MITO Y DESTINO DE UN POETA
La obra de Miguel Hernández dejó un testimonio íntimo y literario que exige la mirada limpia del lector.
JOSÉ LUIS FERRIS*
El 18 de enero de 1940, el recluso Miguel Hernández Gilabert, natural de Orihuela, de 29 años de edad, comparecía (a requerimiento del Consejo de Guerra Permanente número 5) ante un Tribunal presidido por don Pablo Alfaro Alfaro. En aquel acto se juzgaban a veintinueve presos sin ninguna garantía legal. Las condiciones de los procesados eran verdaderamente inquisitivas: el abogado defensor debía ser militar –y no necesariamente licenciado en Derecho–, no era de libre designación y sólo podía estudiar los autos contra su cliente poco antes de la celebración del juicio, esto es, «por término que nunca excederá de tres horas», según rezaba el artículo 658 del citado Código de Justicia Militar, lo que venía a significar que en ese espacio de tiempo (cuando se está ventilando la vida de un hombre) se debían buscar pruebas, proponerlas, analizar la causa, calificar y preparar el informe. A Hernández le acusan de haber sido comisario comunista, de intervenir en conferencias y mítines, escribir versos injuriosos para las fuerzas nacionales, realizar una intensa propaganda contra los integrantes de la quinta columna, contribuyendo con hechos y palabras a los muchos crímenes perpetrados en la zona roja. El Consejo ha durado noventa minutos en los que se ha decidido la suerte de veintinueve personas. Más de la mitad de las cuales acaban de ser condenas a muerte. Miguel Hernández es uno de ellos.El 30 de enero, la Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación, una vez enterada de la resolución judicial, resolvía confirmarla, dejando «en suspenso la ejecución del condenado hasta tanto se reciba el enterado de S.E. el Jefe del Estado». Casi todos los juzgados aquel 18 de enero y sentenciados a la pena capital fueron fusilados en un margen de cinco meses. Aunque no sería ésa la suerte que correría el poeta, ya que la intervención oportuna de ciertos amigos –José María de Cossío entre ellos– propició la clemencia del Generalísimo y la sustitución de la pena capital por la de treinta años y un día, Miguel Hernández fallecería de tuberculosis y abandono, de desidia y desprecio, el 28 de marzo de 1942 en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante.
A partir de ahí, de la desaparición física del poeta, su leyenda, por una lado, y su silencio por otro, fueron tejiendo una imagen interesada y falsa de Hernández que no benefició en nada a la verdad que él mismo defendió ni al hombre que se mantuvo firme ante ella.
Sin embargo, siempre hay un tiempo para volver, para rescatar de esa hojarasca de estupideces y trivialidades, al poeta íntegro, al creador y al ser rabiosamente humano que se fue «de un golpe helado» de este mundo, en mitad del dolor y de la Historia, de la vergüenza y del miedo, del ultraje y de la indignidad.
Conviene recordar que hasta no hace mucho, el motivo esencial que empañaba la imagen literaria y humana del poeta era el exceso de prejuicios que envolvían al lector y al crítico a la hora de valorar a un autor como él, vapuleado por las circunstancias y por intereses de origen diverso, rodeado de mitos y miserias, de tópicos cerrados que lo venían a reducir a un denostado mediocre para muchos y en un mártir del sacrificio para otros. Es cierto que, tras su muerte, el contexto político no sólo silenció su obra, sino que se esforzó en divulgar una imagen triste y sesgada de Miguel: la versión ficticia y apócrifa de un hombre que equivocó el rumbo de su vida al ponerse al servicio de los vencidos. Pero tampoco le fue favorable la reivindicación acelerada y frágil de quienes instrumentalizaron su voz allá por los 70, reduciendo su extensa producción lírica a un conjunto de versos más o menos beligerantes que sólo rescataban del olvido al poeta de la consigna y de la lucha, la propaganda y el exabrupto.
El tiempo, los documentos que han ido apareciendo en las últimas décadas, el rigor con el que nuevos investigadores han abordado la obra y la vida de Miguel Hernández han servido para desmontar poco a poco el falso mito del poeta oriolano y devolverle la condición humana y artística que siempre le correspondió. Gracias a ello, sin atavismos ideológicos ni falsos condicionamientos morales, la obra de Miguel ha ido llegando a nosotros con una plenitud desacostumbrada, con todos sus matices, sin el sesgo y la parcialidad de aquellos tiempos oscuros.
Pero, en verdad, ¿quién fue Miguel Hernández? Para aquéllos que poco saben de su vida y de su obra convendría entender ciertas cuestiones esenciales. Su nacimiento, en la alicantina población de Orihuela, tiene en él una importancia que rebasa la anécdota geográfica. Sin duda, su origen rural y la exuberante naturaleza de la Vega Baja oriolana marcarán su formación literaria y su estilo poético. El poderoso ambiente religioso de su ciudad natal cobrará asimismo un papel determinante en su primera etapa, generando una obra de fuerte catolicismo que debe mucho a la influencia de Ramón Sijé, compañero de Hernández a quien éste inmortalizó con una bellísima elegía. Tras un periodo bucólico y provinciano, su primer libro (Perito en lunas, 1933) responde al gusto por una poesía de acento culterano y hermético. El auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras (1934) comienza a proyectarlo a las altas esferas literarias, pero será con los poemas de El rayo que no cesa (1936), conjunto de sonetos amorosos, cuando alcance el reconocimiento de sus coetáneos. Su traslado a Madrid en momentos de gran efervescencia social y política, así como su amistad con Neruda y Vicente Aleixandre, provocarán en él un gran cambio ideológico y estético que desembocará, cuando las circunstancias lo exijan, en un firme compromiso político y literario y en una activa participación en la Guerra Civil (1936-1939) a través de misiones culturales que se materializan en dos libros: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939), muy difundidos en el frente. Su producción dramática, compuesta de obras como El torero más valiente, Los hijos de la piedra o El labrador de más aire, culmina en los años de contienda civil con el volumen Teatro en la guerra, que integra tres piezas breves. Al acabar el conflicto bélico –tal y como se ha comentado al principio de este texto– es encarcelado, juzgado y condenado finalmente a 30 años de prisión, aunque muere de tuberculosis en el reformatorio de Alicante en 1942, dejando un libro póstumo, Cancionero y romancero de ausencias, en el que se advierte una simplificación del lenguaje y un regreso a la canción popular y a la poesía esencial e íntima.
Podríamos decir que Miguel Hernández es un poeta que exigía y sigue exigiendo la mirada limpia del lector y el laborioso esfuerzo de quienes tratan de devolverle la dimensión artística y humana que nunca debió perder: un ser inteligentemente apasionado que vivió y amó hasta el límite de sus posibilidades y que dejó un testimonio íntimo y literario difícilmente pagable tras su paso por el mundo y por un momento esencial y cenagoso de nuestra propia Historia.
Siempre hay un tiempo para volver, incluso a poetas como Miguel Hernández, porque, en cierto modo, volver a sus versos, a su obra y a su vida es regresar un poco a nosotros mismos, al lugar exacto de nuestra conciencia y nuestra memoria.
* Escritor y Profesor de Literatura (Universidad Miguel Hernández, Elche). Autor de la biografía Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta (Temas de hoy).



