VENECIA, MARCA DE AGUA
"Venecia es un ámbito en perpetuo estado de sitio, al borde del abismo, la sima blanda del Adriático"
RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
Como sucede con ciertos libros, hay ciudades a las que les está vedada la posibilidad de una mirada inocente. Resulta razonable, incluso hoy, cuando mediante un simple clic podemos acceder a vídeos que permiten la visión del planeta Tierra desde el espacio, que un occidental viaje a Ulan Bator con la mirada más o menos limpia, incontaminada por apriorismos, pero cuando uno visita Venecia lleva dentro de sí, por más que intente sustraerse a ese background, una prolija tradición de viajeros que han visitado este lugar con la vocación de recoger, negro sobre blanco, las impresiones de su estancia en la legendaria República.
Expresado de otro modo: Venecia es una ciudad que todavía hoy –en pleno imperio del palimpsesto tecnológico, cuando el turista no remite a casa postales o cartas sino fotografías, cuando el turista no anhela tanto conocer el Palacio Ducal, San Giorgio Maggiore o la Dogana di Mare como ser identificado en una reproducción digital de su visita al Palacio Ducal, San Giorgio Maggiore o la Dogana di Mare– demanda del viajero un instante para la reflexión, quizá por aquello de que la palabra escrita permanece y uno siente, mientras transcurre entre alguna de las 118 islas que componen Venecia, que debe intentar fijar, mediante runas descifrables, lo que está experimentando.Sin embargo, la familiaridad en forma de prejuicio con la que cualquier ciudadano del Primer Mundo convive con Venecia no resiste una visita cuidadosa a la ciudad. No en vano, el hechizo de Venecia reside en que, cuando se fatigan sus seis sestiere, sus canales y sus iglesias, los tópicos que nos han traído hasta aquí quedan abolidos o, cuando menos, exigen ser reinterpretados. Es algo parecido a contemplar una obra de Van Gogh en vivo: ninguna computadora es capaz de reproducir el impacto que provoca en el espectador el trazo y el color de un cuervo del pintor holandés surcando un trigal. De modo semejante, ninguna Baedeker al uso, aunque esté firmada por el mismísimo Joseph Brodsky en su extraordinario Marca de agua, consigue restar un ápice de la sacudida emocional e intelectiva que Venecia provoca en el viajero con talento.
De Marco Polo a Giacomo Casanova, sus dos hijos más universales, Venecia es menos conocida por los artistas que nacieron en ella –pintores: Bellini, Tiziano y Tintoretto; músicos: Albinoni y Vivaldi; escritores: Goldoni– que por los viajeros que sobre ella han escrito –Percy Shelley, Lord Byron, Henry James, Robert Browning, Marcel Proust, Thomas Mann, Jean Cocteau, John Ruskin, Ezra Pound, Ernest Hemingway, Jan Morris–. La nómina resulta tan abrumadora que se corre el riesgo de buscar una Venecia jamesiana, proustiana o manniana, perdiéndose lo que, a efectos prácticos, toda ciudad ofrece al viajero intuitivo: un lugar propio, irreductible al talento ajeno, innegociable ante terceros. Así, durante mi primera estancia en Venecia busqué una imagen que me explicara esta ciudad insólita, que vive al borde mismo de la desaparición, y cuya singularidad es también su plausible condena, el Infierno húmedo que la devorará.
Encontré esa imagen observando con atención los bordes del Gran Canal, mientras la lluvia de un enero neblinoso, en que hubiera podido reproducirse la fuga de Casanova de la prisión de Los Plomos, me calaba los huesos a bordo de un vaporetto. Si cada ciudad aspira a su metáfora, el agua las borra todas porque a todas las contiene. El agua, que adopta la forma de su continente, y que como el gas es un elemento por definición ambiguo, equívoco, plástico, ha sometido Venecia al cómputo global de metáforas posibles. Venecia es lo que su agua quiera. Porque esta ciudad, alzada en realidad sobre una arboleda inmensa y casi siempre invisible conformada por miles de metros cúbicos de madera, es un ámbito en perpetuo estado de sitio, al borde del abismo, el precipicio, la sima blanda del Adriático; en una palabra: la extinción. Campaniles celebrando al Pantocrátor y a sus legiones angélicas, fachadas de ladrillo ligero y rosa como una lluvia de pétalos arrugados, bellísima piedra de Istria para impermeabilizar la fábrica de los edificios y por debajo, como una telaraña nemorosa, una red de pilotes de roble y pino que no se pudren debido a la falta de oxígeno, impidiendo así la acción de los microbios xilófagos. Esa es, en esencia, la “lectura” vertical de Venecia. Y esa fue, en mi deslumbramiento, la imagen que me traje de regreso: la de un mundo flotante que transcurre sobre un bosque invertido.



