SALAMANCA. CIUDAD DE CIUDADES

En ella se reflejan Roma la chica, Atenas castellana, retazos de Venecia, patios de Sevilla y ventanas de Lisboa.

LUIS GARCÍA JAMBRINA

El núcleo histórico de la ciudad de Salamanca se sitúa sobre tres grandes tesos junto a las aguas del Tormes, por lo que algunos la llamaron la Ciudad de las Tres Colinas. Vista desde lejos y, especialmente, desde el otro lado del río, destaca en primer lugar el majestuoso edificio de su catedral gótica... Pero Salamanca no es tan sólo un lugar geográfico y un territorio urbano. Es también un espacio literario, un ámbito simbólico en el que se funden el mito, la invención y la realidad; un texto que no se acaba nunca de escribir y no dejamos nunca de leer; un punto en el que se entrecruzan la memoria y el deseo. De hecho, en esta ciudad hay, amalgamadas, una ciudad exterior y una ciudad interior, una ciudad visible y una ciudad invisible, una ciudad histórica y una ciudad mítica, una ciudad burguesa y real y una ciudad imaginaria y utópica, una ciudad empírica y una ciudad virtual, una ciudad de piedra, hierro, cristal y hormigón y una ciudad de tinta.

En este sentido, siempre me ha fascinado esa antigua afición de Salamanca por la duplicidad; su voluntad de ser dos ciudades en una o una ciudad doble. Eso explica la existencia de dos catedrales: la Vieja y la Nueva, la románica y la gótica, unidas por uno de sus muros laterales, como si fueran dos hermanas siamesas. Dos plazas principales y emblemáticas: una cuadrada, dedicada al paseo y a la vida cotidiana, la Plaza Mayor; y otra redonda, consagrada a la fiesta y a la muerte, la plaza de toros de La Glo?ieta. Dos Universidades: la pública o civil, con sus ocho siglos de historia y su fachada plateresca; y la privada o eclesiástica, con su imponente Clerecía. Dos bóvedas celestes: el cielo real y astronómico, y el astrológico y mítico de su famosa bóveda universitaria. Y hasta dos tipos de ciencia o de saber: la brillante tradición culta, académica y ortodoxa, frente a la tradición oculta, prohibida y heterodoxa, representada por la famosa leyenda de la Cueva de Salamanca. Ciudad, en fin, abierta y renacentista, a la par que hermética y secreta.

No es extraño, pues, que, junto a la topografía real de la ciudad, pronto empezara a surgir también una topografía imaginaria, superpuesta o incrustada en la anterior: la famosa Cueva de Salamanca, el llamado Cielo de Salamanca, la Peña Celestina, el Huerto de Calisto y Melibea, la puente y el toro de piedra del Lazarillo, la Flecha o huerto de fray Luis, la calle del Ataúd del estudiante de Salamanca, los lugares del alma de Miguel de Unamuno o de Carmen Martín Gaite, que la vio «entre visillos». Algunos han sugerido, incluso, que, en el subsuelo de Salamanca, hay otra ciudad sumergida, una especie de subconsciente urbano, podríamos decir, al que han ido a parar todos los sueños frustrados, deseos oscuros e instintos reprimidos de la ciudad: la Salamanca que se perdió o se olvidó y la que no pudo ser, pero que no ha dejado nunca de pugnar por salir a la superficie. Así ocurrió con el famoso Cielo de Salamanca, aquel que Fernando Gallego pintó para la antigua biblioteca de la Universidad y que luego permaneció oculto, durante mucho tiempo, por una segunda bóveda.

Salamanca es, por lo demás, una ciudad especular, una ciudad espejo en la que parece que se miran y reflejan otras ciudades, reales o imaginarias. Una ciudad, pues, de ciudades. Roma la Chica y Atenas Castellana son, como es sabido, dos de los lugares comunes más utilizados para ensalzar la riqueza e importancia de su patrimonio arquitectónico y cultural. Pero también resulta fácil descubrir algún retazo de Venecia en el esplendor y perfección –la cuadratura del círculo– de su Plaza Mayor, como me señaló una tarde el gran poeta «venecianista» Pere Gimferrer; o un jirón de Florencia en una torre que apenas despunta sobre los tejados, o de Sevilla en un patio interior, o de Lisboa en una ventana orientada hacia el Atlántico; no por casualidad, en el convento dominico de San Esteban, consiguió Colón el apoyo que necesitaba para emprender su viaje a las Indias a través de la mar Oceánica.

Por último, cabe decir que, vista desde lejos, bajo ese doble cielo inalterable que la ilumina por dentro y por fuera, Salamanca parece un holograma, una alucinación, un espejismo a punto de desvanecerse, algo así como un desierto de arena refulgente puesto en pie o un gigantesco ejército de torres incandescentes. No es el mero resultado de la historia y de la política o un producto del desarrollo económico y social, sino una creación de la imaginación, un verdadero manuscrito de piedra.