LONDRES O LA NEGACIÓN COMO FERTILIDAD
"Londres es la gran melancolía, conciencia de la gran desproporción entre lo que anhelamos y lo que logramos"
ÁLVARO POMBO*
He aquí un dato de mi experiencia londinense: que –no obstante recordarla o mencionarla con frecuencia– siempre rehúso hablar directamente acerca de ella. Londres es en cierto modo, para mí, una experiencia pre-predicativa: no soy, digamos, capaz de construir un objeto narrativo suficientemente completo o único acerca del cual me decida a hablar. Aunque puedo, por supuesto, como cualquiera que haya pasado allí tres días, o tenido un novio irlandés en Primrose Hill Gardens, contar cosas de Londres. Mencionar, recordar, tiene, con frecuencia, en mi vida, el aspecto de lo que los escolásticos llamaban apprehensio simplex: los fenomenólogos han elaborado estas observaciones antiguas, que vienen de Aristóteles, y han construido todo un esquematismo de la presentación pre-judicativa de los objetos en la conciencia. En setenta años de vida sólo estuve en cuatro sitios: en el Muelle, en Tierra de Campos, en Paddington Green, y aquí, aquí y ahora.Como el Inner Circle de Regents Park, lugares que uno recorre para volver siempre al mismo sitio, Londres tiene para mí el carácter difuminado de un paisaje interior. Y lo lamento, porque esto me impide objetivarlo. Objetivarlo con nitidez. Peor aún: hace que me empecine en la negación de su objetivación como se empecinan, al contrario, los creyentes en asegurar que ven a un Dios, o pueden verlo, si de verdad se esfuerzan lo bastante. ¿Y por qué me empecino, yo en concreto, en negar que Londres sea un objeto objetivable y narrable, cuando a todas luces es evidente que lo es?
Y sin embargo, yo fui en Londres, desde que llegué en 1966, una combinación de ser fantasmal y ser realísimo. Desde el punto de vista autobiográfico tuve una intensa actividad, mayor que nunca: me gané la vida durante los primeros años como “cleaner” en Bettina Staff Agency. Conocí cientos de amas de casa judías en los barrios residenciales, todo a lo largo de la Northern Line. Hice de nuevo mi vieja carrera de filosofía en el Birkbeck Collage durante cuatro años. Fui durante cuatro años, a continuación, telefonista, switchboard operator. Y recorrí incesantemente Londres a pie. En la época del banco (Bank Urquijo Limited), regresaba atravesando toda la vacía City, unas dos horas de paseo hasta llegar a Paddington Green, donde vivía. Salía de la oficina una hora más tarde que todos los demás porque hacía una hora extra hasta las seis. Recuerdo el cucurucho de Cod and Chips que compraba a las ocho de la tarde en la Fish Shop situada un poco más arriba del scalextric de la Edgware Road., frente por frente del farol azul, de un bloque de oficinas de Scotland Yard. Recuerdo el sabor del Cod and Chips.Recuerdo el sabor de los pilchards in tomato sauce al atardecer, en el ático de Brent Station. Tenía una estufa de gas que silbaba y azuleaba, se alimentaba con peniques, y que era fuego vivo, ronroneaba como sólo saben ronronear las estufas de gas. En los inviernos, la pared sudaba de frío. En el ático opuesto al mío, Miss Steinberg (he olvidado su verdadero nombre y he inventado este), protegida de Golda y Silvia Casimir, golpeaba con un cazo la pared cuando yo escribía a máquina. Teníamos engarradas de invisibles pared por medio. Ella me gritaba en alemán “estúpido ruidoso español” y yo respondía en español “vieja neurótica”. Creo que llegamos a vernos sólo un par de veces en cuatro años. Recuerdo el sabor de los pilchards in tomato sauce y la patata cocida, que era, después de todo, un cenar caliente aquellos años. Recuerdo el cuarto de estar de las Casimir. Me convidaban a tomar el té y a ver diapositivas de sus viajes estivales por todo el mundo. Golda era cordial y exuberante, Silvia era pequeña y perspicaz. Sus padres fueron judíos emigrantes rusos. Y ese té que tomaba con ellas, su tertulia de los sábados por la tarde, es, de pronto, una imagen amable, como la visita repentina de una familia de patos con sus crías, sentado yo al borde del Serpentine.
Aunque viví en Londres casi ininterrumpidamente desde 1966 hasta 1978, no recuerdo nada de los Happy Sixties. Tampoco fui Lector de español en Oxford o en Cambridge como mis ilustres colegas, tan rejuvenecidos hoy por los laureles de la gloria. Llegué a pensar que me quedaría ahí, en Paddington Green, para los restos. Visitaba con frecuencia, por si acaso, un viejo cementerio de esa zona y robé un perro de cemento de una tumba. Y de esto me arrepiento todavía: de haber abandonado al perro en el flat 12-A, Paddington Green y no haberlo traído conmigo a España como hubiera sido mucho más del gusto de la noble dama que, enterrada, no estuvo en condiciones de impedir el hurto.Londres es la gran melancolía, conciencia de la gran desproporción entre lo que anhelamos y lo que logramos: la acción creadora, que dimana amargamente de la melancolía a la vez regocijante. Londres fue –en su vacío– tan paradigmáticamente repleta de actividad inventiva, como la Tierra de Campos en el suyo. Puede uno en Londres desaparecer: dejar de ser visible, volverse invisible. El encanto de Londres fue que pude, con gran facilidad, dejar de ser, y mi basura autobiográfica dejó de ser conmigo por un tiempo, y escribí buenos versos, muy buenos, y algún cuento: Relatos sobre la falta de sustancia, sobre mi propia inexistencia cuya energía narrativa me ha durado hasta la fecha. Londres fue para mí como el páramo castellano: una inmensa negatividad fértil.
*Miembro de la Real Academia Española



