbitos más profundos, por lo que tendieron un puente que iba del terreno puramente hedonista o de simple divertimento hasta los complejos laberintos de un empirismo a veces impetuoso. El flamenco y la literatura han ido de la mano a lo largo de los tiempos, pero se han producido hechos puntuales que explican un fenómeno con mayor repercusión en algunos personajes significativos que han sido, al fin y al cabo, quienes, a caballo entre el periodo romántico y la generación del 27, han representado con más convicción ese papel del escritor que incluye en su obra, por pasión y adivinación, el flamenco.

La pléyade de pintores y escritores que invadieron toda España, y en especial Andalucía, a mitad del siglo XIX, constituyó el primer contingente de esos pioneros que, aun sintiéndose transportados al nirvana de un orientalismo de pacotilla, se dieron de bruces con el flamenco. Los viajeros románticos nos regalaron valiosos documentos que componen por sí solos la crónica de un país complejo y de rabiosos contrastes. Los textos de Gautier, Dumas, Borrow o Davillier, y los dibujos de David Roberts, no exentos de un enojoso pintoresquismo, y los de Doré, más realistas, son, en última instancia, el relato palpitante de “los españoles, que, lejos de haber sido desmoralizados y envilecidos por la Inquisición y los malos gobiernos, se mostraban como los seres más independientes, varoniles y comunicativos de toda Europa”, como dice Gerald Brenan en el prólogo a Las cosas de España, del escritor y dibujante londinense, educado en Oxford, Richard Ford, que vivió en Sevilla y Granada y recorrió gran parte de la Península entre 1830 y 1833. Algo después, en 1847, apareció un libro fundamental en la historia del flamenco, Escenas andaluzas, de un intelectual de fuste, el malagueño Serafín Estébanez Calderón, periodista, poeta, catedrático, ministro, senador y académico, donde en uno de sus capítulos, Una fiesta en Triana, describe con trazos ágiles una reunión de cante y baile en la que participan algunos nombres míticos del flamenco, como El Planeta y El Fillo.

 

LOS MACHADOS

Pero es en 1881 cuando Antonio Machado Álvarez, padre de Antonio y Manuel Machado, publica Cantes flamencos, el primer estudio serio sobre el género y también el inicial compendio de letras de múltiples estilos. Machado Álvarez, doctor en Filosofía y Letras, licenciado en Derecho y catedrático de Metafísica en la Universidad de Sevilla, fue el primer flamencólogo español y para la redacción de su libro requiere la colaboración del cantaor jerezano Juanelo y la de una gran figura de la época, Silverio Franconetti, que le transmiten la más emocionante muestra de poesía popular en forma de soleares, soleariyas, cañas, polos, seguiriyas, martinetes, livianas o tonás. No sabemos en qué año Juanelo y Silverio informaron a Machado Álvarez, pero sí podemos comprobar que en la segunda mitad del siglo XIX esos cantes ya estaban perfectamente estructurados por sus características y perfección literaria, consistentes en concentrar en estrofas de tres o cuatro versos un totalizador universo poético. Podemos llegar a la conclusión de que no fueron creados en el momento en que los dos legendarios cantaores transmitieron el rico y abundantísimo patrimonio al padre de la flamencología, sino que bien podían pertenecer a una tradición antigua.La poesía y el flamenco caminan juntos, y si por un lado las letras de autor anónimo forman el mejor y más rebosante filón lírico, por otro son los escritores y poetas los que se acercan a un género de raíz popular o, mejor dicho, surgido de la marginalidad. Para Manuel y Antonio Machado el flamenco es algo originario, nacieron acunados por unos sonidos para ellos naturales y de condición congénita. Pero si en Antonio tintinea como música de fondo, aunque asumiendo en profundidad el latido filosófico que proviene de esas letras, en Manuel es una manifestación desnuda y evidente, el prodigio de una presencia que gobierna sus actos, su actitud vital y su escritura. “En medio del amor, de la ambición y el miedo / la música no más logra tenerme quedo”. La música siempre en la obra de Manuel Machado, referencia viva en sus versos más sentidos. Y de las músicas, el flamenco que impregna cualquiera de sus páginas. Las impregna y las inunda. Pero existe en Machado una apostura interna donde su escritura de forma involuntaria adquiere carácter flamenco. Poemas como Adelfos, La canción del presente, Internacional, Yo, poeta decadente, Retrato, que es más un autorretrato, o Prólogo-epílogo, no están compuestos en forma de coplas, ni pertenecen a sus libros Cante hondo o Sevilla, pero poseen ese hálito y esa calidad indefinible que caracterizan al hombre que escribe o habla, pinta o compone música desde el flamenco; un flamenco interior que es al fin y al cabo una cultura a través de la cual uno piensa y manifiesta sus propios sentimientos. Manuel Machado se integró en una cierta corriente nacionalista y vivió una especie de post-romanticismo, que se distinguía, al igual que el nacionalismo, por el gusto hacia la copla y el romance. Lo tradicional se combina con lo popular uniéndose al modernismo y a la estética literaria venida de Francia: “Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero / a lo helénico y puro lo chic y lo torero”; o “Medio gitano y medio parisién –dice el vulgo–, / con Montmartre y con la Macarena comulgo...”.

De ahí a la generación de 1927 hay sólo un paso y el flamenco entra a formar parte con todos los honores de las celebraciones y los versos de esos poetas admirables. Fueron famosas las fiestas en Pino Montano, la finca de Ignacio Sánchez Mejías, a las que solían acudir La Niñas de los Peines o Manuel Torre. En ellas, Federico García Lorca era siempre un invitado especial. A pesar de que sus versos han sido trasladados a los distintos estilos flamencos, Lorca, al contrario que Machado, no escribió letras para ser cantadas. Sin embargo, toda su obra está impregnada por el latido flamenco en su concepto más profundo, incluso en sus escritos aparentemente más alejados de la escenografía que representan ciertas imágenes estereotipadas. Ese inquietante y fastuoso laberinto sonoro y visual que es Poeta en Nueva York, resulta un texto tan flamenco o más que, por ejemplo, Romancero gitano, porque se sumerge en ese duende del que tanto habló y sobre el que tanto profundizó, intentando el paso hacia los sonidos negros. En uno de sus dibujos, escribe: Sólo el misterio nos hace vivir, sólo el misterio, y en su conferencia Teoría y juego del duende, une los dos términos: Estos sonidos negros son el misterio…, unas palabras que patentizan el conocimiento adquirido a través de la experiencia, como nos subrayaba Rosales en aquella entrevista de 1988, cuando añadía: “En el cante jondo, como todo misterio artístico, avanzamos pero sin abarcarlo, sin terminarlo”.