ENSAYO Y POESÍA

José Emilio Pacheco, Robert Walser, Antonio Martínez Sarrión, Javier Bozalongo

LECTURAS ENSAYO

 

JOSÉ EMILIO PACHECO

"El amor es una enfermedad en un planeta en el que lo único natural es el odio"

Entrevista de JAVIER LOSTALÉ

Poeta, ensayista, traductor y novelista, José Emilio Pacheco es una figura central de la literatura mexicana. Su obra se centra en temas como el tiempo, la reflexión sobre la poesía y en los valores éticos y sociales que aborda con un estilo melancólico y conversacional. Es autor de numerosos libros entre los que sobresalen Los elementos de la noche, No me preguntes cómo pasa el tiempo, La edad de las tinieblas y El viento distante. José Emilio Pacheco ha obtenido diversos premios como el Octavio Paz, el Reina Sofía y el Premio Cervantes 2009.

El título de uno de sus libros, Irás y no volverás, es un epígrafe del Quijote.
Irás y no volverás es un cuento castellano y gallego que me contaba mi abuela. Se relaciona con el epígrafe cervantino de mi libro de 1973: Corre el tiempo,/vuela y va/ ligero y no volverá.

Su creación es muy amplia, tanto en prosa como en verso, pero toda ella está fecundada por la energía de la poesía. ¿En su poesía lo elegíaco nunca excluye lo celebratorio?
Toda literatura aspira a la condición de la poesía, aunque rara vez lo logre. Por definición la poesía está hecha para reconocer la negatividad de este mundo. Este mundo, en efecto horrible, y cada día en mayor medida. Sin embargo, hay siempre cosas gratas y placenteras que merecen ser celebradas en verso.

El tiempo, y en concreto el elogio de la fugacidad, es uno de los pilares de su obra.
Entiendo el elogio de la fugacidad como la idea de que es muy triste que todo pase y, al mismo tiempo, sería terrible que todo siguiera igual. La certeza de nuestra muerte es menos aterradora que la inmortalidad.

¿Su corazón está, sobre todo, al lado de las víctimas y de los marginados?
En 2010 y ante lo que ha sucedido en Haití es imposible no estar con las víctimas y con los marginados.

¿La alegoría y el símbolo son una vía ascendente desde la encarnación en el lenguaje tanto de lo animado como de lo inanimado?
Sólo mediante la alegoría y el símbolo podemos aspirar a que lo inanimado encarne en el lenguaje. En mis dos últimos libros insisto en la tragedia de que nunca podremos comunicarnos con los animales, a pesar de que compartimos el mundo con ellos. Trato de contribuir a la conciencia de los horrores que hacemos todos los días al planeta y por tanto nos hacemos a nosotros mismos. Para citar un solo ejemplo, los mares, los ríos y los campos están llenos de basura plástica que durará más que nuestras ciudades.

Usted dice que el amor está siempre presente en la literatura, lo que no es óbice para que se acerque muy pudorosamente a él en su obra poética.
Un personaje de mi novela corta Las batallas en el desierto afirma que el amor es una enfermedad en un planeta en el que lo único natural es el odio. Respecto al pudor con que me acerco a él, supongo que tuvo razón Koestler cuando dijo, treinta años de antes de Internet y la omnipresencia de la pornografía: “En la era de la exposición total lo más excitante y erótico del mundo son las trenzas de la Gretchen de Fausto”.

 ¿Considera que existe una unidad esencial del español, enriquecida por las innumerables variantes de cada uno de los países en que se habla?
También la lengua es hoy un círculo cuya conferencia está en todas partes y su centro en ninguna.

La literatura en soportes digitales es ya una realidad. ¿Hasta qué punto el libro electrónico modificará el acto de la creación y el placer inteligente de la lectura?
No me cierro ante ningún avance. Utilizo cuanto puedo. Veo en el ordenados la auténtica “máquina de cantar” en que soñó Antonio Machado. Sin embargo, sería absurdo negar que los libros electrónicos son para la gente de hoy y, a los 70 años, yo pertenezco a la cultura de la página impresa. El libro de papel me parece un instrumento tecnológico de primera categoría.

¿Este año publicará sus Aproximaciones o traducciones libres de otros escritores?
Me temo que Aproximaciones puede ser el último libro del mundo que ha tardado más de medio siglo en escribirse. Comenzó en mis clases de griego y de latín y el año pasado he seguido trabajando en él. Empieza con los epigramas de la Antología griega y termina con los haikús japoneses. En medio están los poemas indígenas, Víctor Hugo, Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y mucho del siglo veinte en Inglaterra y en los Estados Unidos, sobre todo T. S. Eliot.

 

LECTURAS POESÍA

  

EL SÍNDROME DE BALZAC

LUIS PUELLES ROMERO

Ante al pintura. Narraciones y poemas
Robert Walser
Siruela
Precio: 18,90 €
Páginas: 132
Mientras me adentraba en estas escenas pictóricas por las que Walser pasea y hace suyas, he recordado una reveladora anécdota que Baudelaire atribuye a Balzac. Cuenta el poeta que, ante un melancólico paisaje invernal en el que se apreciaba un hilo de humo ascendiendo de una humilde casa, el autor de la comedia humana concentró su interés en las vidas concretas de los campesinos que pudieran vivir en aquella casita: ¿Pero qué hacen en esa cabaña?, ¿en qué piensan?, ¿cuáles son sus preocupaciones?, ¿han sido buenas las cosechas?. Balzac, como Walser, no pudo evitar someter aquel paisaje al factor de literaturización por el cual “todo” deberá juzgarse en términos de fecundidad para su apropiación por parte de la imaginación literaria. Walser lleva al extremo este “síndrome Balzac” subordinando a su fantasía lo que el ojo ve –sin demasiados rigores descriptivos– en las escenas de Cranach, Watteau o van Gogh que, entre otras, merodea sin la menor distancia teórica y con gozosa vivencia subjetiva. “Al contemplar una reproducción tan maravillosa del invierno, uno se mete sin querer las manos en los bolsillos”, escribe Walser ante un cuadro de Ferdinand Hodler. La pintura se le descubre como la ocasión propicia desde la que alzar el vuelo de una escritura –ajena a cualquier pedantería teorizante– que convierte en recreo literario todo lo que toca. A la vez que hay una modernidad estética apegada a la afirmación de las formas puras, es posible trazar otro linaje que, indiferente a las exigencias de los especialistas, tiene en los poetas y en los narradores a sus mejores cultivadores. Al fin y al cabo, la mejor crítica de arte no ha procedido nunca de los doctos conocedores, sino de los buenos escritores: Diderot, Baudelaire, Zola, Wilde, Apollinaire… son los nombres imprescindibles de la crítica artística justamente porque han sabido darse un punto de vista de autoría inconfundible. “A menudo apreciaré un cuadro únicamente por la suma de ideas o de ensoñaciones que aporte a mi espíritu”, escribió Baudelaire abriendo el camino que Robert Walser recorre con una sensibilidad orientada a la celebración del capricho y la visión excéntrica, libre de toda convención intelectual, desatenta a lo principal y gustosamente dedicada a lo accidental. Pero esta mirada extravagante, incapaz de justificarse, rendida a intuiciones entre brillantes y triviales, sabe llamarnos la atención –como sólo ella lo hace– sobre detalles y posibilidades de interpretación que lamentablemente los expertos no siempre alcanzan a ver, quizá por estar demasiado afanados en no salirse de la norma compartida, o porque Robert Walser ve lo sólo se nos manifiesta cuando se pasa por la vida haciendo de ésta un sugerente paseo sin ninguna pretensión demostrativa.

Walser compone estos poemas y prosas en los tiempos intensos de las Secesiones berlinesas y desde un puesto de observación privilegiado. Su hermano Karl fue pintor y amigo de Paul Cassirer, quien ofrecería al propio Robert ser secretario de la Secesión de 1907. Esta circunstancia, acompañada de sus visitas frecuentes a museos y exposiciones, da a sus escritos el aire de naturalidad necesario para penetrar en estos cuadros de Cranach, de Brueghel el Viejo, de Rembrandt, de Watteau, de Boucher o Fragonard, de Cézanne o de Renoir, como queriendo tomar café dentro de ellos.

 

OH LOS REMEDIOS VIEJOS CULTURALISTAS

IGNACIO F. GARMENDIA

Muescas del tiempo oscuro y Teatro de operaciones
Antonio Martínez Sarrión
Bartleby editores
Precio: 12 €
Páginas: 130

En la tercera entrega de sus interesantísimas memorias, Jazz y días de lluvia, Antonio Martínez Sarrión ha contado cómo su primera colección de versos, titulada Poesía impura, fue felizmente extraviada por “alguna novia o amiga” del tiempo de la prehistoria. Cuatro años después, ya emancipado de las “escurriduras de la poesía social” aunque no del todo de su gusto por el “volatín surrealista”, publicó Teatro de operaciones (1967), que abre la trayectoria lírica de uno de los poetas importantes de la generación de los setenta, por llamarla de alguna manera. Ese y el posterior Pautas para conjurados (1970) son los dos títulos suyos que se mencionan en la célebre y polémica antología Nueve novísimos poetas españoles, aparecida el mismo año, donde Sarrión ocupaba –junto a su estricto coetáneo Manuel Vázquez Montalbán y el entonces aún inédito José María Álvarez– el lugar reservado a “los seniors” por oposición a los veinteañeros de “la coqueluche”, que en algunos casos –así Gimferrer– se habían anticipado a los mayores a la hora de dar a conocer sus primeros poemas.

De eso se trata aquí, de los primeros poemas de Sarrión, los que llegó a publicar y aquellos otros que no fueron recogidos en ninguna de las dos entregas citadas. Este volumen recupera el libro inaugural del poeta –parcialmente revisado en Última fe (2003), la antología preparada por Ángel L. Prieto de Paula para Cátedra– y ofrece una colección inédita de poemas de la misma época, mediados de los sesenta, que fueron desechados en su momento. Muescas del tiempo oscuro, los ha llamado el autor, que ha prescindido de la ortografía rompedora (sin mayúsculas ni signos de puntuación) que caracteriza a los poemas de Teatro de operaciones –también en esta edición, lo que crea una cierta discordancia– para disponer al modo convencional los poemas recién exhumados, al parecer escogidos entre muchos otros. El volumen se completa, como es marca de la colección, con una bien meditada “lectura” de Julieta Valero donde la poeta madrileña interpreta las claves de la poesía primera de Sarrión y algunas constantes de su obra, que desde principios de los ochenta –suele afirmarse pero es verdad– se fue alejando del culturalismo en favor de una expresión más íntima y depurada.

Son pues los años en que el Moderno, como era conocido por entonces –“¿cómo, coño, puedes ser tan decadente, habiendo nacido en Albacete?”, cuenta el autor que le dijo Gil de Biedma, tras escucharle leer unos poemas–, participaba en el nacimiento de la estética novísima. Pero Valero precisa con razón que el espectro de referencias de los autores del 68 es más diverso de lo que ha solido decirse. Y el caso de Sarrión –como ya señalaron Prieto de Paula, Andrés Trapiello o José-Carlos Mainer– es bastante peculiar en ese contexto. Aunque formalmente acogido a una intención rupturista, el poeta se muestra en esta primerísima época más apegado a la tradición que sus compañeros de escuela, por ejemplo a la hora de trazar, en la primera parte de Teatro, una memorable y personalísima evocación de la infancia. No desdeña, como otros, los modelos castizos, aunque tampoco es inmune al influjo estupefaciente de Breton o Élouard, expresamente homenajeados en el libro y cuyo gusto por la transgresión es celebrado en el estupendo poema dedicado a Cortázar: “oh los tremendos / viejos surrealistas…”. Entre los antiguos poemas ahora conocidos, hay algunos francamente menores junto a otros que son un regalo, como “Feliz entrada de año tenga usted” o el espléndido “Degenerados”, una divertida parodia del paradigma decadente que se diría dirigida a los más conspicuos o delicuescentes representantes de la escuela veneciana. Merece la pena leerlos, modernas reliquias del tiempo viejo.

 

LA REALIDAD DE LA ESCRITURA

IGNACIO ELGUERO

La casa a oscuras
Javier Bozalongo
Visor
Precio: 10 €
Páginas: 70

En La casa a oscuras, el nuevo poemario de Javier Bozalongo, éste reflexiona sobre el individuo, su pasado y su herencia para construir un mundo en el que busca respuestas al propio hecho de escribir. ¿Por qué la poesía? Se interroga el poeta. Para contestarse, en el poema “Poética”, sobre la necesidad de superar el silencio.

Pero el escritor se deshace de su propia obra cuando se publica, de ahí que él mismo, en el poema “Sin gastos de envío”, afirme “No me salva lo escrito/ me cura lo leído”.

El camino hacia la búsqueda del sentido y el valor de lo poético lo recorre a través de una serie de homenajes. Ángel González, Juan Gelman, Gonzalo Rojas o Lorca son los invitados a esta casa a oscuras, en la que, sentados a la mesa, con el “mantel de versos”, conforman el valor de lo poético; el hecho salvador de la palabra.

Si la realidad de la escritura es una de las consecuencias del desarrollo de este poemario, a ello se llega a través de la reflexión sobre la existencia humana. El poeta construye una serie de estancias a las que trata de dar luz para liberarse del camino de lo oscuro. Ese camino de lo oscuro Bozalongo lo simboliza con esa casa de los padres, esa casa propia, la de la herencia hacia los hijos; esa casa del recuerdo y de la memoria en la que, a pesar de todo lo perdido, de todo lo que hemos dejado atrás, aún caben los sueños. “Aunque dejaste atrás la juventud/ no olvidaste los sueños./En todas las mudanzas les hacías un hueco/en el camión que transporta la vida.” Con estos versos comienza el poema que abre el libro: “La caja de los sueños”. Pero, desde el comienzo, nos deja claro que los sueños no pueden ser eternos; que el sueño no libera. “¿Creías que eran sueños lo que fueron fracasos?”. Huir del sueño como esperanza es hacerlo a su vez de la nostalgia, de la melancolía. Bozalongo se enfunda sus “guantes contra la nostalgia” para no caer en el sentimentalismo en ese recorrido por la memoria de las habitaciones de la vida; las estancias de lo vivido, lo ido, lo pasado. “Si dejas que te invada/ el sentimiento erróneo/de que cualquier pasado condiciona/lo que está por venir,/conseguirás tan sólo que crujan sin remedio/las articulaciones del futuro,/ que la herrumbre se instale como un hielo/ nublando tu mirada.”Si el poeta se pasea por las moradas del pasado, huyendo de los tintes melancólicos, es asiendo la realidad de lo cotidiano, el rostro de la vida, lo corpóreo. De ahí que en la parte del libro que lleva por título el mismo que el libro, La casa a oscuras, Bozalongo nos sitúe en los planos enfrentados de la vida y de la muerte. Frente a la vida de los hijos, la adolescencia, el parto del amor y la pureza; los detalles de la vida cotidiana encontramos la muerte de los padres, las personas ya idas, su recuerdo simbolizado en los objetos, los pequeños detalles. La realidad de la luz y de lo oscuro.

 La casa a oscuras no quiere ser un canto elegíaco, a pesar a de la solemnidad del título, y de la presencia de cierto regusto de amargura en algunos de sus versos: “Como el hielo que funde/ y termina mojando/el exterior del vaso,/ así nuestra tristeza/acaba resbalando por la piel,/ haciéndose visible/La pena se convierte/ en un río indomable/que desde el corazón se precipita/con intención suicida/hacia el vacío.”

La casa a oscuras también quiere ser eso: hogar, recogimiento. Una morada en la que, desde la experiencia de la escritura, se celebre la vida, el vuelo; el camino hacia lo alto, escaleras arriba: “No dejes que el cansancio/impida la ascensión./Hacer cumbre es lo único admisible".