LUIS CERNUDA
El lenguaje posesivo de un poeta apasionado y moral
JUAN COBOS WILKINS
"Ése es, ése.” Con el índice extendido, un amigo me señalaba al anciano que cruzaba una avenida de Huelva. Yo era entonces un chaval que leía voraz, casi carnívoramente, poesía, y que el señalado fuese el protagonista de un poema de Cernuda, versos nacidos además en un paisaje tan cercano y querido por mí como es el onubense cabezo del Conquero –alto horizonte crepuscular sobre marismas–, me emocionó. Era algo que no ocurre a diario, extraordinario suceso. Una aparición. El protagonista de A un muchacho andaluz (Invocaciones 1934-1935), aquel de “Te hubiera dado el mundo, / muchacho que surgiste / al caer de la luz por tu Conquero”, el que tras de la pobre tela veladora de su cuerpo fue “forma primera, fuerza intangible de su propia hermosura”, caminaba cerca de mí y era, ahora, un espejo roto y vivo del duro paso del tiempo. No me atreví a hablarle. Pienso hoy que podía haber logrado una entrevista, una tarde de conversación con él... No quise indagar. A quienes, con cierto conocimiento del tema, pregunté, siempre dijeron “sí”, y me dieron algunos detalles sobre aquella persona que fue visión fugaz, recuerdo ya legendario. Nunca quise indagar. ¿Y si...? No, mejor así.
Pero, casi tangible, ahí late la reflexión sobre Obra y Tiempo. Mejor: sobre la materia de la obra y el tiempo, pues en el caso de un creador como Cernuda, que insufla a la palabra el soplo de la vida, envejecen el sujeto y el objeto, se encorva el cuerpo, marchítase la carne, no el verbo, no la metáfora, la imagen poética no: continúan como el día mismo que fueron concebidas. De forma heridora, realidad y deseo se encarnaban y desencarnaban en quien fue un día lejano el muchacho del Conquero. Así permanecería por siempre en la retina del mortal que lo inmortalizó –envenenada paradoja– y también en la reinvención de lectores presentes y futuros. Joven en el verso, mientras la piel se aja. Al contrario que Dorian Gray.
El puente entre lo posible y lo anhelado llega a menudo de la mano del vuelo. De la imaginación. A esto alude Cernuda en la Carta a Lafcadio Wluiki: “La realidad no es nunca lo suficientemente amplia y diversa para que ella nos baste por sí sola. Es necesario ese margen misterioso, de vagas luces y vagas sombras, delicado, exigente y voraz, que la imaginación proporciona. Sabido es cuánto enriquece a la ficción, leída, escuchada o vista, una rica imaginación bien dispuesta. Cualquier relato puede abrirnos así, entonces, los más maravillosos espacios, antes infranqueables o insospechados.” El rebelde, el aislado, el hombre que se siente nadador solitario en la corriente –y a contracorriente– de ríos sin amor, hallará en el surrealismo las alas para volar de la piedra a la nube. Liberadoras alas. Octavio Paz lo vio, y lo dijo en La palabra edificante: “Liberación no del verso sino de la conciencia.” Al autor de Los placeres prohibidos le interesa la rebelión de Vaché, de Lautrémont, de Rimbaud. “Mágica rebelión contra el mundo, contra la carne, contra el espíritu.”
Poeta insumiso. Exigente, desafiante incluso. Voz pura contra las hipocresías y el aguachirle ético. Dueño de un lenguaje posesivo que extrae luz de la llaga, poeta apasionado y moral. Sutileza y acíbar. Poeta del espíritu desde la carne –tan retratado él y sus amigos en bañador– Y de la carne desde el espíritu. Qué rotunda, plena, qué hermosa y valientemente lo declaran los últimos versos del poema con que inicié estas líneas: “porque nunca he querido dioses crucificados, / tristes dioses que insultan / esta tierra ardorosa que te hizo y deshace.”



