WALT WHITMAN
Salmos en libertad pura, en alabanza de la flora, de la fauna, de las gentes y sus oficios
CÉSAR ANTONIO MOLINA
Emerson había reclamado la necesidad de que los EEUU tuvieran, por fin, un poeta nacional capaz de cantar las hazañas de esta joven nación que no sólo necesitaba territorios, ejércitos y una sociedad más coherente y unida contra los desequilibrios sociales –entre ellos la esclavitud– sino también escritores, intelectuales y artistas que le consiguieran un prestigio internacional. En el año 1855, el escritor de Concord recibió un pequeño paquete remitido por un desconocido. Lo abrió y contenía un ejemplar de Hojas de hierba. El autor del mismo se llamaba Walt Whitman. El libro llevaba, además de los poemas, un retrato del escritor. A través de los versos el lector podía descubrir a un hombre joven, barbudo de años, camisa amplia con el cuello desabrochado, pantalón rústico y sombrero flexible de copa baja. ¿Era éste el genio que había buscado Emerson? ¿Era éste el bardo que debía cantar las glorias de la nación? Los versos tenían una gran frescura, aparentaban sencillez y hablaban de una realidad terrenal que, a veces, se perdía por entre los entresijos de la mente de este hijo de Manhattan, como a él mismo le gustaba calificarse. Whitman había logrado conformar un cosmos turbulento, carnal, sensual, “ni sentimental, ni erguido por encima de los hombres y mujeres, ni alejado de ellos”, como él mismo subrayaba. Las palabras inscritas en Hojas de hierba eran iniciadoras, originales, a veces esperpénticas –o así muchas de ellas debieron parecerle a Emerson–, proféticas y creadoras del hombre. No creo que Whitman sólo pensara en el hombre norteamericano, sino más bien en un hombre nuevo, cósmico, surgido en América y exportable al resto del mundo. El inglés con la cadencia europea ya no valía, era necesario experimentar con la lengua para adaptarla al diferente espacio geográfico y cantar cosas nuevas y diferentes. De la misma manera que la naturaleza de este país era desbordante, la lengua también tenía que serlo para describirla a ella y a sus gentes igualmente diversas. Así surgieron esta especie de salmos o himnos sin rima, sin métrica, en libertad pura, en alabanza de la flora, de la fauna, de las gentes y sus oficios. Walt Whitman sustituía a los sacerdotes utilizando sus mismos métodos expresivos. Todo era Dios, nada estaba ajeno a él. Dios era o estaba en todas las cosas. Emerson, una persona siempre en busca de la moderación y no dado a revoluciones, vio madera de poeta en aquel desconocido provocador. Le mandó una carta entusiasta y recomendó el libro a amigos influyentes dentro del mundo de la cultura. Walt no respetó la confidencialidad de la misiva, y se la hizo llegar al New York Times. A Emerson no le gustó nada, pero no lo manifestó. En la misma cabecera, un joven crítico, machacó el volumen acusándolo de burdo y grotesco. No fue ésta la única crítica negativa y burlona. Emerson, en el fondo un gran puritano, un conservador de pensamiento, a diferencia de otros muchos “progresistas” y “modernos”, tuvo la intuición de reconocer el valor de aquel sujeto dudoso. La moral del poeta lo perturbaba. Alguien dijo que a aquellos poemas les faltaban “hojas de parra”, quizás también Emerson compartía esta opinión de intenciones más que bromistas. Thoreau, un avanzado anarquista, también encontró algunos poemas desagradables por su desmedida sensualidad. Thoreau creía en la pureza del amor mientras que Whitman ensalzaba lo impuro.Thoreau conoció personalmente a Walt Whitman un poco antes que Emerson. Alcott fue, de entre las gentes del círculo de Concord, el primero que tomó el transbordador para irlo a conocer a Brooklyn. Alcott tenía veinte años más que el bardo “rubicundo, con las cejas de Baco, barbudo como un sátiro y con un fuerte olor”. Whitman impresionó a su visitante que, semanas después, acompañaría a Thoreau para presentárselo. Encontraron la buhardilla en donde vivía en un estado lamentable. Tan minúsculo espacio lo compartía con su hermano minusválido. Los tres se refirieron a Emerson como un maestro. Un maestro cuyo pensamiento distaba de sus discípulos. En el año 1860, Emerson y Whitman se encontraron de nuevo. Por aquel entonces había visto la luz la tercera edición de Hojas de hierba. Fue en la ciudad de Boston. Emerson le había sugerido que suprimiera en la nueva edición algunos de los poemas con alusiones sexuales. No lo hizo. Curiosamente Emerson no recogió en sus diarios los varios encuentros con Walt Whitman. ¿Por qué no lo hizo? ¿Tenía dudas sobre su valía? Es raro que un diarista tan meticuloso como Emerson no dejara reflejadas estas conversaciones y su verdadera opinión sobre el egocéntrico y excéntrico personaje. El autor de Leaves of grass comentó, en descargo de Emerson, que éste se lo había recomendado para que el libro tuviera un mayor éxito y no fuera catalogado como peligroso. No lo “obligó”, sino que se lo sugirió: “si yo hubiese excluido el sexo, hubiera podido excluirlo todo”. La inclusión del sexo era precisamente el elemento fundamental para la transgresión. Walt finalmente no aceptó el colocar un buen montón de hojas de parra sobre algunas de las briznas de hierba más fálicas. La capacidad de trastornar a los ciudadanos de un país a través de la poesía –aún hoy– era mínimo. Y así le pasó a Whitman, un revolucionario entre la clase culta, es decir, dentro de un gueto.Whitman utilizó varias veces a su mentor para pedir favores. Tras vagar por campamentos militares y entre batallas –la guerra de secesión– había ido a parar a Washington sin medio alguno de subsistencia. Era el año 1863 cuando Emerson le remitió varias cartas de recomendación. En ellas decía cosas buenas del apadrinado pero, de nuevo, su puritanismo le llevaba a recordar su excentricidad. Las misivas tal cual estaban redactadas, repletas de ambigüedades, apenas ayudaron al poeta. Finalmente encontró un puesto de administrativo en el departamento de interior. Estuvo allí medio año hasta que su jefe –un cristiano radical y fanático– leyó casualmente un ejemplar de Hojas de hierba que el autor tenía guardado en el cajón de su escritorio. Le pareció una herejía y lo expulsó del cuerpo.Emerson acertó al decir que la fascinación de Thoreau por Whitman provenía del amor de ambos hacía la naturaleza salvaje. Emerson y su grupo de Concord compartían esos mismos ideales. Emerson también estuvo en la casa de Walt en Brooklyn. El primero tenía modales suaves y sus palabras se intercalaban entre grandes silencios. El segundo era de formas rudas, ruidoso en su retórica y a veces ingenuamente impertinente. Aunque de nuevo el filósofo omitió en los diarios cualquier referencia, ¡qué material tan valioso perdido!; en una misiva remitida a Carlyle lo calificaba de “monstruo anodino, de ojos terribles, fuerza de búfalo, e indiscutible norteamericano”.En realidad Walt quiso encontrar en Emerson a un padre, más que a un hermano, y a un maestro más que a un amigo. Emerson lo rechazó en ambos planos. Personalmente era una persona que le repugnaba y, literariamente, no llegó a comprenderlo del todo. Whitman siempre sospechó de este desafecto. En Parnassus, Emerson no hacía la más mínima mención a Walt. Y éste entonces manifestó públicamente que la poesía de su antiguo maestro tenía un exceso de prudencia, una cautela demasiado rígida frente a su exuberancia libre. Emerson había clamado por un bardo distinto que cantase a la nueva América. Allí estaba, allí lo había reconocido, pero entonces ¿por qué lo castigó con tantas dudas?



